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Entre arrieros y tamemes

Oz Castro. Haciendas y Conventos de Jalisco.
Como todos los grandes escritores de Jalisco, Francisco Rojas González, autor de “El Diosero”, habló también de los arrieros. En uno de sus cuentos, “La cabra en dos patas”, narra el caso de un indígena otomí llamado Juan Nopal, que construyó su jacal y echó raíces en el recodo de una vereda que poco a poco se fue ensanchando hasta convertirse en camino muy transitado por arrieros y tamemes.

Ante el creciente tránsito de viajeros, a quienes en un principio les vendía pulque, al paso del tiempo Juan Nopal fue agregando nuevos servicios a su negocio hasta convertirlo en una especie de venta o mesón, donde arrieros y tamemes encontraban descanso, aguardiente y algo qué comer.

“La clientela de don Juan Nopal –dice Rojas González– iba en aumento. Por la venta desfilaban los caminantes: arrieros de la sierra, mestizos jacarandosos y fanfarrones, que llegaban hasta las puertas del tenducho, mientras afuera se quedaban pujando al peso de la carga de azúcar, de aguardiente o de frutas del semitrópico, las acémilas sudorosas y trasijadas. Aquellos favorecedores charlaban y maldecían a gritos, comían a grandes mordidas y bebían como agua los brebajes alcoholizados. A la hora de pagar se portaban espléndidos”.

También llegaban ahí “los indios que cargaban en propios lomos el producto de una semana entera de trabajo: dos docenas de cacharros de barro cocido, destinados al tianguis más próximo. Ocupaban aquellos tratantes el último rincón del ventorro. Ahí aguardaban, dóciles, la jícara de pulque que bebían silenciosamente. Pagaban el consumo con cobres resbaladizos de tan contados, para irse, presto, con su trotecillo sempiterno.

“O los otomíes que, en plan de pagar una manda, caminaban legua tras legua, llevando en andas a una imagen a la que escoltaban diez o doce compadritos, los que, por su cuenta, arrastraban una ristra de críos, en pos del borrico cargado con dos botas de pulque cada vez más ligeras, ante las embestidas de los sedientos…”

“Con aquella clientela, Juan Nopal hacía su vida. La paz cubría el techo del hogar montero”.

Obra consultada: Cuentos completos. Francisco Rojas González. Fondo de Cultura Económica. México, 1971.

Artículo relacionado: De cómo se caminaba en aquel tiempo.

 

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Los viejos mesones de la Nueva España

 Un antiguo mesón. (México Viejo).

Un antiguo mesón.

  Durante los primeros años de la recién conquistada Tenochtitlan no hubo necesidad de construir casas de huéspedes, ya que las viviendas de los conquistadores españoles eran amplias y con suficiente servidumbre (esclavos) para atender a los visitantes, pero al aumentar la inmigración y con el desarrollo del comercio fue necesario establecer mesones o posadas para alojar a los viajeros, tanto en la capital como en el resto de la Nueva España.

   En su obra México Viejo, Luis González Obregón da cuenta del primer mesón establecido en la Ciudad de México, de acuerdo con un documento fechado el 1 de diciembre de 1525 (cuatro años después de la toma de Tenochtitlan), en el que Pedro Hernández Paniagua solicitó licencia al gobierno de la ciudad para abrir un mesón en su casa, donde pudiera acoger a los que a él llegasen, y poderles vender pan, vino, carne y todo lo necesario.

Pedro Hernández Paniagua, primer mesonero de la capital

   La licencia fue concedida, y en el mismo documento se afirma que “Pedro Hernández Paniagua fue el primero que hizo mesón en México”, pero estas últimas palabras, dice González Obregón, sólo pueden circunscribirse a la ciudad, porque en el país ya había otros mesones, como el de San Juan, en la Villarrica, solicitado antes por Francisco de Aguilar.

