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Cuando una borrachera costaba cuatro centavos

Arriero pulquero. Cuadro en restaurante El Camino. García de la Cadena, Zac.

Las monografías de los pueblos de Jalisco son un verdadero encanto. Una de ellas es la que escribió José Díaz Navarro sobre “Ameca y sus costumbres en 1910”. En ella habla de las seis fábricas de tequila de la región, que producían en total 58 barriles diarios, compuesto cada barril de 66 litros, de suerte que en un mes la producción ascendía a 1,740 barriles, o sea, 114,840 litros de “tequila completamente puro”, asegura el autor.

El barril de tequila de 66 litros se vendía entonces entre ocho y nueve pesos cada uno, o sea, entre 12 y 14 centavos por litro puesto en fábrica. Las ventas de este producto se hacían en el mismo Ameca, e igualmente se vendía para el comercio de Autlán de la Grana, Unión de Tula, Tecolotlán, Tenamaxtlán, Ayutla, Mascota, Talpa de Allende y Atenguillo, poblaciones de la misma región de Ameca, pertenecientes todas al Estado de Jalisco.

Las ventas de tequila se hacían por conducto de arrieros que llegaban a las tabernas guiando un atajo de mulas, o bien, un atajo de burros muy bien aparejados para levantar esa carga. Estos arrieros portaban siempre, fajada en la cintura, la llamada víbora de cuero repleta de monedas de oro y plata para hacer sus compras.

También se vendía este producto en las ciudades de Guadalajara y México, a donde se enviaba por ferrocarril en los mismos barriles de 66 litros.

Cuando alguna persona quería emborracharse –dice Díaz Navarro- lo hacía con sólo cuatro centavos, pues el llamado “cartucho”, que contenía poco más de un decilitro, valía dos centavos, de suerte que dos “cartuchos” de dos centavos cada uno eran suficientes para que un hombre quedara totalmente borracho, si así lo deseaba.

Era la época en que gobernaba en México el general Porfirio Díaz, cuando los peones de las haciendas ganaban un promedio de 25 a 30 centavos diarios.

También había copas de este licor que se vendían a un centavo en todas las tiendas, tendajones y cantinas. Por litros, el tequila se vendía a razón de 20 centavos en los depósitos y tiendas de mayoreo, sin restricción alguna.

Y cosa curiosa –agrega Díaz Navarro-, a pesar de haber libertad para vender el tequila en todos los comercios, no abundaban los borrachines, porque como todo mundo trabajaba no había tiempo de frecuentar las cantinas, a las que acudían solamente los domingos trabajadores de todas las categorías.

Cuando un beodo caía en la cárcel dizque por andar escandalizando en la vía pública- afirma el mismo autor- se le imponía, para quedar en libertad, una multa de 25 centavos si era jornalero de las haciendas, pero si el escandaloso era de “sombrero chiquito”, como les llamaban los rancheros a los que vestían saco, chaleco y pantalón, entonces la cosa cambiaba: A éste, al del “sombrero chiquito”, se le multaba con un peso.

Parece ser, de acuerdo con este autor, que no todo fue desigualdad social en tiempos de don Porfirio. O más bien dicho, según el sapo era la pedrada, cosa que no ocurre en estos tiempos en que la gente de más recursos es la que goza de más privilegios oficiales.

Obra consultada: José C. Díaz Navarro. Ameca y sus costumbres en 1910. México 1960.

javiermedinaloera.com

 Artículo relacionado: Los arrieros de tequila.

 

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El tráfico de carretas entre México y Zacatecas

Carretas. De Coplaur Guadalajara en F

Carretas en Guadalajara.

   Tan pronto como fueron descubiertas, en 1546, empezó la explotación de las minas de Zacatecas, de suerte que para 1550 ya estaban en auge. Esto obligó al primer virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, a apresurar la construcción del camino México-Zacatecas, tanto para el transporte del mineral de plata a la capital del país como para el abastecimiento de víveres a los nuevos asentamientos del Norte y Occidente.

   Al principio los caminos eran angostas líneas que cruzaban tierras desconocidas, pero pronto se fueron ampliando. Hacia 1555 ya podían circular por el camino a Zacatecas no solamente carretas pequeñas, sino también grandes carros. Para ello contribuyeron no sólo el gobierno, sino también particulares como fray Sebastián de Aparicio, quien construyó las primeras carretas que empezaron a circular por esta ruta.

