Archivo por meses: junio 2013

La maravillosa Cruz de Zacate


La Cruz de Zacate. Tepic, Nay.

   Fue un joven arriero quien, según Domingo Lázaro de Arregui, descubrió en el año 1619, en Tepic, hoy capital del Estado de Nayarit, la maravillosa Cruz de Zacate, que a la fecha, a cuatro siglos de distancia, luce tan verde, fresca y lozana como en el día de su aparición. ¿Es éste un prodigio natural o divino? Cada quien puede sacar sus conclusiones. Los hechos son los siguientes:

   Existe una tradición de que la cruz apareció en 1540, pero el primer historiador que documenta el hecho es Arregui, quien en su Descripción de la Nueva Galicia dice que fue en 1619 cuando cerca de Tepic, habitado entonces por 40 indios y 15 españoles dedicados al acarreo de sal con recuas de mulas, iba un mozo arreando unas bestias, montado en una yegua, cuando de pronto ésta se detuvo y, por más que la espoleaba, ya no quiso caminar.
   Fue entonces cuando vio en el suelo una cruz de zacate bien proporcionada, que se formaba con tierra esponjada respecto al área colindante, y recortada por vereditas de casi tres varas de largo y de más de una vara de ancho (la vara mexicana vale 0.838 metros).

   Había también diferencia entre la hierba que formaba la cruz y la del resto del campo, ya que mientras la primera era menuda, corta y espaciada, la restante era alta y espesa.

   Volvió el arriero a Tepic, y al dar razón de ello, fue mucha gente a ver la cruz, y las mujeres comenzaron a coger de esta yerba para curar enfermedades. Luego se hizo una ramadilla para decir misa y así quedó hasta hoy continuando la gente pía en aprovecharse de la piedra y yerba, y Nuestro Señor en darles con ella buenos sucesos con que corre nombre que hace milagros, dice Arregui en su informe de 1622.


Se erigió un santuario y luego un convento franciscano


   Pronto fue construido al lado de la cruz un santuario, considerado en 1694 por el jesuita Francisco Florencia como uno de los más célebres de la Nueva Galicia. Y en 1784 se edificó a un costado de la iglesia el convento franciscano donde vivió el famoso misionero fray Junípero Serra, fundador de las Californias.

   Varios autores se han ocupado de este raro fenómeno, entre ellos Rafael Landívar, quien en su obra Rusticatio Mexicana (1781) dice que la cruz verdeguea cubierta de florido césped, sin morir nunca, no se reseca por el frío invernal, y ni siquiera se amarilla con las rígidas escarchas. Antes bien –agrega-, mientras languidecen los campos del pueblo bajo el hielo, ella sola mantiene sin desmayar el verdor de su mullida hierba.

   No es menos de admirar –añade Landívar– el desusado prodigio por el cual la cruz, como traspasada por agudos clavos, en el lugar propio de éstos produce siempre tres espigas que sobresalen del resto del césped, verdes al mismo tiempo que éste. Y más aún, la cruz maravillosa, taladrada en el costado, en el lugar de la llaga (donde la lanza cruel descubrió el corazón), muestra una abertura que mana rojo caudal.

   Por otra parte, se dice que durante la Guerra de Reforma, que enfrentó en el siglo XIX a  conservadores y liberales, el coronel Antonio Rojas destruyó la Cruz de Zacate, pero que ésta milagrosamente brotó de nuevo.


Aún los no creyentes admiran lo inexplicable del milagro


   Hoy se ubica en el mismo sitio la Parroquia de la Santa Cruz de Zacate, entre Calzada de la Cruz y Ejército Nacional, Zona Centro, de la ciudad de Tepic. El templo alberga, protegida por altos muros y una reja de hierro, la legendaria cruz, a la que se siguen atribuyendo muchos milagros, según los exvotos de mármol ahí colocados.
    La Diócesis de Tepic asegura que la Cruz de Zacate no recibe cultivo alguno, ni en tiempos de lluvias, ni en las secas, ni en temporada invernal. Por todo ello los fieles católicos la consideramos como una bendición de Dios, y hay que resaltar que aún los no creyentes admiran lo inexplicable del milagro.
Iglesia y convento de la Cruz de Zacate. Tepic, Nay.

   Obras consultadas: Descripción de la Nueva Galicia, de Domingo Lázaro de Arregui (1622) y Rusticatio Mexicana, de Rafael Saldívar (1781).
   Fotografías tomadas por el autor el 9 de junio de 2013.
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Don Luis de Velasco, un hombre de a caballo


   Don Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, virrey de la Nueva España entre 1550 y 1564, no sólo pasó a la historia como un gobernante prudente y justiciero al defender a los indígenas contra abusos de los mineros, liberar a 15 mil esclavos ilegales y abolir la encomienda, sino también como un gran caballista, muy diestro y afamado en las artes de la brida y de la jineta y notable impulsor de los deportes hípicos.


