¿Entre menos armas, menos violencia?

Cuando don Flavio Romero de Velasco, uno de los más ilustres gobernadores que ha tenido Jalisco, instrumentó a fines de los años 70 del siglo pasado el Programa de Despistolización –“los delincuentes portan pistolas del tamaño de su miedo”, decía–, pensó que desarmando a la gente, delincuentes o no, se podría reducir de manera considerable el número de delitos.

Aunque en este momento no dispongo de cifras exactas sobre el resultado final de aquel programa, lo cierto es que el tiempo dio la razón a este gobernador, porque logró reducir significativamente el número de homicidios, asaltos y robos, según el sentir de muchos ciudadanos que vivieron aquella época, al comparar lo que ocurría en Jalisco antes y después de ese sexenio en materia de seguridad pública.

Contexto internacional

Sin embargo, en el contexto mundial, los estudios realizados no demuestran de manera contundente que entre menos armas en la población civil exista menos violencia; por lo contrario, hay casos verdaderamente asombrosos como lo son Canadá, Suiza, Finlandia, Australia e Israel, donde existe amplia flexibilidad legal para que la gente porte armas, mientras que las tasas de homicidios en esos países son más bajas que en otros países desarmados como son Venezuela, Colombia, México, Brasil, Rusia y Sudáfrica.

En Estados Unidos, donde según su presidente Donald Trump, los asesinatos masivos no se deben a la cantidad de armas en manos de la población civil, sino a enfermedades mentales de quienes cometen estos crímenes (lo dijo claramente al comentar el último asesinato colectivo de Texas), hay 89 armas por cada 100 habitantes, el índice más alto del planeta. Y obviamente registra Estados Unidos uno de los más altos índices de homicidios.

Lo cierto es que entre más armas estén en poder de la población civil, puede haber mayor número de homicidios y más violencia.

¿Pero qué pasa? Las estadísticas internacionales muestran que el control más riguroso sobre las armas de fuego no reduce por sí solo la violencia, por muchas razones, entre otras, porque las leyes no son siempre eficaces para restringir la compra de armas (el contrabando, la corrupción, las influencias, etcétera, hacen muy difícil este control).

Cuestión de cultura

Por lo que veo, también hay que considerar cosas de cultura, de historia, de educación, de formación de la gente de cada país e incluso de cada región, porque si en México, por ejemplo, se diera amplia libertad a la gente para portar armas, lo más seguro es que volveríamos a los viejos tiempos, cuando por una cosa o por otra (simplemente porque me caes mal) habría que sacar la pistola y resolver las cosas a la brava (sucedió muchas veces, incluso en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión).

En conclusión, en México lo que más conviene es restringir las armas de fuego en manos de la población civil, y que sólo los miembros de las corporaciones policíacas y del Ejército puedan portarlas, siempre y cuando esto sea para proteger la seguridad y derechos de la gente.

 

javiermedinaloera.com

Artículo publicado por el semanario Conciencia Pública en su edición del domingo 19 de noviembre de 2017.

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¿Periodismo o activismo?

En los últimos años hemos visto la tendencia a confundir el periodismo con el activismo, tanto por parte de periodistas como de activistas. Sin embargo, es necesario aclarar que se trata de dos cosas muy diferentes: el periodismo busca informar con la mayor objetividad, imparcialidad y veracidad sobre las cosas que suceden en la vida diaria, mientras que el activismo trata de ganar adeptos para alguna causa política o social.

Mi trinchera es desde luego el periodismo, porque lo he ejercido durante más de medio siglo, lo entiendo y conozco su trascendencia, pero de ningún modo estoy en contra del activismo, porque también comprendo la necesidad urgente de remover conciencias para lograr objetivos de beneficio público.

Buenos y malos periodistas
En este momento de la historia de México y del mundo hay buenos periodistas que tratan de ser objetivos y leales a su profesión, es decir, de informar con la mayor objetividad lo que ocurre en sus respectivas comunidades, aportando los elementos de juicio necesarios para que sus lectores, sus audiencias, puedan formarse el mejor criterio de las cosas. Ésta es su profesión.

Sin embargo, vemos que no todos los periodistas respetan esta norma, sino que en su diaria labor buscan la manera de hacer activismo político o social en favor de una u otra causa, de derecha o de izquierda, en favor de un partido o de otro o en contra de los mismos, de suerte que el lector, el radioescucha o el televidente no sabe al fin de cuentas si se trata de un verdadero informador o de un activista.