Tamemes, recuas, carretas y carros

   Al principio eran los indios cargadores llamados tamemes quienes se encargaban del transporte, pero poco a poco fueron sustituidos por recuas de mulas, que los mismos indígenas arriaban, así como por carretas pequeñas tiradas por bueyes, y más tarde los grandes carros tirados por mulas.

   Tanto los carros como las carretas eran vehículos de dos ruedas con llantas de hierro, generalmente con un toldo de tela gruesa de Michoacán. Los carros, considerablemente mayores que las carretas, eran tirados por mulas (hasta 16 por cada uno).

Importancia comercial del tráfico carretero

   De la mayor importancia para los mineros, funcionarios y estancieros españoles de los nuevos asentamientos fue el rápido crecimiento del comercio por medio de convoyes de carretas. A lo largo de este camino, Querétaro y San Miguel se convirtieron en los principales centros de transporte, esencial para la minería del Norte.

   El cargamento más valioso era, desde luego, la plata que iba al sur, para ser refinada y acuñada; luego sería enviada de nuevo a Veracruz, y de allí, anualmente, por barco a España. En cambio, las carretas que iban al Norte llevaban a la creciente población de la frontera una gran variedad de abastos: equipo minero y otras herramientas, alimentos y ropa.

Regulaciones oficiales de tránsito y de precios

  El gobierno virreinal tuvo que regular varios aspectos de este tránsito, en interés tanto de los viajeros como de quienes vivían al borde del camino. Todos los carreteros y propietarios de recuas debían tener una licencia. Quienes vendían provisiones a los viajeros habían de hacerlo a los precios fijados por la justicia o el alcalde mayor de la región, y la multa por vender vino a indios o a negros era de 100 pesos en oro fino.

   Asimismo, el establecer posadas en los caminos nuevos fue una importante preocupación del gobierno desde el principio de la carrera hacia el Norte, para acomodar a los arrieros y otros viajeros.

La guerra abatió al comercio y a la minería

   Sin embargo, a partir de 1550 y hasta 1600 el comercio y los desplazamientos por estos caminos de la plata se vieron muy limitados por la guerra que emprendieron los indígenas en contra de los conquistadores que los despojaban de sus tierras y esclavizaban.

   El tráfico del camino México-Zacatecas y de una amplia región del Occidente y Norte del país se volvió excesivamente vulnerable a los ataques indígenas.

   El primer ataque grave, al que se atribuye el estallido de la Guerra Chichimeca, fue obra de los zacatecos al parecer a fines de 1550, cuando hicieron una matanza de un grupo de tarascos que se encaminaba a Zacatecas llevando paños. Los atacantes mataron a los tarascos y se llevaron toda la mercancía.

La solidaridad de los arrieros nació en la guerra

   La guerra hizo que aún los más grandes convoyes de carretas tuvieran dificultades para llegar a las minas. La actividad minera quedó casi paralizada por la gran pérdida de mulas, la falta de provisiones, la cercanía del peligro indio y la partida de muchas personas que se fueron al Sur en busca de seguridad.

   Durante estos 50 años de hostilidades los viajeros que iban aislados esperaban en puntos seguros hasta que se reunieran grupos lo bastante grandes para defenderse. Éste es el origen de la tradicional solidaridad de los arrieros en su oficio, que perduró hasta el siglo XX.

   Obra consultada: Philip W. Powell. La Guerra Chichimeca (1550-1600). Fondo de Cultura Económica. México. 1977.

   Imagen. De la página Coplaur Guadalajara en Facebook.

   Artículo relacionado: Orígenes de la arriería de minas.

 

 

 

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Los arrieros de minas: el difícil comienzo

Caminos hacia el Norte de Nueva España.

   Una vez fundadas las ciudades mineras de Zacatecas y Guanajuato, para el año 1551 el camino México-Zacatecas era ya muy transitado. Por él se hacía el traslado de productos minerales a la ciudad de México, así como el abastecimiento de víveres a las nuevas poblaciones.

