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Los arrieros de Ameca

Arre mulitas. De P. César Mauricio Hinojosa Mendez en F

A principios del siglo pasado, Ameca estaba comunicada por dos caminos reales, uno que partía hacia el sur para llegar a Autlán de la Grana, pasando por La Coronilla, El Tezcalame, Quila, Tenamaxtlán, Ayutla, Unión de Tula, San Clemente, El Grullo y El Limón, y el otro que salía hacia el poniente con rumbo a Atenguillo, Mascota y Talpa.

En el primer trayecto era común encontrarse con grandes atajos de mulas cargadas con maíz, frijol, trigo, garbanzo porquero, manteca, colofonia*, metales y otros artículos que de todos esos pueblos, haciendas y rancherías se transportaban hacia Ameca, donde estaba la terminal del Ferrocarril Central.

En su libro “Ameca y sus costumbres”, José Díaz Navarro explica que eran atajos de 20, 25 y hasta de 50 mulas, cargadas todas ellas con los mencionados productos. Difícil era hasta contar los atajos, pues venían uno tras otro y sólo se oía por aquellas llanuras y serranías la campana de la mula campanera que casi siempre iba delante de su chinchorro como guiando a su tropel. Al ruido del cencerro las mulas caminaban una tras otra, sin separarse, formando una cadena en un camino que, sobre todo en zonas montañosas, se convertía muchas veces en angosta vereda.

Cada atajo iba dirigido por cuatro o cinco arrieros y en ocasiones más si el chinchorro era más numeroso.

Conductas de plata procedentes de Mascota

ameca

Portada del libro “Ameca y sus costumbres”, de José C. Díaz Navarro.

Esto mismo sucedía en el camino real de Ameca-Atenguillo-Mascota y Talpa, de donde también los mismos grandes atajos de mulas transportaban mercancías y metales que de aquella región tenían que llevarse igualmente a Ameca, para de allí embarcarlos por ferrocarril a Guadalajara. Los metales procedían de las minas de El Cuale y El Bramador, ubicadas en la región de Mascota y Talpa.

Destacaban entre estos atajos las conductas de plata lista para acuñarse procedente de Mascota. En más de una ocasión esas conductas fueron asaltadas por malvivientes que había en los caminos. Cabe señalar que muchos de esos salteadores fueron extinguidos por el régimen porfirista.

Partidas de ganado vacuno y de cerdos

Mapa de Jalisco.

Mapa de Jalisco, donde se aprecian claramente los dos caminos reales que a principios del siglo pasado comunicaban a Ameca con Autlán y Mascota.

Igualmente, de la región de Tomatlán se llevaban a Ameca grandes partidas de ganado vacuno. A esas reses se les llamaba “ganado abajeño” y se distinguían por su pelaje brillante y fino. Gran parte del ganado abajeño procedía de las haciendas de Gargantillo, Tepuxhuacán, Tetitlán y de otras ganaderías ubicadas por aquella zona.

Cada dos o tres días llegaban a Ameca esas partidas de ganado abajeño, que se componían de entre 80 y 100 reses cada una. La gente admiraba el brillantísimo pelaje de estos animales, lo cual obedecía, según versiones, a la pastura costeña y al capomo de que se alimentaban en aquella fertilísima región.

Además, los arrieros conducían a Ameca grandes partidas de cerdos gordos provenientes de Unión de Tula, Autlán, Mascota, Talpa y Atenguillo. Estas partidas caminaban por lo general de noche, para que con “la fresca” pudieran aguantar las grandes jornadas que duraban más o menos un mes, tanto por el camino de Talpa como en el de Autlán.

Los mesones de Ameca

De página Ameca Jalisco Y su valle en Facebook.

De la página “Ameca Jalisco y su Valle” en Facebook.

Para dar alojamiento a los arrieros y a los atajos de mulas que éstos llevaban, había en Ameca entre 15 y 20 mesones diseminados por la ciudad, principalmente en las calles 5 de Mayo, Izquierdo, Iturbide y Corona.

Entre esos mesones figuraban los de El Refugio, San Antonio, El Gallito, El Águila, La Paz, La Campana, Las Golondrinas, El Paraíso, 5 de Mayo, Guadalupe, Iturbide, El Paraje y Guerrero.