Creó la silla vaquera y el freno mexicano


   Dadas sus aficiones hípicas –dice Artemio de Valle-Arizpe-, impulsó mucho en la Nueva España el ganado caballar y mejoró razas con cruzas de potros andaluces y con los bellos, finos, elegantes, de Arabia. Él reformó la silla de montar que trajeron a México los españoles conquistadores y que era la de uso corriente en España. Creó no sólo la silla vaquera, sino el freno mexicano, con el que tan bien se rigen y dominan las caballerías más indómitas, haciéndolas dóciles a cualquier leve llamado de la rienda que les transmite la voluntad del jinete. A esa silla y a ese freno se les dio su nombre ilustre: se les decía “de los llamados Luis de Velasco”. Así se expresa claro en una merced dada en tiempos del virrey don Martín Enríquez de Almanza a dos caciques indios, para que pudiesen, como gracia muy señalada, andar a caballo, pues los indios tenían terminantemente prohibido el cabalgar, cosa que sólo se permitía a los naturales de España o a los criollos.


Poseía los mejores caballos del mundo, y los regalaba


   Juan Suárez de Peralta, cuñado del conquistador Hernán Cortés, asegura que don Luis de Velasco poseía en la Ciudad de México la mejor caballeriza que ha tenido príncipe alguno, porque tuvo los mejores caballos del mundo, y muchos, y muy liberal en dallos a quien le parecía.

   El mismo Suárez de Peralta, al calificar a este virrey como muy lindo hombre de a caballo, dice que tenía la más principal casa que señor la tuvo, y gastó mucho en honrar la tierra. Dio gran impulso a los juegos de cañas*, en los  que participaba con entusiasmo. Era su costumbre ir todos los sábados al campo, al bosque de Chapultepec, donde tenía de ordinario media docena de toros bravísimos, y mandó construir ahí un lindo toril donde se corriesen. Iba  acompañado de todos los principales de la ciudad, que serían como cien hombres de a caballo, y a todos y a criados les daba de comer, y el plato que hacía aquel día era banquete; y esto hizo hasta que murió. Vivían todos contentos con él, que no se trataba de otra cosa que de regocijos y fiestas.

   Nótese que apenas habían pasado 30 años de la toma de Tenochtitlan por Cortés, y al tiempo que se instalaba la arriería como principal sistema de transporte y comercio del país, florecía también el gusto por el caballo y sus deportes, en una tradición que está próxima a cumplir 500 años.


   *Juego de cañas: Juego de origen militar árabe, celebrado en plazas mayores de España y sus dominios entre los siglos XVI y XVIII. Consistía en hileras de hombres montados a caballo (normalmente nobles) tirándose cañas a modo de lanzas o dardos y parándolas con el escudo. Se hacían cargas de combate, escapando en círculos o semicírculos en grupos de hileras.

   Obras consultadas: Artemio de Valle-Arizpe. Virreyes y virreinas de la Nueva España (1933). Enciclopedia de México (1977). Imagen: Wikipedia.

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Los caballos de Nueva España


   Con once caballos y cinco yeguas inició en 1519 el conquistador español Hernán Cortés la reproducción equina de México, y en los casi cinco siglos que distan de aquella fecha se han multiplicado tanto que hoy suman cerca de siete millones de ejemplares, ocupando este país el tercer lugar mundial en producción de caballos, después de Estados Unidos y China.

   Desde las primeras décadas de la Colonia los equinos encontraron en México un campo fértil para reproducirse, de suerte que a fines del siglo XVI el notable poeta Bernardo de Balbuena ya destaca en su obra maestra “Grandeza Mexicana” la gallardía, brío, ferocidad, coraje y gala de México y su gran caballería.


Recuas, carros, carretas, carretones…


   Nacido en Valdepeñas, España, Bernardo de Balbuena (1562-1627) fue traído por su padre a Nueva España, a la región de Nueva Galicia, formada por los actuales estados de Jalisco y Nayarit, donde tuvo oportunidad de intimar con la Naturaleza y las bondades del campo. En su largo poema Grandeza Mexicana, Bernardo hace una espléndida alabanza de la Ciudad de México y su intenso comercio:

   Recuas, carros, carretas, carretones,

De plata, oro, riquezas, bastimentos

Cargados salen, y entran a montones […]

   Arrieros, oficiales, contratantes,

Cachopines, soldados, mercaderes,

Galanes, caballeros, pleiteantes […]

   Anchos caminos, puertos principales

Por tierra y agua a cuanto el gusto pide

Y pueden alcanzar deseos mortales.


La gallardía de México y su gran caballería


   Más adelante, al hacer un elogio de los centauros fieros, que en confuso escuadrón rompen sus llanos, de carrera veloz y pies ligeros, el poeta evoca en varios tercetos las hazañas de jinetes y caballos famosos de la historia, para concluir que nada ni nadie podrá contrahacer la gallardía, brío, ferocidad, coraje y gala de México y su gran caballería.

