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Colotlán y sus arrieros

422 Aniversario Colotlán. 

  Cuando cobró auge la producción de plata en Zacatecas, a mediados del siglo XVI, fue necesario abrir caminos para transportar el mineral. Uno de estos caminos fue el que viniendo de Jerez pasaba por Colotlán hacia Tlaltenango, el Teul y San Cristóbal, hasta Guadalajara, casi por la misma ruta que sigue la actual carretera.

     La apertura de caminos para recuas y carretas se realizó en esta región en tiempos de guerra, cuando los indios chichimecos que habitaban estas tierras peleaban contra los españoles invasores, de suerte que  para dar seguridad a los caminos transitados por los arrieros de minas, como éste de Colotlán, el gobierno virreinal fundó diversos poblados, estableciendo en ellos presidios o fuertes militares.

      Fue así como el 21 de agosto de 1591, hace 422 años, fundaron los españoles el pueblo de Colotlán. Años después, con el auxilio de indios tlaxcaltecas, lograron pacificar la región y siguieron abriendo y mejorando los caminos para que transitaran con mayor facilidad y seguridad carretas y  recuas.

    El oficio de la arriería fue adquiriendo cada vez más importancia hasta representar durante más de 400 años el único medio por el que estos pueblos vendieron sus productos en las ciudades y se abastecieron a la vez de los artículos que necesitaban.

 Cuando el automóvil releva a los arrieros

   El sistema arriero del Norte de Jalisco y Sur de Zacatecas termina prácticamente en 1986, al entrar en servicio la Carretera Guadalajara-Colotlán. Fue entonces cuando el automóvil dio el último adiós a los arrieros de burros y de mulas.

       Los primeros camiones de carga o trocas entraron a Colotlán hacia 1918. Uno de esos camiones fue el de Felipe Díaz. Luego llegó una troca nueva de don Herminio Sánchez, el general cristero muerto en La Atarjea, cerca de Totatiche. Después, otra troca de Nicolás Gaeta, y ya por los años 20 llegaron automóviles más chicos, de los que encendían con cran.

 Los últimos arrieros de Colotlán

    La información disponible sobre la arriería en Colotlán fue obtenida mediante entrevistas realizadas a viejos arrieros en los años 80 del siglo pasado, que además de contar sus experiencias, comentaron sobre sus antecesores de fines del siglo XIX y principios del XX. Sin embargo, mucho es lo que se ignora sobre los arrieros de los siglos XVI, XVII y XVIII, ya que los historiadores no se ocuparon de ellos, y por lo general ni las autoridades.

      Entre los entrevistados destacan Ramón Serrano Magallanes, Benjamín de Ávila Robledo, Benjamín Márques Huízar, Alberto Meza Bañuelos, Ignacio Gallegos y Abdenago Pinedo Torres.

      Ellos hablaron de otros arrieros más antiguos de Colotlán, que conocieron personalmente como lo fueron, por los años 20 y 30 del siglo pasado, Feliciano García “El Bigotón”, Martín Gamboa, Andrés Vázquez “El Pelón”, Nepomuceno García, Félix de Ávila, Félix Álvarez, Francisco e Ignacio de Santiago, Nicolás Almaraz, Zenaido Álvarez y Juan García. En su mayoría, arrieros de burros.

 Viajes, mercancías y servicios de los arrieros

   Estos arrieros viajaban con sus recuas entre Colotlán y Guadalajara, Zacatecas, Aguascalientes y Durango, así como a Tequila y Juchipila, y también hacia la Costa del Pacífico, por Bolaños, Camotlán, Huajimic, El Roble, San Luis de Lozada y Tepic, a donde iban por sal y azúcar. De Colotlán llevaban sobre todo manteca y carnitas, porque entonces se mataban hasta 100 cerdos los fines de semana.

     Había también arrieros vinateros, que transportaban tequila en barricas, desde Tequila, Amatitán y Huitzila, principalmente, además de los que prestaban el servicio postal y de transporte de personas.