Los arrieros siempre llegaban a Ameca con sus famosas “víboras”, o sea, cinturones repletos de monedas de oro y plata para hacer sus compras de mercancías y regresar a sus lugares de origen con sus atajos de mulas y burros bien cargados, con lo cual hacían doble y bien remunerada faena.

*Colofonia: Resina sólida traslúcida y de color ámbar, empleada en farmacia, en encolado de papel y en tintas de imprenta.

javiermedinaloera.com

Obra consultada: Ameca y sus costumbres en 1910. José C. Díaz Navarro. México 1960.

Artículos relacionados:

Cuando una borrachera costaba cuatro centavos.

La arriería en el Valle de Autlán.

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Las mulas de Su Excelencia

FernandodeAlencastre

Virrey Fernando de Alencastre, duque de Linares.

Vicente Riva Palacio y Artemio de Valle-Arizpe refieren, cada quien con su estilo, un suceso ocurrido en tiempos del virrey Fernando de Alencastre Noroña y Silva, duque de Linares y marqués de Valdefuente, según el cual un par de mulas salvaron de la horca a don Jerónimo de Almagro, prominente español vecino de la Ciudad de México, cuando por causa de un conflicto de tierras dio muerte de un balazo en la cabeza a don Martín Illescas de Fuenleal.

Puesto en prisión y sentenciado a pena de muerte por este asesinato, no valieron los llantos de su influyente esposa y de su hija, ni siquiera la intervención del arzobispo Lanciego y Eguilaz para convencer al virrey de que lo indultara, no obstante haber demostrado que mató a don Martín porque éste, corrompiendo a la justicia, logró despojarlo de un predio de su propiedad.

Resulta, sin embargo, que en aquel tiempo el virrey se levantaba temprano para ir a supervisar las obras de la Catedral, que entonces se construía. Su cochero era un hombre sencillo, lleno de piedad, llamado Simón Ibarra, a quien también habían acudido la esposa y la hija de don Jerónimo para que obtuviera el perdón del virrey. Pero Simón insistió en que si el señor arzobispo no pudo obtener el indulto, menos lo conseguiría él.

Llegó el día de la ejecución de don Jerónimo de Almagro y, como de costumbre, tomó el duque de Linares su coche para visitar las obras de Catedral, así como del Acueducto y la Acordada. Las mulas trotaban elegantes, ágiles, aunque nerviosas, en tanto que, en otro punto de la ciudad, sacaban de la cárcel a don Jerónimo para conducirlo a la horca, rodeado de alguaciles. Las campanas de todas las iglesias doblaban lentas, gemebundas, graves.

El coche del virrey ya venía rumbo a Palacio cuando de pronto dejó su suave rodar y aceleró la marcha, iniciando una desaforada carrera; saltaba bruscamente por entre baches y piedras, se bamboleaba de un modo horrendo, parecía que iba a volcarse. Su Excelencia salió de sus apasibles pensamientos y preguntó al cochero qué era lo que pasaba. “Las mulas se han desbocado, y no puedo detenerlas”, respondió. Sin embargo, con mal disimulada sonrisa se valía de las mismas riendas para avivar la carrera de las bestias. El virrey se afianzaba en su asiento.

De pronto, llegó hasta Su Excelencia un ardiente griterío, “¡Indultado!, ¡Indultado! El coche se detuvo, lo rodeaba una multitud. De cada boca salía con fresco regocijo el grito de “¡Indultado!”, y era que el carruaje del duque se había cruzado con la horca, y como era costumbre establecida que cuando el virrey encontrase a un reo que condujesen al patíbulo se le perdonara la vida, por eso la multitud, viendo que se había librado de la muerte a aquel buen caballero, daba festivas voces y aplaudía con exaltado entusiasmo porque con aquel encuentro casual estaba ya perdonado don Jerónimo de Almagro.

¡Vean nomás de lo que son capaces las mulas!, exclama Riva Palacio.

