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La Feria de San Juan: ¡Qué feria!

Vendedores de dulces en San Juan de los L. en Wikipedia.

Vendedora de dulces en San Juan de los Lagos, Jal.

   A los mexicanos nos encantan las ferias. Ahí donde hay música, comida, comercio, diversión y gente, mucha gente, acudimos sin falta. No hay fiesta profana o religiosa en la que no se organice una feria con mucho comercio, reuniones, juegos mecánicos y de azar y diversiones variadas, sin faltar la venta de tradicionales antojitos, acompañados de bebidas populares y cohetes y fuegos de artificio. Una de las ferias más famosas fue la de San Juan de los Lagos, Jalisco, en el Siglo XIX.

   Las ferias no son, de ninguna manera, de origen mexicano, pero los mexicanos hemos hecho de ellas algo muy propio, alegre, colorido y exclusivo.

  En el México antiguo los indígenas tenían mercados establecidos donde vendían infinidad de cosas propias e importadas, y a donde acudían agoreros, músicos, cancionistas y atletas que exhibían sus facultades. Una vez conquistado el territorio por los españoles, las ferias se organizaron a la manera europea, pero sin desechar los elementos indígenas, lográndose así una interesante mezcla de tradiciones.

La Feria de Acapulco, entre las primeras de América

   Las primeras grandes ferias de América fueron las celebradas en el puerto de Acapulco, que reunían a mercaderes, arrieros, agentes de compras y vendedores que llegaban al lugar a esperar la nao de China, procedente de las Filipinas. Ahí se recibían joyas, telas, objetos de arte, especias y otros productos de China, India y Filipinas, y se recogían el oro, la plata, los tintes y las curiosidades mexicanas.

   La Feria de Acapulco revistió carácter internacional, ya que llegaba a ella gente de toda la América Hispana, de España y de otros países europeos. El barón de Humboldt llegó a considerarla, en sus crónicas, como “la más renombrada del mundo”.

  Ahí se mezclaban marinos, mercaderes, arrieros con sus recuas, aventureros, cirqueros, tahúres, coheteros, peregrinos, indios y toda gente de feria y fiesta, que en eso se convertía la ocasión.

Fama nacional e internacional de la Feria de San Juan

   Muy famosa en tiempos de la Colonia y ya muy entrado el Siglo XIX fue la Feria de San Juan de los Lagos, pequeña población de Jalisco, que con su virgen milagrosa, era cita general de nacionales y extranjeros, a donde llegaban manufacturas procedentes de Francia, Inglaterra y Alemania.

  Manuel Payno, en “Los Bandidos de Río Frío”, informa que año tras año, por el mes de diciembre, llegaban de San Blas y Mazatlán hatajos de mulas con lencería inglesa y alemana, cristal y loza; de Veracruz, sedería de lujo y mil dijes y curiosidades de joyería y mercería francesa; de Chihuahua, carros que parecían casas, tirados por diez o doce mulas gigantes, llenos de algodón y de cobre, de tejos de oro y de mil otros productos; de Nuevo México, numerosas pastorías de carneros de fino y espeso vellón blanco, todos con la cabeza negra; de Texas, carros parecidos a los de Chihuahua, cargados de lienzos de algodón ordinarios, de loza corriente y de ferretería e instrumentos de labranza; de Tamaulipas, partidas de mulas que eran vendidas al más alto precio a causa de su alzada y su hermosura.

   Llamaba la atención en la Feria de San Juan la cantidad y variedad de dulces: Camotes de Querétaro, camotitos de Santa Clara de Puebla, calabazates de Guadalajara, uvates de Aguascalientes, guayabates de Morelia, turrones y colaciones de México, pero con tal profusión y de tan bella apariencia, que daba gusto recorrer las hileras de mesas llenas de esas golosinas, que formaban una larga calle.

Y las mujeres: alegres, animosas y festivas

  En la feria se encontraban mujeres poblanas, tapatías, zacatecanas, aguascalienteñas, sanmigueleñas, queretanas, sanluiseñas, tamaulipecas, chihuahueñas, morelianas, sinaloenses, veracruzanas y oaxaqueñas, que llegando a San Juan, después de largos viajes en mulas, caballos o en carros de dos ruedas, se aseaban, se ponían sus mejores prendas y comenzaban a circular, curiosas y vivarachas, por las calles de improvisadas plazas, llenando de alegría y de animación la festividad comercial y religiosa.

