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De los burros también se aprende

 

Arriero y su burro. Cortesía de Juan Angel Peña. Pintura de quién.

Los arrieros, amos de los caminos de México durante cuatro siglos, conocieron mejor que nadie a las bestias de carga, ya que además de trabajar con ellas su vida entera, las alimentaban, curaban y cuidaban con el mayor esmero por ser su principal fuente de subsistencia. Y lo mejor de todo: por ellas aprendieron a entender a la gente y a resolver problemas de la vida.

De los burros, ¿quién iba a pensarlo?, también se aprende. Ocurre que en nuestro diario lenguaje se suele calificar de “burro” al ignorante, al que nada sabe. De hecho, una de las antiguas disciplinas “educativas” consistía en ponerles orejas de burro a los niños que no aprendían la lección. Pero, ¡Oh sorpresa!, de ellos, de los burros, aprendieron los arrieros filosofía práctica. Vea usted cómo.

Los pobres arriaban burros; los ricos, mulas

     Hubo dos clases de arrieros: los que trabajaban con burros, que eran los más pobres, y los de mulas, que poseían mayores recursos. Ambas especies de animales, aunque emparentadas, son de naturaleza distinta: los asnos, nobles, humildes, sufridos, sobrios y trabajadores (cualidades ausentes muchas veces en los seres humanos), mientras que las mulas, aunque mañosas, ofrecen mayor capacidad de carga.

A través de los siglos los arrieros acuñaron infinidad de refranes alusivos a sus animales, cuyos hábitos y características aplicaron con gran sabiduría a la vida cotidiana para resaltar cualidades, errores, circunstancias o actitudes de la gente que conocían.

Filosofía práctica de los arrieros

Burra y burrito. Foto de Juan Ángel Peña Enríquez en F.

     • “El burro y el majadero siempre se cuentan primero“. Este refrán alude a la ancestral costumbre del arriero, de contar diariamente sus jumentos para descubrir si alguno se le ha perdido, pero a la vez censura a los patanes que al referirse a otras personas se mencionan a sí mismos en primer término, es decir, “yo y fulano de tal…

     • “Otra vez la burra al trigo, y acabándola de echar“. Referencia obvia a quienes repiten una mala acción cuando apenas habían sido reprendidos o castigados por lo mismo.

     • “La burra no era arisca, la hicieron”. Los burros y otros animales no se asustan por cualquier cosa si antes no sufrieron una mala experiencia. Lo mismo sucede con las personas, que difícilmente repiten el error que alguna vez puso en riesgo su vida o sus bienes, aunque también se dice que “el hombre es el único animal que tropieza con la misma piedra”.

“La carga hace andar al burro“. No hay mejor remedio para los indolentes que asumir una responsabilidad. Este refrán se aplica con frecuencia a los varones recién casados que en su papel de solteros ignoraron obligaciones familiares.

Asno con oro, alcánzalo todo

Cargadores de cántaros. Parque Obrero (Agua Azul) 1920. De P. Yo soy tapatío en F

“Cuando digo que la burra es parda es porque tengo los pelos en la mano“. Si alguien conoce bien a los burros es su dueño, razón por la cual éste tiene la absoluta certeza cuando señala el color del animal perdido. Lo mismo puede asegurar quien cuenta con las pruebas contundentes de que algo es verdad.

“Como el burro del aguador, cargado de agua y muerto de sed“. Este refrán alude a las personas e incluso a los pueblos que disponen de suficientes recursos económicos para satisfacer sus necesidades, pero que no los aprovechan debidamente. Así resulta la paradoja de sufrir graves carencias en medio de la riqueza.

    • “Asno con oro, alcánzalo todo”. Hay individuos que sin poseer notables aptitudes intelectuales, logran acumular grandes fortunas por medio de herencias, hallazgo de tesoros u otras eventualidades que les permiten comprarlo todo o casi todo. Famoso en el siglo 19 fue en Jalisco el llamado “Burro de Oro“, de quien se cuentan sabrosas anécdotas.

    • “Asno de muchos, lobos lo comen”. Un objeto valioso -decían los viejos arrieros-, debe estar siempre bajo el cuidado de una sola persona, no de muchas a la vez, porque a la hora de la verdad resulta que nadie se hace responsable de nada.