Fuentes consultadas:
Vicente Riva Palacio. Cuentos del General. Conaculta-UNAM. México, 1997.
Artemio de Valle-Arizpe. Virreyes y virreinas de la Nueva España. Aguilar. México, 1997.

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La corrupción viene de lejos

JuanFranciscodeGuemesyHorcasitas, Wikipedia.

Francisco de Güemes y Horcasitas.

De todos los historiadores es sabido que la corrupción en México, hasta hoy un problema de primerísima importancia, tiene sus antecedentes en la época virreinal, desde la Conquista, ya que en tiempos de los aztecas los ladrones, oficiales o privados, eran simplemente sacrificados al dios Huitzilopóchtli, cosa que hoy no sucede gracias, entre otras cosas, a los derechos humanos.

Incluyo este comentario en la serie “Arrieros de México” sólo porque me llama la atención la forma como un importante testigo de la Historia, Guillermo de Tortosa, informa a su hermana Silveria, radicada en Madrid, sobre la cantidad de mulas que utilizó el primer conde de Revilla Gigedo, Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, para llevarse de México la fortuna que logró acumular durante su mandato (1746-1755).

No hay que confundir aquí al primer conde de Revilla Gigedo con el segundo, su hijo, Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla, quien también fuera virrey entre 1789 y 1794, pero que a diferencia de su padre fue un hombre dinámico, honrado y trabajador, considerado por muchos como el mejor gobernante que tuvo la Nueva España. Esto contradice el viejo dicho de que “nunca segundas partes fueron buenas”.

En su libro “Virreyes y virreinas  de la Nueva España”, Artemio de Valle-Arizpe habla de la carta enviada por Guillermo de Tortosa a su hermana Silveria, en 1755, a propósito de la entrega de mando que hizo el primer conde de Revilla Gigedo a su sucesor Agustín de Ahumada y Villalón, segundo Marqués de las Amarillas:

Vi salir, muy admirado, todos los equipajes y numerosas cargas de don Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, conde de Revilla Gigedo. No fueron bastantes para conducirlos las doscientas mulas que se tenían preparadas. Me aseguran, y lo creo, que ninguno de los virreyes anteriores logró juntar, como él, tan numerosas riquezas. Buena mina es el gobierno de este México cuando no hay esa cosa rara que se llama probidad”.

Y sólo como complemento, a propósito del aprecio que en aquel tiempo se tenía en México por las mulas, cosa que ya no existe, agrego el comentario del mismo don Guillermo de Tortosa sobre la entrada que hizo a la capital mexicana el Marqués de las Amarillas:

“Escoltaban a las damas muchos pajes, gentileshombres, los ceremoniosos secretarios de cámara y de gobierno; luego iban los corceles de respeto, la guardia de caballería, la infantería del Real Palacio, la Acordada, las preciosas carrozas de Su Excelencia, llenas de fulgores, y, a lo último, veintiséis soberbias mulas de carga, con los frenos y cabezadas de plata, con altos plumeros encarnados en las cabezas, y las cubiertas y reposteros que tapaban las cargas eran de color de fuego, muy bordados, y las cuerdas con que se liaron eran de seda y roja, y los barrotes con que se apretaban, de plata”.

Fuente: Virreyes y virreinas de la Nueva España. Artemio de Valle-Arizpe. Aguilar. 1977.

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Adiós a los burros

De P. Chapala en F

Un burro divierte a los turistas en Chapala.

Con la desaparición de la arriería y la introducción de maquinaria agrícola, los burros se quedaron desempleados, y sin contar ya con actividad económica alguna se convirtieron en una carga para el campo mexicano. Entonces sus dueños empezaron a deshacerse de ellos. Hoy se encuentran en riesgo de extinción.

Además de que los asnos se utilizaron durante más de cuatro siglos para el transporte de todo tipo de mercancías entre las ciudades y los pueblos, también ayudaron al hombre en la labranza de la tierra y fueron sus más fieles compañeros de aventuras, pero esto se acabó.

De un millón y medio de asnos registrados en el Censo de 1991 en México, la población disminuyó, dos décadas después, a solo medio millón, según estimaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la asociación Donkey Sanctuary, de Inglaterra.

