Archivo por meses: julio 2012

El loro de Chontla

En su obra “Arrieros” (1944), el escritor veracruzano Gregorio López y Fuentes habla de un arriero que en vísperas de salir a uno de sus largos viajes, fue llamado por el cura del pueblo para hacerle un encargo: “Quiero que me traigas un lorito de ese rumbo de Chontla http://es.wikipedia.org/wiki/Chontla, pues dicen que son los mejores. Quiero que tenga la lengua negra y que el amarillo le llegue siquiera a la mitad de las alas, es decir, que sea bueno. Te pagaré lo que valga”.

El arriero, cuando estuvo en la Huasteca http://es.wikipedia.org/wiki/Regi%C3%B3n_Huasteca, compró un loro joven, de voz clara, lengua negra y con suficiente amarillo. Tras sus mulas, con su adquisición en un hombro y jinete en su tordilla, emprendió el viaje de regreso, diciendo, de vez en cuando, algunas palabras altisonantes, para avivar el paso de su recua.

De esta suerte, el loro oyó con frecuencia el grito de: “¡Hagan hilo, cabrestas!”, que el arriero dirigía a sus mulas, así como el conocido silbido que siempre seguía a esta orden disciplinaria.

El cura quedó completamente satisfecho con su adquisición. El loro fue instalado en una jaula nueva, tan nueva que parecía de plata. Era tan consentido el animal, que lo mismo se le veía en el curato que dentro de la iglesia. Las señoras más devotas, ésas que se pasan doce horas del día en el templo, le llevaban sus sopas sin dejar pasar una sola ocasión para preguntarle: ¿Eres casado?  Luego se marchaban diciendo que el loro era muy gracioso.

Todo iba bien, pero una mañana, después de los oficios, el cura invitó a las señoras a una reunión en la sacristía para tratar sobre las reparaciones urgentes que la iglesia necesitaba. Diez señoras arrebujadas en sus chales se aglomeraron a la puerta de la sacristía, seguidas del sacerdote, cuando en aquel cóncavo silencio sonó una voz, diciendo: ¡Hagan hilo, cabrestas!, y luego el mismo silbido largo y penetrante del arriero en los pasos difíciles del camino.

Fue un escándalo. Cura y señoras se volvieron asombrados ante aquella orden “arrieril”. Algunas de las damas se persignaban, denunciando que ¡al loro se le había metido el diablo! Y hasta le rociaron agua bendita.

Al día siguiente, el sacerdote, aunque explicándose inteligentemente el origen de aquel desagradable suceso, pero cediendo a las exigencias de las señoras organizadas en comisión, quienes pedían la muerte del deslenguado, optó por abrirle la jaula. Tras un ensayo de corto vuelo, el animal se lanzó por sobre los árboles, un tanto distantes, y luego sobre las sierras, en busca de sus selvas.

Fuente: Gregorio López y Fuentes “Arrieros” (1944).

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¿Caminos inseguros? ¡Viaje en caravana!

En zonas de conflicto o de creciente bandolerismo los caminos suelen ser inseguros y peligrosos: asaltos, robos, secuestros y asesinatos se repiten con frecuencia. Sin embargo, la gente tiene que seguir transitando, ya no tanto por placer, sino para satisfacer exigencias de trabajo, salud, relaciones familiares o de mera subsistencia.

La zona limítrofe de los estados de Jalisco, Zacatecas, Nayarit y Durango, que comprende más de 20 municipios, es todavía una de las más incomunicadas y deshabitadas del Occidente de México (http://www.mapascarreteras.com.mx/jal/), y además, escasamente vigilada por las autoridades encargadas de garantizar el orden público. Esto propicia el aumento de delitos en carretera y en las mismas poblaciones.

La criminalidad ha crecido tanto en esta región que, salvo en casos de extrema urgencia, la mayoría de la gente ya no viaja de noche por estos caminos; lo hacen de día y con las debidas precauciones.

Así las cosas, no extraña el mensaje emitido la semana pasada a través de la página de Facebook “Atolinga, Zacatecas” https://www.facebook.com/atolinga.zacatecas, municipio que limita con Totatiche, Jalisco, y que dice:
“Consejo: A todos los paisanos que piensan venir a México manejando (por carretera)… Pónganse de acuerdo para salir y verse todos en la frontera (de Estados Unidos). Se vienen en caravana y pidan apoyo de Seguridad Pública para que los escolten hasta su destino y eviten problemas de robo… Ya se ha hecho antes así y todo ha salido bien… Atolinga”.

¿Qué ocurre? Que como todos los años, decenas de miles de paisanos originarios de estos pueblos, que trabajan en los Estados Unidos, vienen en esta época a visitar a sus familiares, obviamente con algunos dólares en el bolsillo y regalos para sus seres queridos, pero muchos de ellos han sido asaltados en el camino y despojados de sus pertenencias.

Uno de los participantes en esta página, Eloy González, de Atolinga, pero residente en Chicago, escribió: “Da cosa leer ese consejo. ¿Es que las cosas están tan peligrosas en México?, ¿ya no se puede conducir un auto independientemente sin que te asalten?, ¿acaso no ganó el PRI?, ¿no regresarán las cosas a la normalidad?”

