Archivo por meses: octubre 2012

Los rancheros


La arriería fue un oficio de rancheros. No todos los rancheros eran arrieros, pero por lo general todos los arrieros fueron rancheros, porque sólo ellos tenían la capacidad de trabajar habitualmente con bestias de carga. La gente de ciudad, dedicada a otros menesteres, aprovechaba bien los servicios del arriero, pero no conocía el oficio.
El ranchero, tan ligado a la arriería, tenía un perfil muy característico. La plaza del mercado en Veracruz es un documento anónimo escrito probablemente por un extranjero, quizás inglés, a quien tocó vivir el final de la guerra de Independencia de México (1821). Este documento hace una descripción interesante del puerto jarocho en el Siglo XIX, con sus diferentes clases sociales, y refiriéndose al ranchero o modesto agricultor, dice lo siguiente:
El ranchero mexicano cuando no está ocupado en la venta de sus productos en el mercado, viene cruzando la campiña sobre su pequeño, briosísimo y muy enjaezado corcel al que obliga a hacer cabriolas y con el que se precipita en el mercado como un caballero. Jala con rudeza del caballo, levantando así mucho polvo, y en medio de un gran tintineo producido por los botones y ornamentos de plata y latón se apea envuelto en la nube de polvo y arena que ha levantado, como alguien que hubiera realizado una proeza magistral digna de ser admirada, entrando a la plaza con aire de potentado, con airosa vanagloria, consciente de la admiración general y ansioso de mostrar en reciprocidad una cortesía amplia a todo el mundo… Las bridas de su caballo son de plata maciza, porta un cuchillo de hoja muy ancha (machete) o una espada que cuelga elegante y amenazadoramente del cinturón y se cimbra suavemente junto a su muslo izquierdo. Constantemente saluda quitándose el sombrero y estirando el brazo a todo lo que éste pueda dar, pero apenas sonríe.

Si el apreciable lector desea más información sobre el origen y desarrollo del caballo en México, lo invito a leer el siguiente artículo:
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El gigante de Amatlán

                          Tomasón, acompañado por dos niños en el Museo de Guadalajara.

   Tomás Gómez Hernández, mejor conocido como Tomasón (1863-1924), originario de Amatlán de Cañas, Nay., se distinguió por dos cosas: su extraordinaria estatura (2.30 m.) y el gusto por la arriería, a la que dedicó su vida entera, salvo unos meses en que trabajó como portero en el Museo Regional de Guadalajara.
   En su reciente obra Vidas Amatlenses (2012), el profesor Óscar Luna Prado dedica un capítulo a este personaje, nacido el 27 de diciembre de 1863 en el rancho Agua Fría, municipio de Amatlán. Murió el 6 de enero de 1924, a la edad de 61 años.
   Tomasón disfrutaba recorrer los caminos atascosos, polvorientos y pedregosos con su atajo de burros, unos 14, en los que transportaba de un lugar a otro productos del campo, víveres y correspondencia. Viajaba a diferentes lugares, principalmente a Guadalajara, donde cultivó buenas amistades.
   Cuando iba a su pueblo llevaba burros cargados de leña, pero en ocasiones, sobre todo en tiempo de aguas, los asnos se resistían a cruzar ciertos obstáculos, como arroyos o cercas de alambre. Entonces, Tomasón, que además de alto, era muy fuerte, abrazaba a cada burro con todo y carga y en peso los pasaba al otro lado.
   Vestía de manta y guaraches, portando siempre el tradicional cinturón de cuero llamado víbora que servía para guardar las monedas de plata con las que hacía sus  transacciones.
   Su gusto era recorrer mundo, de suerte que en uno de sus viajes a los Estados Unidos regresó casado con una jovencita norteña, llamada Josefa Flores, con quien procreó dos hijas de nombre María de Encarnación y María de Jesús.
Fue portero del Museo Regional de Guadalajara
  En 1923 el director del Museo de Guadalajara, Ixca Farías, lo contrató como portero del edificio, pagándole dos pesos diarios con derecho a vivienda y medicinas, ya que para entonces, según diagnósticos médicos, padecía tuberculosis. Sin embargo, sus amigos le aconsejaron que tuviera cuidado porque la intención era matarlo, momificarlo y exhibirlo en el propio museo, para admiración de los turistas.
   Por su condición de gigante, Tomasón fue un personaje altamente anecdótico. Se dice que cuando asistía a misa y toda la gente se hincaba a la hora de la consagración, él sobresalía, hincado, entre los demás, y no faltaba quien dijera: ¡Ése que está parado que se hinque!
Otras anécdotas interesantes
  Cierta vez, cuando trataba negocios en una tienda de su pueblo, dos hombres empezaron a discutir por un puerco que se metió al corral de uno de ellos. Tomasón les pidió repetidas veces que se callaran porque no lo dejaban oír, pero éstos, en vez de callarse, se mentaron la madre y se trenzaron a golpes. Entonces, Tomasón tomó a cada uno por la cintura y los subió al tejado de la tienda; ahí los dejó hasta que otros paisanos llevaron una escalera para bajarlos.
   En otra ocasión varios hombres se esforzaban para subir una campana a la torre de la iglesia, pero al no poder con ella fueron a pedirle ayuda a Tomasón, quien la levantó y subió solo.
   Quienes conocieron a Tomasón o escribieron sobre él, entre ellos el historiador Ignacio Dávila Garibi, nunca se pusieron de acuerdo sobre la verdadera altura de este arriero gigante. Algunos llegaron a calcularle hasta 2.40 m. Sin embargo, de acuerdo con el maestro Luna Prado, también originario de Amatlán, no debió medir más de 2.30 m., aunque según versiones de quienes asistieron a su velorio, al morir se estiró y creció más. Por cierto que su tumba en el Panteón de Amatlán, que lleva su nombre, es obviamente la más grande.
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Honradez a toda prueba