   El pueblo, polvoriento y sucio los once meses del año, se transformaba en diciembre. Las fachadas de las casas se sacudían o se pintaban; la iglesia se cubría de colgaduras rojas, de macetas de flores y de ramos, y se veía alumbrada día y noche con velas de cera en todos los altares. Las calles pedregosas se medio arreglaban, los caminos y avenidas se disponían de modo que fuese más fácil el tránsito de tanto coche, de tantas recuas de mulas, carros grandes y pesados, y de dos ruedas y ligeros, que conducían de todos los ángulos de la República a pasajeros y mercancías.

Ciudad improvisada con madera, lona y lienzo

   Vigas apenas labradas, clavos y muchas piezas de lona y lienzo, de algodón ordinario, eran los materiales para las improvisadas construcciones: Plaza de gallos, teatro principal, donde se representaban sainetes y hasta comedias enteras por actores de México; salón de títeres, cafés, fondas y hoteles, pero todo de lo más frágil, de lo más ligero.

   Y afuera de la ciudad los campamentos para los carros y almacenes de mercancías, para los hatos de las diversas recuas de arrieros que conducían de todas partes del país vino, aguardientes, ropa, semillas y cuanto Dios creó, y se esperaban todo el tiempo de la feria para lograr cargas de retorno. Y las pastorías de carneros, los caballos, las muladas en corrales formados de vigas y atendidos con buenas pasturas, pilas de agua y revolcaderos. Los cerdos y burros en corrales cerraban este inmenso círculo, que hacía horizontes y se perdía de vista entre los pliegues del terreno.

Muy de mañana empezaba el ajetreo

   A las ocho de la mañana comenzaba el movimiento en todos sentidos. El desayuno era lo más urgente: La variedad de panes, bizcochos y bebidas calientes, las ordeñas de gordas vacas negras que se establecían en el centro de la ciudad improvisada; los gritos particulares de los que vendían sabrosas golosinas; las músicas ambulantes de bandolones, guitarras y jaranitas que entonaban cancioncillas del país para llamar la atención de los muchos que iban y venían, y el afán de los comerciantes y vendedores de mil y mil cosas raras y curiosas.

   Luego, las puertas de la capilla se abrían de par en par, los altares se iluminaban profusamente con cirios de cera, las campanas llamaban a los fieles con sus sonidos agudos, y el cura, revestido con una pesada casulla bordada de oro y rojo, sacaba la custodia del sagrario y, con fe y ternura, bendecía a los miles de gentes que se reunían en San Juan en esa época del año.

   Obras consultadas: Manuel Payno. Los Bandidos de Río Frío. Promexa Editores. México. 1979. Heriberto García Rivas. Dádivas de México al Mundo. Ediciones Especiales de Excélsior. 1965.

   Imagen: Wikipedia.

   Artículo relacionado: Las cinco mulas cambujas.

 

 

 

 

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Los arrieros de minas: el difícil comienzo

Caminos hacia el Norte de Nueva España.

   Una vez fundadas las ciudades mineras de Zacatecas y Guanajuato, para el año 1551 el camino México-Zacatecas era ya muy transitado. Por él se hacía el traslado de productos minerales a la ciudad de México, así como el abastecimiento de víveres a las nuevas poblaciones.

   En los primeros años se utilizó para el transporte de víveres a los indios cargadores llamados tamemes. Sus espaldas fueron indispensables para abastecer a las minas del Norte hasta que, con la multiplicación de los criaderos de equinos, pudo normalizarse el sistema de la arriería.

   Hacia 1555 el camino México-Zacatecas había mejorado lo suficiente no sólo para el tránsito de las conductas o recuas que transportaban el mineral, sino también para carros y carretas que ya para entonces empezaban a construirse en gran escala.

Pero estalló la Guerra Chichimeca

   Sin embargo, por ese mismo tiempo estalló la Guerra Chichimeca, que hicieron los indios a los conquistadores españoles con el ánimo de recuperar los territorios perdidos y escapar de la esclavitud a que eran sometidos.

   Pronto se tiñeron de sangre los nuevos caminos de la plata, que fueron el primer objetivo de los ataques chichimecas. Su táctica favorita era  la emboscada, y su arma principal, el arco y la flecha.

Y luego proliferaron los bandidos

   Terminó la guerra a fines del siglo XVI y se abrieron nuevas plantas de extracción de la plata, adonde llegaban las conductas de las minas. Ahí eran trituradas las piedras minerales mediante el trabajo de innumerables mulas, que día y noche daban vueltas y vueltas a los molinos.