   En los primeros años se utilizó para el transporte de víveres a los indios cargadores llamados tamemes. Sus espaldas fueron indispensables para abastecer a las minas del Norte hasta que, con la multiplicación de los criaderos de equinos, pudo normalizarse el sistema de la arriería.

   Hacia 1555 el camino México-Zacatecas había mejorado lo suficiente no sólo para el tránsito de las conductas o recuas que transportaban el mineral, sino también para carros y carretas que ya para entonces empezaban a construirse en gran escala.

Pero estalló la Guerra Chichimeca

   Sin embargo, por ese mismo tiempo estalló la Guerra Chichimeca, que hicieron los indios a los conquistadores españoles con el ánimo de recuperar los territorios perdidos y escapar de la esclavitud a que eran sometidos.

   Pronto se tiñeron de sangre los nuevos caminos de la plata, que fueron el primer objetivo de los ataques chichimecas. Su táctica favorita era  la emboscada, y su arma principal, el arco y la flecha.

Y luego proliferaron los bandidos

   Terminó la guerra a fines del siglo XVI y se abrieron nuevas plantas de extracción de la plata, adonde llegaban las conductas de las minas. Ahí eran trituradas las piedras minerales mediante el trabajo de innumerables mulas, que día y noche daban vueltas y vueltas a los molinos.

   Como estas haciendas de beneficio eran instalaciones muy costosas, no era posible que cada mina tuviera una privada, por lo cual se establecían cerca de las minas más ricas, y a ellas eran llevados los minerales de toda la región. Las conductas de mineral, primero compuestas de recuas de mulas y más tarde de carromatos de bueyes o mulas, llevaban las piedras que habrían de ser beneficiadas, por malos caminos siempre acechados por bandoleros.

Asaltos a los arrieros y a los ricos mineros

   Para evitar los asaltos de las gavillas de bandidos, las conductas empezaron a ser custodiadas por guardias armados, campesinos o mineros que, no pudiendo ya trabajar en sus menesteres por estar enfermos o viejos, se empleaban así, exponiendo de todos modos su vida.

   Cuando los dueños de las minas viajaban en sus lujosos coches o diligencias, eran también acompañados por guardias jóvenes y fuertes, muy bien vestidos y armados, que daban brillo a las comitivas.

   Sin embargo, por la misma riqueza que llevaban señores y guardias, esas conductas eran las preferidas de los bandidos para asaltarlas, pues pedían rescate por las personas de los mineros ricos y sus familias que llegaban a secuestrar.

   Así de azaroso fue el comienzo y desarrollo de la arriería de minas.

  Obras consultadas: Philip W. Powell. La Guerra Chichimeca (1550-1600) FCE. 1977. Heriberto García Rivas. Dádivas de México al mundo. Ediciones Especiales de Excélsior. 1965

   Artículo relacionado: El origen arriero de Guanajuato.

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Lorenzo el aguardentero

En su novela Astucia (1865), Luis G. Inclán narra las aventuras de un joven llamado Lorenzo, quien cansado de ensayar diversos empleos al servicio de hacendados que lo trataban como esclavo, pidió permiso a su padre, un honrado ranchero, para abrazar el oficio de la arriería y así respirar el aire libre en el camino, el comercio, sin depender de voluntad ajena […] Habilíteme usted con las dos mulas viejas del carrito, la yegua mora lunaca, arrecuándome con mi padrino las llenaré de aguardiente y marcharé por esos mundos de Dios a buscar mi suerte.

-Pero si, como dices, te horroriza la esclavitud –le contestó su padre-, ¿qué más servilismo quieres que ser esclavo de tus propios animales?

Eso muda de sentido, señor padre, ellos dependen de mi voluntad y si me esclaviza el atenderlos y cuidarlos, veré algún día el fruto de mi trabajo; los tendré tamaños de gordos; valdrán más; los cargaré a mi satisfacción; en fin, tendré otras mil ventajas que nunca alcanza el dependiente.

Y si cuando estés muy callado te asaltan en el camino, se te desrenga una bestia  o te sucede una de tantísimas desgracias a que continuamente vas a estar expuesto, ¿qué sucede?

