Archivo por meses: febrero 2012

Psicología del arriero

   El arriero tiene el alma ilógica y absurda del capitán de un barco o un conductor de trenes. La perenne inquietud que da a las almas el deseo de conocer mil hombres y mil pueblos distintos. Hablar con el capitán de un barco es como hacer un viaje alrededor del mundo. ¡Cuántas bellas ciudades, cuántas lindas mujeres ha visto este hombre a través de sus largas peregrinaciones!

   Sin embargo, en las almas inquietas de los arrieros, estos humildes peregrinos, hay una gran dosis de serenidad y de filosofía resignada, que no es fácil encontrar en el capitán de un barco o en el conductor de trenes.

   Esto se debe, seguramente, a que el pensamiento del arriero se mueve al mismo compás del andar lento y cansado de sus cabalgaduras, siempre cargadas de mercancía y cruzando por ásperos caminos pedregosos, sin puentes, y casi siempre suspendidos sobre profundas simas.

   Además, el oficio de la arriería, requiere un largo aprendizaje, en donde es preciso ejercitar, sobre todo, la paciencia, para escuchar con calma los fuertes improperios y las palabras mal sonantes que indefectiblemente lanzarán los arrieros superiores contra los inferiores; pues sabido es que para significar la mala educación de una persona, se dice que parece un arriero.

    El muchacho que se dedica a la arriería, debe ser lo más despierto y avezado posible. Pues colocar un aparejo, aunque parezca extraño a las personas ciudadanas y poco instruidas en el difícil oficio de la arriería, requiere una enseñanza concienzuda.

     Los “suaderos” se deben colocar cuidadosamente, y después de un detenido examen del lomo de las mulas, para evitar desolladuras o “matadas” lamentables. Las cinchas, igualmente, se deben apretar de un modo hábil para que no vayan ni demasiado ajustadas y provoquen en las mulas esos ruidos poco decorosos, ni demasiado flojas, de manera que hagan peligrar la carga.

      Es también indispensable en el oficio de la arriería, conocer algo de veterinaria; pero no de la veterinaria erudita y sabia de los libros, sino de la veterinaria práctica que es más difícil de alcanzarse, pues sólo puede aplicarse después de una madura observación de los síntomas y teniendo en cuenta la idiosincrasia de la mula enferma, lo que no es muy sencillo.

Fragmento de “La Arriería en México”. Salvador Ortiz Vidales (1929).

 

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Los arrieros, informadores

Oiga, curro —prosiguió Anastasio, cambiando el acento de su voz, poniéndose una mano sobre la frente y de pie—, ¿qué polvareda se levanta allá, detrás de aquel cerrito? ¡Caramba! ¡A poco son los mochos!… ¡Y uno tan desprevenido!… Véngase, curro; vamos a darles parte a los muchachos.
Fue motivo de gran regocijo:
— ¡Vamos a toparlos! —dijo Pancracio el primero.
—Sí, vamos a toparlos. ¡Qué pueden traer que no lleven!…
Pero el enemigo se redujo a un hatajo de burros y dos arrieros.
— Párenlos. Son arribeños y han de traer algunas novedades —dijo Demetrio.
Y las tuvieron de sensación. Los federales tenían fortificados los cerros de El Grillo y La Bufa de Zacatecas. Decíase que era el último reducto de Huerta, y todo el mundo auguraba la caída de la plaza… Las familias salían con precipitación rumbo al sur; los trenes iban colmados de gente; faltaban carruajes y carretones, y por los caminos reales, muchos, sobrecogidos de pánico, marchaban a pie y con sus equipajes a cuestas. Pánfilo Natera reunía su gente en Fresnillo, y a los federales “ya les venían muy anchos los pantalones”.
— La caída de Zacatecas es el  Requiescat in pace  de Huerta —aseguró Luis Cervantes con extraordinaria vehemencia—. Necesitamos llegar antes del ataque a juntarnos con el general Natera.
Fragmento de “Los de abajo”. Mariano Azuela (1916).

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El arriero

Triste, tristísima es en verdad la condición del personaje cuya vida y hechos vamos a poner ante los ojos del lector. El arriero, a semejanza de ciertos maridos que no dieron con la media naranja que se adaptara exactamente a la otra media que ellos representan, vése condenado a tratar con seres de índole desapacible y condición indomable. Por lo menos hasta ahora no sabemos se haya escrito nada bueno de las mulas. Su educación o amansamiento presenta serias dificultades, y desde algunos meses de penosos trabajos, vamos saliendo con que las discípulas indómitas han educado al preceptor, fenómeno bastante frecuente en todo aquel que se impone la penosa y dificilísima tarea de regenerar hembras.

Y no piensen ustedes que esto sea una paradoja; nada de eso, señores. El arriero que siempre ha conducido mulas y lidiado con ellas, tiene el mismo carácter violento de estas, y el día menos pensado le soltará una coz a su mejor amigo; mientras que el arriero conductor de pacíficos jumentos adquiere la mansedumbre y suave índole, que es el mejor ornato de la inmensa familia que forman los pollinos. En confirmación de esta verdad tenemos aquel adagio, aplicado regularmente por las abuelas a los nietos obstinados:  “¿Quién manda?, los burros ó el arriero”? –Conócese desde luego que el que tal adagio inventó era hombre sabio a todas luces, supuesto que consideró imposible hacer la misma pregunta, poniendo en cuestión la autoridad de las mulas y la del  arriero que funge de mandarín y pedagogo.

Fragmento de “Los mexicanos pintados por sí mismos” (1854).

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Los hijos de Pedro Páramo

Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.

El camino subía y bajaba: “Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para él que viene, baja.”
-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
-Comala, señor.
-¿Está seguro de que ya es Comala?
-Seguro, señor.
-¿Y por qué se ve esto tan triste?
-Son los tiempos, señor.
Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver: “Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche.” Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma… Mi madre.
-¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? -oí que me preguntaban.
-Voy a ver a mi padre, contesté.
-¡Ah! – dijo él.
Y volvimos al silencio.
Caminábamos cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los burros. Los ojos reventados por el sopor del sueño, en la canícula de agosto.
-Bonita fiesta le va a armar -volví a oír la voz del que iba allí a mi lado-. Se pondrá contento de ver a alguien después de tantos años que nadie viene por aquí.
Luego añadió:
-Sea usted quien sea, se alegrará de verlo.
En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más adelante, la más remota lejanía.
-¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber?
-No lo conozco -le dije-. Sólo sé que se llama Pedro Páramo.
-¡Ah!, vaya.
-Sí, así me dijeron que se llamaba.
Oí otra vez el “¡ah!” del arriero.
Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre.
-¿A dónde va usted? -le pregunté.
-Voy para abajo, señor.
-¿Conoce un lugar llamado Comala?
-Para allá mismo voy.
Y lo seguí. Fui tras él tratando de emparejarme a su paso, hasta que pareció darse cuenta de que lo seguía disminuyó la prisa de su carrera. Después los dos íbamos tan pegados que casi nos tocábamos los hombros.
-Yo también soy hijo de Pedro Páramo -me dijo.



Fragmento de “Pedro Páramo”. Juan Rulfo (1955)
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