Las mulas de Su Excelencia

FernandodeAlencastre

Virrey Fernando de Alencastre, duque de Linares.

Vicente Riva Palacio y Artemio de Valle-Arizpe refieren, cada quien con su estilo, un suceso ocurrido en tiempos del virrey Fernando de Alencastre Noroña y Silva, duque de Linares y marqués de Valdefuente, según el cual un par de mulas salvaron de la horca a don Jerónimo de Almagro, prominente español vecino de la Ciudad de México, cuando por causa de un conflicto de tierras dio muerte de un balazo en la cabeza a don Martín Illescas de Fuenleal.

Puesto en prisión y sentenciado a pena de muerte por este asesinato, no valieron los llantos de su influyente esposa y de su hija, ni siquiera la intervención del arzobispo Lanciego y Eguilaz para convencer al virrey de que lo indultara, no obstante haber demostrado que mató a don Martín porque éste, corrompiendo a la justicia, logró despojarlo de un predio de su propiedad.

Resulta, sin embargo, que en aquel tiempo el virrey se levantaba temprano para ir a supervisar las obras de la Catedral, que entonces se construía. Su cochero era un hombre sencillo, lleno de piedad, llamado Simón Ibarra, a quien también habían acudido la esposa y la hija de don Jerónimo para que obtuviera el perdón del virrey. Pero Simón insistió en que si el señor arzobispo no pudo obtener el indulto, menos lo conseguiría él.

Llegó el día de la ejecución de don Jerónimo de Almagro y, como de costumbre, tomó el duque de Linares su coche para visitar las obras de Catedral, así como del Acueducto y la Acordada. Las mulas trotaban elegantes, ágiles, aunque nerviosas, en tanto que, en otro punto de la ciudad, sacaban de la cárcel a don Jerónimo para conducirlo a la horca, rodeado de alguaciles. Las campanas de todas las iglesias doblaban lentas, gemebundas, graves.

El coche del virrey ya venía rumbo a Palacio cuando de pronto dejó su suave rodar y aceleró la marcha, iniciando una desaforada carrera; saltaba bruscamente por entre baches y piedras, se bamboleaba de un modo horrendo, parecía que iba a volcarse. Su Excelencia salió de sus apasibles pensamientos y preguntó al cochero qué era lo que pasaba. “Las mulas se han desbocado, y no puedo detenerlas”, respondió. Sin embargo, con mal disimulada sonrisa se valía de las mismas riendas para avivar la carrera de las bestias. El virrey se afianzaba en su asiento.

De pronto, llegó hasta Su Excelencia un ardiente griterío, “¡Indultado!, ¡Indultado! El coche se detuvo, lo rodeaba una multitud. De cada boca salía con fresco regocijo el grito de “¡Indultado!”, y era que el carruaje del duque se había cruzado con la horca, y como era costumbre establecida que cuando el virrey encontrase a un reo que condujesen al patíbulo se le perdonara la vida, por eso la multitud, viendo que se había librado de la muerte a aquel buen caballero, daba festivas voces y aplaudía con exaltado entusiasmo porque con aquel encuentro casual estaba ya perdonado don Jerónimo de Almagro.

¡Vean nomás de lo que son capaces las mulas!, exclama Riva Palacio.

Fuentes consultadas:
Vicente Riva Palacio. Cuentos del General. Conaculta-UNAM. México, 1997.
Artemio de Valle-Arizpe. Virreyes y virreinas de la Nueva España. Aguilar. México, 1997.

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