Archivo de la categoría: Viajes

La arriería en el Valle de Autlán

camino de arrieria

Camino de arriería.

Al hablar sobre el Valle de Autlán, el escritor Ramón Rubín dedica un capítulo al desarrollo de la arriería en esa comarca de la Costa jalisciense, actividad que tuvo especial auge a mediados del siglo 19, cuando grandes recuas de asnos y mulas traían desde la Costa el cargamento de los barcos, buscando en Ameca o Zapotlán los accesos al ferrocarril o alcanzando la propia ciudad de Guadalajara, a donde llevaban los productos de la zona y de donde traían todo aquello que no había y que resultaba indispensable.

Estos atajos de hasta cien animales de carga -dice Rubín-, trazaban con su huella entre la selva y los bosques todavía vivos una intrincada red de veredas.

“Ellos se llevaban los botes de manteca, los cueros salados o curtidos, las pacas de chile, los costales de maíz, los tercios de escobas, los paquetes de añil o de velas, las cajas de jabón y de pitillos y los colotes de sombreros de palma que el campo y la industria local producían y traían los quesos, los cerillos, las barcinas de sal, las latas de petróleo para el alumbrado, las pacas de géneros textiles, los rollos de cordelería y los recipientes de alcohol para el refuerzo de los munificientes embriagantes…”

Además, los arrieros, portadores de las noticias de los parientes y amigos emigrados, eran recibidos con el mismo interés ilusionado que merece el cartero.

Con ellos llegaba también el deslumbramiento de todas las innovaciones del progreso, las muselinas vaporosas para el traje nupcial de la que se iba a casar, los lienzos estampados, los jabones de olor y todas esas fruslerías que adornan y hacen las delicias de la ingenua mujer de estos pueblos apartados, dándole al hombre un medio para halagarla”.

La arriería -añade Rubín-, gozaba el prestigio de una temeridad que desafiaba los crecientes estivales de los ríos sin puente, el acecho de las fieras, el atraco de los forajidos y el desamparo de las intemperies. “Tenía a su favor la leve y fugaz presencia de lo trashumante y traía el aroma de lo exótico, de lo que viene de lejos“.

De igual manera, aunque en la población de Autlán hubiese quien alquilase buenos caballos para hacer el viaje a Guadalajara a las personas pudientes, muchas veces estos atajos constituían el único medio para transportar a lomo de burro o mula a la gente más humilde.

javiermedinaloera.com

Obra consultada:  Ramón Rubín. El Valle de Autlán. Unidad Editorial del Gobierno de Jalisco. Guadalajara, 1987.

 

Share Button

La Feria de San Juan: ¡Qué feria!

Vendedores de dulces en San Juan de los L. en Wikipedia.

Vendedora de dulces en San Juan de los Lagos, Jal.

   A los mexicanos nos encantan las ferias. Ahí donde hay música, comida, comercio, diversión y gente, mucha gente, acudimos sin falta. No hay fiesta profana o religiosa en la que no se organice una feria con mucho comercio, reuniones, juegos mecánicos y de azar y diversiones variadas, sin faltar la venta de tradicionales antojitos, acompañados de bebidas populares y cohetes y fuegos de artificio. Una de las ferias más famosas fue la de San Juan de los Lagos, Jalisco, en el Siglo XIX.

   Las ferias no son, de ninguna manera, de origen mexicano, pero los mexicanos hemos hecho de ellas algo muy propio, alegre, colorido y exclusivo.

  En el México antiguo los indígenas tenían mercados establecidos donde vendían infinidad de cosas propias e importadas, y a donde acudían agoreros, músicos, cancionistas y atletas que exhibían sus facultades. Una vez conquistado el territorio por los españoles, las ferias se organizaron a la manera europea, pero sin desechar los elementos indígenas, lográndose así una interesante mezcla de tradiciones.

La Feria de Acapulco, entre las primeras de América

   Las primeras grandes ferias de América fueron las celebradas en el puerto de Acapulco, que reunían a mercaderes, arrieros, agentes de compras y vendedores que llegaban al lugar a esperar la nao de China, procedente de las Filipinas. Ahí se recibían joyas, telas, objetos de arte, especias y otros productos de China, India y Filipinas, y se recogían el oro, la plata, los tintes y las curiosidades mexicanas.

   La Feria de Acapulco revistió carácter internacional, ya que llegaba a ella gente de toda la América Hispana, de España y de otros países europeos. El barón de Humboldt llegó a considerarla, en sus crónicas, como “la más renombrada del mundo”.

