Archivo por meses: abril 2012

Anécdota de El Burro de Oro

Cuentan que Francisco Velarde, famoso hacendado jalisciense del siglo XIX, mejor conocido como “El Burro de Oro”, era tan rico que muchas veces llegó a comprar mulas de sus propias recuas, porque simplemente ignoraba que fueran suyas. Este personaje poseía una enorme hacienda en La Barca, Jal., pero vivía en el centro de Guadalajara, precisamente en el palacio que hoy ocupa el Congreso del Estado.
El caso es que este acaudalado caballero, en uno de sus frecuentes viajes a Guadalajara “se encontró con una recua de cincuenta magníficas mulas, todas ellas alazanas. Encantado por aquel hermoso conjunto se encaró con el que la hacía de jefe y trató de comprarlas, mas el arriero, a pesar de las tentadoras ofertas, se negaba a venderlas; molesto Velarde, le preguntó por el dueño de las mulas, a lo que el arriero contestó ´pos la mera verdá, mi amo, yo no sé cómo se llama mi patrón, sólo sé decirle que lo conocemos como El Burro de Oro´, lo que ocasionó una fuerte carcajada del patrón y que el atribulado arriero recibiera un montón de pesos fuertes.
(Gracias a Carmen Libertad Vera, la “Diablina Monina”, por enviarme el documentoMulas, hatajos y arrieros en el Michoacán del siglo XIX”, de Gerardo Sánchez, donde recuerda esta interesante anécdota).

 

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El padre Reyes llega a su nueva parroquia

Cliente de arrieros humildes que a lomo de burro lo llevaron por tierras fragosas, bajo toda inclemencia, en días lluviosos, parando en hospedajes míseros, atravesando regiones y villorrios desolados, el viaje halló término a la cuarta jornada, en anocheciendo. ¡Qué oscuro pueblo de sombras escabullidas, de puertas cerradas, de olor y aire misteriosos! ¡Pueblo de oscuridad y silencio, que aplastaba el ánimo del  recién llegado! Campanadas de monotonía le golpearon las sienes. Jaqueca cruel. Ganas de llorar. Un arriero le ofrece su casa para guardar los avíos mientras el señor cura ordene otra cosa. Miserable casa oscurecida, tirada. Mujer, niños harapientos que lloriquean. Gruñen por allí los cerdos. Cacarean somnolientas gallinas. El aire irrespirable. Amenaza tormenta. Quién sabe si ni lleguen al curato antes de que comience a llover. Relámpagos ininterrumpidos. Viento desatado. Será una “culebra”. Goterones. Carreras. El oscurecido curato…
Fragmento de “Al Filo del Agua”.  Agustín Yáñez (1947)

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De cómo se caminaba en aquel tiempo

Hacíamos noche en ranchejos donde no encontrábamos ya no digamos holandas y martas cibelinas; pero ni siquiera los elementos que podían hallarse en los ventorrillos del tiempo.
Tres veces nos acostamos sin cenar; dormíamos en los sudaderos de los caballos, con las sillas por cabecera, teniendo cerca las pistolas y los sables para prevenir cualquier accidente. Cuántas caras paitibularias vimos entonces, cuántos tipos malencarados que no se recataban de decir que iban a la pronuncia, á la bola o á ver qué Dios daba.
Una mañana, cuando todavía la salida del sol tardaba mucho, ensillamos los caballos y por mano propia abrimos la puerta del mesoncillo de Paredones. Como desde la noche habíamos dejado arregladas nuestras cuentas con el güéspere, nadie se opuso á que sacáramos las bestias. Dormían profunda y ruidosamente, recostados en aparejos y mantas, los arrieros que esperaban el alba para moverse de nuevo. Se moría la lumbre del fogón en que habían jatiado unos dueños de mulas; ladraba un perro que recibía inmediata contestación de otros cien. Como la luna brillaba en todo su esplendor, pude ver á unos que parecían dormir cerca y que alzaron la cabeza cuando nosotros, ya montados, hicimos resonar las guijas del zaguán con las herraduras de nuestros pencos.
Fragmento de “Episodios Nacionales Mexicanos”. Victoriano Salado Álvarez (1902).

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El bueno de Abundio

—Pues sí, yo estuve a punto de ser tu madre. ¿Nunca te platicó ella nada de esto? —No. Sólo me contaba cosas buenas. De usted vine a saber por el arriero que me trajo hasta aquí, un tal Abundio. —El bueno de Abundio. ¿Así que todavía me recuerda? Yo le daba sus propinas por cada pasajero que encaminara a mi casa. Y a los dos nos iba bien. Ahora, desventuradamente, los tiempos han cambiado, pues desde que esto está empobrecido ya nadie se comunica con nosotros. ¿De modo que él te recomendó que vinieras a verme? —Me encargó que la buscara. —No puedo menos que agradecérselo. Fue buen hombre y muy cumplido. Era quien nos acarreaba el correo, y lo siguió haciendo todavía después de que le sucedió su desgracia. Todos nos conmovimos, porque todos lo queríamos. Nos llevaba y traía cartas. Nos contaba cómo andaban las cosas allá del otro lado del mundo, y seguramente a ellos les contaba cómo andábamos nosotros. Era un gran platicador. Después ya no. Dejó de hablar. Decía que no tenía sentido ponerse a decir cosas que él no oía, que no le sonaban a nada, a las que no les encontraba ningún sabor. Todo sucedió a raíz de que le tronó muy cerca de la cabeza uno de esos cohetones que usamos aquí para espantar las culebras de agua. Desde entonces enmudeció, aunque no era mudo; pero, eso sí, no se le acabó lo buena gente. —Este de que le hablo oía bien. —No debe ser él. Además, Abundio ya murió. Debe haber muerto seguramente. ¿Te das cuenta? Así que no puede ser él. —Estoy de acuerdo con usted. —Bueno, volviendo a tu madre, te iba diciendo… Fragmento de “Pedro Páramo”. Juan Rulfo (1955).

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