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Lo que aconteció a un aventurero andaluz

Mapa de la Nueva España. Anónimo del siglo XVII.

En El hombre de la situación (1861), Manuel Payno habla de un joven andaluz llamado Fulgencio García, que como otros muchos aventureros de tiempos de la Colonia, vino a la Nueva España con el afán de hacer fortuna de la noche a la mañana, pues le habían dicho que aquí abundaba el oro como en España las piedras. Con esta feliz idea arribó al Puerto de Veracruz y se encaminó, según él, a la Ciudad de México, pero habiendo emprendido el viaje solo y a pie, se extravió y pidió ayuda a unos arrieros que transportaban aguardiente.

Desde el primer momento, Fulgencio empezó a fanfarronear, ostentándose como descendiente directo del emperador Julio César y amigo del virrey. El mayordomo de los arrieros, llamado Marcelo, se echó a reír y mandó traer una mula que venía sin carga para montar a Fulgencio. En el camino los arrieros se divertían escuchando las historias del andaluz, que no cesaba de presumir su valor y nobleza.

Cerca de Puebla, Fulgencio le dijo a Marcelo que ya era hora de arreglar cuentas. Marcelo creyó que el muchacho quería pagarle el flete de la mula en que había caminado y la comida de que había participado, pero como jamás fue su intención cobrarle nada, le volteó la espalda con desenfado: “¿Qué cuentas hemos de arreglar, Fulgencio? No es nada, pues estamos acostumbrados a esto los que hacemos viajes de México a Veracruz”.

-¡Cómo! Explíquese bien, tío Marcelo. ¿Con que se acostumbra en la India no pagá el trabajo? Diga, diga, sin andarse con delicadeza, ¿cuánto reale me debe?

Marcelo volvió la cara lleno de asombro: ¿Cómo?, ¿qué dices, Fulgencio?, le preguntó.

-Lo dicho, tío Marcelo: ¿cuánto reale me ha de pagá?…

-¿Yo pagarte?, interrumpió Marcelo.

-¡Clarito! ¿Pue cuánto vengo yo ganando por venir enroquetao en el mulo?

-¡Tuno  bribón!, dijo Marcelo. Mira, no te doy de palos porque sé que eres andaluz y, como todos ellos, desagradecido y papalón. Pero ahora mismo te marchas de aquí. ¡Largo, largo antes que yo haga una de las mías!

Fulgencio vio tan enojado y decidido al arriero, que cargó su maleta y echó a andar por el camino real. -¡Canalla de indio y de negro! Con toíta razón son eclavo –dijo en cuanto se alejó un poco […] Depué que le he hecho el favor de caminar en su mula, no me ha querido pagá y me ha robao el indino.

En Tlaxcala, Fulgencio se quejó de que lo habían robado unos arrieros, pero el alcalde respondió: “¡Imposible! ¡Si es la gente más honrada de todo el reino! Conducen dinero, alhajas y toda clase de efectos muy valiosos y en cuarenta años que hace que resido en el país, no he oído decir que los arrieros se hayan robado una sola hebra de seda.

Fulgencio insistió en que había trabajado y que no le habían pagado.

-¿En qué has trabajado?, le preguntó el alcalde.

-En venir encima del mulo, respondió el andaluz.

El alcalde rió de buena gana ante semejante ocurrencia, y sólo por compasión no lo metió a la cárcel ni lo mandó azotar por calumniador y embustero.


Este es un cuento, claro está, pero no deja de ser significativo que desde la época colonial se destaque ya la generosidad de los arrieros y su calidad como la gente de mayor confianza y seguridad en México.

Fuera de cuentos, si el apreciable lector desea mayor información sobre la arriería en la Nueva España le recomiendo el siguiente artículo:


http://suite101.net/article/auge-y-ocaso-de-la-arrieria-en-mexico-a40469#axzz2Gz0JrBjO

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Dios mío, apiádate de la mula

(Wikifaunia.com)

Please, God, take care of the mule es el título original de una breve crónica escrita por la estadounidense Lini Moerkerk de Vries sobre sus andanzas en el Alto Papaloapan a mediados del siglo pasado, donde a falta de caminos para automóviles, tuvo que realizar peligrosas travesías montada en una mula, bajo la guía de arrieros.

