La raíz de la discordia

Guerra de Las Malvinas. Imagen de Facebook.

Orgullo, soberbia y prepotencia son la raíz, la causa principal de conflictos en la familia y en los ámbitos social y político, que han dejado incalculables daños en el género humano, peores que los ocasionados por la Naturaleza.

La actual escalada de violencia en el milenario conflicto árabe-israelí es prueba de ello, porque tan claro como la luz del día es que ahí ha faltado disposición de ambas partes para reconocer el derecho que asiste a todo ser humano a tener un hogar, a vivir en paz y a mejorar su calidad de vida.

Lamentablemente, la soberbia suele marear a todos: pobres y ricos, cultos e ignorantes, débiles y poderosos:

Conocí hace tiempo a un obrero, buen hombre cuando estaba sobrio, pero muy soberbio cuando andaba en copas (que era lo más del tiempo). Entonces le daba por golpear a su mujer y humillarla diciendo: “Cuando doy yo una patada en el suelo, ¡Tiembla la Tierra!”

Obviamente, aquella pareja acabó por separarse, como acaban hoy más de la mitad de los matrimonios.

Napoleón Bonaparte, aquel genio de la guerra que, anticipándose a Hitler, soñó con dominar el mundo entero, ensoberbecido por sus triunfos militares y sin medir riesgos, invadió Rusia en 1812, dejando allá medio millón de sus soldados muertos, para más tarde, en 1815, perderlo todo en la famosa Batalla de Waterloo.

Julio César, fundador del Imperio Romano, como todos los poderosos, también era soberbio, tanto así que despreció los consejos de su mujer, Calpurnia Pisonis, de que no fuera al Senado el día que lo asesinaron.

En una de sus campañas, lejos todavía del poder, César regresaba de Rodas a Roma cuando durante su travesía por mar, el barco en que navegaba cayó en manos de unos piratas, que le exigieron 20 talentos para su rescate.

¿Veinte?, exclamó César. Mal conoces tu negocio; de otro modo comprenderías que valgo 50, por lo menos.

El jefe de los corsarios dio por buena esta valoración. César pagó… y poco después se reembolsó la suma, al hacerlos prisioneros. Por cierto que no dejó a ninguno con vida.

Es difícil que un acto de soberbia acabe bien.

Artículo publicado por el diario La Crónica de Hoy Jalisco en su edición del viernes 25 de julio de 2014.

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La mentira gasta las palabras

Pinocho Wikipedia

¿Cuántos Pinochos hay en los actuales tiempos?

Como cualquier otro artículo de consumo, las palabras también se gastan, se deprecian y pierden valor, de suerte que muchas de ellas dejan de utilizarse cuando ya no tienen el mismo impacto de antaño, aunque el diccionario las siga considerando en su significado de siempre.

Una de las causas principales de la depreciación de las palabras es el abuso que de ellas se hace, especialmente con la mentira. Muchos de los vocablos que atañen a la moral, por ejemplo, perdieron eficacia desde el siglo 18, cuando los moralistas empezaron a ser seriamente cuestionados por predicar con palabras una cosa, y con sus hechos, otra.

Los últimos pontífices romanos, por ejemplo, se han ocupado cada vez con más frecuencia en pedir perdón, a nombre de la Iglesia, por errores cometidos por ésta durante siglos. Moralidad, castidad, humildad, honradez, justicia, caridad, fueron conceptos muchas veces tan traicionados por sus predicadores, que acabaron por perder significado.

Pero no sólo en la religión, sino también en la política, específicamente en la mexicana, se abusó tanto de ciertas palabras que hoy nada representan. Los términos revolución social, justicia social, pueblo, bien común, cambio, etcétera, se repitieron demasiado en los discursos, pero con tan escasos beneficios colectivos, que hoy nadie se acuerda de ellos.