-¿Qué ha de suceder? Yo siempre tomaré mis precauciones para evitarlas hasta donde puedan mis alcances; si a pesar de eso me sobreviene alguna, redoblaré mi trabajo para restaurarla, y quiera o no, tendré que aguantarme fuerte; en lo más seguro hay riesgo, ninguno está exento de una mala hora; en fin, voy a probar fortuna, señor padre, deme la mano para ver qué tal me pinta ese giro […]

-Hay otra cosa sobre eso, Lorenzo, que no es de mi agrado y en confianza te lo digo: para que los aguardenteros puedan tener alguna regular utilidad, necesitan no sujetarse sólo a sus fletes, sino engañar a sus marchantes adulterando su efecto, o contrabandear para excusarse de pagar los derechos de alcabalas, ambas cosas son ilegales y me repugna ese modo de buscar el dinero, que por lo general es salado y no les luce.

-Esos son escrúpulos, señor, porque si el aguardentero echa agua es porque el consumidor quiere pagar barato sin hacer mérito de la calidad del efecto; y respecto de las contrabandeadas se han generalizado tanto que el comerciante, el hacendado, el propietario, y hasta el infeliz indio carbonero procuran ver cómo excusan los derechos, impuestos, peajes, contribuciones y cuantas pensiones gravitan sobre ellos, contraviniendo a las leyes, y el dinero que dejan de pagar no se les sala sino que lo ostentan en su lujo y lo tiran con franqueza […]

Aunque no convencido de las razones de su hijo, el padre tuvo al fin que acceder para evitar que tal vez fastidiado tomara otra determinación.

Y no le fue mal a Lorenzo en su nuevo oficio, pues con tanto afán se dedicó al mismo que al año ya tenía ocho magníficas mulas propias, un buen macho de silla romito; cargaba dieciséis barriles que en menos de quince días realizaba en sus entregos, y volteaba un capitalito de más de seiscientos pesos, concluye Luis G. Inclán.

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Los chicleros

Extracción del chicle (Imagen: José Carlo González. La Jornada).

Así como surgieron los arrieros neveros en el Valle de México, los mineros en Zacatecas, los tequileros en Jalisco, los tabaqueros en Veracruz y los madereros en Chihuahua, por mencionar algunos ejemplos, también prosperaron los chicleros en el Sureste mexicano, donde se produce la goma de mascar.

En su obra Tribus y templos (1926), los exploradores Frans Blom y Oliver La Farge, danés el primero y estadounidense el segundo, que viajaron por el Sureste para estudiar la cultura maya, ilustran sobre el proceso de extracción del chicle, su transporte y los riesgos que afrontaban los arrieros dedicados a este comercio:

Con frecuencia veíamos árboles de chicle y la actividad de quienes los explotaban. Chicle es el nombre de la materia prima con que se fabrica la goma de mascar y se obtiene de un árbol llamado chicozapote, el cual se encuentra únicamente en [esas] selvas… Es un árbol alto de madera muy dura, tanto que cuando se seca no le puede penetrar un clavo. Los antiguos mayas usaban esta madera para dinteles y cornisas de sus templos. La goma de estos árboles se usaba como ofrenda para sus dioses. Esta savia la extraen los chicleros o chupadores del chicle. Se suben el árbol con la ayuda de escalas como las que usan quienes instalan los postes telegráficos.

Con machetes hacen heridas en zigzag en la corteza del árbol. La savia blanca que mana de estas cortadas se colecta en pequeñas bolsas fijadas al pie del tronco. Parece fácil y simple, pero cuando uno observa a estos hombres cómo ponen su vida en peligro, la historia es muy diferente […]

Cuando el chiclero ha llenado sus bolsas con la goma blanca, la reduce por medio de cocción en pequeños moldes y finalmente la junta toda para formar un pedazo de 50 kilos, de un color café oscuro. Al hervirlo le agregan todo género de objetos para que aumente su peso. Afortunadamente, la goma llamada cruda se limpia y esteriliza con cuidado antes de que salga  al mercado. Dos pedazos hacen la carga de una mula. Desde el campo del colector estos bloques se transportan a través de los ríos. A menudo se requieren días y semanas para viajar sobre caminos donde las pobres mulas van hundidas en el lodo hasta sus barrigas. Algunas veces los bandidos interfieren los caminos con sus recuas de 20 o 30 mulas, al final desaparecen mulas y chicle, sólo quedan chicleros muertos, mudos testigos de lo que sucedió.

