Agua o sequía, cuestión de vida o muerte

Sequía.

Sequía en Chapala.

     Don Juan Manuel, notable autor español del siglo XIV, escribió sobre “lo sucedido a un raposo (zorro) que se echó en la calle y se hizo el muerto”. Resulta que un raposo entró una noche en un corral de gallinas, y tan feliz se sintió entre ellas, que cuando quiso irse ya era de día, y la gente andaba por todos lados. No pudiendo ocultarse, salió a la calle y se tendió en ella como si estuviese muerto, de suerte que quienes lo vieron ahí tirado, pensaron que estaba muerto y no hicieron caso de él.

Al cabo de un rato pasó por ahí un hombre, y sabiendo que los pelos de la frente del raposo servían para curar el mal de ojo en los bebés (antigua superstición mediterránea), trajo unas tijeras y le trasquiló la frente. Luego vino otro lugareño diciendo que también servían para eso mismo los pelos del lomo del raposo, y se los trasquiló. Uno más se llevó los de las quijadas. Total, que lo trasquilaron todo, y el raposo no se movió porque entendió que perder esos pelos no le hacía gran daño.

Pasó después otro individuo diciendo que la uña del pulgar del raposo curaba los panadizos (inflación aguda de los dedos), y se la sacó. El raposo tampoco se movió. Seguido de aquél, llegó uno más que le arrancó un diente, porque era bueno para el dolor de muelas. El raposo siguió inmóvil.

Finalmente, llegó un hombre diciendo que el corazón de raposo aliviaba los males cardíacos, y cuchillo en mano se dispuso a sacarle el corazón al sufrido cuadrúpedo, pero éste, al ver que perder su corazón era igual que perder la vida, decidió correr la aventura de escapar, y pegando veloz carrera, escapó.

Pues bien, apreciados lectores, así andan las cosas en nuestra sociedad: La gente ha venido tolerando la inseguridad pública, el desempleo, la injusticia, la pobreza y hasta la corrupción, pero el día que le digan que ya no hay agua, entonces arderá Troya, porque entre el agua y la sequía hay la misma relación que entre la vida y la muerte.

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Los gazapos suelen ser peligrosos

Lyndon Johnson

Lyndon B. Johnson.

   En la jerga periodística llamamos gazapo al error inadvertido que deja escapar el que escribe o el que habla. Son tantos los gazapos cometidos hasta la fecha en el periodismo de México y del mundo, que la sola relación de ellos podría llenar gruesos volúmenes. Cuando se toca el tema en cualquier reunión de periodistas veteranos, salen a relucir, uno tras otro, infinidad de gazapos publicados a través de los años en distintos medios.

   Los gazapos tienen la particularidad de que casi siempre resultan jocosos, hacen reír a la mayoría de la gente, incluso a quienes los cometieron, pero en ocasiones son verdaderamente humillantes para las víctimas, y si éstas pertenecen a las élites del poder político o económico, ¡cuidado!, pueden llegar a tener serias consecuencias. Una experiencia de esta naturaleza sufrió el periodista Federico de León, muy conocido por los años 60 del siglo pasado.

   Ocurrió que en una de sus columnas, De León publicó una nota preventiva sobre una de las visitas que hizo en aquel tiempo a México el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Lyndon B. Johnson.

   Lejos de pensar en una ofensa al presidente estadounidense, sino todo lo contrario, con el ánimo de revelar el carácter sencillo y cordial del distinguido visitante, el columnista escribió: “El bonachón de Johnson…

    El original de esta nota pasó por la Redacción y llegó finalmente al área de Talleres del periódico, donde un linotipista equivocó una letra, dando por resultado que en el diario apareciera “El borrachón de Johnson…

   Al día siguiente –dice Octavio Aguilar de la Parra—cuando Federico de León aún no se había dado cuenta de la errata publicada, acudió a la Embajada de Estados Unidos con el fin de obtener el visado de su pasaporte, ya que pretendía viajar por esos días al vecino país. Solamente que ahí sí habían leído lo publicado y a punto estuvieron de negarle la visa hasta que el error fue debidamente aclarado.

