No ven, ni oyen

“Cándido o el optimismo” es el título de una de las principales obras del célebre escritor francés del siglo 18 Francois-Marie Arouet, mejor conocido como “Voltaire”, donde en forma muy sencilla narra las peripecias de quienes en aquel tiempo, y aún en la actualidad, creen que el mundo está arreglado para el bien, no para el mal, y que todo lo que acontece, incluso lo más aborrecible, es para provecho de la Humanidad.

Claro que esta es una de las obras críticas que nunca le perdonaron a Voltaire los jesuitas, ni políticos de todos los tiempos, porque simplemente les llegaba al fondo de la conciencia, si es que la tenían o la tienen. El problema es que Voltaire no vio las cosas color de rosa como las veían y las ven los poderosos, sino que trataba de mostrar que hay muchos aspectos negativos tanto en la sociedad como en el gobierno.

De ahí que vemos hoy a muchos políticos y gobernantes mexicanos, fieles seguidores de la filosofía del optimismo, para los que todo va bien (júzguenlos por sus hechos y declaraciones), es decir, nada de qué preocuparse, porque según ellos vivimos en un país de jauja, en “El Dorado” de Voltaire, donde todo es felicidad, seguridad y justicia, es decir, un paraíso, una isla impenetrable en el universo de la maldad.

Llega a tanto su convicción de que todo es felicidad, donde nada hay de qué preocuparse, que se sienten incluso con la autoridad moral suficiente para lanzarse en contra de los pocos activistas o periodistas que se atreven a levantar la voz contra los peligros del autoritarismo.

Recientemente, un periódico extranjero (¿por qué debe ser siempre la prensa extranjera la que exhiba nuestros defectos?), “The New York Times”¸ publicó que muchos activistas y periodistas mexicanos han sido sistemáticamente espiados por agencias gubernamentales.

Obviamente, el gobierno mexicano se apresuró a desmentir tal noticia, señalando que ha sido respetuoso de la libertad de expresión. El mismo presidente de la República, en visita oficial a Jalisco, reiteró que existe la libertad de prensa, pero al final de su discurso cometió un lamentable “lapsus” (le ganó la pasión). Sin más trámite, ordenó a las agencias de gobierno que se persiga, no a quienes hacen espionaje contra activistas y periodistas, sino a quienes se quejan de ello.

Nunca lo hubiera dicho. Al interpretarse este mensaje como una amenaza a la libertad de expresión, respetada en el mundo entero, el propio presidente tuvo que rectificar horas más tarde, señalando (al viejo estilo de Fidel Velázquez) que no dijo lo que dijo.

Sin embargo, queda claro que nuestro gobierno ve las cosas color de rosa, como en el cuento de Voltaire, un mundo muy diferente a como lo vemos el común de los mexicanos.

Javier Medina Loera es Premio Nacional de Periodismo.

www.javiermedinaloera.com

Artículo publicado por la revista Portada de México en su edición de julio de 2017.

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