El proceso de extracción comercial del chicle empezó a finales del Siglo XIX, aunque el auge se dio durante la Primera Guerra Mundial, cuando su consumo se expandió por todo el mundo. Hasta 1964, México fue el primer productor mundial de goma natural, sitio que perdió al aparecer las gomas sintéticas, derivadas del petróleo. Actualmente sólo el 2 por ciento de la producción mundial de chicle proviene de goma natural.

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Los neveros

El Popocatépetl (Fotografía de José Ricardo Guarneros Rico).

Habitual fue el consumo de nieve en la Ciudad de México y en el Puerto de Veracruz durante la Colonia y el Siglo XIX, gracias a los arrieros neveros que a lomo de mula bajaban el producto desde las cumbres de las más altas montañas hasta las ciudades, ya que en esos tiempos, sin energía eléctrica, no había otra forma de abastecer a las heladerías.

En su Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España, Alexandro de Humboldt, quien recorrió México a principios del Siglo XIX, dice que “se han establecido postas para llevar la nieve con la mayor celeridad a lomo desde la falda del volcán de Orizaba al puerto de Veracruz. El camino que corre la posta de nieve es de veintiocho leguas. Los indios escogen los pedazos de nieve que están mezclados con granizos conglutinados. Por una antigua costumbre cubren estas masas con yerba seca y algunas veces con ceniza, substancias ambas que es bien sabido son malos conductores del calórico. Aunque los mulos, así cargados, van de Orizaba a Veracruz a trote largo, se derrite más de la mitad de la nieve en el camino”.

En la época colonial había incluso un impuesto a ese gélido comercio que se llamaba estanco de la nieve: podría causar maravilla el ver que en América se considera como propiedad del rey de España aquella capa de nieve que cubre la alta cordillera de los Andes (mexicanos). El pobre indio que llega no sin riesgo a la cima de las cordilleras, no puede recoger la nieve o venderla en las ciudades inmediatas, sin pagar un tributo al gobierno, añade el autor.

Asimismo, el Diario de Marie Giovanini, refiriéndose al viaje hecho por Madame Callegari a México en 1854, asegura que las heladerías de la Ciudad de México se surtían con nieve bajada del Popocatépetl. Otras ciudades también eran abastecidas de esa fuente y del Pico de Orizaba.

Igualmente, en México. Paisajes y Bosquejos Populares(1855), el alemán Carl Christian Sartorius, hablando de los vendedores ambulantes de la capital mexicana, dice: Durante la temporada de calor se escucha en todas las calles el grito de “nieve, nieve”; son los neveros que llevan sobre la cabeza grandes botes y que por una pequeña suma refrescan al sediento.

Como puede verse, los antiguos mexicanos sabían arreglárselas para disfrutar de las cosas buenas de la vida, mucho antes de que los grandes descubrimientos científicos y tecnológicos vinieran a facilitar las cosas.

El Ixtaccíhuatl (Fotografía de José Ricardo Guarneros Rico).
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El oficio de aguador


El de aguador, encargado de llevar agua desde las fuentes públicas a las casas de los ricos, es uno de los muchos oficios que en su función de transportistas desarrollaron durante siglos los arrieros mexicanos, antes de que se construyeran las modernas redes de agua potable que abastecen hoy a las ciudades, y antes también de que aparecieran las embotelladoras que en camiones especialmente acondicionados hacen llegar a los hogares el líquido vital.

Sobre este particular, Los mexicanos pintados por sí mismos, obra escrita en 1854 por una Sociedad de Literatos, dice que el modo de transportar el artículo de su comercio no es igual en todas partes: hay ciertos provincialismos muy notables. En otros lugares de la república (se refiere a sitios alejados de la Ciudad de México) tercia en sus hombros un timón encorvado con dos canaladuras en sus extremos, adonde cuelga con dos cuerdas dos cántaros de igual tamaño para poder caminar equilibrado con el peso. En Guanajuato tiene el aguador un cofrade, un burro sobre el cual carga sus garrafas. En Querétaro lleva cuatro cántaros en una carreta de una rueda y cuatro pies; pero sea como fuere marcha rápido a hacer sus entregas.

