Archivo por meses: marzo 2012

El regreso del arriero

Los Guajes. Las Ánimas. La Huerta de don Carmelo. El Camposanto. El vado del arroyo. La cañada se angosta. El pueblo no se ve; pero ya está en él. Una casa. Otra. Cercas. Conato de calle. Se hacen más frecuentes las casas. Irregular, tortuoso, el camino, al fin, ya forma una callecita, que a grandes trechos deriva callejones al Arroyo o a las estribaciones de la Mesa Real. El sol –un sol dominguero, liberal, que se ha quedado sin ir a misa, sentado en el bordo de las azoteas, acariciando con su vestido las fachadas, arrastrándolo apenas por la banqueta derecha- es un excelente ciudadano que no riñe ni con el cura, ni con el alcalde, y alegra democráticamente a todos los habitantes por igual. En el empedrado resuena bullangueramente la llegada del atajo, como diana de convite, que halla eco dentro de las casas y en la rutina somnolienta de los corazones. –Va llegando Lorenzo de Guadalajara. Los vecinos se asoman a puertas y ventanas. –¿Cómo te va, qué tal te fue, qué novedades hay por aquellos rumbos? Correo, periódico, agente confidencial y de compras, bolsa de valores, trueques y chismes, el regreso del arriero es un acontecimiento que remueve la monotonía del villorrio. –Esperando tu llegada, tienes a Mauricio como ánima en pena o como pájaro enjaulado. –Cho, burros, cho –grita Lorenzo con desparpajo-, nomás los desaparejo, cristianos, no coman ansias con sus encargos, adiós doña Rita, cho, sí, no se me olvidó su bitoque, don Juan, cho, burros, ora sí que corren al olor del pesebre, sin chirrión ni malas palabras, aquí vuelvo con sus avíos… Callejón del Pozo. Casa de Carmelita con zaguán en alto. Frente, los portales ahumados donde vive María Carrizales. Nueva torcedura de la calle. Al fondo, el portal del curato. Panadería de don José. Zapatería de Simón. El atajo de Lorenzo desemboca en la plaza a la hora en que la campana mayor anuncia la Elevación, y los que por la plaza transitan suspenden actividades, se quitan el sombrero y se arrodillan. El alboroto de los burros no respeta el silencio. Lorenzo como que se avergüenza de la irreverencia en que sus animales incurren. Suena la última campanada y el comercio se reanuda. Ya el sol arrastra sus vestiduras por media calle. Fatigosamente cuenta las diez el reloj de la Presidencia. Fragmento de “Aserrín de Muñecos”. Agustín Yáñez (1926).

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Don Lencho y doña Pánfila

Al ganar el puerto, en el rancho de La Silleta, los animales reconocieron su terreno y trotaron sin mediar chirrionazo ni grito de arriero. – Adiós, don Lencho, apiése a almorzar: ya están las calientes. – Ora no, doña Pánfila, dispénseme; quiero alcanzar la misa mayor; tanteaba amanecer en el pueblo; pero se me cargó el sueño en San Cristóbal. – ¿Dónde comenzó a esclarecerle? – Pasando la Escondida. – Y ¿qué hay de nuevo por Guadalajara? – ¿Lo cree que nada? – ¿Y en el camino? – Tampoco. – Decían que la otra semana habían robado en el Pedregal. – Creo que no es cierto. – Pues tampoco en el pueblo se bulle nada. En la Estanzuela fue donde hubo unas muertes por una muchacha; dicen que unos norteños y uno del cañón de Juchipila, que iba a las fiestas del Teul. – ¿Pasa gente al Teul? – No como otros años. Mercancía sí, mucha. – Bueno, doña, con su venia. Los burros van mucho lejos, al olor de la querencia, y mire nomás lo alto que está ya el sol. – Ándele, siquiera un taco. Leche ora no tengo. Dende ayer que se fue el viejo al pueblo se quedaron sin ordeñar las vaquitas que tenemos a medias con tío Ultimio. Óigame, don Lencho, ¿qué día pasa de vuelta? – Al miércoles según mis tanteadas. – ¿Lleva mucha carga? – Poca. En San Cristóbal voy a cargar naranja. ¿Se le ofrece algo? – Sí, perdonando la confianza, quiero hacerle unos encarguitos: que le lleve a mi hermana una carta y unos centavitos para que si no es molestia mucha me traiga unas varas de manta, un percalito, y a ver si unas colacioncitas para endulzar la boca. – Lo que se le ofrezca, doña Pánfila, y quédese con Dios, ya sabe. – Si allá ve en el pueblo a doña Rosalía me la saluda, y si se topa en la plaza con el viejo, le dice que por acá no hay novedad. Vaya con Dios, don Lencho… Fragmento de “Aserrín de Muñecos”. Agustín Yáñez (1926).

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Sabiduría de los refranes

 ¿Cree usted en la sabiduría de los refranes?