   Posteriormente, Federico de León dirigió el periódico “Avance” en sus tres ediciones de las ciudades de México, Mérida y Acapulco.

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El gusto por la lectura

Educación. De Guadalajara Antigua en F

     En un país como el nuestro, donde mucha gente no lee libros, ni revistas, ni nada (éste no es tu caso, amigo lector que ya te ocupas en leer estas líneas), a veces nos preguntamos el por qué de la falta de interés por la lectura, siendo ésta tan importante para el mejoramiento personal y de la sociedad en general.

    Desde luego que en esto tiene que ver el pasado histórico, económico y social del país, cuando la educación y la cultura eran privilegio de unos cuantos, pero hablando de tiempos más recientes, hemos de reconocer que también arrastramos graves fallas en nuestro sistema educativo que nos impiden leer más.

   En primer lugar, nos hace falta motivación para la lectura. Desde que vamos a la escuela, cuando somos niños, nos sientan todos los días en una silla leyendo libros que no nos interesan. Es entonces cuando empezamos a pensar que la lectura es aburrida, y al llegar a casa, en lo que menos pensamos es en leer.

    Años más tarde, cuando crecemos, traemos ya fija en nuestra mente la idea de que la lectura es aburrida. Si luego seguimos estudios de secundaria, preparatoria o profesionales, nos preocupamos por los textos obligatorios, sólo para sacar buenas calificaciones, pero fuera de ellos, nada nos interesa.

   Otro problema es la falta de atención en lo que leemos. En la actual sociedad estamos bombardeados por millones de mensajes, anuncios, videos, redes sociales, que desvían nuestra atención cada segundo, sin que podamos concentrarnos prácticamente en nada. Apenas empezamos a fijar nuestra atención en algo cuando ya nos invaden otros pensamientos.

     Por lo tanto, es necesario enfocar toda nuestra energía en lo que estamos leyendo hasta comprender bien el mensaje. Y además, para que este ejercicio rinda frutos duraderos, debe ser constante, sistemático, no un día sí y otro no, sino todos los días. Un atleta no va al gimnasio de vez en cuando, sino durante largas temporadas, diariamente, hasta que logra las condiciones físicas necesarias, y aún así tiene que mantenerse en forma. Este mismo ejercicio, indispensable para el cuerpo, lo necesita la mente.

    Si sabemos que la falta de interés por los libros tiene su origen en la infancia, cuando por alguna razón u otra no tuvimos padres, maestros o amigos que nos enseñaran a quererlos, a valorarlos, pensemos que nunca es tarde para aprender a vivir con ellos y disfrutarlos. Hay que buscar libros o lecturas que nos motiven y aporten algo que podamos aplicar en la vida diaria, para ser mejores.

Artículo publicado por la revista México Rural en su edición de mayo de 2014.

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El respeto a la madre

General Mariano Escobedo.

General Mariano Escobedo.