    • “Para la querencia no hay burro flojo”. Igual que todos los asnos, cualquier persona se alegra, se entusiasma y trata de apresurar el paso ante la cercanía de su casa, de su pueblo, del lugar o circunstancia que le trae buenos recuerdos o expectativas.

Entender a la gente, lo más difícil

    En conclusión, los arrieros mexicanos, con una experiencia acumulada de cuatro siglos, lograron un conocimiento tan profundo de los caminos y de sus animales, que con ellos y por medio de ellos adquirieron la sabiduría necesaria para entender a la gente y enfrentar muchos de los problemas de la vida.

 

    A partir del próximo sábado podrás leer en este mismo blog  sobre “La extinción del burro en México”, un artículo actualizado  sobre el fin que tuvieron los burros en nuestro país. Te adelanto: se fueron al matadero.

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La sabiduría de los arrieros

Arrieros pasan por el Puente de Arcediano. De Imágenes Históricas de Guadalajara (Luis Fernández)

Arrieros en el Puente de Arcediano, sobre el Río Santiago.

     El buen arriero no solo reunió extraordinarias virtudes como la honradez, la audacia y el espíritu solidario, sino que llegó a dominar una amplia gama de conocimientos necesarios para realizar sus complejas tareas.
Así lo revelan entrevistas realizadas con viejos arrieros mexicanos del siglo XX, que además de aportar sus propios testimonios, dieron cuenta de antiguas tradiciones de su oficio. En esto coincide también gran parte de la bibliografía existente acerca de este gremio.

La arriería, oficio de varones transmitido de padres a hijos

     Por regla general el oficio de arriero era transmitido de padres a hijos. Aunque hay casos insólitos de mujeres arrieras, fue un oficio exclusivo de varones; hasta los burros que arriaban eran generalmente machos, para evitar dificultades con las hembras; también utilizaban bestias mulares, que aparte de su resistencia y mayor capacidad de carga, se adaptaban mejor a la accidentada geografía de los caminos y obviamente tampoco daban problemas de sexo.

Honradez a toda prueba, el principal atributo del arriero

     El principal atributo del arriero fue su honradez a toda prueba; no a cualquiera se le podía confiar el transporte de personas, de correspondencia y de valiosas mercancías por caminos tan llenos de peligros. Por ello, los arrieros fueron generalmente honrados, pero además solidarios, valientes, fuertes, audaces, astutos y cautelosos.

Arrieros somos y en el camino andamos, principio solidario

     Su proverbial solidaridad -arrieros somos y en el camino andamos- se manifestaba no solo frente al enemigo y al compartir sus alimentos, sino que cuando alguien se enfermaba, los demás lo atendían con prontitud. Incluso cuando se reunían muchos arrieros, lo cual era frecuente por cuestiones de seguridad, el trabajo lo hacían en común: todos se apoyaban para cargar o descargar las bestias, y al que se rezagaba lo ayudaban los demás hasta terminar, y si un animal se perdía por la noche, cualquiera que fuese el dueño, nadie se movía hasta que no salía al camino todo el grupo.
Los arrieros que viajaban juntos eran como una familia; consumían primero el mejor bastimento que alguien del grupo llevara, según lo hacendoso, limpias y buenas cocineras que fueran sus mujeres, y así hasta consumir entre todos el menos bueno de los alimentos.

Cautela ante los extraños, alegría y bromas entre ellos

Arrieros en Zacatecas. P. Temas Zacatecanos en F

Arrieros en Zacatecas.

     Ante los extraños eran retraídos, cautelosos, pero entre ellos, alegres, cantadores y bromistas. Cuando diferentes grupos se encontraban en el camino, se comunicaban las buenas o malas noticias del rancho o de la ciudad, pero con frecuencia se jugaban bromas inocentes: -¿Que a cómo anda el huevo en Zacatecas? -¡Caro! Y luego llegaban los otros y encontraban el precio muy abajo. O al revés: informaban que el huevo estaba muy barato cuando en realidad se cotizaba alto. Eso era suficiente para reír buena parte del camino.

