Archivo por meses: octubre 2013

El charro, jinete mexicano vestido de fiesta

Tienda Charra y Vaquera en F.

   El charro es el jinete mexicano vestido de fiesta, lleno de colorido y adornos que le dieron nombre, un tanto despectivo, cuando los españoles decían que los jinetes mestizos vestían muy “charramente”. Porque el traje del ranchero mexicano no es ya el traje del caballero español, sino algo más propio: pantalón ceñido, para ayudar a las maniobras del lazo; camisa fina y bordada; corbata de colores chillantes, en forma de moño y mariposa; y el ancho sombrero jarano, lleno de galones de plata.

   Los hijos  de  españoles nacidos en México, los criollos, fueron los directos herederos de la caballería hispana, y con sus servidores indígenas adaptaron las monturas, las sillas, los estribos y las espuelas de los guerreros hispanos, para hacerlas útiles a los vaqueros y hombres de campo, criollos y mestizos. Así entraron los primeros elementos mexicanos en la caballería, la arriería y la charrería.

Protagonista de la Historia de México

   La Historia de México se llena con la figura del charro, bizarra a través de sus mejores épocas. Como insurgente peleó en las huestes de Miguel Hidalgo y José María Morelos; como chinaco luchó contra el invasor francés; como rural militó a las órdenes de los revolucionarios vestidos de cuero, como Emiliano Zapata y Pancho Villa. Fue cochero y guardián de diligencias, cuando los caminos reales eran largas sendas de polvo, como fue luego caporal y jinete en todas las rutas.

   El charro mexicano, gallardo y valiente, lo mismo empuña el machete o la pistola que desata la reata o pulsa la guitarra; igual se arranca en su caballo lanzando el grito abierto de rebelión o de guerra, que florea el lazo en las hermosas fiestas charras. Este arte típico del floreo con la reata, lo mismo ejecutado a pie que a caballo, parado que a la carrera, distingue al mexicano de los jinetes de otras partes del mundo, porque no hay crinolinas tan artísticas como las suyas, en las que el lazo nunca pierde su móvil característico de dura y flexible circunferencia. En el coleo, en el jaripeo, en el jineteo, en la herrada, es siempre el mismo charro, el mestizo mexicano, bravo y sentimental.

Traje, sombrero y sarape

   El vistoso traje charro es hoy más ajustado y más cerrado en la parte baja; la chaqueta cubre pecho y espalda hasta la cintura, y el sombrero se ha arriscado y crecido. Esta indumentaria se complementa con el sarape, que ya usaban los indígenas desde antes de la Conquista. De las coloridas mantas indígenas, amplias y capaces de cubrir todo el cuerpo y llevarse como airosas capas, colgando de los hombros, los mestizos pasaron al sarape corto y angosto de los charros, que con gallardía se lleva doblado sobre un hombro. Así como el rebozo es el manto de la china poblana, el sarape es la cobija del charro y ambos lo portan sobre los hombros.

Obra consultada: Heriberto García Rivas. Dádivas de México al mundo. Ediciones Especiales de Excélsior. 1965.

Imagen: Tienda Charra y Vaquera en Facebook.

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La doma de caballos

Aventando el lazo. Mexico como fue y como es. Brantz Mayer (1844).

   La doma de caballos, tan antigua como su domesticación, debió practicarse en México desde el siglo XVI, cuando aparecieron las primeras manadas. Es Rafael Landívar quien nos ilustra sobre esta actividad durante el siglo XVIII, que fue cuando él publicó su famoso poema “Rusticatio mexicana”, bello canto a la Naturaleza:

   “Si algún vaquero, famoso por su valentía, ambicionara amansar un alado corcel con duro freno, elige luego uno de entre las muchas manadas, y lo encierra cuidadosamente en los corrales que se levantan cerca de las estancias de la casa, mientras sus compañeros aspiran a emularlo.

   “Haciendo entonces girar repetidamente el lazo con la mano en alto, aprisiona el caballo y apoyándose con todo el cuerpo lo asegura, hasta que algunos jóvenes acometivos viniendo en su ayuda, sujeten con otros lazos al rebelde, que ataca a mordiscos y coces, y ágiles con el cabestro complicado le ciñen el hocico.

   “Salta luego el jinete al grueso lomo, que aquéllos enjaezaron, y el bárbaro conduce por la dilatada llanura al alípede lanzado desde el fondo de los corrales. Mas el caballo enfurecido enarca el lomo y ora se endereza de manos, ora de cabeza patea el aire y se desespera por disparar al que se sienta en su dorso.

