Archivo por meses: agosto 2012

Los atajos casi desaparecen en la Cristiada

En tiempos de guerra no hay misericordia: el comercio, la industria, la agricultura, todo desmerece, excepto el afán de matar gente y de destruir lo que se pueda. Así ocurrió en tiempos de la Cristiada en México (1926-1929), cuando los atajos de los arrieros prácticamente desaparecieron del paisaje en el Occidente del país, donde “pegó” más fuerte esta revolución.

En su novela histórica Los Cristeros (1937), José Guadalupe de Anda refiere  lo ocurrido con la arriería y otros oficios durante la Guerra Santa: http://books.google.com.mx/books?id=3ED8ywkrZIIC&pg=PA377&lpg=PA377&dq=josé+guadalupe+de+anda&source=bl&ots=1jqh
“Y la llama de la rebelión se extiende arrolladora por toda la región de Los Altos.

“Hasta la gente de paz, hombres de buen sentido que no prestan oídos a las prédicas y propaganda subversiva, cuando los dejan con los brazos cruzados, sin bueyes ni semillas ni elementos con qué cultivar sus tierras, se ven obligados a incorporarse a las huestes cristeras, antes que morirse de hambre o de ir a mendigar a los pueblos…

“En los sembrados que quedan abandonados duele ver cómo las robustas mazorcas se inclinan hacia el surco, devolviendo a la tierra su generoso fruto, porque los hombres que debieron recogerlo se fueron a la guerra.

“El bullicioso cordón de los atajos, que jamás se cortaba, inyectando animación y vida a la región, ha desaparecido.

“Si acaso, una que otra recua de burros flacos y quejumbrosos, cargados con barañas de leña, aparece conducida por viejos de cara atribulada que se santiguan al tropezar con uno que otro colgado que penduleade las ramas de los árboles que bordean el camino…”

Fuente: José Guadalupe de Anda. “Los Cristeros” (1937)

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Mensajeros de Zapata y sus espías

Sabido es que el líder agrarista de México, Emiliano Zapata, fue arriero en su juventud, pero lo que poco se sabe es que ya como revolucionario, habiendo conocido bien los caminos del Estado de  Morelos y sus alrededores, el Caudillo del Sur se apoyó en los arrieros, sus antiguos compañeros, para combatir a las tropas federales.

Así lo ilustra el escritor veracruzano Gregorio López y Fuentes en su novela histórica Tierra (1932) cuando habla del coronel Eusebio Jáuregui, quien al ser capturado por los carrancistas, enemigos de Zapata, éstos lo reconocieron  como espía del zapatismo y hábilmente lo utilizaron para armar el complot que acabó con el asesinato del jefe guerrillero. http://es.wikipedia.org/wiki/Emiliano_Zapata

Esto es paradójico, porque los arrieros, que bien le sirvieron al Caudillo del Sur en su ascenso como revolucionario, finalmente, sin proponérselo siquiera, sólo como mensajeros contribuyeron a su ruina.

Resulta que Jáuregui, como prisionero de Jesús Guajardo, fue objeto de especiales consideraciones por parte de éste, hasta hacerle sentir que estaba dispuesto a pasarse al zapatismo, lo que aprovechó Jáuregui para enviar mensajes a su jefe Zapata, a través de conocidos arrieros, sobre la posibilidad de conseguir la adhesión del jefe carrancista.

“La respuesta no se hizo esperar”, dice Lópéz y Fuentes: “Otro arriero, arriando tres burros cargados, trajo, dentro de un  bulto de carne seca, una carta para Guajardo y otro papel con instrucciones para Jáuregui (de parte de Zapata). El mismo arriero se llevó la respuesta”.

Hubo un intercambio de comunicaciones, donde el traidor Guajardo se ganó la confianza del jefe zapatista, y lo demás es historia: se concretó la cita fatal en la Hacienda de Chinameca, Morelos, donde el Caudillo del Sur fue traicionado y acribillado el 10 de abril de 1919.

Fuente: Gregorio López y Fuentes. “Tierra” (1932)

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Los arrieros, respetados por bandos contrarios

En tiempos de guerra los arrieros fueron generalmente respetados por bandos contrarios, ya que en su función de llevar y traer víveres, correspondencia y noticias, servían a la comunidad en general. Sin embargo, no pocos practicantes de este noble oficio pagaron con su vida y con sus bienes la audacia de salir a los caminos en tan peligrosas circunstancias.