  Ahí se mezclaban marinos, mercaderes, arrieros con sus recuas, aventureros, cirqueros, tahúres, coheteros, peregrinos, indios y toda gente de feria y fiesta, que en eso se convertía la ocasión.

Fama nacional e internacional de la Feria de San Juan

   Muy famosa en tiempos de la Colonia y ya muy entrado el Siglo XIX fue la Feria de San Juan de los Lagos, pequeña población de Jalisco, que con su virgen milagrosa, era cita general de nacionales y extranjeros, a donde llegaban manufacturas procedentes de Francia, Inglaterra y Alemania.

  Manuel Payno, en “Los Bandidos de Río Frío”, informa que año tras año, por el mes de diciembre, llegaban de San Blas y Mazatlán hatajos de mulas con lencería inglesa y alemana, cristal y loza; de Veracruz, sedería de lujo y mil dijes y curiosidades de joyería y mercería francesa; de Chihuahua, carros que parecían casas, tirados por diez o doce mulas gigantes, llenos de algodón y de cobre, de tejos de oro y de mil otros productos; de Nuevo México, numerosas pastorías de carneros de fino y espeso vellón blanco, todos con la cabeza negra; de Texas, carros parecidos a los de Chihuahua, cargados de lienzos de algodón ordinarios, de loza corriente y de ferretería e instrumentos de labranza; de Tamaulipas, partidas de mulas que eran vendidas al más alto precio a causa de su alzada y su hermosura.

   Llamaba la atención en la Feria de San Juan la cantidad y variedad de dulces: Camotes de Querétaro, camotitos de Santa Clara de Puebla, calabazates de Guadalajara, uvates de Aguascalientes, guayabates de Morelia, turrones y colaciones de México, pero con tal profusión y de tan bella apariencia, que daba gusto recorrer las hileras de mesas llenas de esas golosinas, que formaban una larga calle.

Y las mujeres: alegres, animosas y festivas

  En la feria se encontraban mujeres poblanas, tapatías, zacatecanas, aguascalienteñas, sanmigueleñas, queretanas, sanluiseñas, tamaulipecas, chihuahueñas, morelianas, sinaloenses, veracruzanas y oaxaqueñas, que llegando a San Juan, después de largos viajes en mulas, caballos o en carros de dos ruedas, se aseaban, se ponían sus mejores prendas y comenzaban a circular, curiosas y vivarachas, por las calles de improvisadas plazas, llenando de alegría y de animación la festividad comercial y religiosa.

   El pueblo, polvoriento y sucio los once meses del año, se transformaba en diciembre. Las fachadas de las casas se sacudían o se pintaban; la iglesia se cubría de colgaduras rojas, de macetas de flores y de ramos, y se veía alumbrada día y noche con velas de cera en todos los altares. Las calles pedregosas se medio arreglaban, los caminos y avenidas se disponían de modo que fuese más fácil el tránsito de tanto coche, de tantas recuas de mulas, carros grandes y pesados, y de dos ruedas y ligeros, que conducían de todos los ángulos de la República a pasajeros y mercancías.

Ciudad improvisada con madera, lona y lienzo

   Vigas apenas labradas, clavos y muchas piezas de lona y lienzo, de algodón ordinario, eran los materiales para las improvisadas construcciones: Plaza de gallos, teatro principal, donde se representaban sainetes y hasta comedias enteras por actores de México; salón de títeres, cafés, fondas y hoteles, pero todo de lo más frágil, de lo más ligero.

   Y afuera de la ciudad los campamentos para los carros y almacenes de mercancías, para los hatos de las diversas recuas de arrieros que conducían de todas partes del país vino, aguardientes, ropa, semillas y cuanto Dios creó, y se esperaban todo el tiempo de la feria para lograr cargas de retorno. Y las pastorías de carneros, los caballos, las muladas en corrales formados de vigas y atendidos con buenas pasturas, pilas de agua y revolcaderos. Los cerdos y burros en corrales cerraban este inmenso círculo, que hacía horizontes y se perdía de vista entre los pliegues del terreno.

Muy de mañana empezaba el ajetreo

   A las ocho de la mañana comenzaba el movimiento en todos sentidos. El desayuno era lo más urgente: La variedad de panes, bizcochos y bebidas calientes, las ordeñas de gordas vacas negras que se establecían en el centro de la ciudad improvisada; los gritos particulares de los que vendían sabrosas golosinas; las músicas ambulantes de bandolones, guitarras y jaranitas que entonaban cancioncillas del país para llamar la atención de los muchos que iban y venían, y el afán de los comerciantes y vendedores de mil y mil cosas raras y curiosas.