   “Pero el amansador aprieta con ambas corvas los espumantes lomos del bruto y maneja erguido las riendas, con las cuales lo frena, lo hace dar una larga vuelta, lo espolea frecuentemente y reprime en medio de la yerba, hasta que domado el cuadrúpedo a fuerza de pruebas lo enseñe a recorrer la pradera con paso educado”.

    Hasta aquí la cita de Landívar sobre la doma de caballos, quien como ya vimos en anterior entrada de este blog se refiere también, en su misma obra, a las manadas de equinos, algunas de ellas salvajes, que aparecieron desde la segunda mitad del siglo XVI en llanuras mexicanas.

    Obra consultadaRusticatio Mexicana, publicada en 1781 por Rafael Landívar. Imagen: México como fue y como es. Brantz Mayer (1844).

      Artículo relacionado: Cómo gobierna un caballo a su manada.

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Cómo gobierna un caballo a una manada de yeguas

Estampida III. Foto Juan Ángel Peña Enríquez.

   Entre las cosas curiosas que narra el escritor Rafael Landívar en su obra “Rusticatio Mexicana” figura la forma en que un caballo garañón gobierna a una manada de yeguas. Sucede que en el siglo XVIII, al que se refiere Landívar, ya se habían multiplicado en algunas llanuras mexicanas las manadas de caballos salvajes y semisalvajes, que aparecieron desde la segunda mitad del siglo XVI.

   A las manadas controladas por los ganaderos se refiere seguramente Landívar cuando dice que “el agricultor ara los campos y deja a los ganados vagar por dondequiera sin pastor, en compañía de sus crías.” En su bello estilo poético este notable escritor describe cómo un brioso corcel gobierna a su manada:

Seducción, castigo y premio, la clave

   “Entre todos sobresale a primera vista por su arrogante hermosura, el níveo caballo de negra cola admirable. Alborotada la crin sobre el cuello, lomo y orejas, crespa la cola y garganta retorcida, fiero, por los campos de oro, acojinados de yerba, golpea la llanura con su casco resonante; y a la cabeza de numerosa manada de yeguas las conduce paseándose por el campo delicioso. Si alguna, tarda, desdeña seguirlo en su marcha, el corcel la excita luego con agudo relincho, y una y otra vez llamará a la rezagada. Mas si la hembra inmóvil rehusara obedecer, a menudo caerá con furiosos mordiscos sobre la perezosa y la reducirá, presa de terror, a la manada.

   “Con todo, (el garañón) no amenaza castigar a cada rato a las yeguas; antes bien, solícito, las lleva con sus tiernas crías a los pastos reverdecidos y a que apaguen la sed a los arroyos. De regreso al llano feraz, las mueve a tomar sombra bajo los fresnos añosos. Después la muchedumbre de briosos cuadrúpedos, nacidos de noble sangre, merecedores de añadirse a las rápidas cuadrigas del sol, sin ley vagan libres por los campos…”

   Las manadas constan de 24 yeguas, guiadas por un caballo; y según la amplitud y riqueza de los ranchos ganaderos solía haber de 40 a 80 manadas. Incluso algunos preferían que las yeguas de toda manada fueran del mismo color que el del garañón.

Caballos salvajes en la llanura mexicana

   Apenas había pasado medio siglo de la toma de Tenochtitlan por el conquistador Hernán Cortés cuando ya se reportaba la existencia de caballos salvajes en algunas llanuras mexicanas.

   Los caballos habían sido introducidos a México por Cortés, pero algunos que se desbandaron en las primeras batallas de la conquista, se fueron al monte y se volvieron salvajes con el tiempo, logrando sobrevivir en sabanas y bosques, hasta constituir grandes manadas.

   Al mismo tiempo, desde las primeras décadas de la Colonia las autoridades virreinales promovieron los criaderos de caballos, mulas y asnos por toda la Nueva España a fin de satisfacer la creciente demanda de estos animales para el transporte de personas y mercancías.

Manadas hasta de 40 mil animales

   Todavía en el siglo XIX, grandes conjuntos de caballos y toros salvajes, de hasta 40 mil animales, recorrían algunas llanuras, principalmente en el Sur y en el Sureste.

   Lo mismo pasó con el asno salvaje, que rivalizaba en fiereza con el puma y vivió en algunas serranías, siendo cazado por las tropas, por peligroso.

   Obras consultadas: Dádivas de México al mundo, de Heriberto García Rivas. Ediciones Especiales de Excélsior. 1965. Rusticatio Mexicana, publicada en 1781 por Rafael Landívar. Antigüedades de la Nueva España, de Francisco Hernández (1517-1578).

  Imagen: “La Estampida”. Grupo escultórico de Jorge de la Peña en Guadalajara. Fotografía de Juan Ángel Peña Enríquez.

   Artículo relacionado: Los primeros criaderos de caballos.

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