   Comparando después a México con la gran caballeriza del dios Marte, hace Bernardo una bella descripción de las razas de equinos que ya entonces poblaban el país, como el castaño colérico, que al aire vence si el acicate le espolea; el tostado alazán, el remendado overo, el valiente y galán rucio rodado, el rosillo cubierto de rocío, el blanco en negras moscas salpicado, el zaino ferocísimo y adusto, el galán ceniciento gateado, el negro endino de ánimo robusto, el cebruno fantástico, el picazo engañoso y el bayo al freno justo.


Los caballos son del campo, no de la ciudad


   Finalmente, el gran poeta se duele de que los caballos pasen la vida en la ciudad, lejos del campo, su natural hábitat:

   En el campo están ricos los caballos,

Allí tienen su pasto y lozanía,

Darles otro lugar es violentallos.

   No hay jaez de tan rica pedrería,

Ni corte tan soberbia y populosa

Que no les sea sin él melancolía.


   Obra consultada: Bernardo de Balbuena. La Grandeza Mexicana (1604).
   Imagen: Óleo de Rodrigo Barba. Museo de los Cinco Pueblos. Tepic, Nay.


   Para más información sobre el origen y desarrollo del caballo en México, recomiendo al apreciado lector el siguiente artículo:

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Nadie como ellos disfrutó el paisaje

Así lucía el Salto de Juanacatlán.
   Los modernos medios de transporte, como el ferrocarril, el automóvil y el aeroplano, desde su aparición en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, trajeron a los viajeros comodidades y ahorros en tiempo y recursos que jamás soñaron. Sin embargo, el precio pagado por ello fue tan alto que se perdió el contacto íntimo con la Naturaleza que el hombre de a caballo había establecido como forma de vida en México durante cuatro siglos.
   Sí, porque no es lo mismo cruzar llanuras y montañas a velocidades de 80 y 100 kilómetros por hora, o peor aún, a bordo de un avión entre las nubes, que apreciar paso a paso, a lomo de mula, las bellezas del paisaje, las montañas y los ríos, las cascadas, los colores del campo, el lenguaje de los animales, los sonidos de la noche, y disfrutar además el contacto directo con las tradiciones y costumbres de los pueblos.
   Abundan los testimonios de visitantes extranjeros que, lejos todavía de la velocidad impuesta por la vida moderna, tuvieron ocasión de gozar esta relación íntima con el paisaje mexicano en los tiempos en que no se podía viajar más que a lomo de bestia, en cómodas literas o en el mejor de los casos, a bordo de diligencias.
   Asombran los relatos de viajeros, testigos de imponentes espectáculos naturales que no vieron ni verán ya las nuevas generaciones, porque incluso algunos de ellos se han perdido para siempre.
Esplendor y muerte de una maravilla natural
 
Esto es lo que ha quedado de aquel prodigio.
 
   El Salto de Juanacatlán, sobre el Río Santiago, al Sureste de Guadalajara, que fue hasta hace unas décadas la admiración de propios y extraños, a la fecha se encuentra lamentablemente reducido a unos cuantos chorros de aguas pútridas y malolientes que matan hasta el zacate.
   Esta maravilla de la Naturaleza fue visitada en 1824 por el viajero italiano Giacomo Constantino Beltrami. Así la vio:
   El río se abre paso a través de un “seminario” de rocas dispersas en una pendiente; después se inclina sin tropiezos sobre una de las bocas del precipicio y ofrece una extensión de agua cristalina que se desliza sin ruido. Allí, entre mil curvas, se precipita fogosamente y se levanta en mil pequeñas cascadas separadas; en otro lugar parece una cuna estrecha, para precipitarse después con toda su enorme masa desde una gran altura con un ruido ensordecedor; más lejos, serpentea entre pequeñas islas y rocía árboles majestuosos, cuya sombra desparrama mil colores sobre las ondas; luego se oye que muge, pero ya no se le ve hasta que reaparece en el fondo de un abismo, escapando con gran furia del precipicio que quiere encadenarlo. Me encantaría poder pintar este espectáculo, pero me es imposible. Dudo mucho que los poetas y los pintores más hábiles puedan reproducir este lugar tal y como la Naturaleza lo ha creado; se agotan en él todo lo que de ideal tienen lo bello y lo horrible, y creo imposible que pueda encontrarse algo parecido (El aspecto de las cataratas del Niágara que vi después, no hizo más que confirmar mi opinión). La noche cayó y ocultó este espectáculo maravilloso. Vayamos a soñar con él…
La estúpida indiferencia
    El propio Beltrami comenta luego que cuando regresó a Guadalajara las gentes se sorprendían y aún se burlaban del éxtasis que tal prodigio natural había producido en su alma, y curiosamente, dice, nadie le habló de esto en la ciudad, ni aún las personas más distinguidas de la provincia. “Otro efecto más de esta estupidez, de esta indiferencia asiática”, afirma.
   Tal apatía ante los valores de la Naturaleza, que por lo visto data de  muchos años, es lo que ha provocado la pérdida ¿irreversible? del bello Salto de Juanacatlán. ¡Qué vergüenza!
    Obra consultada: Beltrami, J.C.  Le Mexique. Paris, Crevot, 1830.
     Imágenes: Página de Coplaur Guadalajara en Facebook.

 

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