El arriero

Triste, tristísima es en verdad la condición del personaje cuya vida y hechos vamos a poner ante los ojos del lector. El arriero, a semejanza de ciertos maridos que no dieron con la media naranja que se adaptara exactamente a la otra media que ellos representan, vése condenado a tratar con seres de índole desapacible y condición indomable. Por lo menos hasta ahora no sabemos se haya escrito nada bueno de las mulas. Su educación o amansamiento presenta serias dificultades, y desde algunos meses de penosos trabajos, vamos saliendo con que las discípulas indómitas han educado al preceptor, fenómeno bastante frecuente en todo aquel que se impone la penosa y dificilísima tarea de regenerar hembras.

Y no piensen ustedes que esto sea una paradoja; nada de eso, señores. El arriero que siempre ha conducido mulas y lidiado con ellas, tiene el mismo carácter violento de estas, y el día menos pensado le soltará una coz a su mejor amigo; mientras que el arriero conductor de pacíficos jumentos adquiere la mansedumbre y suave índole, que es el mejor ornato de la inmensa familia que forman los pollinos. En confirmación de esta verdad tenemos aquel adagio, aplicado regularmente por las abuelas a los nietos obstinados:  “¿Quién manda?, los burros ó el arriero”? –Conócese desde luego que el que tal adagio inventó era hombre sabio a todas luces, supuesto que consideró imposible hacer la misma pregunta, poniendo en cuestión la autoridad de las mulas y la del  arriero que funge de mandarín y pedagogo.

Fragmento de “Los mexicanos pintados por sí mismos” (1854).

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