El comercio, instrumento de paz


Uno de los grandes méritos de los antiguos arrieros mexicanos, escasamente conocido, y menos reconocido, es el de haber sido muchas veces emisarios y promotores de la paz entre bandos contrarios en las regiones donde ellos traficaban con sus mercancías.

Los arrieros hicieron del comercio y del transporte un instrumento de paz desde los primeros tiempos de la Colonia española –hace cerca de 500 años–, hecho trascendente que debe ser valorado por todos los sectores económicos, políticos y sociales, en función de lo que representa para la buena marcha del país.

La paz entre criollos y seris
Un caso ejemplar de esta extraordinaria virtud de los arrieros de México (ellos tienen muchas otras cualidades) es el que describe el escritor jalisciense Francisco Rojas González en su novela “Lola Casanova”, que trata del sangriento conflicto sostenido durante muchos años por los indios seris y los criollos de Guaymas, en el hoy Estado de Sonora.

“Los indios –dice este autor—no son inferiores por indios, sino por pobres”, y el mensaje que manda a sus lectores es que se puede rescatar de la ignorancia y la pobreza a los indígenas –que siguen representando hoy el principal rezago del país—si realmente nos preocupamos porque vivan mejor.

En este punto concuerda el notable indigenista Andrés Henestrosa, quien dijo que la única diferencia entre Benito Juárez, Manuel Altamirano, Ignacio Ramírez y los demás indios de México es que los primeros fueron a la escuela. Así de sencillo.

Lola Casanova, una bella criolla de Guaymas que había sido raptada por los seris, se enamoró de Coyote, entonces jefe de esa tribu, y a su vez éste, rendido ante ella, le dio el trato de reina.
Mujer de buenos principios, Lola tuvo entonces margen de acción para negociar la paz entre criollos y seris, valiéndose para ello de los arrieros que traficaban entre Hermosillo y Guaymas.
Su plan fue simple, pero efectivo: interesar a los criollos en las perlas que los indios obtenían en abundancia, y a éstos en las telas, sartales de cuentas, hilo, tijeras y agujas que los arrieros transportaban.

El comercio, mejor que la guerra
Fue así como el comercio creó las bases para la paz, que pronto firmaron seris y criollos, porque se dieron cuenta que intercambiar los objetos que ambos producían era mejor negocio que la guerra.

Claro está que estos cambios tan radicales en las formas de vivir de criollos e indígenas dio lugar a serias dificultades al interior de cada bando, que lamentablemente perduran en el país, porque tanto indígenas como mestizos no acabamos de entender que somos una misma nación.

El hecho es que luego los seris pelearon entre sí porque unos querían la “modernidad” y la paz con los blancos, mientras otros se resistían a abandonar sus tradiciones. Entre los criollos también hubo conflicto porque unos simpatizaban con los indígenas, en tanto que otros los rechazaban por no ser de su clase y porque sentían que era fácil explotarlos y despojarlos de sus tierras.

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Artículo publicado por el semanario Conciencia Pública en su edición del domingo 23 de julio de 2017.

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Cuando el peso le hablaba de tú al dólar

 Peso, México, Libertad (Caballito), Plata, 1913. Banco de México.Peso mexicano Libertad (Caballito).

Hubo una época, durante el gobierno de Porfirio Díaz, en 1910, en que el peso mexicano le hablaba de tú al dólar, es decir, el peso valía un dólar norteamericano, y éste valía un peso; las dos monedas caminaban en forma paralela, ni una era más, ni la otra menos. Así de fuerte era en ese tiempo la economía mexicana.

A don Porfirio le echaron en cara y aún se le critican sus políticas en materia de justicia social y de derechos humanos, pero no hay duda de que supo dirigir la economía nacional por caminos firmes y seguros, como no lo hizo, ni lo ha hecho, ningún régimen posterior al de él.

Atentos a que en aquel tiempo la base de la economía nacional eran las haciendas, veremos en este artículo un comparativo de salarios y de precios de la época, de acuerdo al reporte que hace José Díaz Navarro en su libro “Ameca y sus costumbres en 1910”.

Salarios que pagaban los hacendados mexicanos en 1910

Dolar americano de fines del siglo 19

Dólar americano de fines del siglo 19.

El sueldo de un administrador, el que dirigía todas las actividades de la finca, fluctuaba entre 150 y 200 pesos mensuales, o sea, de 5 a 6 pesos diarios, pero además podía disponer gratuitamente de los productos de la hacienda que necesitara para su familia, como leche, maíz, frijol, garbanzo, etcétera.

Por su parte, el rayador o encargado del escritorio ganaba entre 50 y 75 pesos mensuales, teniendo también derecho al maíz y el frijol que requiriera para su hogar.

Un tercer empleado era el mayordomo de campo, a cuyas órdenes estaban los caporales. Su sueldo era de 30 pesos mensuales, o sea, un peso diario, y además recibía su ración de maíz de 25 litros semanarios.

