Diagnósticos equivocados

mesa de operaciones

Tremendo escándalo se produjo con motivo de la orden de aprehensión dictada en contra de 16 médicos del Seguro Social en Guadalajara, acusados de homicidio por supuesta negligencia en el caso de un jovencito que llegó ahí, hace cuatro años, en mal estado de salud.

La protesta de la comunidad médica de Jalisco y de México ante tal decisión era de esperarse: Los médicos, aquí y en todo el mundo, y a lo largo de la Historia, siempre han dado muestras de gran solidaridad cuando defienden sus intereses comunes.

Ben Hecht (1894-1964), notable escritor estadounidense, cuenta lo ocurrido con 15 médicos eminentes que se reunían secretamente, cada tres meses, en Nueva York, para analizar, “a toro pasado”, sus diagnósticos equivocados que resultaban fatales. Tras de revisar en detalle cada caso, estos doctores siempre llegaban a la misma conclusión: que el paciente murió por errores de diagnóstico y tratamiento. Ellos aprendían de cada error, pero nadie más lo sabía.

Un día hubo necesidad de admitir a un nuevo miembro en ese grupo secreto, un cirujano joven, quien de acuerdo con la norma establecida para el ingreso, expuso ante ellos su caso de diagnóstico equivocado. Se trataba de una enfermedad que él mismo definió como “colitis ulcerosa”. Sus colegas, todos notables, lo escucharon con atención, preguntaron y analizaron, concluyendo en que la verdadera causa de la muerte del paciente no fue “colitis ulcerosa”, sino el haberse tragado un hueso de pescado.

Al oír esto, el joven galeno, ante la sorpresa de todos, dio las gracias y se despidió apresuradamente diciendo que le esperaba una cirugía urgente en el hospital. Los demás le siguieron y llegaron al nosocomio justo a tiempo para extraer del enfermo el hueso de pescado y salvarle la vida.

¡Cuántas vidas y fortunas se salvarían si todos los diagnósticos fueran colegiados y se hicieran con anticipación, no cuando las cosas ya no tienen remedio!

Y esto vale por igual para todas las profesiones, porque muy acostumbrados estamos gobernantes, abogados, periodistas, economistas, ingenieros, todos, a hacer juicios apresurados, sin la suficiente información y muchas veces fuera de tiempo y de lugar.

Artìculo publicado por el diario Crònica de Jalisco en su edición del viernes 27 de junio de 2014.

Lectura recomendada: Ben Hecht. Miracle of the fifteen murderers.

 

 

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El consejo de una madre

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Surge la desconfianza como uno de los más siniestros presagios de México, porque no sólo desconfían los gobernados de sus gobernantes, sino que además crece el recelo en el comercio privado y entre los mismos ciudadanos. Es en estos momentos cuando conviene tener presente el sabio consejo de una madre mexicana a un hijo suyo que llegó a ser héroe nacional.

Durante el ataque estadounidense a la plaza de Veracruz, en marzo de 1847-relata el periodista Ángel Pola-, la bandera mexicana del baluarte de Santa Bárbara cayó repetidas veces por los proyectiles enemigos, y otras tantas fue izada gracias a dos héroes: el capitán de marina Sebastián Holzinger y un niño de 12 años de edad, subteniente de la Guardia Nacional de Orizaba.

Llegó ocasión en que este último, derribada la bandera, la levantase y sostuviera con el brazo tendido, frente a las baterías enemigas, mientras se traía un asta en qué volver a izarla. Cuando todo parecía perdido, el niño se apoderó de la bandera y la guardó en su seno.

Después los prisioneros desfilaron ante el general Winfield Scott, para recuperar su libertad, y cuando el niño pasó se le exigió que entregase la bandera. –“La entregaré solamente con mi vida”, dijo tocándose el pecho.

Ante esta respuesta el general Scott ordenó al niño que siguiera su marcha. Luego trató de sobornarlo ofreciéndole un puñado de onzas de oro, y el niño las rechazó. Finalmente, fue encerrado en la cárcel, pero un soldado enemigo, compadecido de él, lo metió en un costal y fingiendo que recogía basura se echó el bulto en hombros para ir a vaciarlo a un muladar, salvándole la vida.

Este niño era Francisco A. Vélez, quien años más tarde escaló grados militares hasta llegar a general de división, teniendo siempre por orgullo “no haber sido cruel, ni haberse vengado de nadie, ni haberse cogido nada”.

Recordó y practicó durante toda su vida un consejo que le dio su madre: “Pancho, hijo mío, no olvides nunca esto que te digo: no engañes al que en ti confía”.
¿Habrá mejor fórmula para rescatar la confianza?

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¿Dónde quedó la humildad republicana?

Don Benito Juárez. De P. Guelatao de Juárez en F.

Benito Juárez García.