     En los años en que las cosechas se perdían los arrieros colotlenses salían a traer maíz de Ameca y otros lugares, pero muchas veces, cuando regresaban  a su tierra, los asaltaban los bandidos, les quitaban sus cargas y con frecuencia hasta la vida.

    Por aquel tiempo había en Colotlán varios mesones, entre ellos el de La Mora, El Progreso, Puerto Arturo, San Francisco, San Nicolás y el de la Palma. Donde había más movimiento eran los de La Mora y San Nicolás, que sábados y domingos llegaron a tener cientos de burros.

           Feliciano “El Bigotón”, un arriero muy popular

       Un arriero muy popular fue don Feliciano “El Bigotón” (usaba bigotes de 15 centímetros por lado), que trabajaba la ruta Colotlán-Guadalajara.  De él se cuenta que cuando iba a Guadalajara la gente le encargaba toda clase de artículos que necesitaban, como medicinas, tela para vestido, botones, cualquier cosa. Entonces, cada persona que iba llegando a hacerle encargos, las que le daban dinero lo ponían sobre una mesa, encima de la boletita donde anotaban el pedido, y las que no, también dejaban el papelito en la mesa, y ya el día que el arriero iba a salir a Guadalajara, cogía su sombrero y con él hacía aire sobre la mesa para que volaran todas las boletas que no tenían dinero arriba. Y entonces decía: “Los encargos sin dinero se olvidan”. Luego, nada más juntaba las boletas que tenían dinero encima y que no habían volado y eso era exclusivamente lo que traía.

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Los primeros caminos de Nueva España

 
   Tan pronto como se consumó la conquista de la gran Tenochtitlan, en 1521, Hernán Cortés dispuso la construcción del camino México-Veracruz para facilitar el tránsito a los tamemes o indios cargadores de a pie y a las primeras recuas de caballos, y diez años después, con Sebastián de Aparicio, a las primeras carretas o carros de América. 

   De igual manera, en 1523, Cortés ordenó la apertura de un camino a Tampico, en cuyo puerto mandó instalar el primer muelle que hubo en la Nueva España, y al año siguiente emprendió su viaje a Las Hibueras, donde levantó puentes para cruzar los ríos. Estas obras, conocidas como “Puentes de Cortés”, aún funcionaban 50 años más tarde. 

 
Antonio de Mendoza abre comunicación al Occidente 

 
   Por su parte, el primer virrey, Antonio de Mendoza, también demostró interés en la apertura de caminos. El primero que abrió fue el de México hacia el Occidente, por la ruta que habían seguido Nuño de Guzmán y Cristóbal de Olid, al emprender la conquista de esta región. 

   Durante el gobierno de Mendoza se construyeron además los caminos de México a Acapulco, a Oaxaca, Tehuantepec y Huatulco; a Michoacán, Colima, Jalisco y el Pánuco, y a los minerales de Taxco y Sultepec, aparte de mejorar el que ya había entre México y Veracruz. 

   Apenas había tomado posesión de su cargo, en 1535, Mendoza mandó construir el camino de México a Guadalajara, que luego continuó por San Juan de los Lagos el virrey Manrique de Zúñiga. En 1542, Sebastián de Aparicio amplió para carretas la ruta a Zacatecas. En 1590, el virrey Luis de Velasco, hijo, continuó la construcción del camino México-Acapulco, que había iniciado Mendoza.
 
Impulso a la construcción de caminos en el siglo XVIII 

 
   El camino de México a Cuernavaca, iniciado por Mendoza y continuado por Velasco, fue ampliado en 1717 por el conde de Moctezuma y Tula. En ese mismo año se habilitó el de Guadalajara-Lagos para el tránsito de carretas. 

   En 1720, don Felipe Orozco abrió el camino de Durango a Chihuahua, que el virrey conde de Revillagigedo continuaría más tarde de Chihuahua a Santa Fe; en 1750, el próspero minero de Taxco, don José de la Borda, mejoró el camino de Acapulco, por Chilpancingo; en 1760, don José de Escandón inició al norte de Querétaro la ruta de San Luis Potosí a Monterrey, y en 1768, don Manuel Mascaro construyó la de México a Valladolid (hoy Morelia). 