Hija de padres holandeses, Lini Moerkerk nació en Nueva Jersey, Estados Unidos, hacia la segunda década del siglo XX, y habiéndose graduado en Salud Pública en la Universidad de Columbia, ejerció su profesión en México a partir de 1949.

Su trabajo estuvo vinculado a la construcción de la Presa de Temascal y al reacomodo de los indígenas mazatecos cuyas poblaciones fueron cubiertas por el agua. Como organizadora de campañas de salubridad, le correspondió capacitar a promotores de salud en áreas de muy difícil acceso incluso a lomo de mula, que es el animal más apropiado para estos caminos.

Mi mula –dice la señora De Vries– tenía una personalidad particularmente terca; siempre era la última en la fila. No me prestaba ninguna atención cuando le pedía que se apresurara, para alcanzar a los demás. Cuando llegaba a donde había hierba que le apetecía, volteaba a mirarme con ojos brillantes, y se paraba a comer. Yo sólo podía sentarme a esperar hasta que estuviera lista para avanzar de nuevo. Más tarde aprendí a confiar en ella. Cuando íbamos por las curvas de un estrecho camino de no más de dos pies de ancho, con escarpados riscos hacia arriba y una caída de miles de pies hacia abajo, la mula avanzaba con precaución atemorizante, mientras yo me detenía de la pared del desfiladero para el caso de que ella resbalara. Una y otra vez, me escuché decir por debajo de mi aliento: – Dios mío, por favor, apiádate de la mula.

En tan apuradas circunstancias, ¿qué más se puede pedir?

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Cómo cruzaban los arrieros el Río San Jerónimo

En Un viaje en mula entre Acapulco y Méxicovimos las dificultades con las que Madame Callegari cruzó el caudaloso Río Balsas en 1854.  Ahora nos enteraremos de la curiosa forma que tenían los arrieros para pasar con sus mercancías los grandes ríos, concretamente el de San Jerónimo, según informa Salvador Castelló Carreras, español de Cataluña, en su Diario de Viaje por el Río Balsas y la Costa Grande de Guerrero. 1910.

Este viajero participó entre los meses de septiembre y octubre en la expedición canadiense encabezada por el coronel Andrews D. Davidson, que navegó el Río Balsas desde el pueblo del mismo nombre hasta su desembocadura en el Océano Pacífico -casi 500 kilómetros-, para continuar a caballo por la Costa Grande hasta el Puerto de Acapulco: otros 340 kilómetros. Durante la cabalgata emplearon a diez arrieros con 10 caballos y 30 mulas.

Los objetivos de la expedición eran dos: apreciar la riqueza agropecuaria, forestal y minera de Guerrero, con perspectivas de explotación y colonización, y señalar el trazado general de una vía férrea que, arrancando de Balsas, recorriera la cuenca de este río y siguiera hasta Acapulco, de donde continuaría a Chilpancingo y a Iguala. Tales proyectos quedaron truncos al desatarse en ese mismo año la Revolución Mexicana.

En el Río San Jerónimo los viajeros observaron con gran interés la forma cómo lo cruzaban los arrieros:

Cuando llegamos al vado numerosos arrieros esperaban turno y sucesivamente ocupaban sitio en las piraguas, donde se cargaba también la mercancía que conducían. Al marchar aquéllas, arreábanse tras ellas las caballerías que a nado pasaban el río conduciendo la embarcación al otro lado. Por lo original, el procedimiento nos interesó en gran manera, dice este escritor, quien por cierto era tío de doña Carmelita Romero Rubio, esposa del presidente Porfirio Díaz.

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Un viaje en mula entre Acapulco y México

El famoso novelista y dramaturgo francés Alejandro Dumas (1802-1870)  y Madame Callegari (alias Marie Giovanni) escribieron el Diario de Marie Giovanni que habla del viaje a México realizado por Madame Callegari  en 1854, mismo que incluye su recorrido de dos semanas a lomo de mula entre el Puerto de Acapulco y la Ciudad de México, una travesía difícil debido a la abrupta geografía y además porque en aquellos días la región se levantó en armas contra el gobierno de Antonio López de Santa Anna.