Primer arancel para operar el negocio de mesones

   Fue el 9 de enero de 1526 cuando el Cabildo expidió el primer arancel que estableció los requisitos para operar el negocio de mesones en la capital, exigiendo, entre otras cosas, que éstos ofrecieran buena comida, incluso vino, cuartos para dormir con cama y ropa limpia y que dicha tarifa se tuviera a la vista del público, so pena de una multa de veinte pesos de oro, que se destinaría la mitad para obras públicas y la otra mitad para el Juez e denunciante.

Mesones establecidos en el resto de Nueva España

   El 26 de julio de 1525 se concedió permiso a Juan de la Torre para hacer una venta en despoblado en el camino de Michoacán, entre Tajimaroa e Ixtlahuaca, concediéndosele además una caballería de tierra para maizales y cría de puercos, con tal de que obedeciese el arancel.

   De igual manera, el 10 de octubre del mismo año se autorizó a Francisco de Aguilar “para que edificase en despoblado una casa para los caminantes que van y vienen de Medellín y Villarrica”, con la obligación de “adobar cierto camino e pasos malos, e puentes que ay desde el dicho sytio hasta Xalapa”.

Más mesones en Cholula y en Cuernavaca

   El 14 de septiembre de 1526, Juan de Paredes, a nombre de Rodrigo Rengel, solicitó permiso para abrir un mesón en el pueblo de Cholula, alegando que era lugar muy transitado para ir a Medellín y a Oaxaca, y que como era punto en que hacían jornada los españoles, los indios recibían mucho trabajo para darles de comer, y con este motivo eran muy maltratados.

   El 12 de octubre de 1526, Juan de la Torre volvió a solicitar permiso para fundar una venta en Tajimaroa y un mesón en Cuernavaca.

   “Los viejos mesones –añade el historiador– fueron el lugar de descanso de nuestros abuelos en sus penosos viajes; ahí encontraron siempre techo protector, aunque muchas veces dura cama y mala cena; en esos mesones hacían posta los hoy legendarios arrieros con sus recuas, los dueños de carros, de bombés y de guayines, los que conducían las tradicionales conductas de Manila y del interior del país, y los que llevaban las platas de S. M. el Rey”.

Nuevas posadas por la ruta al Norte y Occidente

   Con la apertura de caminos hacia el Norte, para explotar los campos mineros en la zona de Zacatecas, fue necesario abrir más posadas. Por el año  1550 había ya muchas de ellas entre San Miguel y Querétaro.

   Más tarde, estos establecimientos, lejanos antecesores de los modernos hoteles que hoy abundan en el país, se multiplicaron  en las distintas regiones. Respecto a la Nueva Galicia, ya funcionaba un mesón en Ameca en el año 1579.

   Obras consultadas: Luis González Obregón. México Viejo. Editorial Patria. México. 1955. Philip W. Powell. La Guerra Chichimeca (1550-1600). Fondo de Cultura Económica. México. 1977. Relaciones Geográficas del Siglo XVI: Nueva Galicia. UNAM. México. 1988.

   Imagen: México Viejo. Luis González Obregón.

   Artículo relacionado: Los primeros caminos de Nueva España.

   http://javiermedinaloera.com/arrierosdemexico/?p=5

 

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Los mesones de antaño

Entrada al Mesón de Jobito en Zacatecas.

   Comparados con los modernos hoteles de lujo, los mesones mexicanos de antaño dejaban mucho qué desear en materia de higiene y comodidades. Creados para  la convivencia del hombre con las bestias, la mayoría de los mesones no mejoraron en nada el ambiente de sus antecesoras, las ventas españolas, es decir, pisos sucios, paredes pintarrajeadas con obscenidades y cuartos desnudos las más de las veces, pero repletos de piojos, pulgas, mosquitos, chinches y demás bichos voladores y rastreros.

El turismo, una novedad en el siglo XIX


   Lo cierto es que en el tiempo de los mesones, que se prolongó hasta mediados del siglo XX (funcionaba por lo menos un mesón en cada pueblo y decenas en las grandes ciudades), tampoco había turismo exigente. La costumbre de viajar era todavía una novedad en México a mediados del siglo XIX, y por lo mismo no existía infraestructura de servicios para el viajero, excepto lo esencial para el descanso y alimentación de los arrieros y sus recuas.