   Como estas haciendas de beneficio eran instalaciones muy costosas, no era posible que cada mina tuviera una privada, por lo cual se establecían cerca de las minas más ricas, y a ellas eran llevados los minerales de toda la región. Las conductas de mineral, primero compuestas de recuas de mulas y más tarde de carromatos de bueyes o mulas, llevaban las piedras que habrían de ser beneficiadas, por malos caminos siempre acechados por bandoleros.

Asaltos a los arrieros y a los ricos mineros

   Para evitar los asaltos de las gavillas de bandidos, las conductas empezaron a ser custodiadas por guardias armados, campesinos o mineros que, no pudiendo ya trabajar en sus menesteres por estar enfermos o viejos, se empleaban así, exponiendo de todos modos su vida.

   Cuando los dueños de las minas viajaban en sus lujosos coches o diligencias, eran también acompañados por guardias jóvenes y fuertes, muy bien vestidos y armados, que daban brillo a las comitivas.

   Sin embargo, por la misma riqueza que llevaban señores y guardias, esas conductas eran las preferidas de los bandidos para asaltarlas, pues pedían rescate por las personas de los mineros ricos y sus familias que llegaban a secuestrar.

   Así de azaroso fue el comienzo y desarrollo de la arriería de minas.

  Obras consultadas: Philip W. Powell. La Guerra Chichimeca (1550-1600) FCE. 1977. Heriberto García Rivas. Dádivas de México al mundo. Ediciones Especiales de Excélsior. 1965

   Artículo relacionado: El origen arriero de Guanajuato.

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El origen arriero de Guanajuato

Guanajuato, Gto., Méx. De P. Guanajuato, Guanajuato, México en F.

Vista de Guanajuato, Gto.

   Guanajuato debe a los arrieros su origen y prosperidad minera. Una vez fundada la ciudad de Zacatecas, en 1546, fueron los arrieros los encargados de transportar los productos minerales a la capital de la Nueva España para su beneficio. El camino por donde transitaban sus recuas, abierto en ese tiempo por el virrey Antonio de Mendoza y ya para entonces infestado de bandidos, pasaba por los hoy territorios de Guanajuato y Querétaro.

Dos arrieros en busca de fortuna

   Fue así como en 1548, según cuentan los cronistas, se encontraron en una ocasión dos hombres que iban con sus muladas a probar fortuna. Acamparon en un lugar del camino y acordaron continuar su viaje juntos, para defenderse mejor de los bandoleros que asaltaban las conductas minerales. Uno de ellos, Pedro, contó a su compañero que había heredado de su padre el oficio de arriero, con lo que se había sostenido toda la vida, pero que en la capital del virreinato había mucha competencia, por lo que había resuelto marchar hacia el Norte, a los minerales, en busca de mejor suerte.

   El otro, llamado Martín Rodrigo, era también arriero de profesión, joven que sólo contaba con dos mulas para dar comienzo a un negocio propio. Como era de noche, se dispusieron ambos arrieros a encender una fogata para protegerse del frío nocturno y calentar sus alimentos, para lo cual recogieron algunas piedras, entre las que amontonaron ramas secas, a las cuales prendieron fuego.

Las piedras de la fogata empezaron a brillar

   Mientras cenaban, ambos arrieros se dieron cuenta que con la lumbre las piedras empezaron a resaltar brillantes puntos metálicos que se encendían como el oro y la plata nativa, y examinando detenidamente esos puntos, vieron que se trataba de finos metales, mejores que los hallados en Zacatecas.

   Dieron gracias a Dios y a Santa María y procedieron, a la luz de la fogata, a escarbar en los alrededores de ella para encontrar la veta, hasta dar con ella. Cubrieron su tesoro con ramas e inmediatamente partieron para el cercano pueblo de Yuriria, donde inscribieron su hallazgo y solicitaron merced real para abrir y trabajar la primera mina de Guanajuato, misma que bautizaron con el nombre de San Bernabé, que fue más tarde sólo una veta de la fabulosa mina de La Luz. A ésta siguió la de San Juan de Rayas, encontrada en forma similar por otro afortunado arriero que la descubrió en el año 1550.

   Nació así, gracias a la arriería, la ciudad minera de Guanajuato, una de las más ricas de la época colonial. A la fecha ocupa todavía el primer lugar nacional en la producción de oro y el cuarto en plata.

  Obra consultada: Heriberto García Rivas. Dádivas de México al mundo. Ediciones Especiales de Excélsior. 1965.

   Imagen: De la página Guanajuato, Guanajuato, MÉXICO en Facebook.

   Artículo relacionado: Los primeros caminos de México.

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