Entre los preparativos de esta expedición, Callegari, quien la comandaba, contrató a un arriero, obtuvo salvoconductos y se abasteció de las provisiones necesarias, entre otras, álcali contra los encuentros venenosos, aguardiente y hamacas, ya que no se podía contar con un solo albergue a lo largo de la ruta.

Aparte de que durante su cabalgata fue interceptada por las tropas de Diego Álvarez (hijo del destacado insurgente don Juan Álvarez), quien la retuvo un par de días, el grupo cruzó con grandes dificultades y peligros el caudaloso Río Balsas:

Apenas se les indicó el vado, nuestros dos húngaros [miembros de la expedición] ya estaban en el agua, buscándolo; reconocieron que perdían pie, durante unos diez pasos, en el sitio más rápido de las aguas. A gritos pidieron a los indios, excelentes nadadores, que nadaran a cada lado de las mulas, sosteniendo, en caso de necesidad, la cabeza del animal fuera del agua. En caso de accidente, ellos, desde el sitio en que volvía a tocarse el fondo, se preparaban a acudir en mi auxilio.

Yo me tendí de bruces en mi mula y, temblando interiormente pero sin manifestar ninguna vacilación, di la señal, diciendo -¡Vamos! […] Me metí en el agua.

Durante un tiempo, mi mula caminó; pero de pronto noté en sus movimientos inquietos que el pobre animal comprendía que iba a perder pie. Muy pronto, en efecto, tuvo que ponerse a nadar.

Los dos indios, como les habían pedido nuestros húngaros, nadaban a los dos lados de la mula, dirigiéndola, hasta donde podían, y manteniéndole la cabeza fuera del agua. En cuanto a mí, iba aferrada a su cuello.

La rapidez de la corriente me causaba vértigos, oía salpicar el agua a los flancos de la mula, y me parecía que la vorágine me atraía. Oí entonces la voz de mis húngaros, que me gritaban: ¡No mire el agua, mire la montaña!

Comprendí que a mí me dirigían la recomendación; levanté la cabeza y fijé la mirada en las montañas. El vértigo desapareció. Llegué a la otra ribera, y me dejé llevar por los brazos que me tendían; luego hundí la mano en el bolsillo, y di una piastra a cada indio que había nadado cerca de mi mula. Las buenas gentes no podían creer que semejante recompensa fuera para ellos, cayeron de rodillas, dándome las gracias.

Para mayor información sobre arrieros y mulas en México, recomiendo al lector el siguiente artículo:

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Caminos de la plata

Pasan los siglos y México sigue haciendo honor a su larga tradición argentífera. Hoy se mantiene como primer productor mundial de plata, con 4.500 toneladas anuales, solo que el preciado metal ya no se usa tan indiscriminadamente como en el pasado, cuando llegó a utilizarse hasta en bacines; y no se fabricaron con él barrotes de ventanas, por temor de las autoridades (ni siquiera de los dueños) a que los ladrones se los llevaran.

En su libro “Los Almada y Álamos. 1783-1867”, el escritor norteamericano Albert Stagg habla del lujo argentífero que solían tener en el siglo antepasado las familias prominentes de Álamos, Sonora, http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81lamos_(Sonora), particularmente los Almada, que llegaron a ese rico mineral en 1783, provenientes de España, para convertirse en una de las familias mineras más poderosas del Estado.

Stagg reproduce en su libro una carta de la señora Karam, de Arizona, quien anota reminiscencias de su abuela Isabel Almada, nacida en 1833:

