Los viejos caminos reales

Un arriero orienta a un grupo de viajeros.

   A partir del siglo XVI empezó en la Nueva España la apertura de caminos reales para satisfacer las necesidades del comercio. Estos caminos siguieron muchas veces las rutas trazadas por los antiguos mercaderes indígenas que abastecían a los principales centros de población, como lo fue la gran Tenochtitlan, cabecera del Imperio Azteca.

   De esta manera, durante la Colonia cobraron importancia los caminos México-Puebla-Jalapa-Veracruz, para el comercio con Europa; México-Cuernavaca-Acapulco, para el comercio con Filipinas; México-Querétaro-Guanajuato-Guadalajara, para el  Occidente del país; México-Aguascalientes-Zacatecas-Durango-Chihuahua, hacia el Norte; México-Toluca-Morelia, Guadalajara-Tepic-San Blas y Guadalajara-Colima, en el Occidente; Tampico-Tula-San Luis Potosí-Aguascalientes, entre la Costa del Golfo y el Altiplano, así como Puebla-Tehuacán-Oaxaca y Veracruz-Alvarado-Coatzacoalcos-Campeche y Mérida, para el Sureste, entre otros.


Pésimo estado de los caminos


   Todos estos caminos, incluso los más transitados, como el de México-Veracruz, se mantuvieron durante los tres siglos de la Colonia, y mucho después, en muy mal estado; cualquier camino vecinal de Inglaterra, decía un viajero del siglo XIX, sería mejor que el de Veracruz. Es más: la primera carretera pavimentada del país, que es la de México-Nuevo Laredo, inaugurada en 1925, no tiene 100 años en servicio.

   Los  viejos caminos reales, por donde traficaban miles de arrieros con sus recuas, permitían el paso de carruajes; su anchura era por lo general la de un carruaje; muchas veces los viajeros tenían que descender de sus vehículos para que estos pudieran avanzar a través de las montañas por caminos vertiginosos y escarpados. Obvio es señalar que los viajes largos entre una región y otra del país, que hoy se realizan en unas cuantas horas, entonces duraban semanas y meses.


Por senderos de lobos, entre bandidos y sin mapa


   La red de caminos reales se ampliaba a través de numerosos caminos vecinales, que no eran más que senderos por los que apenas podía desplazarse un hombre montado a caballo, o un arriero que seguía a su mula: “Tristes senderos abiertos en la espesura”, “caminos intransitables, espinosos, que conducen al Paraíso”, “caminos de lobos”, se quejaban los primeros turistas del siglo XIX.

   Los caminos del Norte y los del Sureste, al cortarse abruptamente por los ríos, era necesario atravesarlos hundiéndose con la cabalgadura hasta el cuello, utilizar un ferry, o rodear grandes extensiones para evitarlos. En las selvas, las barcazas y las canoas cumplían esta función.


El arriero, indispensable como guía


   Tanto los caminos reales como los vecinales estuvieron muchas veces infestados de bandidos, que asaltaban, robaban y mataban a no pocos de los que se aventuraban a transitarlos, principalmente después de alcanzada la Independencia nacional, en 1821, hasta principios del gobierno del general Porfirio Díaz, a fines del siglo XIX, quien ejerció mano dura contra el bandolerismo.

   Y para colmo de males,con frecuencia los viajeros se extraviaban en estos caminos, por falta de mapas. Así las cosas, fue muy común en aquel tiempo contratar los servicios de guías, que no eran otros que los arrieros, conocedores como nadie de sus respectivas rutas.


   Fuente: Viajes en México. Secretaría de Obras Públicas (1972).

   Imagen: Imágenes históricas de Guadalajara en Facebook.

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