Del periodismo político al digital en Guadalajara

   Actualmente hay mucho desconcierto sobre el futuro del periodismo; unos dicen que con Internet se acaba, otros buscamos adaptarnos a las nuevas circunstancias. En el caso de Guadalajara, es obligado hacer un repaso sobre el origen y desarrollo de esta profesión hasta la época presente. Creo que las nuevas tecnologías no debilitan el ejercicio periodístico, sino que lo fortalecen.

         Javier Medina Loera.

despertador americano

   Max Weber, sociólogo alemán de fines del siglo XIX y principios del XX, estaba tan convencido de la importante función política del periodista, que llegó a afirmar: “Tan sólo el periodista es político profesional y tan sólo la empresa periodística es por lo regular una empresa política persistente”.

   ¿Por qué decía lo anterior? Porque él consideraba con justa razón que el político tradicional lo es generalmente por determinados períodos de tiempo, mientras ocupa una representación popular o algún cargo público; su oficio no lo ejerce mientras está en la “banca”, donde suele perder gran parte de su vida profesional. En cambio, el periodista lo es de tiempo completo y, quiera o no, hace política de manera cotidiana y permanente.

   En realidad todos somos políticos ocasionales cuando depositamos nuestro voto, cuando aplaudimos o protestamos en una asamblea política, al desarrollar un discurso político e igualmente si realizamos cualquier otra manifestación de asentimiento o a la inversa, y los medios de comunicación son fundamentales para canalizar estas expresiones.

Primeros periódicos tapatíos

   Como bien lo afirma el historiador tapatío Juan B. Iguíniz, la prensa ha sido siempre el indicador más seguro del grado de civilización y cultura de los pueblos, así como el reflejo más vivo de las evoluciones que a través de los tiempos sufren las sociedades. Conviene por ello, para el propósito de este trabajo, recordar un poco de la historia del periodismo en Jalisco.

   El periodismo en Guadalajara data de los primeros años del siglo XIX. Durante los tres siglos de dominación española no hubo periodismo, entre otras importantes razones, porque no había imprenta. Ésta se estableció hasta 1792. Además, la capital de la Nueva Galicia era una ciudad tranquila, despreocupada del adelanto intelectual y con una población en su mayoría ignorante, casi en su totalidad analfabeta.

   En aquel tiempo las noticias iban y venían a través de los arrieros, encargados de transportar con sus recuas no sólo personas y mercancías, sino también correspondencia y toda clase de mensajes.

   Los primeros periódicos tapatíos, entre los que destacaron el “Semanario Patriótico” en 1809, “El Despertador Americano” en 1810, “El Telégrafo de Guadalajara” en 1811 y “El Monitor de Nueva Galicia” en 1813, se significaron por su carácter meramente político, reflejando como era de esperarse, las luchas que en ese período se empeñaron con tanto ardor insurgentes y realistas.

   Y este mismo carácter esencialmente político de los periódicos tapatíos, se mantuvo después de la Independencia y a lo largo de todo el siglo XIX, en que por lo general reflejaron la ardua lucha entre conservadores y liberales.

   Los objetivos de estos periódicos eran doctrinarios y su información sumamente escasa, no saliendo de los estrechos límites que les marcaban sus tendencias políticas o religiosas. Su círculo de acción se concretaba a la localidad, con tirajes que raramente pasaban de 500 ejemplares. Por lo regular no pasaban de cuatro páginas. Los anuncios comerciales eran muy pocos y baratos, y los oficiales eran sólo para los periódicos gobiernistas.

   Los periodistas de aquel tiempo no perseguían otro fin que el triunfo de un ideal, por el que luchaban con tesón, arrostrando los obstáculos y peligros propios del oficio.

El caso de “Juan Panadero”

Juan Panadero.

   Entre los numerosos periódicos tapatíos del siglo XIX destaca el “Juan Panadero”, fundado por el presbítero Felipe de Jesús Pedroza en el año 1871. Atrapado por su lema “por la razón o la fuerza”, este “Juan Panadero” ocupó un lugar preponderante en la prensa independiente de Guadalajara. Sus fines inmediatos eran propagar la candidatura del general Porfirio Díaz a la Presidencia de la República, oponerse a la reelección de Benito Juárez y combatir al gobernador del Estado Ignacio Luis Vallarta, así como al jefe de la Cuarta División Militar, general Ramón Corona.