   Luego, las puertas de la capilla se abrían de par en par, los altares se iluminaban profusamente con cirios de cera, las campanas llamaban a los fieles con sus sonidos agudos, y el cura, revestido con una pesada casulla bordada de oro y rojo, sacaba la custodia del sagrario y, con fe y ternura, bendecía a los miles de gentes que se reunían en San Juan en esa época del año.

   Obras consultadas: Manuel Payno. Los Bandidos de Río Frío. Promexa Editores. México. 1979. Heriberto García Rivas. Dádivas de México al Mundo. Ediciones Especiales de Excélsior. 1965.

   Imagen: Wikipedia.

   Artículo relacionado: Las cinco mulas cambujas.

 

 

 

 

Share Button

El origen arriero de Guanajuato

Guanajuato, Gto., Méx. De P. Guanajuato, Guanajuato, México en F.

Vista de Guanajuato, Gto.

   Guanajuato debe a los arrieros su origen y prosperidad minera. Una vez fundada la ciudad de Zacatecas, en 1546, fueron los arrieros los encargados de transportar los productos minerales a la capital de la Nueva España para su beneficio. El camino por donde transitaban sus recuas, abierto en ese tiempo por el virrey Antonio de Mendoza y ya para entonces infestado de bandidos, pasaba por los hoy territorios de Guanajuato y Querétaro.

Dos arrieros en busca de fortuna

   Fue así como en 1548, según cuentan los cronistas, se encontraron en una ocasión dos hombres que iban con sus muladas a probar fortuna. Acamparon en un lugar del camino y acordaron continuar su viaje juntos, para defenderse mejor de los bandoleros que asaltaban las conductas minerales. Uno de ellos, Pedro, contó a su compañero que había heredado de su padre el oficio de arriero, con lo que se había sostenido toda la vida, pero que en la capital del virreinato había mucha competencia, por lo que había resuelto marchar hacia el Norte, a los minerales, en busca de mejor suerte.

   El otro, llamado Martín Rodrigo, era también arriero de profesión, joven que sólo contaba con dos mulas para dar comienzo a un negocio propio. Como era de noche, se dispusieron ambos arrieros a encender una fogata para protegerse del frío nocturno y calentar sus alimentos, para lo cual recogieron algunas piedras, entre las que amontonaron ramas secas, a las cuales prendieron fuego.

Las piedras de la fogata empezaron a brillar

   Mientras cenaban, ambos arrieros se dieron cuenta que con la lumbre las piedras empezaron a resaltar brillantes puntos metálicos que se encendían como el oro y la plata nativa, y examinando detenidamente esos puntos, vieron que se trataba de finos metales, mejores que los hallados en Zacatecas.

   Dieron gracias a Dios y a Santa María y procedieron, a la luz de la fogata, a escarbar en los alrededores de ella para encontrar la veta, hasta dar con ella. Cubrieron su tesoro con ramas e inmediatamente partieron para el cercano pueblo de Yuriria, donde inscribieron su hallazgo y solicitaron merced real para abrir y trabajar la primera mina de Guanajuato, misma que bautizaron con el nombre de San Bernabé, que fue más tarde sólo una veta de la fabulosa mina de La Luz. A ésta siguió la de San Juan de Rayas, encontrada en forma similar por otro afortunado arriero que la descubrió en el año 1550.

   Nació así, gracias a la arriería, la ciudad minera de Guanajuato, una de las más ricas de la época colonial. A la fecha ocupa todavía el primer lugar nacional en la producción de oro y el cuarto en plata.

  Obra consultada: Heriberto García Rivas. Dádivas de México al mundo. Ediciones Especiales de Excélsior. 1965.

   Imagen: De la página Guanajuato, Guanajuato, MÉXICO en Facebook.

   Artículo relacionado: Los primeros caminos de México.

Share Button

La comida de los arrieros

Arrieritos. Cortesía de Repostería y Canapes.

“Arrieritos”.

   Los arrieros llamaban bastimento a la provisión de comida que preparaban para sus viajes de hasta dos o tres semanas, por caminos en los que normalmente no había mesones o lugares donde pudieran comprar sus alimentos.

   El bastimento se preparaba con anticipación en la casa de cada arriero en función de su duración en buen estado y de la facilidad para tomarlo o consumirlo en el camino sin necesidad de interrumpir la marcha de la recua.