Seguían luego los caporales, encargados de repartir el trabajo a los peones. Había un caporal para cada tarea específica: cultivos, limpieza de canales, cuidado del ganado, etcétera. Su sueldo variaba entre 50 y 60 centavos diarios, y además recibían cuatro litros de maíz diarios.

Finalmente, los peones, que por lo general trabajaban por destajo, recibían un sueldo de 25 centavos diarios, así como su ración de maíz de cuatro litros por día. Como el maíz costaba entonces 3 centavos por litro, quiere decir que el peón acasillado ganaba 37 centavos diarios.

Aclara Díaz Navarro que como el peón trabajaba a destajo, “le daba duro” para hacer su tarea lo más pronto posible, terminándola entre una y dos de la tarde, por lo cual su jornada habitual era de sólo 7 horas diarias.

Por su parte, los trabajadores de las fábricas de las mismas haciendas, que las había de alcohol, azúcar, piloncillo o tequila, ganaban entre 50 y 75 centavos diarios por 8 horas de trabajo que ya desde entonces se acostumbraban.

Los albañiles o maestros “de cuchara” ganaban entre 37 y 75 centavos diarios, según sus aptitudes.

Los sueldos de los trabajadores de las fincas de campo y los de ciudades como Guadalajara, eran muy similares.

Los precios de alimentos básicos en 1910 en México

Porfirio_Diaz_in_uniform. Wikipedia.El Presidente Porfirio Díaz.

El artífice de la política económica de don Porfirio fue José Ives Limantour. En su tiempo los precios de las mercancías no variaban de un año a otro; había años en que no subían ni un cuarto de centavo, ya fuera ropa, abarrotes o cereales. Y con frecuencia volvían a bajar, cosa que no sucede ahora. Cabe decir que estas cotizaciones eran muy similares para Ameca, Guadalajara y la Ciudad de México:

  • Leche pura de vaca, de 3 a 4 centavos litro.
  • Carne de res, extrafina, fresca, entre 12 y 15 centavos kilo.
  • Sal de Colima, blanca, de primera, 18 centavos kilo.
  • Manteca de cerdo, 25 centavos kilo.
  • Carne de cerdo, 18 centavos kilo.
  • Azúcar blanca, de terrón, 10 centavos kilo.
  • Café molido, puro, 15 centavos kilo.
  • Piloncillo de primera, 8 centavos kilo.
  • Plátano fino de huerta, 2 por un centavo.
  • Huevo de gallina, un centavo por pieza.
  • Arroz extra, 9 centavos kilo.
  • Maíz pepitilla, 3 centavos litro.
  • Frijol laboreño, 4 centavos litro.
  • Un kilo de harina en tiendas, 8 centavos.
  • Pieza de pan con manteca y huevo, un centavo.
  • Semitas de pan de harina y granillo, 2 por un centavo.
  • Birote de buen tamaño, 2 centavos.
  • Plato de birria en la plaza, 3 centavos.
  • Tortillas grandes, de legítima masa de maíz, 3 por un centavo.

Precios de ropa, calzado, jabón y tequila

  • Manta de primera calidad, 9 centavos por metro.
  • Percales para vestidos de mujer, 7 centavos metro.
  • Un par de calzado fino, para hombre, 4 pesos.
  • Guaraches para trabajadores, 30 centavos el par.
  • Sombrero de soyate, copa alta y ala ancha, 60 centavos.
  • Jabón de Zapotlán, 5 centavos por pieza de medio kilo.
  • Alcohol de caña de 96 grados, 25 centavos litro.
  • Tequila, un barril de 66 litros, 9 pesos.
  • Tequila puro, en tiendas, 25 centavos litro.
  • Copa de tequila en tiendas y cantinas, un centavo.
  • Una comida en el Hotel Francés, de Ameca, 50 centavos.

Precios del ganado vacuno, porcino y ovino

  • Una vaca de hacienda, 20 pesos.
  • Un novillo para el trabajo de carretas, 20 pesos.
  • Un buey para el trabajo de carretas, 30 pesos.
  • Un cerdo de buen tamaño para la engorda, un peso.
  • Un borrego para la birria, un peso.
  • Un chivo grande para la birria, un peso.
  • Una gallina grande, ponedora, 15 centavos.

Jose_Ives Limantour. Wikipedia.José Ives Limantour, artífice de la política económica de Díaz.

Con frecuencia los políticos manejan la estadística a su antojo para resaltar o minimizar, según el caso, las tareas de una administración, y así han proclamado que en tiempos de don Porfirio se pagaban “salarios de hambre”. Sin embargo, en el caso más extremo, que es el del peón que ganaba 37 centavos diarios, seguramente éste podría adquirir, de acuerdo con los precios anotados arriba, mucho más de lo que hoy compraría con el salario mínimo oficial.

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Obra consultada: José C. Díaz Navarro. “Ameca y sus costumbres en 1910”. México. 1960.

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Los arrieros de Ameca.

