Archivo por meses: abril 2013

Los mesones de antaño

Entrada al Mesón de Jobito en Zacatecas.

   Comparados con los modernos hoteles de lujo, los mesones mexicanos de antaño dejaban mucho qué desear en materia de higiene y comodidades. Creados para  la convivencia del hombre con las bestias, la mayoría de los mesones no mejoraron en nada el ambiente de sus antecesoras, las ventas españolas, es decir, pisos sucios, paredes pintarrajeadas con obscenidades y cuartos desnudos las más de las veces, pero repletos de piojos, pulgas, mosquitos, chinches y demás bichos voladores y rastreros.

El turismo, una novedad en el siglo XIX


   Lo cierto es que en el tiempo de los mesones, que se prolongó hasta mediados del siglo XX (funcionaba por lo menos un mesón en cada pueblo y decenas en las grandes ciudades), tampoco había turismo exigente. La costumbre de viajar era todavía una novedad en México a mediados del siglo XIX, y por lo mismo no existía infraestructura de servicios para el viajero, excepto lo esencial para el descanso y alimentación de los arrieros y sus recuas.

   Cuando personas de mayor nivel económico y social tenían necesidad de viajar, no se hospedaban en mesones, sino que habitualmente llegaban a la casa de algún amigo, en tanto que los aristócratas poseían lujosas mansiones en las grandes ciudades, además de haciendas provistas con todas las comodidades de la época.


También hubo posadas calificadas como excelentes


   Tanto en tiempos de la Colonia como mucho después, también hubo posadas calificadas como excelentes por los viajeros; entre otras,  Joel R. Poinsett describe la ubicada antes de la Guerra de Independencia en Arroyo Seco, por el camino de México a Querétaro; ésta fue incendiada durante la insurrección, aunque conservó algunos buenos aposentos, entre ellos el del posadero.

   Pero en general, dice Poinsett, los cuartos de los mesones que recorrió eran tristes e incómodos, paredes que una vez fueron blancas, pisos de tierra, una tosca mesa de pino con las patas enterradas en el suelo, una banca del mismo material y factura fijada de igual modo, inamovibles las dos, quizás para que los viajeros no se las llevaran de recuerdo.

   Por su parte, en Veracruz, William Bullock no encuentra para alojarse más que un cuarto inmundo con un agujero, llamado pomposamente ventana, que da a una sala de billar y que posee por todo mobiliario una silla y una cama cubierta de sábanas húmedas y sucias. Cuando protesta, el posadero lo mira sorprendido y le dice que ya lo sabe, pero que no tiene más; refunfuñando, nuestro viajero pasa la noche acurrucado en una silla, cubierto con su capote, sin poder conciliar el sueño porque las riñas de los jugadores y las pulgas lo mantienen despierto.


Casas de Diligencia desde 1830


   A su vez, Mathieu de Fossey asegura que hasta 1828 los albergues carecían de camas y los viajeros dormían en el suelo utilizando sus sarapes, sus ropas o, con suerte, un colchón.

   Para 1830 ya se habían establecido las Casas de La Diligencia por la ruta México-Veracruz, para atender a los viajeros que usaban ese medio de transporte, mejorando así los servicios de atención al turista, que incluían alojamiento y alimentación aceptables.


   Fuente: Margo Glantz. Viajes en México. Secretaría de Obras Públicas (1972).

   Imagen: De la página Temas Zacatecanos en Facebook.

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Vehículos terrestres del siglo XIX

La litera. Agradable forma de viajar.

   El transporte habitual en México se realizó desde el siglo XVI en caravanas de mulas guiadas por arrieros, pero con el tiempo, de acuerdo a las necesidades de los viajeros, se desarrollaron otros medios, como fueron: la diligencia, la litera, el carricoche, la calesa, la volanta y la carreta, hasta llegar, en el siglo XIX, al ferrocarril y al automóvil.

   Clásica es la figura pesada de la diligencia, vehículo tosco, fuerte y seguro, con cupo para seis y hasta ocho pasajeros. El equipaje se acomodaba atrás del carruaje, tirado por diez mulas y gobernado por cocheros y mozos montados a caballo. Por caminos generalmente accidentados, este carruaje corría a la fantástica velocidad de ¡ocho kilómetros  por hora!

   Hacia 1805 ya había servicio de línea de diligencias entre la Ciudad de México y Puebla.


La litera, agradable forma de viajar


   Otro vehículo era la litera, cajón de dos metros de largo por uno de ancho, con tres varillas perpendiculares en cada lado que servían de sostén para un techo y cortinas de tela y algodón. Este cajón se llevaba por medio de varas largas sostenidas por cuatro cargadores, o bien, por correas de cuero suspendidas en las albardas de las mulas. Tan curioso vehículo llevaba un colchón extendido en el fondo, para que el viajero se recostara cómodamente y pudiera dormir o leer a su gusto; agradable forma de viajar, a menos de que las mulas se espantaran y se desbocaran o de que los cargadores condujeran ebrios, como sucedió más de alguna vez.