Muchos de estos burros fueron a dar al matadero

Gran parte de ese millón de asnos perdidos en México en sólo 20 años, fueron sacrificados en empacadoras para exportar su carne a Europa, Asia y Australia.

El 5 de febrero de 2007 el diario El Universal publicó declaraciones del subsecretario de Fomento Agropecuario de Coahuila, Héctor de La Fuente, anunciando el sacrificio de cinco mil asnos, mulas y caballos, que dejaron de ser productivos en ejidos de esa Entidad, para exportar sus “cortes” a la Unión Europea y a Australia.

Dijo entonces el funcionario estatal: “Estos animales se han convertido en un verdadero problema porque no tienen ya utilidad productiva, y en cambio sí representan una carga muy fuerte para el agostadero y los abrevaderos al consumir el pasto y beber el agua que necesita el ganado bovino y caprino”. 

Para ese tiempo, tal criterio se había difundido y aplicado ya en todo el país.

La población de burros en el mundo tiende a disminuir

Donkey_Catalan_race

El burro catalán.

La población de asnos en México y en otros países se ha reducido tan drásticamente que en los últimos años se han tenido que emprender acciones para su rescate y preservación a través de los llamados “santuarios de burros” como el que funciona desde hace ocho años en Otumba, Estado de México, llamado popularmente “Burrolandia“, en una superficie de 2.5 hectáreas.

Aunque se mantiene alta la demanda de asnos en regiones subdesarrolladas, la población mundial de esta especie tiende a disminuir. En Europa, por ejemplo, el censo se redujo de dos millones a solo medio millón de cabezas durante las últimas tres décadas.

Del burro catalán, en España, quedan apenas 400 ejemplares, principalmente en la zona de Cataluña, en tanto que del asno de Panteleria, en Italia, ya sólo queda el recuerdo: se extinguió totalmente desde los años 70 del siglo pasado.

Asimismo, el asno salvaje que formaba grandes manadas en las llanuras de África, ha venido desapareciendo con rapidez.

Actualmente se estima que hay 44 millones de asnos en el mundo. Entre los principales productores figuran China, Pakistán, India, Etiopía y Egipto.

El asno, salvador de la clase indígena mexicana

Burros tlazoleros en Temastián

Burra cargada con rastrojo (plantas secas de maíz) en Temastián, Jal.

Resulta que el asno, visto ahora como bestia inferior, fue realmente el salvador de la clase indígena mexicana, pues no sólo sustituyó a los tamemes, que eran los cargadores prehispánicos, sino que posteriormente, a partir de la Conquista, les evitó las tremendas y costosas cargas a que fueron sometidos los naturales por razones de encomiendas, mandamientos y otras forma de esclavitud.

Pero además de servir como bestias de carga y de tiro, estos nobles, fuertes y sobrios animalitos fueron necesarios para la reproducción de la raza mular, resultante de la cruza de burros con yeguas o de burras con caballos.

Cristóbal Colón trajo los primeros asnos a América

El navegante Cristóbal Colón fue quien en 1495 introdujo en América los primeros burros: cuatro machos y dos hembras. La demanda de equinos debió crecer considerablemente a partir de la Conquista, en 1521, porque ya para los años 30 del siglo 16 se reiteraba la exigencia de los gobernantes de Nueva España a sus contactos en Europa para el envío de pies de cría de esta especie.

El obispo virrey de México, Ramírez de Fuenleal, escribía entonces a la Metrópoli diciendo: “Convendría mucho que viniesen trescientas borricas para distribuirlas entre los indios. Hago que se les den ovejas y críanlas con grande amor”.

De ese modo fue como empezó a establecerse en la América continental la cría del ganado asnal y mular, que tanto impulso recibió durante la Colonia y aún después, para el trabajo en las minas, la agricultura y el abastecimiento de víveres a ciudades y pueblos.

Alejandro de Humboldt, refiriéndose al florecimiento alcanzado a principios del siglo 19 por el comercio establecido entre las ciudades de México y Veracruz, informó que ocupaba en sus tráfagos más de cien mil mulas.