Don Porfirio debe volver a México.

 

 

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Los arrieros de Ameca

Arre mulitas. De P. César Mauricio Hinojosa Mendez en F

A principios del siglo pasado, Ameca estaba comunicada por dos caminos reales, uno que partía hacia el sur para llegar a Autlán de la Grana, pasando por La Coronilla, El Tezcalame, Quila, Tenamaxtlán, Ayutla, Unión de Tula, San Clemente, El Grullo y El Limón, y el otro que salía hacia el poniente con rumbo a Atenguillo, Mascota y Talpa.

En el primer trayecto era común encontrarse con grandes atajos de mulas cargadas con maíz, frijol, trigo, garbanzo porquero, manteca, colofonia*, metales y otros artículos que de todos esos pueblos, haciendas y rancherías se transportaban hacia Ameca, donde estaba la terminal del Ferrocarril Central.

En su libro “Ameca y sus costumbres”, José Díaz Navarro explica que eran atajos de 20, 25 y hasta de 50 mulas, cargadas todas ellas con los mencionados productos. Difícil era hasta contar los atajos, pues venían uno tras otro y sólo se oía por aquellas llanuras y serranías la campana de la mula campanera que casi siempre iba delante de su chinchorro como guiando a su tropel. Al ruido del cencerro las mulas caminaban una tras otra, sin separarse, formando una cadena en un camino que, sobre todo en zonas montañosas, se convertía muchas veces en angosta vereda.

Cada atajo iba dirigido por cuatro o cinco arrieros y en ocasiones más si el chinchorro era más numeroso.

Conductas de plata procedentes de Mascota

ameca

Portada del libro “Ameca y sus costumbres”, de José C. Díaz Navarro.

Esto mismo sucedía en el camino real de Ameca-Atenguillo-Mascota y Talpa, de donde también los mismos grandes atajos de mulas transportaban mercancías y metales que de aquella región tenían que llevarse igualmente a Ameca, para de allí embarcarlos por ferrocarril a Guadalajara. Los metales procedían de las minas de El Cuale y El Bramador, ubicadas en la región de Mascota y Talpa.

Destacaban entre estos atajos las conductas de plata lista para acuñarse procedente de Mascota. En más de una ocasión esas conductas fueron asaltadas por malvivientes que había en los caminos. Cabe señalar que muchos de esos salteadores fueron extinguidos por el régimen porfirista.

Partidas de ganado vacuno y de cerdos

Mapa de Jalisco.

Mapa de Jalisco, donde se aprecian claramente los dos caminos reales que a principios del siglo pasado comunicaban a Ameca con Autlán y Mascota.

Igualmente, de la región de Tomatlán se llevaban a Ameca grandes partidas de ganado vacuno. A esas reses se les llamaba “ganado abajeño” y se distinguían por su pelaje brillante y fino. Gran parte del ganado abajeño procedía de las haciendas de Gargantillo, Tepuxhuacán, Tetitlán y de otras ganaderías ubicadas por aquella zona.

Cada dos o tres días llegaban a Ameca esas partidas de ganado abajeño, que se componían de entre 80 y 100 reses cada una. La gente admiraba el brillantísimo pelaje de estos animales, lo cual obedecía, según versiones, a la pastura costeña y al capomo de que se alimentaban en aquella fertilísima región.

Además, los arrieros conducían a Ameca grandes partidas de cerdos gordos provenientes de Unión de Tula, Autlán, Mascota, Talpa y Atenguillo. Estas partidas caminaban por lo general de noche, para que con “la fresca” pudieran aguantar las grandes jornadas que duraban más o menos un mes, tanto por el camino de Talpa como en el de Autlán.

Los mesones de Ameca

De página Ameca Jalisco Y su valle en Facebook.

De la página “Ameca Jalisco y su Valle” en Facebook.

Para dar alojamiento a los arrieros y a los atajos de mulas que éstos llevaban, había en Ameca entre 15 y 20 mesones diseminados por la ciudad, principalmente en las calles 5 de Mayo, Izquierdo, Iturbide y Corona.

Entre esos mesones figuraban los de El Refugio, San Antonio, El Gallito, El Águila, La Paz, La Campana, Las Golondrinas, El Paraíso, 5 de Mayo, Guadalupe, Iturbide, El Paraje y Guerrero.

Los arrieros siempre llegaban a Ameca con sus famosas “víboras”, o sea, cinturones repletos de monedas de oro y plata para hacer sus compras de mercancías y regresar a sus lugares de origen con sus atajos de mulas y burros bien cargados, con lo cual hacían doble y bien remunerada faena.

*Colofonia: Resina sólida traslúcida y de color ámbar, empleada en farmacia, en encolado de papel y en tintas de imprenta.

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Obra consultada: Ameca y sus costumbres en 1910. José C. Díaz Navarro. México 1960.

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La arriería en el Valle de Autlán.