   No obstante los esfuerzos de particulares y de algunos virreyes, como los ya mencionados, por ampliar la red carretera de la Nueva España, todavía a fines del siglo XVIII predominaban los caminos de herradura, por donde transitaban las recuas de mulas, asnos y caballos. 

 
Diligencias a Guadalajara y Veracruz desde 1794 

 
   En 1794 se concedió permiso para establecer dos líneas de diligencias, una con viajes semanarios entre México y Guadalajara, pasando por Querétaro, y la otra de México a Veracruz. 

   El virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa impulsó también las obras camineras, igual que los virreyes Revillagigedo y José de Iturrigaray. 

   Alejandro de Humboldt, al referirse a los caminos de principios del siglo XIX, decía con admiración que se podía hacer un viaje en carruaje desde la capital de Nueva España hasta Santa Fe, Nuevo México. 

   Obra consultada: Heriberto García Rivas. Dádivas de México al mundo. Ediciones Especiales de Excélsior, Cia. Editorial, S.C.L. México, 1965.
   Artículo relacionado: 

http://arrierosdemexico.blogspot.mx/2013/04/los-viejos-caminos-reales.html

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El caballo de Cortés

El viaje a las Hibueras.

   Hernán Cortés inició la conquista de México en un caballo castaño zaino, pero más tarde lo cambió por otro de los mejores de la expedición: un oscuro llamado El Arriero. Sorprende el sublime fin que tuvo este noble animal.

   Una vez conquistada la capital azteca, el 13 de agosto de 1521, Cortés no dejó de soñar con nuevas hazañas, por lo que en octubre de 1524 emprendió el famoso viaje a las Hibueras (Honduras), donde aparece montado ya en el caballo morcillo, es decir, un oscuro renegrido que, aunque no lo precisa el historiador, era seguramente el mismísimo “Arriero”.


Enferma el caballo y se queda al cuidado de un cacique


   Grandes dificultades sufrieron en este viaje Cortés y sus acompañantes. Baste decir que al cruzar abruptas montañas, pantanos y caudalosos ríos, estuvieron a punto de perecer ellos y sus cabalgaduras. Como resultado de tan accidentada travesía, enfermó el caballo del conquistador.

   Para colmo de males, el morcillo se clavó una astilla en una de sus cascos, y con gran sentimiento Cortés se vio obligado a dejarlo al cuidado de un cacique del Petén, con la promesa de que volvería a buscarlo, pues lo apreciaba mucho.

   El cacique recibió el raro y sagrado animal con el mayor respeto, y Cortés continuó su camino. Fue ésta la última vez que contempló a su morcillo, y además, nunca supo qué fin tuvo, porque a su regreso a México lo agobiaban tantos problemas que ya ni tiempo tuvo de ocuparse de su compañero de aventuras.


Pasaron 172 años sin que los indios vieran caballos


   “El Arriero” había sido abandonado en el Lago Petén-Itza en 1525, y pasaron 172 años antes de que los españoles volvieran ahí para terminar la conquista de Yucatán. Fue hasta 1697 cuando el capitán Martín de Ursúa llegó con su  caballería a Tayasal, acompañado por los frailes Juan de Orbita y Bartolomé de Fuensalida. Sin saberlo, habían arribado al lugar donde Cortés dejara su caballo, pero desde entonces los indios no habían tenido nuevo contacto con europeos, por lo que uno de los caciques, llamado Isquín, cuando vio por vez primera los caballos de Ursúa, casi enloqueció de alegría y de asombro.

   Advertidos de que había un ídolo principal en la Isla Tayasal, los frailes se encaminaron allá, donde dieron con la estatua de un caballo, groseramente tallado en piedra: era Tziunchan, dios del trueno y del relámpago, al que le pagaban tributos. Los frailes se quedaron asombrados, pero poco a poco se enteraron de la historia de aquella deidad.


