Lenguaje violento, mala señal

Reciben a Peña Nieto en Los Ángeles, Calif. (fotografía de La Opinión)

Reciben a Peña Nieto en Los Ángeles. (Foto: La Opinión).

El lenguaje violento resurge en el México de hoy como una sombra siniestra sobre un futuro incierto. A nadie escapa el hecho de que la violencia verbal es generalmente anuncio cierto de violencia física. Esto lo aprendimos desde niños, cuando las palabras violentas antecedieron casi siempre a la agresión física entre quienes presumían de amigos.

En las últimas semanas hemos visto manifestaciones sociales, aquí y en el extranjero, donde abundan los mensajes realmente agresivos contra gobernantes mexicanos y contra quienes los apoyan.

Admito que éste es un tema discutible, porque muchos de los que protestan en las calles o en las redes sociales son o fueron víctimas de agresión física por acciones u omisiones del Estado, de suerte que es difícil pedir moderación a alguien que ha padecido violencia del gobierno.

Pero claro está que también hay muchos pescadores a río revuelto, que sin haber sido víctimas directas de violencia oficial, llevan agua a su molino.

Por lo tanto, insisto en que los tiempos no están para echarle leña al fuego, porque como bien dijera hace muchos años un amigo de mi tierra, “es fácil prender la lumbre, lo difícil es apagarla”.

Legítimo es protestar, hoy sobran razones para ello, pero un pueblo con tanta experiencia histórica como el nuestro exige que lo hagamos en forma pacífica y ordenada, sin excesos verbales y menos atentando contra el patrimonio de la Nación, ni del privado.

México no está en condiciones de enfrentar cambios violentos; la mayoría de su gente ha sufrido mucho y no puede soportar más abusos. Urgen cambios, pero éstos deben ser necesariamente por la vía pacífica, porque la violencia no resuelve nada.

Reconozco además que las estructuras del poder político y económico de México no son permeables –vivimos uno de los peores momentos de cerrazón política y social–, pero sigo apostando por la protesta pacífica, porque como dijera Gaspar Núñez de Arce (1834-1903):

“No es la revolución raudal de plata
Que fertiliza la extendida vega.
Es sorda inundación que se desata
Y poderoso vértigo que ciega”.

Artículo publicado por el diario La Crónica de Hoy Jalisco en su edición del viernes 5 de diciembre de 2014.

 

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