Carricoche, calesa, volanta y carretas


   El carricoche, variante de la litera, era un vagón ancho montado sobre dos ruedas, cubierto con una lona para protegerse del sol y con un colchón para que dos personas se extendieran cómodamente. Cabían cuatro pasajeros en el mismo vagón, si iban sentados.

   Otro tipo de carruaje que iba seguido por una carreta donde se acomodaban los equipajes, era la calesa, así como la volanta, coche parecido al cabriolet francés, vehículo pequeño tirado por tres mulas y conducido por un postillón.

   Con frecuencia se utilizó, además, el convoy de carretas, dirigidas por arrieros, donde se instalaba el equipaje de los viajeros montados a caballo.


El voluminoso equipaje de los viajeros


   Cabe anotar que el equipaje de los pasajeros de aquel tiempo era por lo común muy voluminoso, porque no sólo tenían que llevar la ropa necesaria para cualquier tipo de viaje, sino también la que resistían los distintos climas que atravesaban; además, debían cargar con los enseres necesarios para dormir en las posadas y también con suficientes provisiones para comer durante largas jornadas.

   Estos medios de transporte, con todo el sistema de la arriería, empezaron a desaparecer en las diversas regiones del país a medida que aumentaban la red ferroviaria y las carreteras pavimentadas.


Llegada del ferrocarril y del automóvil a México


   El primer tren entró en servicio en un tramo de 11 kilómetros, entre Veracruz y El Molino, el 16 de septiembre de 1850. Para 1869 ya había comunicación ferroviaria entre México y Puebla, y para 1873, hasta Veracruz.

   Fue hasta 1895 cuando rodó en la Ciudad de México el primer automóvil. Su propietario, don Fernando de Teresa, lo condujo una noche, ante el asombro general, ¡a 16 kilómetros por hora!, el doble del promedio de velocidad de una diligencia.


   Fuente: Margo Glantz. Viajes en México.  Secretaría de Obras Públicas (1972).

   Imagen: Brantz Mayer. Mexico as it was and as it is (1844).



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Los viejos caminos reales

Un arriero orienta a un grupo de viajeros.

   A partir del siglo XVI empezó en la Nueva España la apertura de caminos reales para satisfacer las necesidades del comercio. Estos caminos siguieron muchas veces las rutas trazadas por los antiguos mercaderes indígenas que abastecían a los principales centros de población, como lo fue la gran Tenochtitlan, cabecera del Imperio Azteca.

   De esta manera, durante la Colonia cobraron importancia los caminos México-Puebla-Jalapa-Veracruz, para el comercio con Europa; México-Cuernavaca-Acapulco, para el comercio con Filipinas; México-Querétaro-Guanajuato-Guadalajara, para el  Occidente del país; México-Aguascalientes-Zacatecas-Durango-Chihuahua, hacia el Norte; México-Toluca-Morelia, Guadalajara-Tepic-San Blas y Guadalajara-Colima, en el Occidente; Tampico-Tula-San Luis Potosí-Aguascalientes, entre la Costa del Golfo y el Altiplano, así como Puebla-Tehuacán-Oaxaca y Veracruz-Alvarado-Coatzacoalcos-Campeche y Mérida, para el Sureste, entre otros.


Pésimo estado de los caminos


   Todos estos caminos, incluso los más transitados, como el de México-Veracruz, se mantuvieron durante los tres siglos de la Colonia, y mucho después, en muy mal estado; cualquier camino vecinal de Inglaterra, decía un viajero del siglo XIX, sería mejor que el de Veracruz. Es más: la primera carretera pavimentada del país, que es la de México-Nuevo Laredo, inaugurada en 1925, no tiene 100 años en servicio.

   Los  viejos caminos reales, por donde traficaban miles de arrieros con sus recuas, permitían el paso de carruajes; su anchura era por lo general la de un carruaje; muchas veces los viajeros tenían que descender de sus vehículos para que estos pudieran avanzar a través de las montañas por caminos vertiginosos y escarpados. Obvio es señalar que los viajes largos entre una región y otra del país, que hoy se realizan en unas cuantas horas, entonces duraban semanas y meses.


Por senderos de lobos, entre bandidos y sin mapa


   La red de caminos reales se ampliaba a través de numerosos caminos vecinales, que no eran más que senderos por los que apenas podía desplazarse un hombre montado a caballo, o un arriero que seguía a su mula: “Tristes senderos abiertos en la espesura”, “caminos intransitables, espinosos, que conducen al Paraíso”, “caminos de lobos”, se quejaban los primeros turistas del siglo XIX.

   Los caminos del Norte y los del Sureste, al cortarse abruptamente por los ríos, era necesario atravesarlos hundiéndose con la cabalgadura hasta el cuello, utilizar un ferry, o rodear grandes extensiones para evitarlos. En las selvas, las barcazas y las canoas cumplían esta función.


El arriero, indispensable como guía


   Tanto los caminos reales como los vecinales estuvieron muchas veces infestados de bandidos, que asaltaban, robaban y mataban a no pocos de los que se aventuraban a transitarlos, principalmente después de alcanzada la Independencia nacional, en 1821, hasta principios del gobierno del general Porfirio Díaz, a fines del siglo XIX, quien ejerció mano dura contra el bandolerismo.