   Fue “Juan Panadero”  el que en una ocasión publicó que “Don Nacho”, es decir, el gobernador Vallarta, era una “perra lángara”, porque pretendía cobrarles a los habitantes de Huejuquilla, en el extremo Norte del Estado, los impuestos atrasados de varios años, que no habían podido pagar porque estaban invadidos por el caudillo nayarita Manuel Lozada.

   Actualmente, en los tiempos de Internet, la libertad de expresión ha retomado de alguna manera el curso de aquellos días, pues ya a los gobernantes no sólo les dicen “lángaros”, sino cosas mucho peores.

La prensa revolucionaria

La Gaceta.

   Siguiendo con la historia, los primeros lustros del siglo XX fueron también de gran efervescencia periodística en Guadalajara, debido primero a las imposiciones de gobernantes durante el porfirismo, después por las luchas de partidos políticos en la misma época y finalmente por la Revolución maderista.

   Hubo entonces una enconada lucha por medio de los diversos órganos de prensa, entre otros, “La Gaceta de Jalisco”, “El Sufragio Libre”, “!Alerta!”, “La Justicia”, “El Plus Ultra”, “La Revancha”, “La Chispa”, “La Linterna de Diógenes”, “La Sátira”, “El Kaskabel”, “El Malcriado” y “El Partido Católico”, cuyos títulos dan una buena idea de su contenido.

   Obviamente no fueron pocos los atropellos que sufrieron los redactores de la prensa política del siglo XIX y de los primeros lustros del XX.

   La primera Constitución Política de Jalisco, expedida el 18 de noviembre de 1824, consignaba ya en su artículo noveno que el Estado garantizaba la libertad de imprenta, pero esto en realidad nunca se respetó, aunque justo es reconocer que algunas veces se abusó de ella.

   De cualquier manera, la buena fe de muchos de aquellos periodistas, que luchaban por una auténtica libertad de prensa, se comprobó cuando por ejercerla y defenderla sufrieron lo que más podía dolerles: la pérdida de su libertad.

La prensa comercial

El primer Info

   El Presidente Venustiano Carranza restableció la libertad de imprenta en 1917, con la sola limitación del respeto a la ley, a la moral y a la vida privada, pero a la vez puso en práctica los llamados “viajes de rectificación”, durante los cuales se trataba de convencer a los periodistas de que fueran más comprensivos y ecuánimes. “Destierro, encierro o entierro, era la consigna oficial contra el periodista incómodo.

   Al convertirse en gobierno la revolución triunfante, el fin de la lucha armada permitió el progreso de la industria y del comercio. Por todas partes empezaron a florecer las actividades económicas, y así nació la prensa comercial de los tiempos modernos. Fue “El Informador” el periódico que abrió en Guadalajara esta segunda etapa.

   Hacia el año 1905, dice el periodista Enrique Francisco Camarena, la redacción era un pequeño cenáculo de camaradería y de bohemia, en donde el director y los redactores convivían alrededor de una mesa enorme y se escribían a mano las cuartillas. Para 1916 en que aparecieron nuevos periódicos, se redactaba ya sobre la máquina de escribir, y aun cuando comenzaba a conocerse cierta distancia entre director y redactores, éstos convivían aún en un ambiente de camaradería, aunque ya no de bohemia, porque los sueldos eran más seguros.

   Y para 1920 y 1930 se habían organizado verdaderas instituciones periodísticas, que se fueron ampliando y fortaleciendo de acuerdo al desarrollo económico y social de la ciudad.

El periodismo digital, la nueva era

   Identificadas, pues, las dos grandes épocas del periodismo tapatío, la primera del siglo XIX y principios del XX, caracterizada por la politización de los órganos de prensa, y la segunda a partir de 1917, con el desarrollo de la prensa comercial, que incorporó también a lo largo del siglo XX a la radio y a la televisión, llegamos a una tercera etapa, que es el periodismo digital por Internet, con características muy especiales.

