La cultura popular, intocable

En aras de una modernización mal entendida, políticos de la nueva hornada se han lanzado contra costumbres y tradiciones populares, a las que no se puede combatir, a menos que se tenga el propósito de confundir a la gente, eliminar ideologías y llegar al poder y mantenerlo a como dé lugar, cosa que huele a fascismo.

El ejemplo lo tenemos ya en Guadalajara, donde la autoridad municipal insiste en acabar con las calandrias de caballos, que son patrimonio cultural de esta ciudad desde hace más de un siglo (con antecedentes en toda la época virreinal), pero además irrumpe estrepitosamente contra el pueblo católico al ofenderlo con una escultura, la del llamado sincretismo, que atenta incluso contra la historia, pues confunde a las diosas Coatlicue y Tonantzin.

En primer lugar, nada tienen que hacer los políticos tratando de reorientar las creencias religiosas de la gente, que datan de siglos o milenios, pues aparte de que el gobierno debe ser laico, porque así lo ordena la Constitución, las religiones pertenecen a la cultura popular, y ningún político tiene derecho a entrometerse con ellas. Ya lo dijo el Benemérito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

¿Qué pensarían, por ejemplo, los judíos, si de buenas a primeras el gobierno se lanza contra las sinagogas… O los de Hermosa Provincia, contra Joaquín Aarón… Igual que contra protestantes, anglicanos, musulmanes y tantas otras creencias que conviven en nuestro Estado?

Respeto por los demás
Respetemos a los demás por sus costumbres, tradiciones, creencias y formas de ser y de vivir, ya no digamos por su trabajo heredado por padres y abuelos, como es el caso de los calandrieros tapatíos, que lo único que piden es respeto por su legítima labor, en mala hora calificada como ilegal por el gobierno municipal.

Recordemos que cualquier cambio en cuestiones de patrimonio popular debe ser consultado a la gente, con mayor razón si se trata de un gobierno que se ostenta como “ciudadano”. Es un contrasentido hablar de “movimientos ciudadanos” cuando se ignora lo que a la opinión pública se refiere.

Cultura popular, intocable
El patrimonio popular no puede estar sujeto al vaivén de los criterios de cada gobierno o partido que busca el poder, porque entonces la sociedad se volvería un verdadero desastre. Hay que atenerse a las leyes para estos casos, y de hecho existen, sólo falta respetarlas. Y si no las respetan quienes aspiran a gobernar, ¿qué se puede esperar?

Hay, por ejemplo, muchos pueblos jaliscienses que han sido declarados “mágicos”, porque merecen serlo, pero si de buenas a primeras llega un político que les quita el nombre, porque así le da la gana, ¿de qué se trata?

Esto recuerda los viejos tiempos de la post-Revolución en que a los políticos les dio por cambiar los nombres antiguos de los pueblos por los de santos o revolucionarios. Nunca funcionó la idea, porque al final de cuentas la gente siguió llamándoles como antes, y no es por desengañarlos, pero así ocurrirá con todo lo que realmente tenga raíces populares.

www.javiermedinaloera.com

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General Antonio López de Santa Anna. Wikipedia.

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