La inseguridad de los caminos y la fe de los arrieros

Asaltantes de caminos. Óleo sobre tela anónimo (MNV-INAH).

   Viajeros de todos los tiempos, mercaderes y arrieros, desde tiempos milenarios, han confiado sus bienes, vida y destino al poder de la divinidad.

  Prueba de ello es la devoción de los pochteca o mercaderes aztecas a Yacatecuhtli, y de los comerciantes mayas a Ek Chuah, a los que invariablemente se encomendaban antes de viajar, así como la oración de los arrieros de la época colonial a San Pedro, patrono de los caminantes, y finalmente los retablos dedicados por arrieros de los siglos XIX y XX a algunas de las imágenes más antiguas de México, como es el Señor de los Rayos de Temastián, en el Norte de Jalisco.

Costumbres y tradiciones de los mercaderes aztecas

   En su Historia General de las Cosas de Nueva España, fray Bernardino de Sahagún abunda en las costumbres y tradiciones religiosas de los mercaderes mexica, que primero buscaban, antes de salir de viaje, el significado favorable para que no les ocurriera ninguna cosa adversa, y luego oraban por la protección de sus vidas y de sus bienes.

   A los jóvenes que emprendían su primer viaje, sus padres les decían: “Persevera, hijo mío, en tu oficio de caminar; no tengas miedo de los tropiezos ni a las llagas que hacen en los pies las ramas espinosas que nacen en el camino“.

   Al regresar de sus viajes, los mercaderes celebraban grandes fiestas en honor de su dios por haberles permitido volver con vida y salud.

San Pedro, guía y guardián de los caminantes

   En algunos de los mercados más populares del país, entre cientos de novenas que ahí se venden, suele encontrarse todavía un folleto con la oración titulada La Sombra del Señor San Pedro, Guía y Guardián de los Caminantes, ilustrativa de los peligros a los que se enfrentaban los arrieros y del testimonio de su fe. Parte de esta oración dice así:

  • De un asalto en el camino,
  • en una hora desastrada,
  • cúbreme Pedro divino
  • con tu sombra tan sagrada.
  • ” Cuando yo al camino salga
  • y me asalte el malhechor,
  • allí tu sombra me valga
  • en el nombre del Señor”.

Retablos dedicados por arrieros al Señor de los Rayos de Temastián

   En el salón de retablos del Santuario del Señor de los Rayos de Temastián, hay testimonios de arrieros de los siglos XIX y XX que dan gracias a esta venerada imagen de Cristo por favores recibidos en el desempeño de su oficio. Pudo haber testimonios más antiguos, porque esta imagen fue probablemente llevada allí por los franciscanos desde fines del siglo XVI, pero han desaparecido con el tiempo.

   Uno de los retablos es el dedicado por Félix Méndez, vecino de Colotlán, quien el 15 de septiembre de 1901, teniendo en su compañía y bajo su responsabilidad a un sobrino suyo que quebró unos faroles de la plaza, y por temor de que le echaran a la cárcel o le castigaran, se huyó ese mismo día. Al echarlo de menos, don Félix lo empezó a buscar y, al no encontrarlo, se lo encomendó con devoción al Señor de los Rayos, “quien piadoso y al dicho tiempo compasivo, lo oyó“. Al cabo de dos meses, al atender su mercería en Nostic, jurisdicción de Mezquitic, encontró a su sobrino con unos arrieros que iban para Chalchihuites.

Un arriero recuperó un burro que perdió al salir de Zacatecas

Arriero en un meson. Exvoto del Sr. de los Rayos.

   Otro retablo es el dedicado por Alejandro Gutiérrez, vecino de Tulimic, comprensión de Colotitlán, quien el 19 de marzo de 1905, al salir de Zacatecas, de regreso de un viaje, en un punto denominado El Orito, “estando lluvioso y aún nevando, cosa de las ocho de la mañana, se le perdió un burro prieto, acordonado, panza blanca y oreja mocha, con aparejo y cargado de cacaxtlis de vaca, y habiendo hecho por su pérdida las pesquisas necesarias, al fin con todo su corazón se lo encomendó al Señor de los Rayos, quien lo oyó piadoso“. Luego de buscarlo con diligencia, lo encontró en pelo en uno de los callejones de El Orito, “y en virtud de tan grande maravilla, lleno de agradecimiento publica este milagro“.

Golpeado por su caballo, se alivió y siguió su viaje a Aguascalientes

   Un caso más es el de Braulio Hernández, vecino de El Pino, comprensión de Momax, Zacatecas, quien el 23 de agosto de 1911, yendo para la villa de Aguascalientes, en el punto llamado Tabasco, al estar cargando su caballo con unos botes de manteca, la bestia dio un reparo y arrojó la carga, resultando él con golpes que pusieron en peligro su vida, pero habiéndose encomendado al Cristo de Temastián, se alivió y siguió su camino. Agradecido por ello “publica este retablo para honra y gloria de Dios en la soberana imagen del Señor de los Rayos”.

   Por lo anterior, no extraña que en la actualidad muchos automovilistas y transportistas lleven devotamente en sus vehículos imágenes de Cristo, de la Virgen y de algunos santos.

    Imagen: Óleo sobre tela anónimo (MNV-INAH).

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