De cómo acabó sus días el caballo de Cortés


   Cuando años atrás Cortés dejara ahí su caballo, los indios, viendo que estaba enfermo, lo cobijaron en un templo para cuidarlo, y “entendiendo que era animal de razón” le pusieron delante los manjares más exquisitos que ellos mismos consumían, pero nada le ofrecieron de lo que habitualmente comen los caballos, por lo que el pobre animal murió, si no por la enfermedad o por la astilla clavada, sí de hambre.

   Aterrorizados y temiendo que Cortés a su regreso tomara venganza contra ellos, antes de enterrar al morcillo, los indios esculpieron su figura y lo colocaron dentro de un templo en la laguna. Su veneración creció con el tiempo, y el caballo de Cortés pasó a ser el principal de sus dioses.

   Sin embargo, el padre Orbita, “arrebatado de un furioso celo de la honra de Dios”, tomó una gran piedra, derribó el ídolo y lo destruyó, acabando así con uno de los monumentos más curiosos del Nuevo Mundo y un recuerdo de la Conquista que debió haberse conservado.

   Obras consultadas: Juan de Villagutierre Sotomayor. Historia de la Conquista de la Provincia de el Itza. Madrid. 1701.  Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. Bernal Díaz del Castillo.
   Imagen: Acuarela de Enrique Castell Capurro en Los caballos de la conquista. Buenos Aires. 1946.
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Los caballos de la Conquista


   El conquistador Hernán Cortés introdujo en 1519 al hoy territorio mexicano los primeros 16 caballos, entre ellos cinco yeguas, que iniciaron la fecunda producción equina del país, ¿pero qué clase de caballos eran éstos?, ¿cuáles sus características?, ¿de dónde venían?, ¿en qué condiciones llegaron?, ¿quiénes los montaban y qué impresión causaron a los indios?

   Bernal Díaz del Castillo, historiador de la Conquista, da cabal respuesta a estas preguntas, y no extraña que informe de ello con el mayor detalle, sabiendo que aquellos conquistadores tenían en muy alta estima a los caballos, a los que consideraban compañeros de aventura, al grado de pregonar que después de Dios, a ellos les debemos la victoria.


Muy escasos y caros, los caballos de aquel tiempo


   Informa el cronista que estos primeros equinos fueron adquiridos en La Habana y si no trajeron más fue porque en aquella ocasión no se podía hallar caballos ni negros si no era a precio de oro.

   Dice también que luego de dos semanas de viaje marítimo, al tocar tierra en la boca del Río Tabasco, lo primero que hicimos fue desembarcarlos, pero llegaron tan entumecidos que escasamente podían mantenerse en pie, y de inmediato debió dejárseles en libertad para que pastaran. Tan importantes eran que a sólo 30 españoles se les confiaba su cuidado. El propio Bernal admite que al resultar heridos los curamos con grasa de los indios muertos.

   Grande fue la impresión que los briosos corceles causaron a los aborígenes. De hecho, el éxito de la Conquista se debió en buena medida a que éstos vieron en el caballo y el hombre una sola y terrible unidad.


Los caballos, las yeguas y sus respectivos jinetes


   El capitán Cortés, un castaño zaino;  Cristóbal de Olid, un castaño oscuro, harto bueno;  Francisco de Montejo y Alonso de Ávila, un alazán tostado no bueno para cosa de guerra; Francisco de Morla, un castaño oscuro, gran corredor y revuelto; Juan de Escalante, un castaño claro, tresalbo, no fue bueno; Gonzalo Domínguez, otro castaño oscuro muy bueno y gran corredor; Pedro González Trujillo, un castaño que corría muy bien; Morón,  un overo labrado de las manos y bien revuelto; Baena, otro overo, algo morcillo, no salió bueno para cosa ninguna; Lares, un castaño algo claro, buen corredor; Ortíz El Músico y Bartolomé García, un oscuro llamado El Arriero. Éste fue uno de los mejores caballos de la expedición, que más tarde pasó a manos de Cortés.