   Cuando personas de mayor nivel económico y social tenían necesidad de viajar, no se hospedaban en mesones, sino que habitualmente llegaban a la casa de algún amigo, en tanto que los aristócratas poseían lujosas mansiones en las grandes ciudades, además de haciendas provistas con todas las comodidades de la época.


También hubo posadas calificadas como excelentes


   Tanto en tiempos de la Colonia como mucho después, también hubo posadas calificadas como excelentes por los viajeros; entre otras,  Joel R. Poinsett describe la ubicada antes de la Guerra de Independencia en Arroyo Seco, por el camino de México a Querétaro; ésta fue incendiada durante la insurrección, aunque conservó algunos buenos aposentos, entre ellos el del posadero.

   Pero en general, dice Poinsett, los cuartos de los mesones que recorrió eran tristes e incómodos, paredes que una vez fueron blancas, pisos de tierra, una tosca mesa de pino con las patas enterradas en el suelo, una banca del mismo material y factura fijada de igual modo, inamovibles las dos, quizás para que los viajeros no se las llevaran de recuerdo.

   Por su parte, en Veracruz, William Bullock no encuentra para alojarse más que un cuarto inmundo con un agujero, llamado pomposamente ventana, que da a una sala de billar y que posee por todo mobiliario una silla y una cama cubierta de sábanas húmedas y sucias. Cuando protesta, el posadero lo mira sorprendido y le dice que ya lo sabe, pero que no tiene más; refunfuñando, nuestro viajero pasa la noche acurrucado en una silla, cubierto con su capote, sin poder conciliar el sueño porque las riñas de los jugadores y las pulgas lo mantienen despierto.


Casas de Diligencia desde 1830


   A su vez, Mathieu de Fossey asegura que hasta 1828 los albergues carecían de camas y los viajeros dormían en el suelo utilizando sus sarapes, sus ropas o, con suerte, un colchón.

   Para 1830 ya se habían establecido las Casas de La Diligencia por la ruta México-Veracruz, para atender a los viajeros que usaban ese medio de transporte, mejorando así los servicios de atención al turista, que incluían alojamiento y alimentación aceptables.


   Fuente: Margo Glantz. Viajes en México. Secretaría de Obras Públicas (1972).

   Imagen: De la página Temas Zacatecanos en Facebook.

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Los mesones de Tacámbaro

Tacámbaro antiguo*.

En su obra Desbandada, José Rubén Romero (1890-1952) describe maravillosamente el pueblo de Tacámbaro, Mich., con sus calles pintorescas, plazas, portales, parroquia, industrias, comercios y habitantes, en la época que antecedió a la Revolución Mexicana. Hijo pródigo de Tacámbaro llaman en este pueblo al notable escritor, quien refiriéndose a los mesones que ahí había dice lo siguiente:

En el barrio de La Palanca abundan los mesones, esas típicas hospederías de pueblo que diríanse fundadas por Francisco de Asís para hermanar al hombre con la bestia. Todos tienen los mismos patios, llorosos de luna; las mismas rebosantes atarjeas, a cuyo borde se enfilan las recuas como los señoritos en un bar; en todos se respira olor idéntico a pastura y a correaje sudado; de los macheros sale la misma música de rebuznos, silbidos e interjecciones, y en todos ellos flamea como un buen capote de brega el zagalejo de Maritornes, tan dadivosa de su carne en la íntima comunión de los arrieros.

Arrancando de la falda del Cerro de la Mesa –dice el mismo autor- las calles forman una roja escalinata que parece de ladrillo de jarro, y son tan pendientes y quebradas, que no pueden transitar por ellas ni las carretas quejumbrosas de mansos bueyes pensativos, únicos vehículos existentes en el pueblo, ni las bestias de carga que los arrieros no se atreven a enfilar por dichos vericuetos, temerosos de que sus tercios emprendan, cuesta abajo, una rápida e imprevista carrera de obstáculos.