 Viaje que pinta mal, desde el contamal

   De este modo, el alimento más común de los arrieros era el totopo, condoche, góngoro o contamal, que es el mismo producto, pero llamado de distinta manera en cada región. El nombre más común era contamal, tanto que los mismos arrieros acuñaron un dicho: “El viaje que pinta mal, desde el contamal”.

    Los contamales eran unas gorditas de masa cocidas al horno, muy sabrosas, que duran hasta un mes o más en condiciones aptas para comer.

   También pinole, carne seca, huevo y queso

   Asimismo, los arrieros llevaban para sus viajes gorditas de “maíz crudo” y pinole, con el que hacían atole en el camino. Esta dieta la completaban en los parajes con algo más nutritivo, como carne seca, huevo, queso, y desde luego los llamados “frijoles de arriero” que, con las prisas, se comían apenas terminado el primer hervor. Para el efecto llevaban ollitas en las que también hacían café, muy apetecido en esas frías noches que pasaban a campo raso.

   Desde luego que en estos viajes no podía faltar el guaje del agua, que es un calabazo compuesto de dos cuerpos casi esféricos, el uno mayor que el otro, y unidos por un cuello corto.

   Los arrieros que salían juntos en un viaje, lo que casi siempre hacían por motivos de seguridad, eran como una familia: consumían primero el mejor bastimento que alguien del grupo llevara, según lo hacendoso, limpias y buenas cocineras que fueran sus mujeres, y así hasta consumir entre todos el menos bueno de los alimentos.

 Cómo se preparaba un viaje a Guadalajara

   Cuando le pregunté en cierta ocasión a don Benjamín de Ávila Robledo, viejo arriero de Colotlán, cómo se preparaba un viaje a Guadalajara, respondió así:

   “Las mujeres hacían condochitos, contamales, pinole, gordas con chile, de papas, con blanquillo, con frijoles, para un día o dos días.  ¡Y viera el pinole qué sabroso!, estaba de antojo. Agarraba uno sus contamales y hacía uno un jarro de pinole y lo hacía uno atole. ¡Palabra que se antoja el caramba pinole!, pinole bien hecho, con canela, con anís… Y luego los contamalitos… “

    Por cierto que, en un afán de rescatar esta antigua tradición gastronómica, una empresa de canapés de Guadalajara surte pedidos de contamales con el nombre de “arrieritos”.

   Imagen: Cortesía de Repostería y Canapés

   Artículo relacionado: Colotlán y sus arrieros. 

Share Button

Nadie como ellos disfrutó el paisaje

Así lucía el Salto de Juanacatlán.
   Los modernos medios de transporte, como el ferrocarril, el automóvil y el aeroplano, desde su aparición en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, trajeron a los viajeros comodidades y ahorros en tiempo y recursos que jamás soñaron. Sin embargo, el precio pagado por ello fue tan alto que se perdió el contacto íntimo con la Naturaleza que el hombre de a caballo había establecido como forma de vida en México durante cuatro siglos.
   Sí, porque no es lo mismo cruzar llanuras y montañas a velocidades de 80 y 100 kilómetros por hora, o peor aún, a bordo de un avión entre las nubes, que apreciar paso a paso, a lomo de mula, las bellezas del paisaje, las montañas y los ríos, las cascadas, los colores del campo, el lenguaje de los animales, los sonidos de la noche, y disfrutar además el contacto directo con las tradiciones y costumbres de los pueblos.
   Abundan los testimonios de visitantes extranjeros que, lejos todavía de la velocidad impuesta por la vida moderna, tuvieron ocasión de gozar esta relación íntima con el paisaje mexicano en los tiempos en que no se podía viajar más que a lomo de bestia, en cómodas literas o en el mejor de los casos, a bordo de diligencias.
   Asombran los relatos de viajeros, testigos de imponentes espectáculos naturales que no vieron ni verán ya las nuevas generaciones, porque incluso algunos de ellos se han perdido para siempre.
Esplendor y muerte de una maravilla natural
 
Esto es lo que ha quedado de aquel prodigio.
 