De igual manera, el activista se disfraza muchas veces de periodista para dizque informar a la gente sobre acontecimientos políticos y sociales que ocurren en su entorno, lo cual degenera en una verdadera confusión que desorienta en gran medida a la opinión pública, porque muchas personas, sin conocer o advertir estos detalles, consideran como verdadero lo que no tiene fundamento.

No nos confundamos
A lo que voy es que no hay necesidad de hacernos bolas: una cosa muy clara es el periodismo, que todos los periodistas profesionales conocemos bien, o sea, informar con la mayor objetividad a la población para que pueda normar su criterio, y otra muy distinta es el activismo que busca ganar adeptos para alguna causa, sea o no legítima.

En otras palabras, el periodista, si realmente quiere sostener su imagen, su credibilidad, tiene la obligación de mantenerse neutral ante cualquier conflicto político y social, dando a sus audiencias todos los elementos para entenderlo, mientras el activista puede argumentar todo lo que quiera para lograr sus objetivos.

Esto no es fácil, porque a veces ocurren desgracias tan grandes que un periodista no resiste la tentación de convertirse en activista, lo cual, insisto, no es correcto, porque no es su campo.

De igual manera, el activista no debe involucrarse en áreas que competen al comunicador profesional, es decir, a dar por ciertas cosas que no lo son, aunque esté en su derecho de promover cualquiera de las causas que considere justas.

javiermedinaloera.com

Artículo publicado por el semanario Conciencia Pública en su edición del 12 de noviembre de 2017.

 

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Y no quitan el dedo del renglón…

Nunca fui “gringófilo” y espero no serlo, pero simpatizo con el sistema de justicia de los Estados Unidos, donde se da seguimiento a los casos de corrupción, no como en otros lugares de cuyos nombres, como dice Cervantes en “El Quijote”, no quiero acordarme.

Ciertamente, también en el vecino país se cuecen habas: hay corrupción, claro, la prueba está en el reciente proceso electoral, donde se acusa al actual presidente Donald Trump de haber manipulado la elección en su favor, con el apoyo de los rusos.

En otros países –en el nuestro, para no ir más lejos–, una acusación de esta naturaleza ya se hubiera esfumado en las intrigas del poder y en el silencio de los medios de comunicación, hasta el punto de perderse en la noche de los tiempos.

Pero otros son los caminos

En el sistema estadounidense las cosas caminan de otra manera: los políticos y la sociedad en general se preocupan por dar seguimiento a los casos de corrupción; existe cierto balance en las leyes y en su aplicación, aunque tampoco deja de haber influencia del poder para torcer la justicia.

Esto es lo que ha ocurrido en Estados Unidos desde que se conocieron, a fines del año pasado, las primeras noticias sobre la intervención de Rusia en la campaña de Trump en contra de su contrincante, la candidata demócrata Hillary Clinton.

Aquí lo importante es que políticos, jueces y periodistas norteamericanos no han quitado el dedo del renglón. Por más que alegan inocencia el presidente Trump y sus secuaces, hay ciudadanos interesados en que se haga verdadera justicia.

No sabemos en qué vaya a parar esto, pero hay antecedentes en la historia estadounidense sobre el castigo aplicado a encumbrados políticos que abusaron del poder. Está, por ejemplo, el caso del ex presidente Richard Nixon, quien tuvo que renunciar a su cargo al comprobarse su participación en el espionaje contra sus adversarios políticos en Watergate.

No sería remoto que le aplicaran la misma receta al señor Trump, que además de su probable complicidad en el caso de los rusos, ha tenido graves desaciertos en este primer año de su gobierno, al grado de que ya se habla de una alianza entre poderosos personajes de su país para echarlo del poder.

Y no sólo se trata de políticos y periodistas que están en contra de las medidas arbitrarias de Trump, sino también de fuertes sectores económicos como el de la industria automotriz, determinante en la economía estadounidense, que se siente afectada por el capricho trumpista de acabar con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Volvamos a lo nuestro

Pero dejemos a nuestros vecinos que arreglen sus problemas lo mejor que puedan y atendamos lo que a nosotros interesa, que es combatir a fondo la corrupción en México, no sólo en el gobierno sino en toda la sociedad. No se trata de una cultura ancestral, como dicen ciertos políticos interesados, sino de malas mañas adquiridas a través de los tiempos.

www.javiermedinaloera.com

Artículo publicado en el Semanario Conciencia Pública en su edición del domingo 5 de noviembre de 2017.

 

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¿Armas para todos?

En respuesta a mi anterior artículo sobre la urgencia de capacitar a toda la gente para protegerse contra los delincuentes que en forma nunca vista proliferan hoy a lo largo y ancho del país, sin que ninguna autoridad pueda hacer nada efectivo contra ellos, recibí numerosos comentarios que hablan de la preocupación general por este problema de seguridad; incluso algunos apuntan soluciones que vale la pena analizar.