El arriero no era tan vulgar como se dice

      El chiflido con el que arriaban la recua fue su segundo lenguaje; con él se comunicaban unos a otros a distancia, insultaban a sus enemigos o se mofaban de alguien.
Siempre tuvieron fama de “mal hablados”, pero es justo señalar que hubo arrieros tan respetables y respetuosos, que no usaron palabras altisonantes ni para dirigirse a las bestias, menos para ofender a la gente.
La mala fama de vulgares, ventajosos y pendencieros, que se refleja en refranes como “el habla de arrieros es indigna de caballeros”, “arrieros y porqueros duermen bien en los graneros”, “de arriero a limosnero” y otros por el estilo, parece más bien producto de la aversión que siempre les tuvo gente sofisticada que pretendía despreciarlos, aunque nunca dejara de servirse de ellos.

Principales conocimientos que reunían los arrieros

    Un buen arriero sabía leer y escribir para llevar el control de los pedidos que atendía; también entendía de cuentas y de pesas y medidas, manejaba la báscula romana, calculaba las horas por la sombra del sol o por la posición de las estrellas, conocía las fases de la luna para aprovechar su luz, distinguía la calidad de las mercancías para recibirlas y entregarlas según cuenta y razón, conocía las propiedades medicinales de las hierbas para curar a quienes se enfermaban en el camino, sabía también cómo curar y rehabilitar a sus animales ante cualquier contingencia; en suma, conocía los buenos y los malos caminos, y de tanto andar por ellos aprendió lo más difícil, que es entender el carácter de los hombres.
Por lo anterior, es inexacto y desde luego injusto calificar de manera general a los arrieros como gente vulgar e ignorante.

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El arriero y sus refranes en los caminos de México

Viajeros acompañados por el arriero a pie. P. Imágenes históricas de Guadalajara, México, en F.

   Rica es la herencia de los arrieros mexicanos en sus refranes, síntesis de antigua sabiduría popular que llega hasta nuestros días gracias al lenguaje.

   “Los arrieros tienen algo de embusteros y mucho de refraneros”. Este dicho resume en gran medida la figura del arriero, amo de los caminos de México durante cuatro siglos (entre el XVI y el XX). El término “embustero” no debe entenderse aquí como sinónimo de mentiroso o tramposo, sino de bromista, jactancioso o fanfarrón, que es muy diferente.

   En cuanto al calificativo “refranero”, cabe decir que difícilmente hubo un arriero que no se expresara por medio de refranes, a través de los cuales resumía el dominio de su oficio y la sabiduría de su existencia.

El arriero y su conocimiento de los caminos

   Los refranes de arrieros, que se cuentan por miles, pueden dividirse en varios capítulos: el primero, tema de este artículo, se refiere a los caminos, que fueron base y sustento de su oficio. Nadie conoció mejor los caminos que el arriero.

   Otros capítulos pueden abordar temas como el trato con mujeres, en lo que presumían ser verdaderos expertos, igual que los marinos, pero destaca además su conocimiento sobre animales de carga, con los que trabajaban diariamente: burros, mulas y caballos estuvieron siempre ligados a sus tareas y nunca dejaron de relacionarlos con personas y cosas que les rodeaban.

Al mal paso darle prisa, pero con precaución

   Ante una situación de riesgo, aquellos amos de caminos decían: “Al mal paso darle prisa”, o sea, ante una situación apurada, lo mejor es apresurar el paso, hacer frente al peligro de inmediato. Sin embargo, en otro refrán advertían: “Al peligro con tiento, y al remedio con tiempo“.

   Sobre la inseguridad en los viajes, sentenciaron: “No hay camino más seguro que el recién robado” y “No es siempre el mejor camino el más corto”, pero “Es mejor volver atrás que perderse en el camino”.

   Su proverbial solidaridad la expresaron en “Arrieros somos y en el camino andamos” o lo que es lo mismo: “Hoy por ti y mañana por mí”.

   Y para no angustiarse ante un mal paso ya dado, aconsejaron: “Al mal tiempo buena cara” y “A lo hecho, pecho”.

No por mucho madrugar amanece más temprano

 Arriero en camino de montaña

   Con toda su experiencia, los arrieros sabían que “No por mucho madrugar amanece más temprano”, es decir, conocían y respetaban sus horas de trabajo y de descanso para cumplir en tiempo y forma con la recepción y entrega de las mercancías que transportaban, no antes ni después.