“Las barras de plata eran traídas de las minas en los lomos de mulas y almacenadas en un enorme cuarto de la casa grande. Allí eran amontonadas hilera tras hilera… en las comidas toda la familia se sentaba a una larga mesa y toda la vajilla era de plata, hasta las tazas y platillos y vasos para beber. A medida que pasaban los años, con el uso, los platos estaban todos abollados, y mi abuela y su hermana los odiaban. Anhelaban tener platos de loza o por lo menos vasos para tomar como tenían las otras familias, pero su padre no escucharía nada al respecto. Cuando a un sirviente se le caía un plato exclamaba: “Dos reales a la bolsa.” Pues si hubiera sido de loza, se hubiera quebrado. Un día mi abuela de algún modo se hizo de un pequeño vaso y lo conservaba escondido en su recámara como algo precioso. Decía que las jarras y jofainas en sus recámaras también eran de plata. Todas las jarras tenían grabados sus nombres. El de ella decía : Soy de mi dueña Isabel Almada […] Una vez su padre quiso poner barras de plata en las ventanas en lugar de las de fierro, pero las autoridades lo detuvieron porque los ladrones se las podrían llevar. En esos días no había bancos y supongo que el querido viejo tenía tanta plata que no sabía qué hacer con ella.”

Sobre las “conductas” de metal precioso de Sonora a la capital mexicana, dice el mismo autor:

“Ya con la marca de buena calidad de la oficina de ensaye en Álamos, debían ser transportadas  [las barras de plata] a la ciudad de México vía Guadalajara, por la conducta, la recua de mulas que salía para el sur dos veces al año. Una carga de mula constituía dos barras que pesaban 45 kilos cada una, atadas una a cada lado del aparejo. Hasta ochocientas mulas con sus arrieros y unos cien guardias armados estarían en camino durante varias semanas con una carga que valía más de un millón de pesos. A principios de enero y otra vez en julio la conducta hacía el viaje de quinientas leguas a la capital con toda la plata procesada en Sonora durante los seis meses anteriores. De la ciudad de México otra conducta tenía la responsabilidad de llevar la plata a Veracruz para ser embarcada a Europa…”

Muchos y muy antiguos son los caminos de la plata que transitaron los arrieros desde el Siglo XVI en México; el de Álamos es apenas uno de ellos. Sobre los primeros caminos en el Occidente del país recomiendo al lector el siguiente enlace:

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Los arrieros, respetados por bandos contrarios

En tiempos de guerra los arrieros fueron generalmente respetados por bandos contrarios, ya que en su función de llevar y traer víveres, correspondencia y noticias, servían a la comunidad en general. Sin embargo, no pocos practicantes de este noble oficio pagaron con su vida y con sus bienes la audacia de salir a los caminos en tan peligrosas circunstancias.

En su obra “Mi caballo, mi perro y mi rifle”, el escritor michoacano José Rubén Romero (1890-1952) http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Rub%C3%A9n_Romerohabla de un par de rebeldes, Julián y Ramiro, que en plena Revolución http://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_mexicanatuvieron necesidad de regresar urgentemente a su pueblo, porque a uno de ellos, Julián, se le murió su madre. Sin embargo, la plaza estaba tomada por el Ejército federal, de suerte que era muy riesgoso acercarse siquiera al poblado.

En estas condiciones, ambos revolucionarios urdieron disfrazarse de arrieros para poder entrar al pueblo, pero como no traían burros, echaron mano de dos que pastaban tranquilamente en una huerta, aún con el riesgo de toparse en el camino con el dueño de los mismos.

En la primera esquina del poblado levantábase una trinchera de adobes del alto de una persona, y al acercarse ambos rebeldes, les dieron el quién vive. Ramiro, atolondrado, contestó: “Dos burros, con unos arrieros. Digo mal, dos arrieros con unos burros”.

Guardaban la trinchera dos o tres soldados que, al verlos, los dejaron pasar sin más requisito. “Adelante”, dijeron.

“Luego de andar dos cuadras en tan buena compañía”, los rebeldes “dieron de mano a los animalitos, abandonándolos a su suerte”, y se fueron de prisa para evitar otro peligroso encuentro.

Así llegaron hasta la casa donde se velaba a la difunta.