   Las yeguas:


   Pedro de Alvarado y Hernán López de Ávila, una alazana de juego y de carrera; Alonso Hernández Puertocarrero, una rucia de buena carrera; Juan Velázquez de León, una rucia muy poderosa llamada La Rabona, muy revuelta y de buena carrera; Diego de Ordaz, otra rucia, machorra, pasadera, aunque corría poco, y Juan Sedeño, una castaña que parió en el navío.


Se multiplicaron hasta formar manadas semisalvajes


   Durante la Conquista y después de ella siguieron llegando a Nueva España caballos procedentes de Cuba, Jamaica y Santo Domingo, principalmente, lo que permitió su rápida multiplicación. Bastaron unas cuantas décadas para que aparecieran en estado semisalvaje en diversas regiones del país.


   Obras consultadas: Bernal Díaz del Castillo. Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, escrita en 1568. Robert B. Cunninghame Graham. Los caballos de la conquista. Buenos Aires. 1946. Imagen: Acuarela de Enrique Castell Capurro en Los caballos de la conquista.
   Artículo relacionadohttp://arrierosdemexico.blogspot.mx/2013/06/los-caballos-de-nueva-espana.html

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Don Luis de Velasco, un hombre de a caballo


   Don Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, virrey de la Nueva España entre 1550 y 1564, no sólo pasó a la historia como un gobernante prudente y justiciero al defender a los indígenas contra abusos de los mineros, liberar a 15 mil esclavos ilegales y abolir la encomienda, sino también como un gran caballista, muy diestro y afamado en las artes de la brida y de la jineta y notable impulsor de los deportes hípicos.


Creó la silla vaquera y el freno mexicano


   Dadas sus aficiones hípicas –dice Artemio de Valle-Arizpe-, impulsó mucho en la Nueva España el ganado caballar y mejoró razas con cruzas de potros andaluces y con los bellos, finos, elegantes, de Arabia. Él reformó la silla de montar que trajeron a México los españoles conquistadores y que era la de uso corriente en España. Creó no sólo la silla vaquera, sino el freno mexicano, con el que tan bien se rigen y dominan las caballerías más indómitas, haciéndolas dóciles a cualquier leve llamado de la rienda que les transmite la voluntad del jinete. A esa silla y a ese freno se les dio su nombre ilustre: se les decía “de los llamados Luis de Velasco”. Así se expresa claro en una merced dada en tiempos del virrey don Martín Enríquez de Almanza a dos caciques indios, para que pudiesen, como gracia muy señalada, andar a caballo, pues los indios tenían terminantemente prohibido el cabalgar, cosa que sólo se permitía a los naturales de España o a los criollos.


Poseía los mejores caballos del mundo, y los regalaba


   Juan Suárez de Peralta, cuñado del conquistador Hernán Cortés, asegura que don Luis de Velasco poseía en la Ciudad de México la mejor caballeriza que ha tenido príncipe alguno, porque tuvo los mejores caballos del mundo, y muchos, y muy liberal en dallos a quien le parecía.

   El mismo Suárez de Peralta, al calificar a este virrey como muy lindo hombre de a caballo, dice que tenía la más principal casa que señor la tuvo, y gastó mucho en honrar la tierra. Dio gran impulso a los juegos de cañas*, en los  que participaba con entusiasmo. Era su costumbre ir todos los sábados al campo, al bosque de Chapultepec, donde tenía de ordinario media docena de toros bravísimos, y mandó construir ahí un lindo toril donde se corriesen. Iba  acompañado de todos los principales de la ciudad, que serían como cien hombres de a caballo, y a todos y a criados les daba de comer, y el plato que hacía aquel día era banquete; y esto hizo hasta que murió. Vivían todos contentos con él, que no se trataba de otra cosa que de regocijos y fiestas.

   Nótese que apenas habían pasado 30 años de la toma de Tenochtitlan por Cortés, y al tiempo que se instalaba la arriería como principal sistema de transporte y comercio del país, florecía también el gusto por el caballo y sus deportes, en una tradición que está próxima a cumplir 500 años.


