Cómo adquirí el hábito de leer

De la Fundación Vamos a Leer en F.

   Permítanme hablar en esta ocasión de algo personal, y en gran parte familiar, sólo con el ánimo de poner un ejemplo vivo de cómo podemos llegar a tener un hábito de lectura permanente, como por fortuna ha sido mi caso.

   Todo empezó en mi temprana infancia:  Sucedió que mi madre, María Rosa Loera, acostumbraba contarnos cuentos todas las noches a mis hermanos y a mí, ya en cama, justo a la hora de dormir, cuando apenas tenía yo cuatro o cinco años de edad.

   Al estilo de las “Mil y una noches”, mi mamá nos dejaba siempre en suspenso, con la historia a medias, prometiendo terminarla al día siguiente, y esto despertaba grandemente mi imaginación. Al otro día, con ansia esperaba la noche para conocer el desenlace de la aventura que con tanta emoción ella contaba.

   Luego, a los siete años de edad, entré al colegio del Señor de los Rayos de Temastián, donde encontré a un buen maestro, Fortino Arellano, quien me enseñó a leer y escribir. Ya con este conocimiento, supe que una hermana de mi mamá, mi tía Severiana, tenía un libro de cuentos de los Hermanos Grimm. Se lo pedí prestado y me lo entregó con la condición de que no lo maltratara. Pronto lo leí todo y seguí con las historietas ilustradas que llegaban al pueblo, de las series “Vidas ejemplares” y “Vidas ilustres”, los cuentos de Walt Disney y de los vaqueros famosos.

   Por ese tiempo, mi padre, Maximino Medina, dueño de una tienda de abarrotes, y mi hermano mayor, Ignacio, empezaron a recibir por correo los diarios “El Informador” y “El Occidental”, de Guadalajara, así como “La Opinión”, de los Ángeles, Calif., mismos que usaban para envolver jabón, cereales y otros artículos de la tienda, pero antes de que los hicieran cucuruchos o “alcatraces”, yo los leía de cabo a rabo, sin dejar pasar ni los anuncios.

   Además, empezamos a recibir cada mes la revista Selecciones (“Reader¨s Digest”), que leía de principio a fin, y luego, sin que nadie la pidiera, comenzó a llegar también a mi casa, en forma gratuita, la revista “URSS”, a todo color, con propaganda política de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. Esto, aparte de varias publicaciones religiosas como “La Hoja Parroquial” y “El Amiguito”.

   Por ese tiempo tuve también la fortuna de contar con otro buen maestro de primaria, Florentino Covarrubias, quien me motivó por el camino de las letras, de suerte que, a la edad de 13 o 14 años, me interesé ya por otro tipo de lecturas, especialmente de libros que pedía por correo a Guadalajara y a México, entre otros “Don Quijote de la Mancha”, y así empecé a formar mi modesta biblioteca que hoy, a mis 67 años, alegra e ilumina mis días de jubilación.

   Imagen:  De la Fundación Vamos a Leer en Facebook.

   Artículo relacionado: Cómo formar un buen hábito de lectura.

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