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Cuando una borrachera costaba cuatro centavos

Arriero pulquero. Cuadro en restaurante El Camino. García de la Cadena, Zac.

Las monografías de los pueblos de Jalisco son un verdadero encanto. Una de ellas es la que escribió José Díaz Navarro sobre “Ameca y sus costumbres en 1910”. En ella habla de las seis fábricas de tequila de la región, que producían en total 58 barriles diarios, compuesto cada barril de 66 litros, de suerte que en un mes la producción ascendía a 1,740 barriles, o sea, 114,840 litros de “tequila completamente puro”, asegura el autor.

El barril de tequila de 66 litros se vendía entonces entre ocho y nueve pesos cada uno, o sea, entre 12 y 14 centavos por litro puesto en fábrica. Las ventas de este producto se hacían en el mismo Ameca, e igualmente se vendía para el comercio de Autlán de la Grana, Unión de Tula, Tecolotlán, Tenamaxtlán, Ayutla, Mascota, Talpa de Allende y Atenguillo, poblaciones de la misma región de Ameca, pertenecientes todas al Estado de Jalisco.

Las ventas de tequila se hacían por conducto de arrieros que llegaban a las tabernas guiando un atajo de mulas, o bien, un atajo de burros muy bien aparejados para levantar esa carga. Estos arrieros portaban siempre, fajada en la cintura, la llamada víbora de cuero repleta de monedas de oro y plata para hacer sus compras.

También se vendía este producto en las ciudades de Guadalajara y México, a donde se enviaba por ferrocarril en los mismos barriles de 66 litros.

Cuando alguna persona quería emborracharse –dice Díaz Navarro- lo hacía con sólo cuatro centavos, pues el llamado “cartucho”, que contenía poco más de un decilitro, valía dos centavos, de suerte que dos “cartuchos” de dos centavos cada uno eran suficientes para que un hombre quedara totalmente borracho, si así lo deseaba.

Era la época en que gobernaba en México el general Porfirio Díaz, cuando los peones de las haciendas ganaban un promedio de 25 a 30 centavos diarios.

También había copas de este licor que se vendían a un centavo en todas las tiendas, tendajones y cantinas. Por litros, el tequila se vendía a razón de 20 centavos en los depósitos y tiendas de mayoreo, sin restricción alguna.

Y cosa curiosa –agrega Díaz Navarro-, a pesar de haber libertad para vender el tequila en todos los comercios, no abundaban los borrachines, porque como todo mundo trabajaba no había tiempo de frecuentar las cantinas, a las que acudían solamente los domingos trabajadores de todas las categorías.

Cuando un beodo caía en la cárcel dizque por andar escandalizando en la vía pública- afirma el mismo autor- se le imponía, para quedar en libertad, una multa de 25 centavos si era jornalero de las haciendas, pero si el escandaloso era de “sombrero chiquito”, como les llamaban los rancheros a los que vestían saco, chaleco y pantalón, entonces la cosa cambiaba: A éste, al del “sombrero chiquito”, se le multaba con un peso.

Parece ser, de acuerdo con este autor, que no todo fue desigualdad social en tiempos de don Porfirio. O más bien dicho, según el sapo era la pedrada, cosa que no ocurre en estos tiempos en que la gente de más recursos es la que goza de más privilegios oficiales.

Obra consultada: José C. Díaz Navarro. Ameca y sus costumbres en 1910. México 1960.

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 Artículo relacionado: Los arrieros de tequila.

 

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La arriería en el Valle de Autlán

camino de arrieria

Camino de arriería.

Al hablar sobre el Valle de Autlán, el escritor Ramón Rubín dedica un capítulo al desarrollo de la arriería en esa comarca de la Costa jalisciense, actividad que tuvo especial auge a mediados del siglo 19, cuando grandes recuas de asnos y mulas traían desde la Costa el cargamento de los barcos, buscando en Ameca o Zapotlán los accesos al ferrocarril o alcanzando la propia ciudad de Guadalajara, a donde llevaban los productos de la zona y de donde traían todo aquello que no había y que resultaba indispensable.

Estos atajos de hasta cien animales de carga -dice Rubín-, trazaban con su huella entre la selva y los bosques todavía vivos una intrincada red de veredas.

“Ellos se llevaban los botes de manteca, los cueros salados o curtidos, las pacas de chile, los costales de maíz, los tercios de escobas, los paquetes de añil o de velas, las cajas de jabón y de pitillos y los colotes de sombreros de palma que el campo y la industria local producían y traían los quesos, los cerillos, las barcinas de sal, las latas de petróleo para el alumbrado, las pacas de géneros textiles, los rollos de cordelería y los recipientes de alcohol para el refuerzo de los munificientes embriagantes…”

Además, los arrieros, portadores de las noticias de los parientes y amigos emigrados, eran recibidos con el mismo interés ilusionado que merece el cartero.