Entre los comentarios recibidos figura el del buen amigo Carlos Prospero, antiguo compañero de “El Informador” y ahora distinguido académico, quien definitivamente se pronuncia porque se permita a todos los mexicanos portar armas para su legítima defensa, ya que por lo visto nadie está en posibilidad de garantizar su vida y sus bienes, debido obviamente a la ineptitud y/o corrupción de las autoridades.

Sin demérito de la opinión de Carlos, que mucho aprecio, esta tesis no es nueva, pues varias veces la escuché en labios del licenciado Jesús González Gortázar, el “Chacho”, hijo del exgobernador Jesús González Gallo, uno de los mejores mandatarios que ha tenido Jalisco. Decía el “Chacho” que todos deberíamos portar armas –incluso él lo hacía no sólo como charro, sino en su vida diaria–, porque primero –decía– está el derecho a defendernos ante cualquier circunstancia.

Puntos para considerar
Muy bien, pero hay varios puntos que hemos de analizar:

El primero es que el gobierno mexicano no va a permitir así como así que toda la gente porte armas, porque se provocarían casos tan graves como los que ocurren con frecuencia en Estados Unidos, donde cualquier loco se agarra matando gente a diestra y siniestra (lo sucedido recientemente en Las Vegas recuerda este riesgo).

En segundo lugar, aun cuando las autoridades fueran flexibles en los permisos de portación, es necesario capacitar a la gente para el manejo de armas, porque los delincuentes están obviamente mejor preparados para estos menesteres, a veces más que los militares y los policías: es su oficio y en él se juegan la vida.

Y un tercer problema, que considero el más importante, es que muchos no nacimos para manejar armas y menos para matar gente. Hay quienes –me consta–, que se resisten a matar animales incluso tan peligrosos como alacranes y ratas, así que, atentar contra la vida de un ser humano, por muy delincuente que sea, no está en su plan de vida.

¿Qué hacer entonces?
La conclusión es lógica, que el gobierno en todos sus niveles –federal, estatal y municipal–cumpla con su obligación de dar seguridad a los ciudadanos; es increíble que éstos ya ni siquiera se animen a salir a la calle, y menos de noche, por el temor de ser asaltados.

Lo he dicho muchas veces y lo repetiré cuantas veces sea necesario: la principal función del Estado es garantizar la vida de los ciudadanos y sus bienes, porque de otra manera no se justifica.
Los únicos autorizados para portar armas en este país deben ser los policías y los militares, pero siempre para proteger a la población.

javiermedinaloera.com

 

Artículo publicado por la revista Conciencia Pública en su edición del domingo 29 de octubre de 2017.

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No todos los libros salen buenos

Muchas veces compramos libros guiándonos por el nombre del autor, por el tema o porque simplemente nos atrae el título, pero al empezar a leerlo resulta que es enfadoso, pesado, y luego lo hacemos a un lado pensando que algún día retomaremos su lectura, lo que raras veces sucede.

Un autor recomendó en cierta ocasión terminar la lectura de cualquier libro, por enfadoso que fuera, para poder hacer un juicio correcto de la obra, pero pronto entendí que esto es una tortura china, porque hay libros que, con perdón de sus autores, los escribieron para que nadie los leyera.

Un libro debe ilustrar y divertir a la vez: si no te atrapa en las primeras páginas, suéltalo. Incluyo aquí los libros de texto, no porque deban ser divertidos, pero si su principal objetivo es instruir y no te gustan, cambia de vocación o de oficio.

Al principio no me sentí seguro de esto, pero al conocer la opinión del célebre escritor francés Miguel de Montaigne, quien recomienda abandonar cualquier libro que no te guste, confirmé que estaba en lo correcto. ¡Hay tanto que leer de verdadero mérito!

Luego conocí la anécdota del escritor norteamericano Washington Irving, autor de “Rip Van Winkle”, quien tenía un amigo al que casi siempre encontraba en las librerías comprando libros en cantidad. No había vez que no saliera de dichos establecimientos con 12 o 14 volúmenes, por lo menos. Preguntó un día Irving a su amigo por qué compraba tantos libros de una vez, y éste le respondió:

–Pues mira, por el mismo motivo que encargo todas las mañanas seis huevos para el desayuno. ¡Alguno saldrá bueno!

Vamos a leer porque el saber te hace valer.

javiermedinaloera.com

Artículo publicado por la revista México Rural en su edición de noviembre de 2017 (Aclaro que México Rural es la revista de mayor circulación en las zonas marginadas de México).

 

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