La recomendación de la página de Atolinga no hace más que retomar la costumbre de los viejos arrieros, quienes, cuando proliferaban los bandoleros, se ponían de acuerdo para salir a los caminos en grandes caravanas, generalmente armados, para defenderse de los ladrones. Esta tradición duró más de cuatro siglos, desde el XVI hasta mediados del XX.

Hoy día, dada la inseguridad que prevalece, la gente de trabajo se ve obligada a poner en práctica este elemental sentido de solidaridad, que es unirse para enfrentar a los delincuentes. Además, es correcto que las caravanas sean escoltadas por patrullas de policía, porque a diferencia del pasado, ahora la gente pacífica no tiene permiso para portar armas.

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Lo que dijo un arriero ebrio en Guadalajara

En Flor de Juegos Antiguos (1942), Yáñez narra lo sucedido en un pleito entre arrieros y músicos, en el popular barrio de San Juan de Dios, frente al Hospicio Cabañas (hoy Patrimonio de la Humanidad), en Guadalajara. Ahí refiere las bravatas de “un arriero viejo, barbón con barba blanca y ojos legañosos, calzonudo y con huaraches retejidos”, un tal Francisco Núñez, que al calor del tequila gritaba:

“Y que viva el Mesón del Tepopote, a donde llegan mis vales de Cocula y Autlán, por su mamacita, que mueran los indios blancos que vienen del Río Verde y llegan al Mesón del Nevado o al de las Palomas, mueran los de la Plaza de Toros y mueran los de Cuquío, por agarrados; que mueran los de Nochistlán, malas entrañas. Al cabo arrieros semos y en el camino andamos. En el camino de Estipac y Zapopan, Virgen mía bendita; en el camino de Zoquipan o en el de Jocotán. Échenme esos alacranes que vienen de San Cristóbal y duermen en el Escalón, naranjeros o carboneros que roban en el Pedregal. Ya me dijo la mesonera linda lo que le hicieron; pero un día nos encontraremos en el Taray o en Copalita y entonces sabrán quién es Francisco Núñez, su servidor. Échenme “la pajarera”, musiquitos de Zihuatlán y que viva su tierra; échenme “la pajarera” que me hace llorar por el recuerdo de una ingrata juilona… “cuando a México llegues, Rosita…” Eso es lindo, no más, y el tequila, y mi mula campanera que tiene bordado en la retranca el nombre de la juilona, vieja ingrata: ay va por los caminos, sonando la campana como quien dice: ay va Francisco Núñez el de la mejor recua de Amatitlán y que venga otra cosa que se le pare por delante en todo Jalisco. No me vayan yendo, muchachitos güenmozos, si al cabo no se los come Francisco Núñez, que cuando pasa por Orendáin tiene comida y cama; al que me voy a comer es al patrón don Cenobio, ese mentado Cenobio Orendáin que quiso burlarse de Francisco Núñez, madrugándole con la fondera de su rancho. No se me vayan cortando, muchachitos, epa, tú que tienes cara de coyote, les van a tocar a su salud el son de las abajeñas que son unas viejas trigueñas que pa qué les cuento…”

Fuente: Flor de Juegos Antiguos. Agustín Yáñez (1942)

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Consejos de un arriero al hijo que busca esposa

En su obra “Las Tierras Flacas” (1962), Yáñez habla de un viejo arriero, don Epifanio, que compendiaba su experiencia y sabiduría adquirida por aquellos caminos en un interminable chorro de refranes. Así, por ejemplo, cuando alguno de sus hijos quería casarse le soltaba los siguientes:

n  Gallo, caballo y mujer, por su raza has de escoger.

n  Caballo que llene las piernas, gallo que llene las manos y mujer que llene los brazos.

n  La comida y la mujer por los ojos han de entrar.

n  Con toro jugado, mucho cuidado.

n  La mujer mala o buena más quiere freno que espuela.

n  La mula es mula y cuando no patea recula.

n  La cobija y la mujer, suavecitas han de ser.

n  La que al toser te entienda, tiene buena rienda.

n  Al que se acuesta con luz, aunque le apaguen la vela.

n  Ni grullo ni grulla, ni mujer que arguya.

n  A tu palo, gavilana, y a tu matorral, coneja.

n  El freno a la yegua al diente y a la mula hasta la frente.

n  Yegua grulla o flor de durazno, mejor asno.

n  La mujer alta y delgada, y la yegua colorada.

n  Hijo de tu hija es tu nieto: hijo de tu hijo, quién sabe.

La fuerte dosis de machismo que contienen algunas de estas sentencias obedece obviamente a la época y circunstancias en que fueron acuñadas o divulgadas en México, durante el apogeo de la arriería, entre los siglos XVII y XIX. De cualquier manera, éstos y otros muchos refranes utilizados con frecuencia por los mayores, eran tomados muy en cuenta por los jóvenes, ya que “los dichos de los viejitos son evangelios chiquitos”.

Fuente: “Las Tierras Flacas”. Agustín Yáñez (1962)

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