Con ellos llegaba también el deslumbramiento de todas las innovaciones del progreso, las muselinas vaporosas para el traje nupcial de la que se iba a casar, los lienzos estampados, los jabones de olor y todas esas fruslerías que adornan y hacen las delicias de la ingenua mujer de estos pueblos apartados, dándole al hombre un medio para halagarla”.

La arriería -añade Rubín-, gozaba el prestigio de una temeridad que desafiaba los crecientes estivales de los ríos sin puente, el acecho de las fieras, el atraco de los forajidos y el desamparo de las intemperies. “Tenía a su favor la leve y fugaz presencia de lo trashumante y traía el aroma de lo exótico, de lo que viene de lejos“.

De igual manera, aunque en la población de Autlán hubiese quien alquilase buenos caballos para hacer el viaje a Guadalajara a las personas pudientes, muchas veces estos atajos constituían el único medio para transportar a lomo de burro o mula a la gente más humilde.

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Obra consultada:  Ramón Rubín. El Valle de Autlán. Unidad Editorial del Gobierno de Jalisco. Guadalajara, 1987.

 

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Entre arrieros y tamemes

Oz Castro. Haciendas y Conventos de Jalisco.
Como todos los grandes escritores de Jalisco, Francisco Rojas González, autor de “El Diosero”, habló también de los arrieros. En uno de sus cuentos, “La cabra en dos patas”, narra el caso de un indígena otomí llamado Juan Nopal, que construyó su jacal y echó raíces en el recodo de una vereda que poco a poco se fue ensanchando hasta convertirse en camino muy transitado por arrieros y tamemes.

Ante el creciente tránsito de viajeros, a quienes en un principio les vendía pulque, al paso del tiempo Juan Nopal fue agregando nuevos servicios a su negocio hasta convertirlo en una especie de venta o mesón, donde arrieros y tamemes encontraban descanso, aguardiente y algo qué comer.

“La clientela de don Juan Nopal –dice Rojas González– iba en aumento. Por la venta desfilaban los caminantes: arrieros de la sierra, mestizos jacarandosos y fanfarrones, que llegaban hasta las puertas del tenducho, mientras afuera se quedaban pujando al peso de la carga de azúcar, de aguardiente o de frutas del semitrópico, las acémilas sudorosas y trasijadas. Aquellos favorecedores charlaban y maldecían a gritos, comían a grandes mordidas y bebían como agua los brebajes alcoholizados. A la hora de pagar se portaban espléndidos”.

También llegaban ahí “los indios que cargaban en propios lomos el producto de una semana entera de trabajo: dos docenas de cacharros de barro cocido, destinados al tianguis más próximo. Ocupaban aquellos tratantes el último rincón del ventorro. Ahí aguardaban, dóciles, la jícara de pulque que bebían silenciosamente. Pagaban el consumo con cobres resbaladizos de tan contados, para irse, presto, con su trotecillo sempiterno.

“O los otomíes que, en plan de pagar una manda, caminaban legua tras legua, llevando en andas a una imagen a la que escoltaban diez o doce compadritos, los que, por su cuenta, arrastraban una ristra de críos, en pos del borrico cargado con dos botas de pulque cada vez más ligeras, ante las embestidas de los sedientos…”

“Con aquella clientela, Juan Nopal hacía su vida. La paz cubría el techo del hogar montero”.

Obra consultada: Cuentos completos. Francisco Rojas González. Fondo de Cultura Económica. México, 1971.

Artículo relacionado: De cómo se caminaba en aquel tiempo.

 

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La Monja Alférez, arriera de profesión

Monumento_a_la_Monja_Alférez_en_Orizaba,_Veracruz

Monumento a la Monja Alférez en Orizaba, Ver.

Uno de los personajes del Virreinato que más fama gozó en su tiempo y después de su muerte, fue doña Catalina de Erauso, nacida en San Sebastián de Guipúzcoa, España, en 1592. Fue hija del capitán Miguel de Erauso y de María Pérez de Galaviaga.

Muy joven, Catalina entró como religiosa en un convento, pero no le gustó la vida mansa y monótona de la celda y huyó del monasterio vestida de hombre, para seguir una vida turbulenta y llena de aventuras.

Reconocida y premiada por el Papa y por el rey

Por haber sido religiosa y después militado en los ejércitos reales en el Nuevo Mundo, doña Catalina llegó a ser más conocida con el apodo de la Monja Alférez, a quien el Papa Urbano VIII, maravillado de sus hazañas, le concedió pudiese andar en traje de hombre, como hasta entonces lo había hecho.

Por cierto que habiéndole replicado a Su Santidad un cardenal “que no era justo hacer ejemplar para que las mujeres que habían sido religiosas anduviesen en traje indecente”, le respondió el Sumo Pontífice: “Dame otra Monja Alférez y haré lo mismo”.

Por su parte, el rey Felipe IV, en premio a sus servicios militares en América, le otorgó una pensión de 500 pesos anuales con cargo a las cajas reales del Perú, Manila o México.