Solo quien carga el costal sabe lo que trae adentro

   Si alguien sabía de costales y sus contenidos eran los arrieros; por ello acuñaron el refrán: “Solo quien carga el costal sabe lo que trae adentro“, o sea, antes de opinar sobre alguna persona o sus actos, hay que preguntarse por qué lo hace.

Amor viejo y camino real nunca se dejan de andar

   El arriero conocía los caminos de la vida. Así lo demuestra cuando dice: “Amor viejo y camino real nunca se dejan de andar“.

   Y sobre las dificultades del viaje: “Cayendo y levantando pero caminando”, ya que después de todo “A caravana que pase no le hace que los perros ladren“. Y no es menos cierto que “Al paso de la carreta se acomodan las calabazas”..

El que anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho

   “Quien viaja mucho y lee mucho, sabe mucho“, pero “No todos los que chiflan son arrieros” (hay charlatanes por todos lados). Lo bueno es que “Donde se halla la hierba se encuentra la contrahierba” y “Pa´ los toros del Jaral los caballos de allá mesmo“.

   A fin de cuentas, lo mejor es “No meterse en camisa de once varas porque, aunque la camisa es ancha, también se rompe a codazos”.

   Así hablaban los arrieros mexicanos, que jamás negaron la cruz de su parroquia: la herencia española.

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Arrieros y mujeres en México: un amor en cada pueblo

marichidearrieros

   Gracias a sus refranes, que acuñaron en abundancia, es posible conocer hoy el pensamiento de los arrieros acerca de las mujeres, y a su vez, el concepto de ellas sobre estos singulares comerciantes, transportistas y comunicadores, que dominaron los caminos de México durante más de cuatro siglos.

Amor de arriero, si te vi ya no me acuerdo

   La infidelidad del arriero fue proverbial. Uno de los dichos populares que reflejan con mayor claridad su concepto sobre el amor es precisamente: “Amor de arriero, si te vi ya no me acuerdo”.

   Por lo general, el arriero se dedicó a su familia, esposa e hijos, cuya seguridad y bienestar le preocupaban durante sus viajes, pero por la naturaleza misma de su oficio, que exigía prolongadas ausencias de su hogar, consideraba normal tener otros amores en los pueblos que visitaba, en una relación meramente ocasional.

   “Hay tres clases de tarugos –decía el arriero-: el que brinda con el dependiente, el que monta sin barboquejo y el que baila con su mujer”.

Al arriero no le faltaban oportunidades de amar

Mesón de Jobito (Zac) en P. Temas Zacatecanos en F

Mesón de Jobito, en Zacatecas.

   El arriero debía hospedarse y alimentarse frecuentemente en mesones, donde casi siempre, durante las obligadas horas de descanso, había oportunidades para amar y ser amado.

   De ahí el refrán que advierte: “No compres asno de recuero ni te cases con hija de mesonero“. Y es que la reputación de la hija de mesonero no era buena, porque “parece que no echa un brinco, y hasta las laderas salta”.

   Además, la época favorecía al machismo:  De ahí el dicho: “La india quiere al arriero cuando es más lépero y fiero” y “No le hace que nazcan tuertos con tal de que miren bien”.

Estrategia del arriero en el arte del amor

   Sin embargo, “Más vale maña que fuerza“. Este dicho lo aplicaban los arrieros en la práctica de su oficio y también en el arte de amar, ya que, si bien es cierto, fueron por lo general machistas, sabían que “El que es corto no entra al cielo, y el que es largo se atraviesa”, pero cuando las cosas no iban bien se consolaban diciendo: “Déjalas que corcoveen que ya tomarán su paso”.

Quien de su casa se aleja no la halla como la deja

Familia campesina. Cortesía de Patricia Delgadillo en Imágenes histórics de Guadalajara, Mexico en F

   Claro está que la infidelidad del arriero tenía sus consecuencias. Cuando la esposa sospechaba que su marido no andaba en buenos pasos, también sabía qué hacer. De ahí el refrán: “Quien de su casa se aleja no la halla como la deja”, o “A los dos nos gusta el trote, aunque nos zangolotee”.