México es oficialmente una república, donde según la ley (tantas veces ignorada) funciona la democracia, o sea, el gobierno del pueblo, pero ¡qué lejos estamos de este ideal! En realidad, triste es reconocerlo, pareciera que vivimos en una monarquía absoluta, donde políticos y funcionarios hacen normalmente lo que quieren sin que nadie los llame a cuentas.

Además, y esto es lo peor, la clase política actúa con arrogancia, soberbia y desprecio para la gente de trabajo, que cada día lucha para sobrevivir y que aparte los mantiene.

Sin embargo, y esto hay que repetirlo a los jóvenes que creen que todo está perdido: Las cosas no siempre fueron así. Hubo tiempos en que ciertamente floreció la soberbia y también la corrupción, como ocurre en todas partes, pero en medio de ello hubo ejemplos de políticos honestos, juzgados ya por la historia, que dieron todo por la felicidad de su pueblo.

Difícil es encontrar hoy a un funcionario modesto, humilde, entregado al servicio público, al estilo de Morelos y del Presidente Juárez, en el siglo 19, y ya en el 20, en Jalisco, del gobernador Francisco Labastida, quien durante todo su período se trasladó en bicicleta a Palacio de Gobierno para atender los asuntos oficiales.

Y aunque escasos, hay otros ejemplos, como don José Ma. Chávez, quien fuera gobernador de Aguascalientes en los años 60 del siglo 19. “Su mansedumbre y tolerancia le hacían accesible para amigos y enemigos, que encontraban en él una garantía en medio de la tormenta”, dice Antonio García Cubas.

Un extranjero que pasó por Aguascalientes y tuvo que tratar un negocio con el gobernador, se dirigió al Palacio a buscarlo, pero no estando allí se le condujo a la carpintería “El Esfuerzo”, donde asegura haber visto “trabajando en el torno a un hombre algo encorvado, al cual se me señaló por el gobernador, lo que bien de pronto me causó sorpresa… Ahí encontré realizado de un modo tan sencillo y tan práctico el ideal que había formado de lo que puede ser el ciudadano que pertenece a su patria y a su familia”.

¿Qué pasó con aquel espíritu republicano?

Artículo relacionado: La modestia en los gobernantes.

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Emplearse a fondo, valor de juventud

Estampida III. Foto Juan Ángel Peña Enríquez.

 “La Estampida” de Jorge de la Peña. Fotografía: Juan Ángel Peña Enríquez.

El escritor uruguayo-argentino Horacio Quiroga (1879-1937) narra la fabulosa historia de un caballo, un potro joven que llegó del desierto a la ciudad a vivir el espectáculo de su velocidad. Este potro sentía un ardiente deseo de correr sin reglas ni medida, dándose todo entero en sus disparadas salvajes.

Al principio, entregó gratis el espectáculo de su gran velocidad: comía desperdicios en los corrales y pasaba hambres, pero a la gente le empezó a gustar verlo correr y le ofreció, a cambio de su espectáculo, algo de paja y pasto ardido y seco; él aceptó contento porque lo único que quería era correr.

A pesar de la mala paga que recibía, el potro se empleaba a fondo, disfrutaba enormemente lo que hacía y a la gente le encantaba su espectáculo.

Tan pronto como los organizadores de espectáculos se dieron cuenta del éxito del caballo, llegaron en tropel a contratarlo, y éste empezó a recibir en abundancia lo que nunca había tenido: alfalfa, avena y maíz. Pensaba en lo feliz que hubiera sido en su juventud si entonces hubiera tenido la milésima parte de lo que ahora le ofrecían.

Sin embargo, habían pasado los años y ahora estaba ya cansado; su velocidad era la misma, pero ya no sentía el ansia de correr de otros tiempos. Entonces tuvo miedo de perder su prodigiosa velocidad y se volvió calculador, previsor, reservado; durante las competencias aprovechaba los vientos, medía las sendas; había dejado de correr con libertad, sin reglas ni medida, pero lo hacía con estilo, y un clamor de gloria lo divinizó.

Sólo algunos de los espectadores que lo habían visto correr en su juventud notaron el cambio, en tanto que el potro ya había entendido perfectamente su nueva situación: conservaba su bien ganada fama de gran corredor, pero se había vuelto mañoso.

Quiroga concluye su cuento con el siguiente mensaje:

Jóven potro: Tiéndete a fondo en tu carrera, aunque apenas se te dé para comer. Pues si llegas sin valor a la gloria, y adquieres estilo para trocarlo fraudulentamente por pingüe forraje, te salvará el haberte dado un día todo entero por un puñado de pasto”.

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Por qué es importante leer

Iluminándose

La lectura es necesaria para cualquier persona que quiere superarse, progresar y lograr nuevos objetivos, como pueden ser: Tener mayores ingresos, desempeñar mejor su trabajo, conocer y tratar más gente, mejorar el ambiente que le rodea o mantener su salud física y mental, lo que en suma le permitirán elevar su calidad de vida.