Cobró fama como arriera entre México y Veracruz

En 1630 la Monja Alférez se presentó en la capital mexicana, con su cédula correspondiente de pago, ante el marqués de Cerralvo, quien era entonces el virrey, y durante algunos años pasó una vida tranquila cobrando su pensión, hasta que resolvió dedicarse a la arriería, haciendo viajes entre México y Veracruz.

El padre capuchino fray Nicolás de Rentería dice que la conoció siendo él seglar en Veracruz el año de 1645. Entonces ella se hacía llamar “don Antonio de Erauso”, y tenía “una recua de mulas en que conducía con unos negros ropa a diferentes partes…; que era sujeto allí tenido por de mucho corazón y destreza; y que andaba en hábito de hombre, que traía espada y daga con guarniciones de plata…; que era de buen cuerpo, no pocas carnes, color trigueño, con algunos pocos pelillos por bigote”.

Una bonita anécdota de la Monja Alférez

Entre las anécdotas que de ella se cuentan destaca la referida a cierto mercader de la capital que por medio de una carta la recomendaba como arriera experimentada en transporte de personas ante el alcalde mayor de Xalapa, quien deseaba enviar una hija suya a México para que profesara en un convento.

El alcalde, como leyera en la carta que don Antonio era “hembra” y no “hombre”, para cerciorarse más de ello y confiarle la conducción de su hija con menos peligro, ordenó a las otras hijas que tenía dispusiesen un baño y convidasen a la monja peregrina; hiciéronlo así, y habiendo aceptado, el propio alcalde se ocultó en un lugar donde no podía ser visto pero donde él podía ver a las bañistas, y de este modo supo que era verdad lo que le habían escrito, es decir, que el famoso “don Antonio” era efectivamente una hembra, por lo que al día siguiente le entregó la dama que había de ser religiosa.

Nunca abandonó sus obligaciones religiosas

Continuó la monja peregrina en su ejercicio de arriera, hasta que yendo a Veracruz con una carga fletada, adoleció en Cuixtlaxtla “del mal de la muerte”, expirando en 1650. Se dio aviso a los vecinos de Orizaba. Concurrió al funeral lo más lucido del pueblo, pues fue muy amada de presbíteros y religiosas, porque, aparte de sus varoniles arrojos, rezaba todos los días lo que era obligación a monjas profesas; ayunaba toda la cuaresma, los advientos y vigilias; tres disciplinas hacia lunes, miércoles y viernes, y oía diariamente misa.

Obra consultada: Luis González Obregón. Leyendas de las Calles de México. Aguilar. México 1977.

Artículo recomendado: Casos insólitos de mujeres arrieras en México.

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Las mulas de Su Excelencia

FernandodeAlencastre

Virrey Fernando de Alencastre, duque de Linares.

Vicente Riva Palacio y Artemio de Valle-Arizpe refieren, cada quien con su estilo, un suceso ocurrido en tiempos del virrey Fernando de Alencastre Noroña y Silva, duque de Linares y marqués de Valdefuente, según el cual un par de mulas salvaron de la horca a don Jerónimo de Almagro, prominente español vecino de la Ciudad de México, cuando por causa de un conflicto de tierras dio muerte de un balazo en la cabeza a don Martín Illescas de Fuenleal.

Puesto en prisión y sentenciado a pena de muerte por este asesinato, no valieron los llantos de su influyente esposa y de su hija, ni siquiera la intervención del arzobispo Lanciego y Eguilaz para convencer al virrey de que lo indultara, no obstante haber demostrado que mató a don Martín porque éste, corrompiendo a la justicia, logró despojarlo de un predio de su propiedad.

Resulta, sin embargo, que en aquel tiempo el virrey se levantaba temprano para ir a supervisar las obras de la Catedral, que entonces se construía. Su cochero era un hombre sencillo, lleno de piedad, llamado Simón Ibarra, a quien también habían acudido la esposa y la hija de don Jerónimo para que obtuviera el perdón del virrey. Pero Simón insistió en que si el señor arzobispo no pudo obtener el indulto, menos lo conseguiría él.

Llegó el día de la ejecución de don Jerónimo de Almagro y, como de costumbre, tomó el duque de Linares su coche para visitar las obras de Catedral, así como del Acueducto y la Acordada. Las mulas trotaban elegantes, ágiles, aunque nerviosas, en tanto que, en otro punto de la ciudad, sacaban de la cárcel a don Jerónimo para conducirlo a la horca, rodeado de alguaciles. Las campanas de todas las iglesias doblaban lentas, gemebundas, graves.

El coche del virrey ya venía rumbo a Palacio cuando de pronto dejó su suave rodar y aceleró la marcha, iniciando una desaforada carrera; saltaba bruscamente por entre baches y piedras, se bamboleaba de un modo horrendo, parecía que iba a volcarse. Su Excelencia salió de sus apasibles pensamientos y preguntó al cochero qué era lo que pasaba. “Las mulas se han desbocado, y no puedo detenerlas”, respondió. Sin embargo, con mal disimulada sonrisa se valía de las mismas riendas para avivar la carrera de las bestias. El virrey se afianzaba en su asiento.

