El perdón de los arrepentidos

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San Pedro en un acto de contrición. Goya (Wikipedia).

En nuestros días se ha puesto de moda, tanto en la vida pública como privada, pedir perdón por errores cometidos en el remoto pasado y en el reciente: han usado este recurso los últimos Papas y hasta gente sin la más mínima calidad moral como lo es, por mencionar un caso, el candidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos, Donald Trump.

El problema es que, si bien, pedir perdón por algo que se hizo mal, aunque no sea uno el directo responsable, significa un “mea culpa”, un acto de contrición, un arrepentimiento por algo que nunca debió ser, este recurso no les sirve para nada a las víctimas del agravio cometido, sobre todo si éste fue fatal, es decir, que haya ocasionado su muerte o un grave trastorno en su integridad física o moral.

El gran pensador francés Miguel de Montaigne, del siglo 16, dijo en una ocasión que los reconocimientos sólo son útiles a quienes los reciben en vida, porque después de muertos no les sirven para nada. Él hablaba de éxitos, obviamente, pero en esta misma lógica yo agregaría los errores o fracasos, porque reconocer un agravio y pedir perdón por él, si éste ha causado un daño irreparable a alguien, tampoco le sirve para nada.

Cinismo y desvergüenza
Así las cosas, vemos que muchas veces existe hipocresía, superficialidad, en quienes recurren al perdón cuando saben que algo hicieron mal, ya se trate de instituciones o de personas. Claro está que quienes piden perdón buscan invariablemente limpiar su imagen, su trayectoria ante la opinión de los demás, pero insisto, esto de nada les sirve a las víctimas, sobre todo si el daño no se puede reparar.

Es importante, claro, pedir perdón si ello conlleva el compromiso de no volver a cometer los mismos errores; en este campo habría que considerar las declaraciones del Papa, de los pecadores verdaderamente contritos, de algunos gobiernos colonialistas de antaño y de tantos otros factores de poder que a lo largo de la Historia abusaron contra la población inerme. Si su intención es no repetir los agravios, algo puede rescatarse en el terreno de los derechos humanos.

La vida, el valor supremo
Sin embargo, la verdad es que hoy día, esto de pedir perdón a las víctimas de una ofensa, así sea remota o reciente, se está tomando por parte de algunos, sobre todo políticos sin escrúpulos, de aquí y del extranjero, como algo de rutina, como si con ello pudieran limpiar su triste y lamentable manera de vivir.

No es así, porque tarde o temprano, la verdad sale a flote. Las cosas son como son y hay que llamarles por su nombre, por crudas que sean. Si hubo ofensa grave a la sociedad o a una persona en particular, hay que admitirla sin subterfugios y afrontar las consecuencias. Si aquello tiene remedio, qué bueno, a corregir y punto, pero si hubo daños irreparables como es la pérdida de vidas, no valen disculpas, porque es la vida el valor supremo de que dispone el ser humano.

javiermedinaloera.com

Artículo publicado por la revista Conciencia Pública en su edición del domingo 23 de octubre de 2016.

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