         Yo no tengo otra, pues apenas aprendí a hacer patas de mosca en la escuela, mi padre, arriero como yo, me dijo: piedra que rueda no echa lama, y me puso de guión en una recua. Todo lo demás lo he aprendido subiendo y bajando por estos caminos. Y, como dice la canción, le voy a contar un cuento para que de mí se acuerde:
Cuando iba a salir, arreando ya mis dos primeras mulas, mi padre, echándome la bendición, me aconsejó: ¡Cuídate siempre de un cojo y de un calvo! Una vez, allá por el lado de Jilitla, me llegué a una trastienda y le dije al hombre que estaba detrás del mostrador: guárdeme, amigo, este morralito con esos doscientos trompudos… ¡Nada menos que la venta de toda mi mercancía! Cuando quise recoger mi dinero, el hombre me contestó no haber recibido nada. ¡Y fui viendo que era cojo!

Otro arriero, hombre de experiencia, a quien le conté mi desgracia, me dijo: no tengas cuidado, muchacho. Y se fue a la misma tienda. Al llegar, le dijo al cojo: amigo, un sobrino mío le dejó a guardar ayer un morral con doscientos pesos y ahora yo quiero poner en el mismo lugar cien pesos más, pues quién mejor que usted para guardar nuestro dinero, ¡el comerciante más honrado del pueblo!

Tal vez el ladrón se dijo que en lugar de doscientos pesos, bien podía quedarse con trescientos, y fue por el morral. Pero cuando mi amigo lo tuvo en las manos, en vez de agregar su dinero, se alejó un poco del mostrador, y antes de dar la media vuelta le gritó:

         -¡Usted es cojo, pero yo soy calvo!

El otro se quedó abriendo la boca.

Fragmento de “Arrieros”. Gregorio López y Fuentes (1944).

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Nostalgia del camino

México, enero de 1937.

Refranero:

“Sólo tomo la pluma para saludarte”, me dices en tu atenta, y es el caso que arrebiatas como recua por vereda tres o cuatro asuntos más: Te quejas del fastidio de la casa, y es que extrañas el camino; pero convéncete, hombre; el palo ya no está para cucharas. Te sucede lo mismo que a los postillones de nuestras diligencias, al ser metidos los ferrocarriles, allá cuando los perros se amarraban con tasajo y no se lo comían… ¿Te acuerdas del viejo Chente? Siempre nos hablaba de las conductas, de sus remudas alazanas, de los plateados asaltantes y de otros chismes de su tiempo.

Pues lo mismo sucede ahora a los arrieros viejos, de aquellos rumbos en que ya se están construyendo carreteras; se van quedando en casa, como tú dices, sólo a echar gallinas. Es natural; el flete resulta más barato. La recua ya no sirve más que para acarrear agua de la noria y para ir por leña al monte.

Agregas que quien no quiera llorar, que no se acuerde, y es el caso que tú no haces más que acordarte de aquellos caminos que en alguna ocasión recorrimos juntos, creyendo que eran muy largos, cuando que dentro de poco podrán recorrerse en unas horas.

Leyendo tu carta, me sucedió lo que tú crees que sucede a los moribundos: que salen en espíritu a recoger sus pasos…

Fragmento de “Arrieros”. Gregorio López y Fuentes (1944).

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Mañas de las bestias

Entre los hábitos negativos más curiosos que conserva la arrieril historia se encuentra la de aquellos animales conocidos como zorreros, que consistía en que al estarlos cinchando o fajando inflaban la panza tanto que al ponerse a caminar y recobrar su volumen normal, la tarria que los abarcaba se volvía floja, se movía el aparejo y se producía la cómica estampa de una mula zorrera con los tercios colgándole por los flancos.

Claro que a esta maña también se le encontró remedio, pues “para uno que madruga hay otro que no se acuesta”, o igual, “cuando tú vas, yo ya vengo”, y la solución consistía en que cuando los arrieros estaban ya listos para cinchar, y la mula zorrera inflaba su inmensa panza, uno de ellos le daba con una vara un fuerte piquete en las verijas; el animal, ante el inesperado estímulo, emitía un cavernoso pujido y frunciendo la barriga echaba fuera el aire, momento que aprovechaban los hombres para retrincarle la tarria a su máximo, lo cual ciertamente no era aconsejable en una bestia normal.

Además, los arrieros demostraban con hechos su principio de que “pa’ todo tumor hay cataplasmas, sabiéndolas aplicar”. Otra mala costumbre, cuando algún animal por cualquier motivo o simple euforia primaveral se soltaba salta que salta, tratando de quitarse los fardos, bastaba con poner entre los tercios un sobornal con carga de tierra, que sirviéndole de lenitivo a su euforia le hacía dedicarse a lo suyo, que era caminar y caminar únicamente.

        Fragmento de “Trilogía Histórica de Colima”. Roberto Urzúa Orozco (1986).

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