Emplearse a fondo, valor de juventud

Estampida III. Foto Juan Ángel Peña Enríquez.

 “La Estampida” de Jorge de la Peña. Fotografía: Juan Ángel Peña Enríquez.

El escritor uruguayo-argentino Horacio Quiroga (1879-1937) narra la fabulosa historia de un caballo, un potro joven que llegó del desierto a la ciudad a vivir el espectáculo de su velocidad. Este potro sentía un ardiente deseo de correr sin reglas ni medida, dándose todo entero en sus disparadas salvajes.

Al principio, entregó gratis el espectáculo de su gran velocidad: comía desperdicios en los corrales y pasaba hambres, pero a la gente le empezó a gustar verlo correr y le ofreció, a cambio de su espectáculo, algo de paja y pasto ardido y seco; él aceptó contento porque lo único que quería era correr.

A pesar de la mala paga que recibía, el potro se empleaba a fondo, disfrutaba enormemente lo que hacía y a la gente le encantaba su espectáculo.

Tan pronto como los organizadores de espectáculos se dieron cuenta del éxito del caballo, llegaron en tropel a contratarlo, y éste empezó a recibir en abundancia lo que nunca había tenido: alfalfa, avena y maíz. Pensaba en lo feliz que hubiera sido en su juventud si entonces hubiera tenido la milésima parte de lo que ahora le ofrecían.

Sin embargo, habían pasado los años y ahora estaba ya cansado; su velocidad era la misma, pero ya no sentía el ansia de correr de otros tiempos. Entonces tuvo miedo de perder su prodigiosa velocidad y se volvió calculador, previsor, reservado; durante las competencias aprovechaba los vientos, medía las sendas; había dejado de correr con libertad, sin reglas ni medida, pero lo hacía con estilo, y un clamor de gloria lo divinizó.

Sólo algunos de los espectadores que lo habían visto correr en su juventud notaron el cambio, en tanto que el potro ya había entendido perfectamente su nueva situación: conservaba su bien ganada fama de gran corredor, pero se había vuelto mañoso.

Quiroga concluye su cuento con el siguiente mensaje:

Jóven potro: Tiéndete a fondo en tu carrera, aunque apenas se te dé para comer. Pues si llegas sin valor a la gloria, y adquieres estilo para trocarlo fraudulentamente por pingüe forraje, te salvará el haberte dado un día todo entero por un puñado de pasto”.

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