Acerca del cargador de agua en la Ciudad de Méxicoescribió también el naturalista alemán Carl Christian Sartorius en su obra México. Paisajes y Bosquejos Populares (1855). Lo describe así:

El aguador es la persona de confianza en las casas de sus clientes; el portero conversa con él, la cocinera le reserva una rebanada de carne, la ayudante de cocina y la recamarera tienen una magnífica opinión de su persona; los niños de la casa lo quieren y hasta la señora lo consulta cuando desea cambiar una de las sirvientas o contratar un mozo, sobre todo lo que pasa en la ciudad y puede dar incluso amplia información de lo que ocurre en el seno de las familias. Más de una nota perfumada le ha sido confiada, más de una recamarera bonitilla le da órdenes de viva voz. Pero jamás abusa de la confianza y defiende la reputación inmaculada de sus clientes.

Asimismo, Émile Chabrand, en su libro De Barceloneta a la República Mexicana(1892) se refiere también a los aguadores señalando que su pecho está aprisionado por una gruesa coraza de cuero. Porta además un mandil del mismo material, en el frente, sobre los muslos y las piernas, y otro semejante por detrás. Calza huaraches y su cabeza la recubre con algo parecido a una gorra semiesférica, con visera, todo de cuero grosero y tan sólido como el yelmo de un caballero. Dos correas pasan sobre este casco: una se apoya en la frente y la otra en la parte alta del cráneo. De la primera está suspendida una gran ánfora, cuyo fondo descansa sobre un travesaño de su mandil trasero debajo de los riñones, y de la segunda, la gran olla que le cuelga frente al vientre.

Soportando de esta guisa su doble carga con la cabeza, tal como un buey que tira del yugo, el aguador trota todo el día, curvado bajo el aplastante peso de sus grandes recipientes de barro cocido llenos de agua […]

La reunión de los aguadores en torno de las fuentes públicas, provistas de sus cántaros de barro cocido vidriado y brillante, su armadura o aparejo de cuero, su tipo muy acentuado y con sus actitudes y movimientos tan característicos, y en medio de ellos el ir y venir de las jóvenes y bonitas muchachas del pueblo, alegres y risueñas, que vienen a aprovisionarse de agua en las desbordantes piletas, todo contribuye a hacer de cada esquina y de cada encrucijada menor de calles, un cuadro divertido y pintoresco.

Hasta aquí la cita de Émile Chabrand, nacido en 1850 en Barceloneta, Francia.

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Los émulos de San Cristóbal

                          San Cristóbal, cargando a Jesús y al mundo (José de Ribera).

Al estudiar la historia del transporte y el comercio en México, uno encuentra con frecuencia curiosos detalles… En anterior entrada de este blog comenté que los arrieros, en su función de transportistas, desarrollaron una gran diversidad de especialidades, de acuerdo a las exigencias de cada región; una de ellas fue el transporte de personas a lomo de mula, que durante siglos tuvo amplia demanda en todo el territorio nacional. Sin embargo, hubo una curiosa variante de este oficio, el de los cargadores de gente, pero ya no en hamacas o en tronos, como se transportaba a los jerarcas aztecas, sino sobre la espalda misma de los proletarios. Esto ocurría habitualmente durante los días de lluvia en la Ciudad de México.

El naturalista alemán Carl Christian Sartorius, en su obra México. Paisajes y bosquejos populares (1855), informa al respecto:

Por las banquetas altas puede caminarse con los pies secos, pero la comunicación se interrumpe entre una calle y otra. Es el tiempo de la cosecha para estos cargadores: como transbordadores vivos llevan sobre la espalda, de una esquina a otra, a todos los que no están descalzos como ellos; el pelado se convierte entonces en el émulo de San Cristóbal http://es.wikipedia.org/wiki/Crist%C3%B3bal_de_Licia y por un medio atraviesa las turbias aguas con su carga. Es una delicia ver, por las noches, a estos puentes voladores (los aguaceros generalmente caen de las ocho a las diez de la noche); no hay alternativa y hasta las señoras deben montar este caballo de dos patas a riesgo de exponer a los ojos de los transeúntes una graciosa pantorrilla. Pero sería lo de menos, lo demás son otros incidentes embarazosos que a menudo suelen presentarse. En medio del agua (especialmente con las señoras), el cargador regatea el precio y si no aceptan sus condiciones, amenaza con un baño involuntario.