Fuente: “Mi caballo, mi perro y mi rifle”. J. Rubén Romero (1936)

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Un hogar campesino del Siglo XIX

Entre los escenarios que dibuja el escritor veracruzano Gregorio López y Fuentes en su novela “Arrieros” (1944), destaca el de un hogar campesino al que en cierta ocasión llegaron unos arrieros en busca de alimentos. Un hogar como éste fue típico del Siglo XIX en México, pero muchos perduraron así hasta ya entrado el Siglo XX. Lo describe de la siguiente manera:

“Olía a tortillas de maíz nuevo y a café aguado. Un perro nos recibió, ladrando. Fue una mujer quien desde la puerta acallaba al animal. A la luz de un ocote, junto a la lumbre, cenaban un hombre y dos muchachos. Aquél, sin levantarse, nos invitó a pasar. La mujer nos dio bancos de madera. En torno de nosotros veíamos todo lo que era la casa: una cama de carrizos, la recámara; unos tenamaxtles negros, un comal, unas ollas y un metate http://www.diccionario-web.com.ar/largo/metate.html, la cocina; los bancos, junto a la lumbre, el comedor; en un tapanco de tres metros cúbicos, la despensa; de un ángulo pendían cobijas y ropas de manta; en otro ángulo colgaban un machete y una escopeta; debajo de la cama salían quejumbres de gatos recién nacidos y por otro lado se oía a una gallina decir ternezas a los pollos que apenas estaban picando el cascarón.

“Tanto la mujer como los enseres, denotaban limpieza. Las tortillas eran de maíz negro. El chile que los muchachos sopeaban en sus platos, era de un verde tierno. El hombre cuchareó por última vez con un pedazo de tortilla en el plato que sostenía sobre las rótulas y se levantó masticando con la boca bien llena. De un guajehttp://www.100porcienmexico.es/Bule/Bule.htm de cuello alargado, bebió cara al techo”.

Este escenario alude a la forma en que vivieron hasta ya entrado el Siglo XX muchos rancheros mexicanos, que no conocieron ni imaginaron siquiera la luz eléctrica, la cocina integral, la estufa de gas, la licuadora, el refrigerador, los muebles de sala y de comedor, mucho menos el radio, la televisión, el celular, la computadora e Internet.

Ciertamente, a la fecha ha cambiado mucho el estilo de vida en el campo mexicano, pero la pregunta fundamental es la siguiente: ¿Es la gente más feliz?

Bibliografía: Gregorio López y Fuentes. “Arrieros” (1944)

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Tormenta en la barranca

“Un trueno de asustar, estremeció a la barranca. Siguió un silencio como de un cuarto de hora. Ya no se oía ni el río, allá abajo; ni los pájaros, como en la mañana, que casi aturdían entre los árboles; los que platicaban, y eran pocos, lo hacían en voz baja; comenzaron a jadear los animales; sus pezuñas resbalaban en las piedras: eran los únicos ruidos, en la tarde que parecía dormida o callada de miedo. No iríamos a la mitad de la barranca, cuando nos encandiló otro relámpago terrible; nos agarramos del aparejo, al tiempo de oír el trueno… ¡Santa Bárbara bendita!… Glorifica mi alma al Señor… Y ahora siguieron, cada segundo, los relámpagos y los truenos; parecía que iba a desgajarse la barranca; nunca había oído yo en mi vida semejantes descargas; las mujeres, menos mi mamá, comenzaron a gritar horrorizadas: ‘Si nos cae un rayo… Si nos cae una peña desgajada… Si no alcanzamos a pasar el arroyo y nos quedamos la noche en la barranca… Si bajan los lobos, con la oscuridad…´ A todo esto, el viento era terrible: corriendo por la barranca aullaba como dicen que aúlla el diablo, y sacudía los árboles con furia de loco o de endemoniado (…)

“Las primeras gotas fueron grandes, como de a peso fuerte, pero desbalagadas; luego se hicieron más tupidas y el viento las aventaba con coraje sobre la cara y la espalda. –¿Cuánto nos falta para llegar? –era el grito de todos, como si tuviéramos fiebre. –Ya merito –decían los arrieros, sin dejar de chupar, entre las copas de sus sombreros y el cobijo de sus chinas de palma, por donde resbalaba la tormenta. Ni dónde refugiarse. Por el lado de Ibarra no hay un solo ranchito. Lo peor fue que los animales se pararon en seco, alzando las orejas; no valieron pelitos, chicotazos, palabras duras; por nada del mundo los hicimos andar (…)

“La cosa fue bastante penosa, principalmente por el número de mujeres y la inutilidad de los señores, no acostumbrados a estas sanfrancias. Se quitó la fuerza de la tormenta; quisieron caminar, aunque despacito, los animales; tardamos más de una hora en llegar a la ceja de la barranca (…) No sé cuánto caminaríamos. Desperté con la bulla de que comenzaban a verse las luces de Guadalajara”.