   El Salto de Juanacatlán, sobre el Río Santiago, al Sureste de Guadalajara, que fue hasta hace unas décadas la admiración de propios y extraños, a la fecha se encuentra lamentablemente reducido a unos cuantos chorros de aguas pútridas y malolientes que matan hasta el zacate.
   Esta maravilla de la Naturaleza fue visitada en 1824 por el viajero italiano Giacomo Constantino Beltrami. Así la vio:
   El río se abre paso a través de un “seminario” de rocas dispersas en una pendiente; después se inclina sin tropiezos sobre una de las bocas del precipicio y ofrece una extensión de agua cristalina que se desliza sin ruido. Allí, entre mil curvas, se precipita fogosamente y se levanta en mil pequeñas cascadas separadas; en otro lugar parece una cuna estrecha, para precipitarse después con toda su enorme masa desde una gran altura con un ruido ensordecedor; más lejos, serpentea entre pequeñas islas y rocía árboles majestuosos, cuya sombra desparrama mil colores sobre las ondas; luego se oye que muge, pero ya no se le ve hasta que reaparece en el fondo de un abismo, escapando con gran furia del precipicio que quiere encadenarlo. Me encantaría poder pintar este espectáculo, pero me es imposible. Dudo mucho que los poetas y los pintores más hábiles puedan reproducir este lugar tal y como la Naturaleza lo ha creado; se agotan en él todo lo que de ideal tienen lo bello y lo horrible, y creo imposible que pueda encontrarse algo parecido (El aspecto de las cataratas del Niágara que vi después, no hizo más que confirmar mi opinión). La noche cayó y ocultó este espectáculo maravilloso. Vayamos a soñar con él…
La estúpida indiferencia
    El propio Beltrami comenta luego que cuando regresó a Guadalajara las gentes se sorprendían y aún se burlaban del éxtasis que tal prodigio natural había producido en su alma, y curiosamente, dice, nadie le habló de esto en la ciudad, ni aún las personas más distinguidas de la provincia. “Otro efecto más de esta estupidez, de esta indiferencia asiática”, afirma.
   Tal apatía ante los valores de la Naturaleza, que por lo visto data de  muchos años, es lo que ha provocado la pérdida ¿irreversible? del bello Salto de Juanacatlán. ¡Qué vergüenza!
    Obra consultada: Beltrami, J.C.  Le Mexique. Paris, Crevot, 1830.
     Imágenes: Página de Coplaur Guadalajara en Facebook.

 

Share Button

Qué buscaban los viajeros del siglo XIX

Viaje en litera. Litografía de Claudio Linati (1828).

Intereses económicos, científicos y políticos, además de turísticos, destacan entre los motivos que impulsaron a los viajeros extranjeros a visitar México durante el siglo XIX.

Tomando en cuenta las incomodidades y los peligros que en aquellos años significaba cualquier recorrido por el territorio nacional, debido a los malos caminos, pésimos hospedajes, falta de alimentos y abundancia de aduanas, alcabalas y bandidos, además de que gran parte del siglo lo pasó el país en estado de guerra, sería ingenuo pensar que muchos de estos personajes expusieron su seguridad y comodidad sólo por el gusto a la aventura o por el puro placer de viajar.


El interés científico de Alejandro de Humboldt


Si por sus obras se conoce a las personas, nadie dudaría que el principal interés que guió al alemán Alejandro de Humboldt en su fructífero recorrido por México en 1803 fue el conocimiento científico. Así lo demuestra, entre otras obras, su Ensayo Político Sobre el Reino de Nueva España (1822).

Otro viajero que manifestó intereses principalmente científicos fue el estadounidense John Stephens, quien en 1841 recorrió la Península de Yucatán para estudiar la arqueología de la región. Como resultado de ello escribió Incidentes de viaje en Centroamérica, Chiapas y Yucatán.


Objetivos económicos de los ingleses


En los albores de la Independencia visitaron México varios extranjeros, entre otros, el capitán George Francis Lyon, de la Marina Real Inglesa, con el fin específico de expandir los negocios de su país, especialmente los mineros. Basil Hall y William Bullock pertenecieron a este grupo de viajeros, interesados básicamente en cuestiones económicas.


Motivos políticos de estadounidenses y franceses


En los primeros años del México independiente vinieron también extranjeros motivados por cuestiones políticas, como el estadounidense Joel R. Poinsett, quien observó cuidadosamente el territorio nacional, describiendo incluso las bellezas naturales del mismo, pero mostrando siempre especial interés por asuntos relacionados con los territorios que años más tarde se anexarían a su país.

Otro extranjero que vino a México con fines de conquista fue el francés Ernest Vigneaux, quien en 1854 participó en la expedición del conde de Raousset et- Boulbon que pretendía apoderarse de Sonora y declararla territorio independiente.


Beltrami y Ampere, entre los turistas declarados


Finalmente, hubo viajeros que reiteraron abiertamente su condición de turistas como el italiano Giacomo Constantino Beltrami, quien visitó México en 1822 “por el puro interés de conocer países extranjeros aún no pervertidos por la civilización”.