   *Juego de cañas: Juego de origen militar árabe, celebrado en plazas mayores de España y sus dominios entre los siglos XVI y XVIII. Consistía en hileras de hombres montados a caballo (normalmente nobles) tirándose cañas a modo de lanzas o dardos y parándolas con el escudo. Se hacían cargas de combate, escapando en círculos o semicírculos en grupos de hileras.

   Obras consultadas: Artemio de Valle-Arizpe. Virreyes y virreinas de la Nueva España (1933). Enciclopedia de México (1977). Imagen: Wikipedia.

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Los caballos de Nueva España


   Con once caballos y cinco yeguas inició en 1519 el conquistador español Hernán Cortés la reproducción equina de México, y en los casi cinco siglos que distan de aquella fecha se han multiplicado tanto que hoy suman cerca de siete millones de ejemplares, ocupando este país el tercer lugar mundial en producción de caballos, después de Estados Unidos y China.

   Desde las primeras décadas de la Colonia los equinos encontraron en México un campo fértil para reproducirse, de suerte que a fines del siglo XVI el notable poeta Bernardo de Balbuena ya destaca en su obra maestra “Grandeza Mexicana” la gallardía, brío, ferocidad, coraje y gala de México y su gran caballería.


Recuas, carros, carretas, carretones…


   Nacido en Valdepeñas, España, Bernardo de Balbuena (1562-1627) fue traído por su padre a Nueva España, a la región de Nueva Galicia, formada por los actuales estados de Jalisco y Nayarit, donde tuvo oportunidad de intimar con la Naturaleza y las bondades del campo. En su largo poema Grandeza Mexicana, Bernardo hace una espléndida alabanza de la Ciudad de México y su intenso comercio:

   Recuas, carros, carretas, carretones,

De plata, oro, riquezas, bastimentos

Cargados salen, y entran a montones […]

   Arrieros, oficiales, contratantes,

Cachopines, soldados, mercaderes,

Galanes, caballeros, pleiteantes […]

   Anchos caminos, puertos principales

Por tierra y agua a cuanto el gusto pide

Y pueden alcanzar deseos mortales.


La gallardía de México y su gran caballería


   Más adelante, al hacer un elogio de los centauros fieros, que en confuso escuadrón rompen sus llanos, de carrera veloz y pies ligeros, el poeta evoca en varios tercetos las hazañas de jinetes y caballos famosos de la historia, para concluir que nada ni nadie podrá contrahacer la gallardía, brío, ferocidad, coraje y gala de México y su gran caballería.

   Comparando después a México con la gran caballeriza del dios Marte, hace Bernardo una bella descripción de las razas de equinos que ya entonces poblaban el país, como el castaño colérico, que al aire vence si el acicate le espolea; el tostado alazán, el remendado overo, el valiente y galán rucio rodado, el rosillo cubierto de rocío, el blanco en negras moscas salpicado, el zaino ferocísimo y adusto, el galán ceniciento gateado, el negro endino de ánimo robusto, el cebruno fantástico, el picazo engañoso y el bayo al freno justo.


Los caballos son del campo, no de la ciudad


   Finalmente, el gran poeta se duele de que los caballos pasen la vida en la ciudad, lejos del campo, su natural hábitat:

   En el campo están ricos los caballos,

Allí tienen su pasto y lozanía,

Darles otro lugar es violentallos.

   No hay jaez de tan rica pedrería,

Ni corte tan soberbia y populosa

Que no les sea sin él melancolía.


   Obra consultada: Bernardo de Balbuena. La Grandeza Mexicana (1604).
   Imagen: Óleo de Rodrigo Barba. Museo de los Cinco Pueblos. Tepic, Nay.