Fragmentos de “Flor de Juegos Antiguos”. Agustín Yáñez (1942)

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Entre la ciudad y el campo

“El convaleciente, jinete en lustrosa acémila, rinde la peregrinación a su pueblo en tres jornadas; mientras más se aleja de los grandes poblados, mientras que por los caminos encuentra menos gentes, mientras más hondas las barrancas, los ríos más anchos, las cuestas más salvajes, mejor se exalta la alegría de vivir y respirar a todo pulmón.

“La primera noche durmió como un patriarca en el zaguán de la posada llena de arrierías, entre maldiciones y toses; el mozo lo despertó al lucero del alba; ni siquiera las mujeres se habían levantado a moler; se ensilló al resplandor de un mechón de ocote; sonaba un arroyo; la noche alta rumoraba; y esto fue bajar la barranca que desde la tarde anterior desenvolvía sus cuestas ante el viajero. Esclareció, brillaron las nubes, salió el sol; en las cumbres fronteras iban levantándose columnas de humo hacia el cielo; tiritaba de frío de amanecer, el caminante; abrazaba el camino rocas y laderas, se quebraba en zetas, hundíase en torrenteras, pero no descubría ni su fin, ni el calor de un jacal, ni el arrimo de una ordeña. Ya el sol fuerte, los peregrinos llegaron a un caserío y hubieron huevos, frijoles, chile y tortillas; ¡qué gran almuerzo! ¡qué auténtica gloria de vivir y ser flor de la naturaleza! ¡qué sentido de amor a estos barranqueños, a sus canes ladradores, a su huerto y cuamiles, a la montaña, a las águilas, a los cielos, al río minúsculo que se adivina en el fondo, a cientos de metros! Fraternidad y pavor. Grandeza y miseria. Plenitud vital que es amor y asombro”.

Fragmento de “Pasión y convalecencia”. Agustín Yáñez (1938).

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Los preparativos del viaje

“Esa noche, de plano –por lo menos yo- no pudimos dormir, con el sobresalto de no despertar a tiempo, de andar con prisas o de que algo a última hora se nos olvidara; pero principalmente por el enjambre de soñadas peripecias; creo que mi madre no reposó un momento: la oí toda la noche andar de un lado a otro, abriendo y cerrando cajones, preparando en la cocina el bastimento, llenando maletas, empacando utensilios: las luces prendidas toda la noche. Mucho antes de la hora fijada estábamos en pie, sin necesidad de que nos despertaran; tan temprano era, que mi madre instó a que nos acostáramos de vuelta; más ya estábamos vestidos y despabilados; tarde se nos hacía que llegara el arriero; salimos a la calle para esperarlo; qué raro sonaban en la acera vacía nuestras ruidosas voces; desesperados por la tardanza volvimos a entrar, volvimos a salir; teníamos puestos ya los sombreros de palma propios para el sol; mi madre nos llamó locos y reclamó que tuviéramos juicio, que no comiéramos ansias; debíamos abrigarnos contra el aire de la madrugada; la contestación fue que no sentíamos frío; las reprimendas eran en especial para mí por ser el más alborotador y cabecilla de impaciencias; el silencio del barrio dejaba oir con claridad las horas –qué lentas corrían- del reloj de catedral; acababan de sonar las cuatro, cuando percibimos el trote del atajo, que al fin desembocó en la esquina; la revolución de la casa se multiplicó en gritos, carreras, recomendaciones, preguntas; quiso aún mi madre que tomáramos una taza de canela caliente y alguna pieza de pan, para no salir con aislamiento de estómago; entre velas que apagaba el viento y entre sombras, con increíble destreza, el arriero dejó bien afianzado el montón de maletas y demás avíos, nos distribuyó los burros y nos acomodó sobre los aparejos, cortó discusiones y ordenó la marcha”.

Fragmento de “Gota Serena”. Agustín Yáñez (1949-1963)

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