A este mismo grupo pertenece el historiador Jean Jaques Antoine Ampere, del Colegio de Francia, quien en viaje de recreo visitó México en 1852, después de haber viajado con el mismo afán a Egipto.

Imagen: Litografía de Claudio Linati (1828). Gran Historia de México Ilustrada. Edit. Planeta (2002).

Share Button

Lujo de locos el turismo del siglo XIX

Asaltantes de caminos.

En sus memorias sobre el viaje que hizo a México en 1824, el italiano Giacomo Constantino Beltrami afirma que en todo su recorrido por el país la mayor dificultad fue convencer a la gente de que su viaje no tenía otro objetivo que el turismo, desconocido en ese tiempo por los mexicanos. “Su manera de pensar está tan alejada de esta idea, que me hacían siempre el honor de considerarme como un loco o como un pícaro”, dice Beltrami.


Entre aduanas, alcabalas y bandidos


Además de la inseguridad provocada por las frecuentas revueltas del siglo XIX, el viajero tenía que lidiar con los malos caminos, el pésimo hospedaje y la falta de alimentos, lo mismo que con la plaga de aduanas, alcabalas y bandidos que proliferaban en el país.

El gobierno con las aduanas, las provincias internas con sus alcabalas y los ladrones con sus asaltos parecían ponerse de acuerdo para esquilmar al viajero, como si el robo fuera un derecho de peaje.

Bandidos al acecho y con protección oficial


Todo desfiladero o recodo del camino, cualquier sitio sombreado, podía ser refugio de ladrones.

En la carretera más transitada, la de México-Veracruz, las gavillas trabajaban en perfecta organización y bien pertrechadas. Con frecuencia actuaban bajo la protección de policías y funcionarios corruptos.
En muchos estados, como San Luis Potosí, los rufianes robaban a los viajeros desprevenidos y poco armados. La falta de comunicaciones facilitaba su evasión y la ausencia de una policía organizada aseguraba su impunidad.

Pobre de aquél que no llevara dinero


Las víctimas de asaltos advertían sobre la necesidad de salir al camino por lo menos con 50 pesos para no verse con las manos vacías cuando se toparan con ladrones, ya que en tal caso éstos se enojarían mucho y como consecuencia el viajero podría recibir malos tratos e incluso perder la vida.

Tal práctica era tan común que en una ocasión se vio anunciado en las calles de la Ciudad de México lo siguiente: “El General de Bandas ha recibido la información de que los viajeros se dispensan de llevar una suma razonable cuando viajan, por lo que se les previene a aquellos que no lleven en su poder por lo menos doce pesos, que serán apaleados”.

Fuente: Margo Glantz. Viajes en México. Secretaría de Obras Públicas (1972).

Imagen: Óleo sobre tela anónimo (MNV-INAH). Gran Historia de México Ilustrada (2002.

Para mayor información sobre el tema, recomiendo al apreciado lector el siguiente artículo publicado en este mismo blog: http://arrierosdemexico.blogspot.mx/2013/05/los-heroes-del-camino.html
También se refiere al tema la siguiente entrada:  http://arrierosdemexico.blogspot.mx/2013/04/los-viejos-caminos-reales.html
Share Button

Vehículos terrestres del siglo XIX

La litera. Agradable forma de viajar.

   El transporte habitual en México se realizó desde el siglo XVI en caravanas de mulas guiadas por arrieros, pero con el tiempo, de acuerdo a las necesidades de los viajeros, se desarrollaron otros medios, como fueron: la diligencia, la litera, el carricoche, la calesa, la volanta y la carreta, hasta llegar, en el siglo XIX, al ferrocarril y al automóvil.

   Clásica es la figura pesada de la diligencia, vehículo tosco, fuerte y seguro, con cupo para seis y hasta ocho pasajeros. El equipaje se acomodaba atrás del carruaje, tirado por diez mulas y gobernado por cocheros y mozos montados a caballo. Por caminos generalmente accidentados, este carruaje corría a la fantástica velocidad de ¡ocho kilómetros  por hora!

   Hacia 1805 ya había servicio de línea de diligencias entre la Ciudad de México y Puebla.


La litera, agradable forma de viajar


   Otro vehículo era la litera, cajón de dos metros de largo por uno de ancho, con tres varillas perpendiculares en cada lado que servían de sostén para un techo y cortinas de tela y algodón. Este cajón se llevaba por medio de varas largas sostenidas por cuatro cargadores, o bien, por correas de cuero suspendidas en las albardas de las mulas. Tan curioso vehículo llevaba un colchón extendido en el fondo, para que el viajero se recostara cómodamente y pudiera dormir o leer a su gusto; agradable forma de viajar, a menos de que las mulas se espantaran y se desbocaran o de que los cargadores condujeran ebrios, como sucedió más de alguna vez.