   Las discusiones de pareja por cuestiones de infidelidad debieron ser muy frecuentes. Esto lo revelan refranes como:

  • “Ahora lo verás guarache, ya apareció tu correa”.
  • Solo te queda lo que a los burros viejos, el puro rebuznido“.
  • Al que no le guste el fuste, que lo tire y monte en pelo”.
  • “La gracia no está en cantar sino en hacer gorgoritos”.
  • “Por eso los hacen pandos, porque los montan tiernitos”.
  • Ya no quiero la harina sino los costales”.
  • “Que pase la creciente para pasar el río”.
  • “!Ay reata no te revientes que es el último jalón!”

Entre machos y mulas nomás las patadas se oyen

Arre mulitas. De P. César Mauricio Hinojosa Mendez en F

   Total, que “Entre machos y mulas nomás las patadas se oyen”.

   Infieles los arrieros, ni quien lo dude, pero de acuerdo con sus dichos, algunas de sus mujeres “tampoco cantaban mal las rancheras”; por ello recomendaron: “Mulita no te me buigas mientras que te aprieto el cincho” y “Mula triscona y mujer inquieta, con un sobornal de tierra, !quieta!”.

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De cómo un afligido esposo salva su matrimonio

  En Mi primera mujer (1940) el escritor campechano Juan de la Cabada cuenta lo sucedido a un leñador que habiéndose casado con una mujer mayor que él, llamada Faustina, vivía contento con ella porque le cumplía todos sus antojos, hasta los más extravagantes. Sin embargo, viendo que uno de sus vecinos se daba gusto golpeando todos los días a su esposa, al leñador le entró la idea de imitarlo, pero no hallaba motivo para golpear a Faustina, porque simplemente ella no lo daba.

   Tanto le inquietó la idea de pegarle a su mujer que fue a pedirle consejo al vecino, y éste le recomendó que comprara un kilo de carne y que le pidiera a su esposa la preparara en cinco guisos diferentes. No lo hará –añadió el amigo- ya sea por perezosa o porque no pueda, y ahí tendrás la primera ocasión para darle una paliza. El leñador puso en práctica el consejo, pero inútilmente porque Faustina le preparó los cinco guisos tal como los pedía.

   Así por el estilo, ensayó otros medios para enfadarla, y ninguno funcionó, hasta que un día se acabó el trabajo del monte y la pareja se quedó en la miseria. El marido tuvo que vender hasta el burro en que  llevaba la leña al pueblo. Fue entonces cuando zumbaron a su alrededor las indirectas y los improperios: ¡Grandísimo holgazán! ¡Ya estoy cansada de ti!, gritaba Faustina, quien acabó por correrlo de la casa: ¡Lárgate y no vuelvas!

   Ahora sí hay motivo para pegarle, pensó el leñador, pero vio que no era oportuno. Tomó su sombrero y se fue hasta llegar a la orilla de un arroyo donde había un árbol con sombra. Ahí se sentó a lamentar su desgracia.

   En esto –dice- vi que venía un arriero. Las mulas de carga pasaron, pero la de silla no quería pasar porque era bronca. El arriero sacó su cuarta y empezó a darle de cuartazos, pero la mula, terca, pateaba y se revolvía en el mismo lugar sin querer cruzar el agua. El arriero la tundió hasta que logró lo imposible: que la mula cruzara el corriental. Yo, en vista de aquello, corrí tras del arriero:

   -Oiga, amigo, le compro a usted esa cuarta.

   El arriero no quería venderla porque la necesitaba para su mula cerrera. -¿Tú para qué la quieres?,preguntó.

   -Es para pegarle a mi mujer. He mirado bien que ese animal que traes es muy bronco. Sin embargo, lo domaste, y ¿por qué yo no he de domar a mi mujer?

   -¡Ah!, siendo para eso, amigo, te la obsequio, dijo el arriero.

   El leñador volvió a su casa con la cuarta sobre un brazo.

   -¿Tan pronto regresas, grandísimo gandul?, le dijo Faustina al verlo.

   El marido, sentándose a descansar en una piedra, le pidió que como era la última vez que la molestaba, le pusiera agua para bañarse. Diligente como era, la mujer al minuto le avisó que estaba lista el agua.

   –Bueno, ahora búscate una batea y ponme ahí el agua, dijo el marido.

    -¡Ah qué caprichos tienes!, se quejó la mujer, pero lo hizo.

   Todo dispuesto, ordenó a Faustina que brincara de un lado a otro de la batea.