   Para más información sobre el origen y desarrollo del caballo en México, recomiendo al apreciado lector el siguiente artículo:

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Viajar en hamaca debió ser una delicia

Traslado de un señor azteca (Códice Panes Abellán) 

Debido a que nuestros antepasados indígenas no disponían de bestias de carga ni conocían la rueda en su función vehicular, tuvieron que ingeniárselas para transportar durante viajes largos a personajes o incapacitados, razón por la cual dieron en usar habitualmente hamacas para cargarlos.
Sobre este singular medio de transporte, al que no pudo resistirse ni el gran benefactor de los indios, fray Bartolomé de las Casas, nos ilustra el fraile dominico Tomás de la Torre en su libro “Desde Salamanca, España, hasta Ciudad Real, Chiapas. Diario del viaje. 1544-1545”.
Explica De la Torre que “los indios atan los extremos de la hamaca a una vara recia y de una parte y de otra llevan sobre los hombros al que va en ella sentadoEs cosa bien apacible ir allí, aunque algunos se almarean y en estas duermen comúnmente los indios […] Estas usan ellos para llevar a sus señores y principales y a los enfermos y en estas andan ahora las mujeres de Castilla que van en camino y aun los españoles se hacen llevar en estas cuando van a sus pueblos…”

Tal testimonio demuestra que a algunos españoles les encantó el singular y comodino medio de movilizarse, aunque a otros les parecía una ofensa en contra de la dignidad de los indígenas, como era el caso del obispo fray Bartolomé de las Casas, enemigo acérrimo de las hamacas (como vehículo).
Pero al fin de cuentas ni el mismo Bartolomé pudo nada contra la “voluntad divina”, pues durante este viaje tuvo que doblar las manos ante la fiebre que le impedía caminar, aceptando el ruego de sus compañeros para subirse a la hamaca y continuar el viaje a Ciudad Real.
Dice De la Torre que aunque ya iba casi muerto por la calentura, el padre vicario no quería “entrar en hamaca y lo tenía por sacrilegio; pero allí no pudo dejar de condescender con el ruego de los padres más antiguos…”

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¿Perros de carga en el México antiguo?

Existen diversas referencias sobre el uso de perros de carga en el México antiguo y en el hoy territorio de Estados Unidos, especialmente entre los indios comanches,  antes de que Cristóbal Colón descubriera América en  1492, pero esta información la amplía en su novela “La Malinche y Cortés” (Nueva York, 1971) la escritora norteamericana Margaret Shedd, quien refiriéndose a la llegada de Hernán Cortés a Veracruz en 1519, dice:

“Trajeron una docena de perros en los diversos barcos. Algunos eran mestizos, de los que resultaba un cruzamiento que ladraba mucho. Pero había también lebreles puros. Los perros de este tamaño y forma eran también desconocidos en México, en donde la especie pequeña y gorda se comía, o se convertían en perros de casa, pero, por supuesto, nunca eran usados para deporte, aunque los aztecas tenían uno lampiño de buen tamaño que se utilizaba como bestia de carga y para compañía en los viajes, así como otra especie pequeña y feroz que cazaba topos y ardillas. Los lebreles fueron amaestrados en Cuba a fin de que persiguieran a los esclavos que huían y para destruir a los desobedientes; fueron traídos a nueva España con iguales propósitos”.

Cabe añadir aquí otra cita de la misma autora que habla de los perros que mataron y se comieron a unos viejos indígenas que le llevaban valiosa información a Hernán Cortés:

“Ocurrió otro acontecimiento en Xochimilco. En tanto que Cortés tenía ahí su corte, llegaron cinco viejos llevando sus códices, y diciendo que querían ver al tuele. ¿Para qué venían? ¿Para poner los códices y manuscritos a su cargo? ¿Para mostrárselos? ¿Para darles a conocer una profecía? Nunca se sabrá. Antes de que llegaran a Cortés, los perros fueron lanzados sobre ellos, quizás como una broma. Los perros mataron y se comieron a los viejos y dispersaron los códices inapreciables con sus ilustraciones que hablaban palabras aztecas de sabiduría”.

El caso es que antes del arribo de los europeos, no había en México burros ni caballos. Por esto eran comunes los tamemes o cargadores, indígenas capaces de recorrer diariamente grandes distancias con pesados bultos en la espalda. Así las cosas, resulta interesante conocer referencias sobre el posible uso de perros como bestias de carga en aquellos lejanos tiempos.

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