El burro, llamado a convertirse en mascota de lujo

Burros. Foto del muro de José Modesto Barros Romo (F)

En contraste con los caballos, que hoy viven su mejor época en México, “El automóvil del pobre“, como se le llamó hasta hace unas décadas al burro, está a punto de pasar a la historia. Tras de recorrer durante más de cuatro siglos los caminos de México, ha terminado su función como medio de transporte y de apoyo en la agricultura.

Como consecuencia de ello y de su rápida extinción, seguramente no pasarán muchos años para que el noble jumento se convierta en artículo de lujo destinado al solaz y esparcimiento de los turistas en zoológicos, balnearios y ricos ranchos ganaderos del país.

De hecho, ya se empiezan a ver por ahí, en zonas de recreo, los primeros burros dedicados a entretener y divertir a los turistas, especialmente a los niños, a quienes les encanta montarse en ellos. Ojalá que esta nueva actividad económica, aunque de posibilidades limitadas, al menos mantenga vivos a algunos de ellos.

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Los buenos tiempos del caballo en México

De la P. El Mundo del Caballo en F.

   En contraste con los asnos, que al desaparecer la arriería se encuentran en peligro de extinción, los caballos viven tiempos de bonanza en México, alejados ya de los arduos trabajos a los que fueron sometidos durante siglos. Los deportes, el turismo y la terapéutica destacan entre sus principales actividades.

México, tercer productor mundial de caballos

   México es hoy el tercer productor mundial de caballos, después de Estados Unidos y de China. Se estima que hay en el mundo 58 millones de equinos, de los cuales 9.5 millones se encuentran en Estados Unidos, 7.4 millones en China y 6.8 millones en México. De éstos cabe decir que en su mayoría gozan de mejor vida que mucha gente.

   La prosperidad equina de México contrasta incluso con la tendencia global, ya que según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), el mundo perdió 14 millones de caballos durante la segunda mitad del siglo XX, como resultado de la introducción de maquinaria agrícola y el desarrollo del transporte.

Respuesta desigual a las innovaciones tecnológicas

   La respuesta a las innovaciones tecnológicas ha sido desigual en distintas regiones del mundo, ya que mientras América del Norte, Centroamérica, África y Asia disponen ahora de un censo mayor de caballos que a principios de los años 50 del siglo pasado, América del Sur, Europa, Oceanía y la ex-URSS han venido a la baja.

   El país que llegó a tener mayor población de caballos en el mundo fue el Imperio Ruso, con 35 millones de ejemplares en 1917, pero actualmente el censo le asigna apenas cinco millones.

   En México, sin embargo, según la FAO, había en 1991 dos millones 904 mil 594 caballos, en tanto que en 2004 la misma organización reporta seis millones 260 mil, es decir, más del doble en un lapso de apenas 13 años.

Los caballos, favoritos como animales de silla y de placer

   ¿Qué sucedió? Que mientras asnos y mulas se utilizaban como bestias de carga, los caballos fueron cada vez más apreciados como animales de silla y de placer, de suerte que, al desaparecer la arriería, los primeros vinieron a menos, en tanto que estos últimos fueron bienvenidos en la charrería, carreras, turismo, paseos, rejoneo, polo, demostraciones, cacería, salto, circo y más recientemente en aplicaciones terapéuticas.

   De este modo, los equinos se multiplican por el poder económico de la gente, entre ellos los prósperos emigrantes mexicanos que viven en el vecino país del Norte, que poseen ranchos allá y que suelen regresar a sus pueblos de origen con dólares para gastar y con valiosos caballos destinados a la recreación y competencias.

   De hecho, cada vez menos se utiliza a estos animales para cabalgadura o transporte, en el arado, o como trapicheros, cortadores, arreadores de ganado, carretoneros, pepenadores y aguadores, que eran sus principales campos de actividad hace apenas unas décadas.

Origen y desarrollo de los caballos en América y en México

   Resulta que Cristóbal Colón, el descubridor de América, en su segundo viaje dejó en 1494 algunos caballos en La Española (Santo Domingo), que 20 años después se multiplicaron ahí, en Cuba y en Jamaica, pero éstos no llegaron al continente, al menos en aquel tiempo. Fue el conquistador de México, Hernán Cortés, quien en 1519 trajo 11 caballos y cinco yeguas, que realmente iniciaron la población equina del país.