Coincidiendo con este autor, Madame Callegari, quien junto con Alejandro Dumas escribió el Diario de Marie Giovanni  en el que habla de su viaje a México en 1854, dice:

En un instante la ciudad se transforma en un verdadero lago, por el cual a menudo no se puede navegar ni siquiera en carroza (sic). Ahora bien, como no hay góndolas, hay que quedarse en casa. Sin embargo, para los peatones imprudentes existe una especie de locomoción, inusitada en cualquier otra parte: cargadores –mozos de cordel-, que aguardan en las aceras y que se alquilan. Cobran un medio, el precio de los grandes trayectos parisienses en ómnibus.

Sin embargo –agrega– esos cargadores no están asegurados contra un accidente […] a menudo ocurre que resbalan y cargador y cargado caen en el lago. Una vez caídos, cada quien se defiende como puede y gana la acera más próxima.

Si el ilustrado lector desea más información sobre el origen ancestral de estos cargadores capitalinos, le recomiendo el siguiente artículo:
http://suite101.net/article/antecedentes-indigenas-del-comercio-en-mexico-a40072
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Los arrieros de Tequila

Los arrieros desarrollaron diversas especialidades en función de los principales productos y consumos de las regiones donde traficaban. Hubo así arrieros mineros, salineros, madereros, cañeros, tequileros, hueveros, polleros, aguadores y neveros (que llevaban nieve de las más altas montañas para el consumo de las ciudades), y además los dedicados al transporte de personas y de correos, así como al arreo de ganado mayor y menor desde remotos lugares.
En su novela Nieves (1887) el escritor jalisciense José López Portillo y Rojas (1850-1923) hace una interesante referencia a los arrieros tequileros, que desde las fábricas de Tequila, en Jalisco, http://es.wikipedia.org/wiki/Tequila_(Jalisco) transportaban el producto a lomo de mula o de asno a los pueblos del mismo Estado y a entidades vecinas como Nayarit, Colima, Michoacán, Guanajuato, Aguascalientes, San Luis Potosí, Zacatecas, y muy al Norte, hasta Durango:
La fábrica de aguardiente de mi abuelo es una vasta construcción que se halla a un extremo del pueblo, al otro lado del Arroyo de La Tuba, así llamado porque arrastra los bagazos del mezcal beneficiado y los desperdicios de las tabernas. Las emanaciones de la corriente son de un olor especial y contribuyen a dar originalidad al lugar. Tequila huele a tuba, como Atotonilco a jazmines.
Mis primos continuaron por algún tiempo, aunque en pequeña escala, el giro de mi abuelo. En su compañía fui a visitar la antigua fábrica. Recorrí su interior, deteniéndome a cada momento para considerar con tristeza los estragos del tiempo, y la soledad y silencio que por donde quiera reinaban. Los patios y corrales, ahora desiertos, un tiempo se mostraron llenos de bulliciosa mulada perteneciente a los diversos atajos que conducían el producto a los pueblos del Estado, a San Luis Potosí y a Zacatecas, puntos con los cuales mi abuelo llevaba un comercio activo. Las trojes antes henchidas de maíz, mirábanse vacías y ruinosas; las pilas, secas y aterradas, no daban a beber a aquella multitud de mulas y caballos que poco ha todavía ocurrían a ellas a mitigar la sed, después de haber comido abundante maíz en los pesebres. Nada de aquella turba de incansables arrieros que con pechera de cuero y tapa-ojos mular al brazo, bullían por todas partes aparejando las mulas, echando los barriles sobre sus lomos y arriándolas con voces, azotes y silbidos; nada de aquel constante trajín, de aquel incansable ir y venir de trabajadores y compradores, con que resonaba el vasto edificio.
Mis primos me veían con rostro melancólico, y comprendiendo lo que pensaba en mi interior se limitaban a decirme en son de disculpa:
-¡Qué quieres!, nosotros somos pobres y mantenemos el negocio como podemos.
Hasta aquí la referencia de López Portillo sobre los arrieros tequileros.

 

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