Esto mismo ocurre hoy con la palabra honestidad, en la cual basaron sus campañas electorales los políticos del PAN que llegaron al gobierno en 1995, en Jalisco, y en el 2000 en México. Los actuales gobernantes, que asumieron el poder con la promesa de combatir la corrupción, tampoco lo han hecho. La honestidad, por tanto, no puede ser bandera de futuras contiendas electorales cuando lo que falta es demostrarla con hechos.

La cuestión es que, aun cuando muchos conceptos hayan perdido eficacia en determinados campos, esto no quiere decir en forma alguna que los problemas estén resueltos, sino todo lo contrario: la moral pública es hoy más necesaria que nunca, lo mismo que la justicia social, la honradez y el bien común.

Rescatar el significado real de las palabras es un imperativo de nuestros días, pero esto sólo puede lograrse con hechos.

Artículo publicado por el diario La Crónica de Hoy Jalisco en su edición del viernes 18 de julio de 2014.

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Mañana, siempre mañana

Ruleta Wikipedia

En una de sus novelas (“El Jugador”), el notable escritor ruso Fedor Dostoievski habla de un apostador tan adicto a la ruleta que no sólo acostumbraba apostar todo el dinero que podía reunir, sino que con frecuencia se mostraba dispuesto a jugarse hasta su propia vida.

En cierta ocasión, este jugador, luego de perderlo todo en el casino, descubrió que le quedaba en el bolsillo una moneda apenas suficiente para comer ese día, ¿y sabe usted lo que hizo?, regresó a la ruleta para probar una vez más su suerte, y por fortuna ganó.

Él estaba consciente de que para cambiar su destino, bastaba con mantenerse firme una sola vez en la vida, pero esta firmeza de carácter que tanto reconocía, la aplicaba no para retirarse del juego, sino para seguir entregado al mismo, como si esto fuera un sacrificio.

Recordando aquel momento en que decidió apostar su última moneda en vez de buscar algo para comer, reflexionaba: ¿Qué hubiera sido de mí si me hubiera acobardado entonces, si no me hubiera atrevido a tomar una decisión?

Como todos los jugadores, éste a veces ganaba, aunque casi siempre perdía. Sin embargo, no faltaba algún amigo que le sacara de apuros, prestándole o dándole dinero, no para jugar, sino para que pudiera satisfacer sus necesidades más elementales. Pero él seguía apostando, y luego, cansado de este círculo vicioso, decía: ¡Mañana, mañana acabará todo!

Igual que este empedernido apostador, el común de los mortales que tenemos alguna adicción perjudicial, ya sea el juego, el alcohol, el tabaco, la droga, etcétera, siempre confiamos en el mañana para resolver nuestro problema. Rara vez decimos “hoy mismo lo intentaré”, como lo hacen en Alcohólicos Anónimos, sino mañana, siempre mañana.

Pero no solamente en lo individual, sino también en el ámbito social se repite infinidad de veces esta sentencia. Como gobierno y como sociedad no decimos “hoy empezaremos a resolver a fondo los problemas de corrupción, inseguridad, educación, desempleo, justicia y medio ambiente que tanto nos agobian”, sino mañana, siempre mañana, y ese mañana nunca se llega.

Hay firmeza, ciertamente, pero para hacer las cosas que nos dañan.

Artículo publicado por el diario La Crónica de Hoy Jalisco en su edición del viernes 11 de julio de 2014.

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La infidencia está de moda

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Manuel Estrada Cabrera (1857-1924)

Tan antigua como la humanidad es la infidencia, es decir, la deslealtad, la traición. En todas las relaciones humanas, ya sean políticas, económicas, familiares, etcétera, ha estado presente siempre, en mayor o menor grado, la infidencia. Lo único novedoso es que ahora está de moda.

No hace muchos años (dos o tres décadas), la deslealtad se consideraba todavía un grave error, social y políticamente inaceptable, que debía ser castigado sin demora; hoy se practica con el mayor cinismo, como si fuera algo de lo más natural, y lo que es peor, con pocas o nulas consecuencias.