   Cierto es que 55 millones de años antes hubo una especie de pequeños equinos en el hoy territorio de Norteamérica, de donde se supone que emigraron a Eurasia y África hace unos 15 mil años, pero por causas desconocidas se extinguieron en Norteamérica hace diez mil años, razón por la cual los actuales no tienen que ver nada con aquéllos.

Nace el deporte nacional, la charrería, y con ella el auge del caballo

Aventando el lazo. Mexico como fue y como es. Brantz Mayer (1844).

   Durante la Revolución Mexicana (1910-1916) los caballos criollos destinados a la guerra prácticamente se extinguieron, pero ha sido tan grande la afición del mexicano al caballo que pronto buscaron la forma de recuperarlo, especialmente al surgir la charrería como deporte nacional por excelencia, en los años 30 del siglo pasado.

   De esta manera, con la importación de sementales y yeguas de España y Estados Unidos, pronto se mejoraron las razas locales. Actualmente son tan bien cotizados los caballos mexicanos que sus precios pueden fluctuar, según raza y condición, entre mil y 20 mil dólares por ejemplar, y obviamente sobra quien los pague con gusto.

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La doma de caballos

Aventando el lazo. Mexico como fue y como es. Brantz Mayer (1844).

   La doma de caballos, tan antigua como su domesticación, debió practicarse en México desde el siglo XVI, cuando aparecieron las primeras manadas. Es Rafael Landívar quien nos ilustra sobre esta actividad durante el siglo XVIII, que fue cuando él publicó su famoso poema “Rusticatio mexicana”, bello canto a la Naturaleza:

   “Si algún vaquero, famoso por su valentía, ambicionara amansar un alado corcel con duro freno, elige luego uno de entre las muchas manadas, y lo encierra cuidadosamente en los corrales que se levantan cerca de las estancias de la casa, mientras sus compañeros aspiran a emularlo.

   “Haciendo entonces girar repetidamente el lazo con la mano en alto, aprisiona el caballo y apoyándose con todo el cuerpo lo asegura, hasta que algunos jóvenes acometivos viniendo en su ayuda, sujeten con otros lazos al rebelde, que ataca a mordiscos y coces, y ágiles con el cabestro complicado le ciñen el hocico.

   “Salta luego el jinete al grueso lomo, que aquéllos enjaezaron, y el bárbaro conduce por la dilatada llanura al alípede lanzado desde el fondo de los corrales. Mas el caballo enfurecido enarca el lomo y ora se endereza de manos, ora de cabeza patea el aire y se desespera por disparar al que se sienta en su dorso.

   “Pero el amansador aprieta con ambas corvas los espumantes lomos del bruto y maneja erguido las riendas, con las cuales lo frena, lo hace dar una larga vuelta, lo espolea frecuentemente y reprime en medio de la yerba, hasta que domado el cuadrúpedo a fuerza de pruebas lo enseñe a recorrer la pradera con paso educado”.

    Hasta aquí la cita de Landívar sobre la doma de caballos, quien como ya vimos en anterior entrada de este blog se refiere también, en su misma obra, a las manadas de equinos, algunas de ellas salvajes, que aparecieron desde la segunda mitad del siglo XVI en llanuras mexicanas.

    Obra consultadaRusticatio Mexicana, publicada en 1781 por Rafael Landívar. Imagen: México como fue y como es. Brantz Mayer (1844).

      Artículo relacionado: Cómo gobierna un caballo a su manada.

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Cómo gobierna un caballo a una manada de yeguas

Estampida III. Foto Juan Ángel Peña Enríquez.

   Entre las cosas curiosas que narra el escritor Rafael Landívar en su obra “Rusticatio Mexicana” figura la forma en que un caballo garañón gobierna a una manada de yeguas. Sucede que en el siglo XVIII, al que se refiere Landívar, ya se habían multiplicado en algunas llanuras mexicanas las manadas de caballos salvajes y semisalvajes, que aparecieron desde la segunda mitad del siglo XVI.