Por medio de los libros, que son verdaderos maestros, amigos dispuestos siempre a servirnos sin límite de tiempo o de lugar, podemos adquirir nuevas formas de ver la vida; en ellos encontramos conocimientos, pistas, consejos para resolver cualquier problema en los más distintos campos de actividad, así como respuestas a situaciones que muchas veces nos preocupan en el hogar, en la familia o en la comunidad en que vivimos.

Autores de todos los tiempos y de todos los países, que dominaron o dominan las más distintas materias, como son la historia, el comercio, la industria, la agricultura, la educación, la política, la literatura y tantas otras, nos comunican a través de los libros sus experiencias y nos ayudan a encontrar nuestro propio camino.

Cada libro viene a nosotros cuando lo necesitamos y nos va guiando por el camino que buscamos; lo único que en principio nos pide es que hagamos un pequeño esfuerzo por entenderlo, hasta convertir su compañía en un verdadero placer.

La práctica constante de la lectura nos lleva a superar nuestra capacidad de concentración mental, es decir, a poner atención en todo lo que hacemos. Con esto adquirimos más habilidad para desempeñar nuestro trabajo, lo que naturalmente mejora nuestra imagen ante los demás; la gente aprecia mejor lo que hacemos, y esto puede acarrearnos un beneficio económico, pero sobre todo mayores satisfacciones personales.

Al tiempo que la lectura nos permite realizar mejor nuestro trabajo y elevar nuestro nivel educativo y cultural, enriquecemos también nuestro vocabulario, es decir, la forma de expresarnos verbalmente y por escrito, con lo cual adquirimos la habilidad de comunicarnos con los demás, con gente de todos los niveles, y esto viene a elevar necesariamente nuestra posición económica y social.

Pero aparte, los libros van a desarrollar nuestra capacidad de imaginación, nos van a hacer más creativos, más capaces de resolver o sobrellevar cualquier problema que se nos presente en la vida diaria.

En conclusión, la lectura es una herramienta muy poderosa cuando la utilizamos para aumentar nuestro nivel de conocimiento aplicado a los quehaceres y objetivos que deseamos alcanzar.

En lo personal, me encanta leer libros de quienes cuentan sus experiencias sobre asuntos que me interesan, porque puedo aprender de ellos, del camino que siguieron y de los errores que cometieron, y así yo puedo evitarlos y avanzar más rápido hacia mis metas.

    Artículo publicado en la revista México Rural en su edición de junio de 2014. Esta revista, de alta circulación, llega a las zonas marginadas del país.

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No hay tiempo para los pobres

Pobreza. Wikipedia

Pobreza extrema (Wikipedia).

     La desigualdad social en el mundo es aterradora y no hay señales de que la concentración de capital vaya a generar derramas a la sociedad. El futuro se torna cada vez más negro para millones de personas de escasos recursos en los cinco continentes.

     Los actuales niveles de desigualdad son semejantes a los de finales del siglo 18, cuando estalló la Revolución Francesa con las banderas de libertad, igualdad y fraternidad. Las mil personas más ricas del mundo tienen hoy el doble de riqueza que los dos mil 500 millones de personas más pobres.

     Ante esta situación se supone que el Estado, por su origen democrático, velaría por los intereses de las mayorías, pero no es así. Generalmente, los políticos han tomado partido por los grandes capitales: el poder llama al poder.

     En tales condiciones se multiplican los ciudadanos que se pasan los días tocando puertas en oficinas de todos los niveles, implorando una justicia que no llega, porque los funcionarios encargados de impartirla están ocupados en otros negocios “más importantes”.

     En suma, no hay tiempo para los pobres, pero en realidad nunca lo hubo: la Revolución Francesa y las que le siguieron en otras épocas y lugares, como la Mexicana en 1910 o la Rusa en 1917, se quedaron a medias.

     En uno de sus cuentos, “El Capote”, el escritor ruso Nicolái V. Gógol (1809-1852) habla de un oscuro burócrata llamado Akakiy que se hacía vivir con un miserable sueldo de 400 rublos anuales, pero un día, al acercarse el invierno, tuvo necesidad de un nuevo capote porque el que traía no aguantaba ya un remiendo más.

     Akakiy gastó casi la cuarta parte de su sueldo anual en la nueva prenda, pero la noche que la estrenó lo asaltaron y se la robaron. Acudió a la policía, y no le hicieron caso; agotó las instancias de justicia, y tampoco. Por fin se atrevió a tocar la puerta de un “alto funcionario” del Estado, quien, altanero, lo echó de su oficina.

     En consecuencia, aquel empleado, sin abrigo apropiado para resistir el invierno, enfermó y murió.

     ¿Cuántos Akakiyes habrá hoy por ahí en busca de justicia?

      javiermedinaloera.com

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