De pronto, llegó hasta Su Excelencia un ardiente griterío, “¡Indultado!, ¡Indultado! El coche se detuvo, lo rodeaba una multitud. De cada boca salía con fresco regocijo el grito de “¡Indultado!”, y era que el carruaje del duque se había cruzado con la horca, y como era costumbre establecida que cuando el virrey encontrase a un reo que condujesen al patíbulo se le perdonara la vida, por eso la multitud, viendo que se había librado de la muerte a aquel buen caballero, daba festivas voces y aplaudía con exaltado entusiasmo porque con aquel encuentro casual estaba ya perdonado don Jerónimo de Almagro.

¡Vean nomás de lo que son capaces las mulas!, exclama Riva Palacio.

Fuentes consultadas:
Vicente Riva Palacio. Cuentos del General. Conaculta-UNAM. México, 1997.
Artemio de Valle-Arizpe. Virreyes y virreinas de la Nueva España. Aguilar. México, 1997.

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La corrupción viene de lejos

JuanFranciscodeGuemesyHorcasitas, Wikipedia.

Francisco de Güemes y Horcasitas.

De todos los historiadores es sabido que la corrupción en México, hasta hoy un problema de primerísima importancia, tiene sus antecedentes en la época virreinal, desde la Conquista, ya que en tiempos de los aztecas los ladrones, oficiales o privados, eran simplemente sacrificados al dios Huitzilopóchtli, cosa que hoy no sucede gracias, entre otras cosas, a los derechos humanos.

Incluyo este comentario en la serie “Arrieros de México” sólo porque me llama la atención la forma como un importante testigo de la Historia, Guillermo de Tortosa, informa a su hermana Silveria, radicada en Madrid, sobre la cantidad de mulas que utilizó el primer conde de Revilla Gigedo, Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, para llevarse de México la fortuna que logró acumular durante su mandato (1746-1755).

No hay que confundir aquí al primer conde de Revilla Gigedo con el segundo, su hijo, Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla, quien también fuera virrey entre 1789 y 1794, pero que a diferencia de su padre fue un hombre dinámico, honrado y trabajador, considerado por muchos como el mejor gobernante que tuvo la Nueva España. Esto contradice el viejo dicho de que “nunca segundas partes fueron buenas”.

En su libro “Virreyes y virreinas  de la Nueva España”, Artemio de Valle-Arizpe habla de la carta enviada por Guillermo de Tortosa a su hermana Silveria, en 1755, a propósito de la entrega de mando que hizo el primer conde de Revilla Gigedo a su sucesor Agustín de Ahumada y Villalón, segundo Marqués de las Amarillas:

Vi salir, muy admirado, todos los equipajes y numerosas cargas de don Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, conde de Revilla Gigedo. No fueron bastantes para conducirlos las doscientas mulas que se tenían preparadas. Me aseguran, y lo creo, que ninguno de los virreyes anteriores logró juntar, como él, tan numerosas riquezas. Buena mina es el gobierno de este México cuando no hay esa cosa rara que se llama probidad”.

Y sólo como complemento, a propósito del aprecio que en aquel tiempo se tenía en México por las mulas, cosa que ya no existe, agrego el comentario del mismo don Guillermo de Tortosa sobre la entrada que hizo a la capital mexicana el Marqués de las Amarillas:

“Escoltaban a las damas muchos pajes, gentileshombres, los ceremoniosos secretarios de cámara y de gobierno; luego iban los corceles de respeto, la guardia de caballería, la infantería del Real Palacio, la Acordada, las preciosas carrozas de Su Excelencia, llenas de fulgores, y, a lo último, veintiséis soberbias mulas de carga, con los frenos y cabezadas de plata, con altos plumeros encarnados en las cabezas, y las cubiertas y reposteros que tapaban las cargas eran de color de fuego, muy bordados, y las cuerdas con que se liaron eran de seda y roja, y los barrotes con que se apretaban, de plata”.

Fuente: Virreyes y virreinas de la Nueva España. Artemio de Valle-Arizpe. Aguilar. 1977.

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Aventuras de arrieros en la Revolución

Mapa Zona Norte. De p. Cesar Cosío en F.

Mapa del Norte de Jalisco y zonas colindantes.

Al estallar la Revolución de 1910 la arriería en México se encontraba en plena decadencia debido al desarrollo de la red ferrocarrilera, pero en apartadas regiones como el Norte de Jalisco y zonas colindantes de los estados de Nayarit, Durango y Zacatecas, en el occidente del país, las recuas de los arrieros eran todavía el principal medio de transporte de personas y mercancías, por lo cual es fácil imaginar el desastre económico y social que la lucha armada significó para esa región.