   -¡Eso sí que nunca lo verás! ¡Es demasiado!, contestó.

   Al cabo –dice el protagonista de la historia- le descargué sólo un cuartazo, ¡uno solo!, y sin aguardar a que repitiese yo, brincó la tarde entera, de un lado a otro de la batea… Y hubiera seguido brincando siempre hasta la hora de la muerte, si de rodillas y con lágrimas de arrepentimiento no le hubiese suplicado que parase.

   Desde aquel día –asegura- su mujer lo quiso más y más. Y pronto lo engancharon los contratistas para el corte de caoba, de donde  ganó lo suficiente para el sustento de su casa, satisfecho de no parecer holgazán a los ojos de Faustina.


   Imagen: De la página Ameca Turístico en Facebook.

   Fuente: Juan de la Cabada. Mi primera mujer en Paseo de mentiras (1940).

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De cómo soldados y arrieros cruzan los ríos

Quinientos soldados de un ejército de caballería llegan a la orilla de un caudaloso río que deben cruzar de inmediato; no pueden esperar a que baje la corriente porque el tiempo es limitado y la columna necesita ser puntual; el plan de ataque así lo exige. Detrás de los soldados vienen los arrieros con todo el bagaje de la tropa. Ambos, soldados y muleros, atraviesan con éxito el ancho y violento afluente, pero cada quien a su modo.
Cómo pasan el río los soldados


Entre los soldados, unos cruzan montados y otros nadando. Quienes confiesan no saber nadar, dicen que lo mejor es confiarse al caballo, pues que los caballos son buenos nadadores y siempre salvan al jinete.
Los caballos, en cuanto meten las manos al agua, clavan las orejas hacia adelante, encojen el cuello y resoplan desconfiados. Se arrojan al sentir los talones en los ijares. Cuando el agua les cubre las costillas completamente, comienzan a nadar, estirando el cuello para conservar a descubierto boca y nariz.
A la otra orilla sale ya un grupo de jinetes. De los caballos se miran apenas las cabezas, tendidas. Se oyen los resoplidos de las bestias y por sus movimientos se conoce que no alcanzan fondo. Los jinetes llevan el agua a la cintura y se escuchan los gritos de quienes, más expertos o mejor montados, dan ánimo a los que corren peligro: ¡No mires la corriente, muchacho! ¡Mira para el monte, para el cielo! ¡Si miras al agua te mareas!

Otros soldados no se sienten seguros sobre la silla por  temor de que el animal dé una voltereta y los aplaste en la caída; han echado a fuerza de latigazos y gritos sus caballos, los cuales, una vez en la corriente, siguen el rumbo marcado por los delanteros. Esos hombres suben por la orilla, entre los breñales, y muy arriba del vado se echan a nadar. Se les mira hundirse y emerger en el vaivén de los jalones del río. Cuando se les viene encima un tronco, se sumergen o bracean más rápidamente.
Cómo cruzan el río los arrieros


Llegan luego los de la impedimenta: Es toda una recua cargada con cajas de parque, ametralladoras y carabinas, al cuidado de varios arrieros. Las bestias son detenidas en la orilla. Los arrieros les aprietan cinchas y pretales para que no vaya a voltearse el bulto […] Algunos de los arrieros se quitan sus ropas, las cuales colocan en el ala del sombrero, y, cogidos de las colas de las acémilas, van tirados a merced del agua, como lagartos muertos. Otros se sientan en las ancas de las mulas más fuertes. Algunas de las acémilas equivocan la dirección y son disciplinadas a gritos de una fuerza irresistible.



Moraleja: No importa cómo se salva un obstáculo, importa hacerlo a tiempo y bien.
Imagen: De la página Puente De Camotlán La Yesca, Nay., en Facebook.
Fuente: Gregorio López y Fuentes. Campamento (1931).

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Las mulas colombianas

En anterior entrada de este blog narré la historia del Gigante de Amatlán, arriero que en las primeras décadas del siglo XX cobró fama en Jalisco por su extraordinaria estatura y fuerza, ya que era capaz de levantar un burro de tamaño normal con todo y carga. Ahora hablaré de otro ranchero, bastante fuerte también, que sabía cómo tratar mulas broncas.

