Archivo por meses: marzo 2014

Arrieros y mujeres en México: un amor en cada pueblo

marichidearrieros

   Gracias a sus refranes, que acuñaron en abundancia, es posible conocer hoy el pensamiento de los arrieros acerca de las mujeres, y a su vez, el concepto de ellas sobre estos singulares comerciantes, transportistas y comunicadores, que dominaron los caminos de México durante más de cuatro siglos.

Amor de arriero, si te vi ya no me acuerdo

   La infidelidad del arriero fue proverbial. Uno de los dichos populares que reflejan con mayor claridad su concepto sobre el amor es precisamente: “Amor de arriero, si te vi ya no me acuerdo”.

   Por lo general, el arriero se dedicó a su familia, esposa e hijos, cuya seguridad y bienestar le preocupaban durante sus viajes, pero por la naturaleza misma de su oficio, que exigía prolongadas ausencias de su hogar, consideraba normal tener otros amores en los pueblos que visitaba, en una relación meramente ocasional.

   “Hay tres clases de tarugos –decía el arriero-: el que brinda con el dependiente, el que monta sin barboquejo y el que baila con su mujer”.

Al arriero no le faltaban oportunidades de amar

Mesón de Jobito (Zac) en P. Temas Zacatecanos en F

Mesón de Jobito, en Zacatecas.

   El arriero debía hospedarse y alimentarse frecuentemente en mesones, donde casi siempre, durante las obligadas horas de descanso, había oportunidades para amar y ser amado.

   De ahí el refrán que advierte: “No compres asno de recuero ni te cases con hija de mesonero“. Y es que la reputación de la hija de mesonero no era buena, porque “parece que no echa un brinco, y hasta las laderas salta”.

   Además, la época favorecía al machismo:  De ahí el dicho: “La india quiere al arriero cuando es más lépero y fiero” y “No le hace que nazcan tuertos con tal de que miren bien”.

Estrategia del arriero en el arte del amor

   Sin embargo, “Más vale maña que fuerza“. Este dicho lo aplicaban los arrieros en la práctica de su oficio y también en el arte de amar, ya que, si bien es cierto, fueron por lo general machistas, sabían que “El que es corto no entra al cielo, y el que es largo se atraviesa”, pero cuando las cosas no iban bien se consolaban diciendo: “Déjalas que corcoveen que ya tomarán su paso”.

Quien de su casa se aleja no la halla como la deja

Familia campesina. Cortesía de Patricia Delgadillo en Imágenes histórics de Guadalajara, Mexico en F

   Claro está que la infidelidad del arriero tenía sus consecuencias. Cuando la esposa sospechaba que su marido no andaba en buenos pasos, también sabía qué hacer. De ahí el refrán: “Quien de su casa se aleja no la halla como la deja”, o “A los dos nos gusta el trote, aunque nos zangolotee”.

   Las discusiones de pareja por cuestiones de infidelidad debieron ser muy frecuentes. Esto lo revelan refranes como:

  • “Ahora lo verás guarache, ya apareció tu correa”.
  • Solo te queda lo que a los burros viejos, el puro rebuznido“.
  • Al que no le guste el fuste, que lo tire y monte en pelo”.
  • “La gracia no está en cantar sino en hacer gorgoritos”.
  • “Por eso los hacen pandos, porque los montan tiernitos”.
  • Ya no quiero la harina sino los costales”.
  • “Que pase la creciente para pasar el río”.
  • “!Ay reata no te revientes que es el último jalón!”

Entre machos y mulas nomás las patadas se oyen

Arre mulitas. De P. César Mauricio Hinojosa Mendez en F

   Total, que “Entre machos y mulas nomás las patadas se oyen”.

   Infieles los arrieros, ni quien lo dude, pero de acuerdo con sus dichos, algunas de sus mujeres “tampoco cantaban mal las rancheras”; por ello recomendaron: “Mulita no te me buigas mientras que te aprieto el cincho” y “Mula triscona y mujer inquieta, con un sobornal de tierra, !quieta!”.

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Casos insólitos de mujeres arrieras en México

 Eulogia

Doña Eulogia Villagrana, una de las últimas arrieras de México.

   Hay actividades en las que aún hoy no es común que participe la mujer; una de ellas es la milicia, donde tradicionalmente ha sido limitada su participación, sobre todo en combate; otra es la función sacerdotal, que al menos en la religión católica está vedada a la mujer, y una más, las jefaturas de Estado, alcanzadas hasta ahora por muy pocas mujeres.

La arriería, un trabajo pesado y peligroso

   La arriería, por sus características de trabajo pesado y peligroso, nació y se desarrolló como un oficio exclusivo de varones. Cargar y descargar bestias y lidiar con ellas no es ciertamente un empleo propio de mujeres; al menos eso fue lo que se pensó durante siglos, pero hubo excepciones como las hay en todas las reglas. Una de ellas fue la Monja Alférez, famosa en México hacia la primera mitad del siglo XVII, y otro ejemplo, mucho más reciente, doña Eulogia Villagrana, de Villa Guerrero, Jalisco, una de las últimas arrieras del país.