Carricoche, calesa, volanta y carretas


   El carricoche, variante de la litera, era un vagón ancho montado sobre dos ruedas, cubierto con una lona para protegerse del sol y con un colchón para que dos personas se extendieran cómodamente. Cabían cuatro pasajeros en el mismo vagón, si iban sentados.

   Otro tipo de carruaje que iba seguido por una carreta donde se acomodaban los equipajes, era la calesa, así como la volanta, coche parecido al cabriolet francés, vehículo pequeño tirado por tres mulas y conducido por un postillón.

   Con frecuencia se utilizó, además, el convoy de carretas, dirigidas por arrieros, donde se instalaba el equipaje de los viajeros montados a caballo.


El voluminoso equipaje de los viajeros


   Cabe anotar que el equipaje de los pasajeros de aquel tiempo era por lo común muy voluminoso, porque no sólo tenían que llevar la ropa necesaria para cualquier tipo de viaje, sino también la que resistían los distintos climas que atravesaban; además, debían cargar con los enseres necesarios para dormir en las posadas y también con suficientes provisiones para comer durante largas jornadas.

   Estos medios de transporte, con todo el sistema de la arriería, empezaron a desaparecer en las diversas regiones del país a medida que aumentaban la red ferroviaria y las carreteras pavimentadas.


Llegada del ferrocarril y del automóvil a México


   El primer tren entró en servicio en un tramo de 11 kilómetros, entre Veracruz y El Molino, el 16 de septiembre de 1850. Para 1869 ya había comunicación ferroviaria entre México y Puebla, y para 1873, hasta Veracruz.

   Fue hasta 1895 cuando rodó en la Ciudad de México el primer automóvil. Su propietario, don Fernando de Teresa, lo condujo una noche, ante el asombro general, ¡a 16 kilómetros por hora!, el doble del promedio de velocidad de una diligencia.


   Fuente: Margo Glantz. Viajes en México.  Secretaría de Obras Públicas (1972).

   Imagen: Brantz Mayer. Mexico as it was and as it is (1844).



Share Button

Los viejos caminos reales

Un arriero orienta a un grupo de viajeros.

   A partir del siglo XVI empezó en la Nueva España la apertura de caminos reales para satisfacer las necesidades del comercio. Estos caminos siguieron muchas veces las rutas trazadas por los antiguos mercaderes indígenas que abastecían a los principales centros de población, como lo fue la gran Tenochtitlan, cabecera del Imperio Azteca.

   De esta manera, durante la Colonia cobraron importancia los caminos México-Puebla-Jalapa-Veracruz, para el comercio con Europa; México-Cuernavaca-Acapulco, para el comercio con Filipinas; México-Querétaro-Guanajuato-Guadalajara, para el  Occidente del país; México-Aguascalientes-Zacatecas-Durango-Chihuahua, hacia el Norte; México-Toluca-Morelia, Guadalajara-Tepic-San Blas y Guadalajara-Colima, en el Occidente; Tampico-Tula-San Luis Potosí-Aguascalientes, entre la Costa del Golfo y el Altiplano, así como Puebla-Tehuacán-Oaxaca y Veracruz-Alvarado-Coatzacoalcos-Campeche y Mérida, para el Sureste, entre otros.


Pésimo estado de los caminos


   Todos estos caminos, incluso los más transitados, como el de México-Veracruz, se mantuvieron durante los tres siglos de la Colonia, y mucho después, en muy mal estado; cualquier camino vecinal de Inglaterra, decía un viajero del siglo XIX, sería mejor que el de Veracruz. Es más: la primera carretera pavimentada del país, que es la de México-Nuevo Laredo, inaugurada en 1925, no tiene 100 años en servicio.

   Los  viejos caminos reales, por donde traficaban miles de arrieros con sus recuas, permitían el paso de carruajes; su anchura era por lo general la de un carruaje; muchas veces los viajeros tenían que descender de sus vehículos para que estos pudieran avanzar a través de las montañas por caminos vertiginosos y escarpados. Obvio es señalar que los viajes largos entre una región y otra del país, que hoy se realizan en unas cuantas horas, entonces duraban semanas y meses.