A muchos políticos, por ejemplo, les da igual afiliarse al PRI que al PAN o al PRD. Con el abandono de las ideologías, las doctrinas, los principios, las convicciones, y con ellas la honradez y la vergüenza, al político actual le da lo mismo cambiarse de partido que de ropa interior. Prueba de ello son los masivos coqueteos de panistas jaliscienses con sus otrora adversarios ideológicos.

No sé qué consecuencias puedan tener en el futuro las deserciones o traiciones políticas tan de moda en nuestros días. Lo único cierto es que en el pasado la infidencia se pagaba caro y de inmediato, sin rodeos. Vean ustedes lo que le sucedió a un infidente durante la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, en Guatemala, a principios del siglo pasado:

Una noche –narra el escritor Rafael Arévalo Martínez- se presentó ante la guardia que custodiaba la entrada al Palacio Presidencial un individuo, pretendiendo a toda costa hablar con Su Excelencia.

–“Le va en ello la vida”, repetía a los oficiales de guardia, para justificar su urgencia.

El visitante fue recibido.

-Señor presidente –comenzó-, ocho hemos jurado matarlo, pero a mí me ha remordido la conciencia y le daré los nombres de sus enemigos…

Estrada Cabrera contempló con profundo desprecio al infidente, y llamó a varios soldados.

-Amarren a este hombre –ordenó- y denle 50 azotes.

Aterrado, pálido, el hombre se arrodilló ante el tirano.

-¡Señor…! ¿Por qué…?

-Porque usted es el último en decírmelo. Sepa que sus siete compañeros ya han estado aquí.

Artículo publicado por el diario La Crónica de Hoy Jalisco en su edición del viernes 4 de julio de 2014.

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Leer por placer

 

De El Placer de la Lectura en F

Aparte de las ventajas utilitarias de la lectura, es decir, de los beneficios que ésta representa para toda persona que busca superarse, progresar y lograr avances económicos, sociales, de trabajo, de salud, etcétera, existe otra motivación tanto o más importante que las mencionadas, esto es, leer por placer, por gusto, porque sienta uno la necesidad espiritual de disfrutar los cuentos, novelas, poemas, historias, artículos o cualquier otro escrito de un autor que nos llame la atención.

Creo que en esta diferencia entre la lectura utilitaria y la lectura por placer podemos encontrar el motivo, la razón del por qué leemos tan poco los mexicanos, porque resulta que desde niños, cuando vamos a la escuela, nos obligan a leer para ser gente de provecho cuando seamos mayores, para que logremos una buena posición económica y social en nuestra comunidad, en el país, es decir, nos meten en la cabeza el aspecto utilitario de la lectura, pero se olvidan de enseñarnos a leer por gusto, por puro placer.

Así las cosas, salimos de la primaria y pasamos a la secundaria, preparatoria o profesional, siempre con la idea de que hay que leer porque esto nos asegura un mejor empleo, un mayor ingreso, una posición económica y social más desahogada. Entonces nos esforzamos por estudiar los textos que nos ordenan en la escuela, tratando de sacar buenas calificaciones, y nos olvidamos de leer por placer. El resultado es que, al terminar los estudios, quedamos hartos de libros y luego ya no leemos ni por obligación ni por gusto.

Por lo tanto, enseñar que la lectura es buena sólo porque “sirve” para algo no parece ser la mejor política educativa. Al igual que el lector adulto, el joven lector sentirá mayor motivación a leer si lo hace por iniciativa personal. Si convertimos la lectura en una obligación y los libros en una herramienta de aprendizaje, corremos el riesgo de que niños y jóvenes lleguen a identificarlos como una imposición que debe evitarse a toda costa.

En cambio, si deseamos que niños y jóvenes se conviertan en buenos lectores, tenemos que empezar por decirles lo que todo lector consumado sabe bien: hay que leer porque se quiere, porque se disfruta, porque es un ejercicio que causa íntimo placer.

Por demás está decir que si hemos de leer para deleite del espíritu, hay que buscar libros, revistas, artículos verdaderamente interesantes que en forma sencilla y amena nos inviten a seguir leyendo.

Artículo publicado en la revista México Rural en su edición de julio de 2014.

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