En su obra “Mi caballo, mi perro y mi rifle”, el escritor michoacano José Rubén Romero (1890-1952) http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Rub%C3%A9n_Romerohabla de un par de rebeldes, Julián y Ramiro, que en plena Revolución http://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_mexicanatuvieron necesidad de regresar urgentemente a su pueblo, porque a uno de ellos, Julián, se le murió su madre. Sin embargo, la plaza estaba tomada por el Ejército federal, de suerte que era muy riesgoso acercarse siquiera al poblado.

En estas condiciones, ambos revolucionarios urdieron disfrazarse de arrieros para poder entrar al pueblo, pero como no traían burros, echaron mano de dos que pastaban tranquilamente en una huerta, aún con el riesgo de toparse en el camino con el dueño de los mismos.

En la primera esquina del poblado levantábase una trinchera de adobes del alto de una persona, y al acercarse ambos rebeldes, les dieron el quién vive. Ramiro, atolondrado, contestó: “Dos burros, con unos arrieros. Digo mal, dos arrieros con unos burros”.

Guardaban la trinchera dos o tres soldados que, al verlos, los dejaron pasar sin más requisito. “Adelante”, dijeron.

“Luego de andar dos cuadras en tan buena compañía”, los rebeldes “dieron de mano a los animalitos, abandonándolos a su suerte”, y se fueron de prisa para evitar otro peligroso encuentro.

Así llegaron hasta la casa donde se velaba a la difunta.

Fuente: “Mi caballo, mi perro y mi rifle”. J. Rubén Romero (1936)

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Un hogar campesino del Siglo XIX

Entre los escenarios que dibuja el escritor veracruzano Gregorio López y Fuentes en su novela “Arrieros” (1944), destaca el de un hogar campesino al que en cierta ocasión llegaron unos arrieros en busca de alimentos. Un hogar como éste fue típico del Siglo XIX en México, pero muchos perduraron así hasta ya entrado el Siglo XX. Lo describe de la siguiente manera:

“Olía a tortillas de maíz nuevo y a café aguado. Un perro nos recibió, ladrando. Fue una mujer quien desde la puerta acallaba al animal. A la luz de un ocote, junto a la lumbre, cenaban un hombre y dos muchachos. Aquél, sin levantarse, nos invitó a pasar. La mujer nos dio bancos de madera. En torno de nosotros veíamos todo lo que era la casa: una cama de carrizos, la recámara; unos tenamaxtles negros, un comal, unas ollas y un metate http://www.diccionario-web.com.ar/largo/metate.html, la cocina; los bancos, junto a la lumbre, el comedor; en un tapanco de tres metros cúbicos, la despensa; de un ángulo pendían cobijas y ropas de manta; en otro ángulo colgaban un machete y una escopeta; debajo de la cama salían quejumbres de gatos recién nacidos y por otro lado se oía a una gallina decir ternezas a los pollos que apenas estaban picando el cascarón.

“Tanto la mujer como los enseres, denotaban limpieza. Las tortillas eran de maíz negro. El chile que los muchachos sopeaban en sus platos, era de un verde tierno. El hombre cuchareó por última vez con un pedazo de tortilla en el plato que sostenía sobre las rótulas y se levantó masticando con la boca bien llena. De un guajehttp://www.100porcienmexico.es/Bule/Bule.htm de cuello alargado, bebió cara al techo”.

Este escenario alude a la forma en que vivieron hasta ya entrado el Siglo XX muchos rancheros mexicanos, que no conocieron ni imaginaron siquiera la luz eléctrica, la cocina integral, la estufa de gas, la licuadora, el refrigerador, los muebles de sala y de comedor, mucho menos el radio, la televisión, el celular, la computadora e Internet.

Ciertamente, a la fecha ha cambiado mucho el estilo de vida en el campo mexicano, pero la pregunta fundamental es la siguiente: ¿Es la gente más feliz?

Bibliografía: Gregorio López y Fuentes. “Arrieros” (1944)

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