Por senderos de lobos, entre bandidos y sin mapa


   La red de caminos reales se ampliaba a través de numerosos caminos vecinales, que no eran más que senderos por los que apenas podía desplazarse un hombre montado a caballo, o un arriero que seguía a su mula: “Tristes senderos abiertos en la espesura”, “caminos intransitables, espinosos, que conducen al Paraíso”, “caminos de lobos”, se quejaban los primeros turistas del siglo XIX.

   Los caminos del Norte y los del Sureste, al cortarse abruptamente por los ríos, era necesario atravesarlos hundiéndose con la cabalgadura hasta el cuello, utilizar un ferry, o rodear grandes extensiones para evitarlos. En las selvas, las barcazas y las canoas cumplían esta función.


El arriero, indispensable como guía


   Tanto los caminos reales como los vecinales estuvieron muchas veces infestados de bandidos, que asaltaban, robaban y mataban a no pocos de los que se aventuraban a transitarlos, principalmente después de alcanzada la Independencia nacional, en 1821, hasta principios del gobierno del general Porfirio Díaz, a fines del siglo XIX, quien ejerció mano dura contra el bandolerismo.

   Y para colmo de males,con frecuencia los viajeros se extraviaban en estos caminos, por falta de mapas. Así las cosas, fue muy común en aquel tiempo contratar los servicios de guías, que no eran otros que los arrieros, conocedores como nadie de sus respectivas rutas.


   Fuente: Viajes en México. Secretaría de Obras Públicas (1972).

   Imagen: Imágenes históricas de Guadalajara en Facebook.

Share Button

Así viajaban los ricos hacendados


   Los Bandidos de Río Frío (1888-1891), novela de Manuel Payno que describe magistralmente costumbres y personajes populares de la primera mitad del siglo XIX en México, ilustra la forma en que viajaban los ricos hacendados de la época tanto en sus recorridos entre la capital mexicana y sus haciendas como entre éstas y sus ranchos.

   En viajes largos, por lo general se transportaban en el llamado avío, consistente en un pesado coche de forma esférica, revestido de su camisa blanca de lona, tres tiros de mulas para la remuda, un chinchorro de mulas de lazo y reata para los equipajes y quince o veinte mozos armados de machetes y tercerolas, vestidos de gamuza amarilla y en buenos caballos.

   Llegados a su destino, los ricos propietarios, pertenecientes muchos de ellos a la nobleza mexicana, que por fuerza de costumbre sobrevivió algún tiempo a la Independencia, caminaban de una a otra de sus haciendas y ranchos en carruajes menos vistosos, pero bien pintados y lustrados.


Viaje de lujo a la Hacienda del Sauz


   Sin embargo, cuando querían impresionar a alguien, los poderosos terratenientes viajaban con derroche de lujo. Éste fue el caso del marqués de Valle Alegre cuando pretendía casarse con Mariana, hija del conde don Diego, propietario de la Hacienda del Sauz.

   En esa ocasión el marqués llegó a la hacienda de su pariente, escoltado por 25 soldados, a bordo de su coche, una gran máquina esférica de color azul de cielo, con sus armas en las portezuelas sostenidas por dos gruesas varas doradas, dos enormes ruedas traseras y dos pequeñísimas delanteras.

   Tiraban de este pesadísimo carruaje, que parecía sacado de algunas caballerizas reales, ocho mulas prietas, dos de tronco, cuatro de centro y dos de guía, gobernadas por dos cocheros vestidos de rancheros pero de paño grueso oscuro. En ese coche había hecho el marqués el camino, y aún algunas noches había dormido dentro de él, prefiriéndolo a las malas posadas de los ranchos.

   Al carro del distinguido galán seguía el de las criadas, por el mismo estilo, pero de menos lujo, y uncidas a éste había ocho mulas bayas, que en brío y carnes no eran inferiores a las prietas.

   De remuda había ocho mulas retintas, pero lo más selecto, lo más valioso, era un tiro de mulas blancas, añadidas al avío, que estaban al cuidado de seis u ocho mozos bien montados y con sus reatas en los tientos.

   La retaguardia se formaba por un chinchorro de diez mulas, con sus respectivos arrieros, sus aparejos nuevos, adornados con madroños de lana de colores, y en las atarrias (albardas) un letrero de paño blanco sobre fondo rojo, que decía: Sirvo a mi amo el marqués, y así daba vuelta engastando vistosamente las ancas redondas de las mulas.



   Adviértase que, lejos aún del automóvil, aquellos hacendados no la pasaban mal…


Imagen: Coche de colleras. Litografía de Claudio Linati. 1828.

Fuente: Manuel Payno. Los Bandidos de Río Frío (1888-1891).
Share Button