   Y para colmo de males,con frecuencia los viajeros se extraviaban en estos caminos, por falta de mapas. Así las cosas, fue muy común en aquel tiempo contratar los servicios de guías, que no eran otros que los arrieros, conocedores como nadie de sus respectivas rutas.


   Fuente: Viajes en México. Secretaría de Obras Públicas (1972).

   Imagen: Imágenes históricas de Guadalajara en Facebook.

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El encuentro de Maximiliano y Mariano Escobedo

 
General Mariano Escobedo.
 
   Figuraos al antiguo arriero, al mozo de mulas, al guerrillero, discutiendo con un archiduque, con un hombre que ha vencido en la disputa hombres como Lord Palmerston y Cavour… Vamos, vamos, que ardo en deseos de darle un buen varapelo a Escobedo y probarle que frente a frente no somos iguales ni me vence.
   Tal expresión pone el escritor Victoriano Salado Álvarez en su drama Querétaro, en boca del emperador Maximiliano, poco antes de que éste se rindiera personalmente ante el general Mariano Escobedo, jefe de Operaciones del Ejército Republicano, en 1867.
   Hasta los 25 años de edad, Escobedo se dedicó a la agricultura, al comercio y a la arriería, especializándose en el arreo de ganado entre su natal San Pablo de los Labradores, en Nuevo León, y Matehuala y Saltillo, en el Norte de México. Este conocimiento de las bestias y de los hombres, así como de los intrincados caminos del país, lo llevó más tarde al exitoso desempeño de altas responsabilidades militares, como lo fue la toma de Querétaro, que definió el triunfo de los liberales ante el ejército conservador.
   En el drama mencionado, Salado Álvarez describe el encuentro entre Escobedo y Maximiliano, quien ya prisionero, al principio dio poca importancia al personaje con quien hablaba, diciéndole que prefería tratar con Benito Juárez, pero luego comprendió su situación, y más tarde se quejó ante los suyos:
   Habéis de estar entendidos de que, en vez de que Escobedo me esperara, como era razón, compungido y lleno de temor, me aguardaba, por el contrario, repleto de orgullo y con un tonillo autoritario que daba grima.
   Escobedo entendía que Maximiliano, un hombre de buena fe, pero engañado por quienes él creía sus amigos de Europa y de México, habría de ser fusilado, como de hecho lo fue el 19 de junio de 1867.
   Fuente: Victoriano Salado Álvarez. Querétaro (1902-1906).
   Para mayor información sobre el tema, recomiendo al apreciable lector el siguiente artículo: http://suite101.net/article/arrieros-notables-de-mexico-a59688#axzz2QDsRoYLu

 

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Melchor Ocampo hace la felicidad de un arriero

Melchor Ocampo.

   Llamado el Santo de la Reforma por su gran generosidad, Melchor Ocampo (1814-1861), autor de la epístola que lleva su nombre y que hasta hace poco se leía a todas las parejas casadas por lo civil en México, muy joven aún recibió por vía de herencia la Hacienda de Pateo, en su natal Michoacán, donde adquirió el gusto por la agricultura, interesándose además por el trabajo y la suerte de los peones.

   Un día en que Melchor presidía la cosecha de trigo en su hacienda -narra Victoriano Salado Álvarez-, los arrieros acudían con sus bestias para cargar el grano y conducirlo a los molinos inmediatos. Fue entonces cuando un pobrecillo con un macho paticojo, la pechera cayéndose a pedazos de puro usada, un viejo sombrero de palma en la cabeza y un aspecto de miseria triste, de inferioridad resignada, de bondad y mansedumbre que oprimían el ánimo, dijo a un compañero señalando un montón de trigo.

   -Yo sería dichoso si me dieran eso.

   Le oyó el Santo de la Reforma, y encarándosele le preguntó:

   -¿Por qué se considera usted dichoso con tan poco?

   -¡Oh, señor! –respondió el pobre-, porque con eso tendría para comprar una recua, realizar utilidades y contar con un punterito para mantención de mi familia.

   -Pues lléveselo, es suyo –dijo el grande hombre; y en seguida mandó le pusieran el trigo en sacos y lo cargaran en media docena de mulas que le regaló.

   Sobra decir que con esta singular manera de administrar la riqueza la Hacienda de Pateo fue declarada en quiebra a la vuelta de pocos años. Melchor se dedicó luego a la política, habiendo sido gobernador de su Estado, senador de la República y ministro de Relaciones y de Guerra en el gobierno de Benito Juárez, durante la Guerra de Reforma.

   Ocampo fue fusilado y colgado de un árbol en la Hacienda de Caltengo en 1861, sin proceso de causa, por órdenes de los generales conservadores Leonardo Márquez y Félix Zuloaga.


   Fuentes: Victoriano Salado Álvarez. La Reforma. Episodios Nacionales (1902).     Enciclopedia de México (1978).

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