Orígenes de la arriería en el Norte de Jalisco

El sistema arriero se organizó en el Norte de Jalisco a mediados del siglo 16, cuando al descubrirse las primeras minas al norte de la Nueva Galicia se abrieron los caminos de la plata. Sin embargo, con el inicio de la Guerra Chichimeca, provocada en gran medida por los abusos de los conquistadores españoles, los asaltos de indígenas no se hicieron esperar, y estos primitivos caminos se convirtieron muy pronto en campos de batalla.

La pacificación encabezada por el capitán mestizo Miguel Caldera trajo consigo la fundación de los primeros asentamientos de españoles como Colotlán y otros pueblos de la comarca. Los presidios y pueblos defensores llegaron a ser la base de la estrategia militar y la protección del tráfico de los caminos: Fresnillo en 1568, Jerez en 1570 y Colotlán en 1590.

Experiencia de los arrieros norteños en guerras

Arcos de Colotlán quemados por gente de Pánfilo Natera. De p. Colotlán Jalisco (oficial) en F

Arcos de Colotlán quemados en tiempos de la Revolución.

Al desatarse el movimiento revolucionario de 1910, los arrieros norteños poseían una experiencia acumulada de 350 años en conflictos armados. Su oficio había nacido precisamente en medio de la guerra, en el siglo 16, pero ya muy entrada la época colonial vinieron otras rebeliones indígenas, y después, en el siglo 19, las guerras de Independencia y de Reforma.

Así las cosas, nada nuevo vino a traer a los arrieros norteños la inseguridad predominante en los aciagos tiempos de la Revolución iniciada en 1910. Para entonces ya sabían qué hacer y qué no hacer. Lo cierto es que nunca dejaron de salir a los caminos a desempeñar su oficio, aunque con muchos riesgos y dificultades.

Reaparecieron los salteadores de caminos

Durante la Revolución (1910-1916) abundaron los ataques a los pueblos. Los atacantes fueron primero maderistas, luego carrancistas y finalmente los villistas. Nadie entendía entonces cómo un gobierno tan fuerte como el de Porfirio Díaz era incapaz de contener la ola de violencia, después de haber garantizado la seguridad de pueblos y caminos durante tres décadas, con policías tan represivos como los de la famosa Acordada.

Las cosas empeoraron cuando a las calamidades provocadas por el hombre, siguieron las naturales. Como consecuencia de la falta de lluvias en 1915, vino el llamado “Año del Hambre” en 1916, cuando no hubo cosechas y el ganado moría de hambre y de sed.

Fue entonces cuando apareció una terrible hambruna, la gente llegó a comerse hasta las correas de los guaraches, reaparecieron numerosos gavilleros ávidos de robar todo aquello que tuviera algún valor, y pese a todo, poniendo en riesgo hasta la vida, los arrieros salieron a los caminos en busca de alimentos.

Solidaridad, principal arma defensiva de los arrieros

El espinazo del Diablo. Villa Guerrero. De P. Francisco Vázquez Mercado en F

La agreste geografía norteña.

Arrieros norteños, entrevistados hace más de 20 años, informaron sobre largas jornadas que tuvieron que hacer hasta Ameca y El Grullo, en Jalisco, pero a cientos de kilómetros de distancia, para llevar maíz a sus pueblos, y volvían a su tierra sin maíz, sin burros y sin dinero, porque ya para llegar a sus comunidades los asaltaban y con frecuencia los mataban.

En tan críticas circunstancias los arrieros de la época revolucionaria recurrieron al sentido de solidaridad para protegerse de los maleantes, igual que lo hicieron siglos atrás sus antecesores ante otros conflictos armados.

Se organizaron en grupos de hasta 20 hombres, armados en su mayoría, y con hatajos de hasta 80 o 100 burros, para llevar alimentos de Guadalajara, Zacatecas, Aguascalientes, Durango y otros lugares.

Don Isauro Rentería resultó ileso de ataques villistas

Arrieros en Zacatecas. P. Temas Zacatecanos en F

Arrieros de burros en Zacatecas.

En cada uno de los pueblos del Norte jalisciense hubo arrieros que sufrieron en carne propia los avatares de la Revolución. Uno de ellos fue don Isauro Rentería Landa, quien en una entrevista dio cuenta de los encuentros que él y sus compañeros sostuvieron con soldados villistas, de los que por fortuna salió ileso, cuando viajaba a llevar y traer mercancías entre su natal Huejuquilla y la ciudad de Zacatecas.

“Entre los oficiales villistas –dice don Isauro– había de todo: unos con ideales positivos y otros con mala entraña, asesinos y ladrones”.

No había otra alternativa que vencer el miedo

En conclusión, contrariamente a lo que pudiera suponerse, los arrieros de Huejuquilla, Colotlán, Totatiche, Temastián, Villa Guerrero, Bolaños y demás comunidades norteñas vencieron el miedo y salieron a los caminos en plena Revolución, sorteando todos los peligros, para satisfacer necesidades de sus familias y de sus pueblos. No hay quien no tenga miedo, pero el sentido del deber lo vence.

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