Aperos de arriería


También habla José Rubén Romero sobre el Portal de abajo, muy concurrido por los arrieros, donde se abastecían de los artículos necesarios para su duro oficio:

Ofrecen los jarcieros la fauna extravagante de sus mercancías: gruesas reatas que parecen culebras; pitas enroscadas que dan el aspecto de solitarias puestas en alcohol; bozalillos de crin, como ciempiés mortíferos, y las membranas transparentes de los más finos huangoches*. Los cordeles colgados de las puertas parecen trenzas rubias y los sudaderos de estopa quizá despierten la envidia de las recuas de carga, mustias y doloridas de carona. Como un pelotón de soldados, del cual no se vieran más que los pies, se alinean en el piso filas y filas de zapatos de becerro crudo que los rancheros se prueban con grande esfuerzo, al aire libre, untándose jabón en los talones.

*Imagen tomada del muro Tacámbaro Pro Pueblo Mágico.
*Guangoche. Tela burda y rala, hecha de ixtle. Suele servir para abrigo exterior de fardos. Santamaría.
Fuente: J. Rubén Romero. Desbandada (1934).
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Amanecer en el mesón

“Un rebuzno viril, desparpajado, toca a diana. Luego tremola un relincho. Más tarde canta el ki-ki-ri-ki de los gallos. Se impone el silencio tenaz, interminable. Estamos en un pueblo, en un mesón. Sí, estamos en Teules. Realidad de una caminata en noche de luna, de una feria, de una cantadora sensual y caprichosa. Nuevo largo silencio. Toca una campana desconocida, ronca, pesimista. Quizá sea la campana de Teules. ¿Toque de alba o de queda? La alborada será, porque resucitan voces humanas, multiplican sus cantos los gallos, se oye el lento masticar de las bestias que trituran maíz: Ahora, entre silbidos y denuestos, los arrieros aparejan y hasta acá llega el jadeo de hombres y bestias cuando cinchan. La claridad va dando, lentamente, las dimensiones de este cuarto y nos ayuda a calcular –primero- la medida y antigüedad de la puerta, más tarde la altura y suciedad de muros y techos. El cálculo –que sobreponiéndose al dolor de la cabeza y las entrañas, supone voto absoluto de estoicismo- se interrumpe con voces, golpes a la puerta y crujir de maderas. Tío Eufemio, que entre los siete serranos quedó en Teules como redentor y tutor del pródigo, ha venido a ver si el muchacho está ya listo”.

Fragmento de “Pasión y convalecencia”. Agustín Yáñez (1938)

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De cómo se caminaba en aquel tiempo

Hacíamos noche en ranchejos donde no encontrábamos ya no digamos holandas y martas cibelinas; pero ni siquiera los elementos que podían hallarse en los ventorrillos del tiempo.
Tres veces nos acostamos sin cenar; dormíamos en los sudaderos de los caballos, con las sillas por cabecera, teniendo cerca las pistolas y los sables para prevenir cualquier accidente. Cuántas caras paitibularias vimos entonces, cuántos tipos malencarados que no se recataban de decir que iban a la pronuncia, á la bola o á ver qué Dios daba.
Una mañana, cuando todavía la salida del sol tardaba mucho, ensillamos los caballos y por mano propia abrimos la puerta del mesoncillo de Paredones. Como desde la noche habíamos dejado arregladas nuestras cuentas con el güéspere, nadie se opuso á que sacáramos las bestias. Dormían profunda y ruidosamente, recostados en aparejos y mantas, los arrieros que esperaban el alba para moverse de nuevo. Se moría la lumbre del fogón en que habían jatiado unos dueños de mulas; ladraba un perro que recibía inmediata contestación de otros cien. Como la luna brillaba en todo su esplendor, pude ver á unos que parecían dormir cerca y que alzaron la cabeza cuando nosotros, ya montados, hicimos resonar las guijas del zaguán con las herraduras de nuestros pencos.
Fragmento de “Episodios Nacionales Mexicanos”. Victoriano Salado Álvarez (1902).

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