El naturalista y botánico austriaco Carl Bartholomaeus Heller, en su libro Viajes por México en los años 1845-1848, a pesar de enjuiciar severamente a diversos sectores de la sociedad mexicana, sobre todo la alta, a la que censura sus excesos, destaca sin embargo la probada honestidad de los arrieros. Refiriéndose a un sitio de su viaje entre Veracruz y Córdoba, este escritor comenta:
Junto con nosotros llegó una recua de mulas, algunos cientos en número, cargadas con mercancías para la capital, y el lugar antes desierto se animó de manera desusada. Los arrieros, con su original vestimenta, que consiste en pantalones blancos sobre los cuales llevan otros de cuero (llamados “calzoneras”), muy abiertos al costado y adornados con muchos botoncitos, una faja roja en la que llevan su cuchillo y un sombrero ancho bordado en plata u oro, se arremolinaban en el lugar para descargar las mulas, lo que hicieron con rapidez increíble.

Otros se afanaban preparando maíz con forraje y llevando las bestias al abrevadero, en tanto que algunos más encendían fuego para preparar su propia comida. Al aproximarse la noche, estos diversos grupos proporcionaban una imagen interesante y lamento no poder sino insinuarla apenas con la pluma.

Entre todos los mexicanos –afirma Heller- el arriero es el más ajetreado y como tal el más honrado. Si se ha llegado a un acuerdo con ellos sobre el costo de un envío y el tiempo de entrega, se les puede confiar cualquier mercancía sin temor; la entregarán con toda certeza puntualmente, a menos que se interpongan accidentes inesperados […]

Por cierto que en el tristemente célebre Río Frío, población localizada en los límites de los estados de México y Puebla http://es.wikipedia.org/wiki/R%C3%ADo_Fr%C3%ADo_de_Ju%C3%A1rez, el viajero encontró a un posadero alemán, de quien dice:
Construyó un refugio donde es posible hallar una muy buena mesa y bebidas reconfortantes de buena calidad. No pude menos que preguntarle cómo se le había ocurrido asentarse en un lugar que se encontraba formalmente en el centro de todas las bandas de ladrones de México. Pero me contestó que el negocio le proporcionaba buenos ingresos, ya que vivía, y estaba obligado a vivir, en buenas relaciones tanto con los viajeros como con los bandidos, si no quería exponerse al peligro de ser asesinado por éstos en una mala hora. Y de hecho, este hombre vive desde hace años en Río Frío y es una persona muy respetada; ha ofrecido a muchos viajeros despojados, algo de dinero y vestidos. Su albergue es uno de los más benéficos del país.

En anterior entrega de Arrieros de México hablamos del capitán George Francis Lyon, de la Marina Real Inglesa, quien viajó por México en 1826 y dio testimonio sobre la proverbial honradez de los arrieros. Es significativo que Heller coincida después en esta opinión, compartida desde luego por la sociedad mexicana.

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Viajar en hamaca debió ser una delicia

Traslado de un señor azteca (Códice Panes Abellán) 

Debido a que nuestros antepasados indígenas no disponían de bestias de carga ni conocían la rueda en su función vehicular, tuvieron que ingeniárselas para transportar durante viajes largos a personajes o incapacitados, razón por la cual dieron en usar habitualmente hamacas para cargarlos.
Sobre este singular medio de transporte, al que no pudo resistirse ni el gran benefactor de los indios, fray Bartolomé de las Casas, nos ilustra el fraile dominico Tomás de la Torre en su libro “Desde Salamanca, España, hasta Ciudad Real, Chiapas. Diario del viaje. 1544-1545”.
Explica De la Torre que “los indios atan los extremos de la hamaca a una vara recia y de una parte y de otra llevan sobre los hombros al que va en ella sentadoEs cosa bien apacible ir allí, aunque algunos se almarean y en estas duermen comúnmente los indios […] Estas usan ellos para llevar a sus señores y principales y a los enfermos y en estas andan ahora las mujeres de Castilla que van en camino y aun los españoles se hacen llevar en estas cuando van a sus pueblos…”

Tal testimonio demuestra que a algunos españoles les encantó el singular y comodino medio de movilizarse, aunque a otros les parecía una ofensa en contra de la dignidad de los indígenas, como era el caso del obispo fray Bartolomé de las Casas, enemigo acérrimo de las hamacas (como vehículo).
Pero al fin de cuentas ni el mismo Bartolomé pudo nada contra la “voluntad divina”, pues durante este viaje tuvo que doblar las manos ante la fiebre que le impedía caminar, aceptando el ruego de sus compañeros para subirse a la hamaca y continuar el viaje a Ciudad Real.
Dice De la Torre que aunque ya iba casi muerto por la calentura, el padre vicario no quería “entrar en hamaca y lo tenía por sacrilegio; pero allí no pudo dejar de condescender con el ruego de los padres más antiguos…”

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