Era un tal Garduño, que según cuenta Luis G. Inclán en su obra Astucia (1865), llegó un día a la hacienda de Tepetongo al tiempo que unos charros estaban herrando una partida de mulas cerreras en el corral, y al ver que las manganeaban y porraceaban sin compasión, les dijo con tono de lástima:

-Pobrecitos animalitos, no las maltraten, cójanles las patitas y acuéstenlas con cuidado, y luego con sólo estirarlas de una pata échenlas fuera del corral, ¿para qué son esos lazos y jalones?, no sean bárbaros.

-¿Pues qué son borregos? –respondió uno de los que estaban lazando, que era nada menos que el dueño de la partida-; del dicho al hecho hay mucho trecho.

-Cuando yo lo digo, amito, es porque lo sé hacer […] Si quiere perder algo les daré una leccioncita.

-Cuantas mulas acueste y las eche fuera como ha dicho, se las regalo, dijo el dueño, tildándolo de hablador.

Garduño aceptó el reto: Se puso su barboquejo, escupió y restregó las manos, abriendo los brazos y silbando, arrinconó la mulada, se arrimó violentamente y le tomó con la mano izquierda una pata a una de las mulas más gordas y corpulentas, que tirando coces, en vano trató de librarse; en un descuido le agarró la otra pata, y cruzándole corva sobre corva la hizo caer al suelo de costillas poco a poco. Luego llamó a los vaqueros para que fueran a herrarla. Una vez marcada le soltó una pata, y estirándola de la otra con una mano, se la fue llevando andando el animal en tres pies para atrás y la sacó del corral hacia otro inmediato.

Así siguió impávido sacándose las mejores mulas ante la admiración de todos los concurrentes, venciendo fácilmente la más o menos resistencia que le hacían, y mirando el dueño que ya se había sacado media docena, dijo lleno de asombro:

-¡Basta, basta, amigote!, quedo convencido de su poder, soy un necio con dudar de los hombres. Dios le conserve su canilla, que seguramente como esa no hay dos.

Garduño le pidió luego que le diera el precio de esos animalitos para pagárselos.

-Esas seis mulas son de usted, señor mío, yo también sé sostener lo que digo.

“Pues entonces punto en boca y viva usted mil años”, respondió Garduño, y dirigiéndose a los lazadores les dijo: “Señores, sigan en su diversión y derrenguen mulas, que por mí y el cura, toda la cuenta es una”.

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Hay mucho qué aprender de los arrieros

El transporte, el comercio, la sociedad, la política y el lenguaje son ramas del conocimiento y de la actividad humana con las que el arriero mexicano estuvo estrechamente relacionado, a través de su oficio, durante más de cuatro siglos, razón por la cual es mucho lo que las nuevas generaciones pueden aprender de él.

Por principio de cuentas, fueron los arrieros quienes abrieron desde el siglo XVI los caminos de herradura sobre los cuales se construyeron más tarde las modernas carreteras, es decir, son iniciadores de la extensa red de caminos que desde aquellos lejanos tiempos facilitan el transporte y el comercio en la amplia geografía nacional.

En el aspecto social debe acreditarse también a los arrieros la fundación de la clase media rural mexicana, ya que como rancheros independientes forjaron una clase distinta entre los hacendados y la peonada, sirviendo a unos y a otros como transportistas y mensajeros. Consecuencia de este desempeño fue su destacada participación en los tres grandes movimientos sociales del país: Independencia, Reforma y Revolución.

Luego hay que ver su marcada influencia en el lenguaje popular, que se manifiesta a través de infinidad de vocablos y refranes que acuñaron, muchos de los cuales hablan de valores humanos ya olvidados: Arrieros somos y en el camino andamos, de arriero a arriero no pesa dinero, al mal paso darle prisa, amor viejo y camino real nunca se dejan de andar, no hay atajo sin trabajo, al mal tiempo buena cara, etcétera.

Naturalmente, dominaron los conocimientos que su oficio exigía. Un buen arriero sabía leer y escribir, entendía de cuentas y de pesas y medidas,  calculaba las horas por la sombra del sol o por la posición de las estrellas, conocía las fases de la luna para aprovechar su luz, distinguía la calidad de las mercancías para recibirlas y entregarlas según cuenta y razón, conocía las propiedades medicinales de las hierbas por si alguien enfermaba en el camino; también sabía curar a sus animales. En fin, el arriero conocía los buenos y los malos caminos, y de tanto andar por ellos, aprendió lo más difícil, que es entender el carácter de los hombres.