La Monja Alférez, pionera de la arriería en México

Catalina_de_Erauso

Catalina de Erauso, la Monja Alférez.

   Digna sucesora de los intrépidos arrieros de la Nueva España, Catalina de Erauso, mejor conocida como la Monja Alférez, nació en San Sebastián de Guipúzcoa, España, en 1592, y murió en Cuetlaxtla, México, en 1650.

   Desde la edad de cuatro años la tomó a su cargo la madre sor Úrsula de Unzúa y Sarasti, priora del convento de dominicos y hermana de su madre. A los 15 años tuvo un fuerte altercado con una religiosa y huyó del convento, refugiándose en un bosque en donde permaneció tres días y adoptó el traje de hombre.

   Luego de varias correrías por España, donde desempeñó diversos oficios, marchó hacia América en un barco mandado por Esteban Eugenio, tío suyo, hermano de su madre. Sentó plaza de soldado en Chile, donde alcanzó el grado de alférez.

   Su natural inquieto la envolvió en varias pendencias, en las que causó heridas a sus adversarios. Involucrada en un duelo, dio muerte, sin saberlo, a su propio hermano, el capitán Miguel de Erauso. La encarcelaron, pero se las arregló para lograr su libertad.

Arriera de mulas y dueña de una posada en el camino México-Veracruz

   La Monja Alférez aparece luego en el camino de México a Veracruz, dueña de una posada y traficando en calidad de arriera de mulas. En esta ocasión, Catalina, con el nombre de Alonso Ramírez o don Antonio, se dedicó exclusivamente a su oficio.

   En reconocimiento a sus méritos, Felipe IV la recompensó con una pensión, en tanto que el Papa Urbano VIII no sólo la perdonó sino que la autorizó para seguir usando el traje masculino.

   “Por lo demás, ella es para los mexicanos en el oficio noble de la arriería, el más ilustre de sus decanos“, dice Salvador Ortiz Vidales en su obra “La Arriería en México” (1929).

Doña Eulogia Villagrana, entre las últimas arrieras mexicanas

Cerro de la Leona. Foto, Alan Puga. P. Municipio de Villa Guerrero en F.

Los caminos de doña Eulogia. El Cerro de la Leona.

   Doña Eulogia Villagrana Vicencio nació en Nóstic, municipio de Mezquitic, Jalisco, el 13 de septiembre de 1903. Murió en Villa Guerrero, Jalisco, el 20 de abril de 1995, luego de haber dedicado a la arriería la mayor parte de su vida.

   Cuando era joven, doña Eulogia ayudaba a su padre y hermanos, todos ellos arrieros, a cargar y descargar burros; luego se casó, pero a la vuelta de unos años enviudó, y como no conocía más medio de subsistencia que la arriería, abrazó de lleno este oficio para mantener a sus hijos.

  Empezó cargando naranjas, plátanos y cañas y luego transportaba mercancía de los comerciantes de Villa Guerrero hasta Los Amoles, en el cordón de la Sierra Huichola, a día y medio de camino. A su regreso de la sierra, traía madera.

   Acompañada de dos de sus hijas y arriando ocho burros, dice doña  Eulogia, “salía de Villa Guerrero oscura la mañana y me quedaba a dormir en Toros Gachos, arriba de Patoltita, y al día siguiente subía a la cumbre de la sierra para llegar allá como al mediodía”.

   Pistola en mano supo hacerse respetar hasta por los bandidos

   La figura de doña Eulogia, resuelta y brava, supo hacerse respetar y dejar corridos a quienes trataron de asaltarla en los abruptos y solitarios caminos de la Sierra Huichola.

   En más de una ocasión le salieron los bandidos, pero armada con una pistola 38 Súper los hizo huir.

   Al preguntarle qué opinaba de los arrieros hombres, dijo: “Yo a los únicos que necesité una vez les pagué su flete, pero ya no me quedaron ganas de ocuparlos, me cobraron muy caro”.

   La mujer, apoyo fundamental del hombre en la arriería

   Si bien es cierto, son raros los casos de mujeres que participaron directamente en el trabajo arriero, su papel fue fundamental en el apoyo a los arrieros varones, desde la preparación de sus alimentos para el viaje -especiales para el caso-, hasta la atención de los negocios domésticos durante sus prolongadas ausencias. Simplemente, sin ellas no hubiera existido la arriería.

    Artículo relacionado: Auge y ocaso de la arriería en México.

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La prohibición del calzón blanco en México

Exvoto del Sr. de los RAyos

Retablo del Señor de los Rayos en Temastián, Jal., a fines del siglo XIX, donde resalta el atuendo común del calzón blanco.