     Mariano Escobedo de la Peña, jefe de Operaciones del Ejército Republicano durante el gobierno de Benito Juárez, a quien el emperador Maximiliano rindió personalmente su espada en 1867, era implacable en el combate. Obedecido a una sola voz por millares de hombres, tenía, sin embargo, un profundo respeto por su madre.
El periodista liberal Ángel Pola cuenta una curiosa anécdota sobre este ilustre personaje neolonés, quien luego de haber participado en cruentas batallas durante la invasión estadounidense en 1846, así como en la Guerra de Reforma y durante la Intervención Francesa, se retiró a sus haciendas para dedicarse a las labores del campo.
Hacia 1887, Pola lo ve retirado del Ejército, montado a caballo y dirigiendo actividades agrícolas, pero sin dejar de traslucir en sus menores actos su larga vida de mando.
Bien puede decirse –precisa—que la ordenanza llegó a ser en él una segunda naturaleza. Hablaba con pausa y acentuando todo final de frase. Cuando quería algo parecía que ordenaba, pero ya no, ni por asomo, como cuando estaba en la plenitud de sus días, rodeado de brillante Estado Mayor, el cual le veía como al dios de la Guerra.
Por aquel tiempo en que la aureola de Mariano Escobedo deslumbraba, sólo había un ser a cuya voz, siempre sentenciosa, obedecía con mansedumbre de fanatizado devoto. Esta voz era la que le dio a luz, doña Rita de la Peña. Cuando el valiente soldado alzaba la voz para reprender a alguien, su madre lo llamaba y acallaba como por encantamiento.
–Mariano–, le decía dulcemente.
–Mande usted.
–Ven.
Y ya que estaba presente:
–Siéntate hijo. ¿Qué es eso?
Y el severísimo general, jefe de miles de hombres, vencedor de todo un imperio, sumiso ante aquel ángel del bien, sentábase cerca, encogido y silencioso, guardando compostura.
A veces, este adorado ser –concluye Pola–, al empezar la sobremesa se levantaba para perderse de vista. Algún comensal, dentro de los muchos que de diario había, llegó a preguntarle por qué se alejaba, y contestó en secreto:
–Para que Mariano pueda fumar.

 

Artículo publicado por el periódico La Crónica de Hoy Jalisco en su edición del viernes 9 de mayo de 2014.

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Las profecías de un lugareño

Anticipación a la muerte. José Rubén Romero.Portada del libro  “Anticipación a la muerte”, de J. Rubén Romero.

   El escritor michoacano José Rubén Romero (1890-1952), autor de “Apuntes de un Lugareño”, escribió también, entre otras obras, “Anticipación a la muerte” (1939), donde él mismo, desde ultratumba, narra las circunstancias de su propio deceso, su sepelio y entierro, aportando a la vez importantes datos autobiográficos.
Al final de su libro dedica unas líneas a los principales retos y peligros que amenazan al pueblo de México, y que por su asombrosa actualidad, no obstante los 75 años transcurridos, transcribo:
   “Si yo fuera Dios, encendería una luz en el cerebro de mi raza, la limpiaría de toda podredumbre, daría a los indios el usufructo de su risa y la plena posesión de su llanto, que al reír se olvidarían de su pasado, y al llorar, lavarían su corazón de herencias odiosas.
   “Si yo pudiera iluminar a mi pueblo, como un profeta, le diría:
   “Trabaja. No permitas que nadie administre lo tuyo.
   “Estudia. En el gran alfabeto de la experiencia hallarás el sentido de todas las cosas.
  “Vuelve tus ojos a la tierra, fecúndala con el sudor de tu cuerpo, y la tierra te aceptará en matrimonio”.
José Rubén Romero advierte luego sobre los falsos líderes, “predicadores de mentiras, ´afanadores´ de lo ajeno, sacerdotes revestidos de oro, apóstoles que hablan de amor y esgrimen el látigo, legisladores que hacen la ley para violarla, demócratas que tratan a puntapiés a todos los pobres. Yo que descifro el pensamiento de los seres que viven, tiemblo horrorizado dentro de mi sepultura al descubrir lo que traman en contra de mi pueblo y de mi patria”.
   “Mas si yo volviera a ser hombre y a comenzar de nuevo la vida –concluye el ilustre michoacano-, la aceptaría tal como ella fue para mí, con sus miserias y sus esplendores, con sus caídas y sus resurgimientos, con el espejismo de mis sueños y la amargura de mis desencantos. Le pediría tan sólo que me hiciera bueno de verdad, inteligente sin vanagloria, resignado en la adversidad, humilde en las alturas, para poder decir, al llegar al fin, lo que no puedo decir ahora: arrúllame muerte, que quiero dormirme en la paz de una limpia conciencia…”

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