Nota: Hace más de 30 años que empecé a estudiar a los arrieros mexicanos, y entre más los conozco, más los admiro. Mucho me gustaría que este blog tuviera mayor interacción entre quienes compartimos iguales inquietudes. Estoy a la órden del apreciable lector para cualquier comentario.

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Consejos de un arriero al hijo que busca esposa

En su obra “Las Tierras Flacas” (1962), Yáñez habla de un viejo arriero, don Epifanio, que compendiaba su experiencia y sabiduría adquirida por aquellos caminos en un interminable chorro de refranes. Así, por ejemplo, cuando alguno de sus hijos quería casarse le soltaba los siguientes:

n  Gallo, caballo y mujer, por su raza has de escoger.

n  Caballo que llene las piernas, gallo que llene las manos y mujer que llene los brazos.

n  La comida y la mujer por los ojos han de entrar.

n  Con toro jugado, mucho cuidado.

n  La mujer mala o buena más quiere freno que espuela.

n  La mula es mula y cuando no patea recula.

n  La cobija y la mujer, suavecitas han de ser.

n  La que al toser te entienda, tiene buena rienda.

n  Al que se acuesta con luz, aunque le apaguen la vela.

n  Ni grullo ni grulla, ni mujer que arguya.

n  A tu palo, gavilana, y a tu matorral, coneja.

n  El freno a la yegua al diente y a la mula hasta la frente.

n  Yegua grulla o flor de durazno, mejor asno.

n  La mujer alta y delgada, y la yegua colorada.

n  Hijo de tu hija es tu nieto: hijo de tu hijo, quién sabe.

La fuerte dosis de machismo que contienen algunas de estas sentencias obedece obviamente a la época y circunstancias en que fueron acuñadas o divulgadas en México, durante el apogeo de la arriería, entre los siglos XVII y XIX. De cualquier manera, éstos y otros muchos refranes utilizados con frecuencia por los mayores, eran tomados muy en cuenta por los jóvenes, ya que “los dichos de los viejitos son evangelios chiquitos”.

Fuente: “Las Tierras Flacas”. Agustín Yáñez (1962)

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Sabiduría de los refranes

 ¿Cree usted en la sabiduría de los refranes?

         Yo no tengo otra, pues apenas aprendí a hacer patas de mosca en la escuela, mi padre, arriero como yo, me dijo: piedra que rueda no echa lama, y me puso de guión en una recua. Todo lo demás lo he aprendido subiendo y bajando por estos caminos. Y, como dice la canción, le voy a contar un cuento para que de mí se acuerde:
Cuando iba a salir, arreando ya mis dos primeras mulas, mi padre, echándome la bendición, me aconsejó: ¡Cuídate siempre de un cojo y de un calvo! Una vez, allá por el lado de Jilitla, me llegué a una trastienda y le dije al hombre que estaba detrás del mostrador: guárdeme, amigo, este morralito con esos doscientos trompudos… ¡Nada menos que la venta de toda mi mercancía! Cuando quise recoger mi dinero, el hombre me contestó no haber recibido nada. ¡Y fui viendo que era cojo!

Otro arriero, hombre de experiencia, a quien le conté mi desgracia, me dijo: no tengas cuidado, muchacho. Y se fue a la misma tienda. Al llegar, le dijo al cojo: amigo, un sobrino mío le dejó a guardar ayer un morral con doscientos pesos y ahora yo quiero poner en el mismo lugar cien pesos más, pues quién mejor que usted para guardar nuestro dinero, ¡el comerciante más honrado del pueblo!

Tal vez el ladrón se dijo que en lugar de doscientos pesos, bien podía quedarse con trescientos, y fue por el morral. Pero cuando mi amigo lo tuvo en las manos, en vez de agregar su dinero, se alejó un poco del mostrador, y antes de dar la media vuelta le gritó:

         -¡Usted es cojo, pero yo soy calvo!

El otro se quedó abriendo la boca.

Fragmento de “Arrieros”. Gregorio López y Fuentes (1944).

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