   Prohibir el calzón blanco y hacer obligatorio el uso del pantalón en pueblos y ciudades de México a fines del siglo XIX no fue una ocurrencia de políticos estatales o municipales, como generalmente se ha creído, sino resultado de la preocupación del presidente Porfirio Díaz y de su élite por “modernizar” el país, convencidos entonces de que el calzón blanco, atuendo tradicional de indígenas y rancheros, era un signo de atraso económico y social.

   En este juego de apariencias, los gobernadores de la época, entre ellos el de Jalisco, general Ramón Corona, en cuanto se enteraron de la nueva moda de vestir impuesta por la élite porfirista, se apresuraron a decretar la norma en sus respectivos Estados, con indicaciones precisas a los presidentes de las principales ciudades de su jurisdicción para que hicieran lo mismo.

La medida aplicada por Porfirio Díaz se extendió hasta Sayula

   Cuando los Estados “más importantes” acataron la disposición presidencial, los más pequeños, como Colima, siguieron el ejemplo, y de igual manera, al aplicarse la medida en las ciudades más grandes, las de menor población las imitaron de inmediato. “Tiempos aquellos -dice Renato Leduc- en que Dios era omnipotente y el señor don Porfirio, presidente”.

  Ciudades pequeñas como Sayula, Jalisco, publicaron su respectivo bando contra el calzón blanco y a favor del pantalón, advirtiendo desde luego sobre las sanciones correspondientes a quienes hicieran caso omiso de este ordenamiento.

   Así las cosas, la nueva moda de vestir se hizo obligatoria incluso en regiones con población mayoritaria de indígenas y rancheros, para quienes fue todo un víacrucis cambiar de atuendo cada vez que debían entrar a una población importante.

   Los bandos municipales afectaron principalmente a los arrieros, que con sus recuas de mulas y burros eran todavía en aquellos años, importantes actores del comercio y del transporte.

Guadadalajara, entre las primeras ciudades en disciplinarse

Subiendo la Barranca de Huentitan 1887. De Coplaur Guadalajara en F

Arrieros con pantalón, cerca de Guadalajara.

   Con fecha 29 de noviembre de 1887, según oficio que guarda el Archivo Histórico de Jalisco, el jefe político de Sayula informó al Ejecutivo del Estado sobre el bando publicado el 26 del mismo mes por el Ayuntamiento de esa ciudad, prohibiendo el calzón blanco y haciendo obligatorio el uso del pantalón a partir del primero de enero de 1888.

   Dicho bando, suscrito por el presidente municipal J. Jesús L. Patiño y por el secretario Ponciano López Santoyo, advierte que se tomó el acuerdo luego de que la capital del Estado, Guadalajara, adoptó la misma medida.

Prueba de civilización, moralidad, progreso y cultura…

    Dice el bando de Sayula:

   “Y con el objeto de que en esta misma ciudad se dé una prueba de civilización, moralidad, progreso y cultura (la cuestión de moralidad tenía que ver con el hecho de que el calzón reflejaba con frecuencia las partes íntimas del varón), prohibiéndose el uso exclusivo del calzón blanco y prescribiendo la obligación del uso del pantalón, ha acordado las siguientes prevenciones de policía:

  1. “Desde el día primero de enero del próximo año de 1888 será obligatorio en esta ciudad, para todo varón, sea cual fuera su condición y fortuna, usar en público el traje conocido con el nombre de pantalón.
  2. “La infracción de la anterior prevención se castigará con multa de un peso u ocho días de reclusión con destino a los trabajos públicos.
  3. “La Jefatura Política cuidará prudentemente del cumplimiento de estas prevenciones, quedando facultada para invertir el importe de las multas que esta misma disposición impone en la compra de pantalones, que se aplicará a los culpables que juzgue más menesterosos”.

Modernizar por decreto, un caso perdido

Indigenas. Revisando su Facebook. De P. Huejuquilla El Alto en F

Indígena huichol revisa su “Facebook” en la Plaza de Huejuquilla, Jal.

   Al tratar de cambiar de la noche a la mañana la indumentaria de los campesinos, el presidente Díaz mostró su prisa por “modernizar” el país -una buena intención, sin duda- pero pasó por alto que la modernización no se logra por decreto, sino que es obra de sucesivas generaciones. De hecho, a su tiempo, los revolucionarios le cobraron la factura.

   Indígenas y rancheros, acostumbrados por siglos a vestir el tradicional calzón blanco, tardarían muchos años en asimilar el uso del pantalón. A más de un siglo de distancia, miles de indígenas visten todavía calzón de manta blanca en pueblos y ciudades de México, donde, quieran o no, se han convertido en atractivo turístico, lo que precisamente trataba de evitar la élite porfirista. ¡Paradojas de la historia!

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