   A las manadas controladas por los ganaderos se refiere seguramente Landívar cuando dice que “el agricultor ara los campos y deja a los ganados vagar por dondequiera sin pastor, en compañía de sus crías.” En su bello estilo poético este notable escritor describe cómo un brioso corcel gobierna a su manada:

Seducción, castigo y premio, la clave

   “Entre todos sobresale a primera vista por su arrogante hermosura, el níveo caballo de negra cola admirable. Alborotada la crin sobre el cuello, lomo y orejas, crespa la cola y garganta retorcida, fiero, por los campos de oro, acojinados de yerba, golpea la llanura con su casco resonante; y a la cabeza de numerosa manada de yeguas las conduce paseándose por el campo delicioso. Si alguna, tarda, desdeña seguirlo en su marcha, el corcel la excita luego con agudo relincho, y una y otra vez llamará a la rezagada. Mas si la hembra inmóvil rehusara obedecer, a menudo caerá con furiosos mordiscos sobre la perezosa y la reducirá, presa de terror, a la manada.

   “Con todo, (el garañón) no amenaza castigar a cada rato a las yeguas; antes bien, solícito, las lleva con sus tiernas crías a los pastos reverdecidos y a que apaguen la sed a los arroyos. De regreso al llano feraz, las mueve a tomar sombra bajo los fresnos añosos. Después la muchedumbre de briosos cuadrúpedos, nacidos de noble sangre, merecedores de añadirse a las rápidas cuadrigas del sol, sin ley vagan libres por los campos…”

   Las manadas constan de 24 yeguas, guiadas por un caballo; y según la amplitud y riqueza de los ranchos ganaderos solía haber de 40 a 80 manadas. Incluso algunos preferían que las yeguas de toda manada fueran del mismo color que el del garañón.

Caballos salvajes en la llanura mexicana

   Apenas había pasado medio siglo de la toma de Tenochtitlan por el conquistador Hernán Cortés cuando ya se reportaba la existencia de caballos salvajes en algunas llanuras mexicanas.

   Los caballos habían sido introducidos a México por Cortés, pero algunos que se desbandaron en las primeras batallas de la conquista, se fueron al monte y se volvieron salvajes con el tiempo, logrando sobrevivir en sabanas y bosques, hasta constituir grandes manadas.

   Al mismo tiempo, desde las primeras décadas de la Colonia las autoridades virreinales promovieron los criaderos de caballos, mulas y asnos por toda la Nueva España a fin de satisfacer la creciente demanda de estos animales para el transporte de personas y mercancías.

Manadas hasta de 40 mil animales

   Todavía en el siglo XIX, grandes conjuntos de caballos y toros salvajes, de hasta 40 mil animales, recorrían algunas llanuras, principalmente en el Sur y en el Sureste.

   Lo mismo pasó con el asno salvaje, que rivalizaba en fiereza con el puma y vivió en algunas serranías, siendo cazado por las tropas, por peligroso.

   Obras consultadas: Dádivas de México al mundo, de Heriberto García Rivas. Ediciones Especiales de Excélsior. 1965. Rusticatio Mexicana, publicada en 1781 por Rafael Landívar. Antigüedades de la Nueva España, de Francisco Hernández (1517-1578).

  Imagen: “La Estampida”. Grupo escultórico de Jorge de la Peña en Guadalajara. Fotografía de Juan Ángel Peña Enríquez.

   Artículo relacionado: Los primeros criaderos de caballos.

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Los atajos casi desaparecen en la Cristiada

En tiempos de guerra no hay misericordia: el comercio, la industria, la agricultura, todo desmerece, excepto el afán de matar gente y de destruir lo que se pueda. Así ocurrió en tiempos de la Cristiada en México (1926-1929), cuando los atajos de los arrieros prácticamente desaparecieron del paisaje en el Occidente del país, donde “pegó” más fuerte esta revolución.

En su novela histórica Los Cristeros (1937), José Guadalupe de Anda refiere  lo ocurrido con la arriería y otros oficios durante la Guerra Santa: http://books.google.com.mx/books?id=3ED8ywkrZIIC&pg=PA377&lpg=PA377&dq=josé+guadalupe+de+anda&source=bl&ots=1jqh
“Y la llama de la rebelión se extiende arrolladora por toda la región de Los Altos.

“Hasta la gente de paz, hombres de buen sentido que no prestan oídos a las prédicas y propaganda subversiva, cuando los dejan con los brazos cruzados, sin bueyes ni semillas ni elementos con qué cultivar sus tierras, se ven obligados a incorporarse a las huestes cristeras, antes que morirse de hambre o de ir a mendigar a los pueblos…

“En los sembrados que quedan abandonados duele ver cómo las robustas mazorcas se inclinan hacia el surco, devolviendo a la tierra su generoso fruto, porque los hombres que debieron recogerlo se fueron a la guerra.

“El bullicioso cordón de los atajos, que jamás se cortaba, inyectando animación y vida a la región, ha desaparecido.

“Si acaso, una que otra recua de burros flacos y quejumbrosos, cargados con barañas de leña, aparece conducida por viejos de cara atribulada que se santiguan al tropezar con uno que otro colgado que penduleade las ramas de los árboles que bordean el camino…”

Fuente: José Guadalupe de Anda. “Los Cristeros” (1937)

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Nostalgia del camino

México, enero de 1937.

Refranero:

“Sólo tomo la pluma para saludarte”, me dices en tu atenta, y es el caso que arrebiatas como recua por vereda tres o cuatro asuntos más: Te quejas del fastidio de la casa, y es que extrañas el camino; pero convéncete, hombre; el palo ya no está para cucharas. Te sucede lo mismo que a los postillones de nuestras diligencias, al ser metidos los ferrocarriles, allá cuando los perros se amarraban con tasajo y no se lo comían… ¿Te acuerdas del viejo Chente? Siempre nos hablaba de las conductas, de sus remudas alazanas, de los plateados asaltantes y de otros chismes de su tiempo.

Pues lo mismo sucede ahora a los arrieros viejos, de aquellos rumbos en que ya se están construyendo carreteras; se van quedando en casa, como tú dices, sólo a echar gallinas. Es natural; el flete resulta más barato. La recua ya no sirve más que para acarrear agua de la noria y para ir por leña al monte.

Agregas que quien no quiera llorar, que no se acuerde, y es el caso que tú no haces más que acordarte de aquellos caminos que en alguna ocasión recorrimos juntos, creyendo que eran muy largos, cuando que dentro de poco podrán recorrerse en unas horas.

Leyendo tu carta, me sucedió lo que tú crees que sucede a los moribundos: que salen en espíritu a recoger sus pasos…

Fragmento de “Arrieros”. Gregorio López y Fuentes (1944).

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Mañas de las bestias

Entre los hábitos negativos más curiosos que conserva la arrieril historia se encuentra la de aquellos animales conocidos como zorreros, que consistía en que al estarlos cinchando o fajando inflaban la panza tanto que al ponerse a caminar y recobrar su volumen normal, la tarria que los abarcaba se volvía floja, se movía el aparejo y se producía la cómica estampa de una mula zorrera con los tercios colgándole por los flancos.

Claro que a esta maña también se le encontró remedio, pues “para uno que madruga hay otro que no se acuesta”, o igual, “cuando tú vas, yo ya vengo”, y la solución consistía en que cuando los arrieros estaban ya listos para cinchar, y la mula zorrera inflaba su inmensa panza, uno de ellos le daba con una vara un fuerte piquete en las verijas; el animal, ante el inesperado estímulo, emitía un cavernoso pujido y frunciendo la barriga echaba fuera el aire, momento que aprovechaban los hombres para retrincarle la tarria a su máximo, lo cual ciertamente no era aconsejable en una bestia normal.

Además, los arrieros demostraban con hechos su principio de que “pa’ todo tumor hay cataplasmas, sabiéndolas aplicar”. Otra mala costumbre, cuando algún animal por cualquier motivo o simple euforia primaveral se soltaba salta que salta, tratando de quitarse los fardos, bastaba con poner entre los tercios un sobornal con carga de tierra, que sirviéndole de lenitivo a su euforia le hacía dedicarse a lo suyo, que era caminar y caminar únicamente.

        Fragmento de “Trilogía Histórica de Colima”. Roberto Urzúa Orozco (1986).

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