   Al hablar de prensa comercial me refiero a su base económica, que son los anuncios, los cuales necesariamente seguirán sustentando al periodismo digital; de hecho lo hacen ya y cada vez en mayor medida.

   Sabemos que en toda comunicación humana intervienen dos elementos: el emisor y el receptor, el que manda el mensaje y el que lo recibe. Esto no cambia. Tanto en el periodismo político como en el comercial hubo emisores y receptores, y ambos elementos existen también en la era digital, sólo que ahora ya no son unos cuantos los emisores, sino muchos millones, que también pueden comunicarse con millones de receptores del mundo. Y cualquier receptor puede convertirse automáticamente en emisor, y a la inversa. Tal es la maravilla jamás vista que nos ha traído la tecnología.

   Esto es lo que ha venido a cambiar el periodismo, pero no en su esencia, en su objetivo fundamental, que es y debe ser siempre el servicio a los demás, sino en la técnica, en las formas de hacerlo. No es lo mismo escribir para la imprenta una nota como la que estoy haciendo, con poco o ningún riesgo de que el lector me llame para rectificar, que redactarla para el medio digital, como es el caso, donde el lector tiene la mayor facilidad y libertad de comentar lo que considere justo, y yo, a mi vez, la facilidad de rectificar cualquier error, lo cual se dificulta en prensa e incluso en radio y televisión. Es éste un periodismo sin precedente por su dinamismo y trascendencia social, y desde luego muy positivo si se sabe mantener el respeto a los demás, que es básico en cualquier relación humana.

   En conclusión, entre el periodismo tapatío del siglo XIX y el actual existe enorme diferencia en el aspecto técnico, no en sus principios éticos. Ciertamente, el periodismo político era por su propia naturaleza sectario, doctrinario, manipulador, en tanto que el comercial se aleja del profesionalismo en la medida en que predomina el interés de vender, no de servir a la comunidad. El periodismo digital hereda del comercial su base económica, la publicidad, pero al menos el receptor tiene por vez primera en la historia la oportunidad de defender con la mayor inmediatez sus puntos de vista.

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Perdido en el Reclusorio Oriente. Entrevista con FRV

   Realicé esta entrevista con el ex gobernador de Jalisco, Flavio Romero de Velasco, en el Reclusorio Oriente de la Ciudad de México, el 29 de febrero del año 2000, y se publicó en El Informador el 6 de marzo del mismo año. Don Flavio había sido aprehendido en Guadalajara el 23 de enero de 1998, acusado de complicidad con el narcotráfico, y fue liberado por falta de pruebas el 14 de julio del 2001. Romero de Velasco atribuyó esta detención a una venganza política del Presidente Ernesto Zedillo, quien gobernó el país entre el 1 de diciembre de 1994 y el 30 de noviembre del 2000.

   Javier Medina Loera

Flavio Romero de Velasco. Cartón de Caloca. El Informador.

 Cartón de Rodolfo Caloca.

   Para entrevistar al ex gobernador de Jalisco, Flavio Romero de Velasco, en el Reclusorio Preventivo Oriente del Distrito Federal, había dos caminos: uno, registrarme como periodista ante las autoridades del penal, con lo cual obtendría quizás las facilidades del caso, pero también el riesgo de censura y ocultamiento de la verdad que se vive en el centro penitenciario. Dos, correr la aventura que como ciudadanos comunes y sin influencias padecen miles de visitantes que tienen parientes o amigos en ese lugar. Opté por el segundo.

  Me informé sobre los días y horarios de visita y requisitos para ingresar al reclusorio, entre ellos, vestir prendas que no sean de color beige o negro, para que el visitante no se confunda con el uniforme reglamentario de internos y custodios. En mi caso, es obvio que tampoco debía llevar cámara fotográfica, grabadora, y menos aún credencial o tarjetas de periodista.

   Así, vestido con camisa amarilla y pantalón verde soldado, llevando conmigo sólo un libro como regalo a don Flavio, una docena de fichas de registro para tomar notas, dos plumas económicas, credencial de elector y billetera con no más de 600 pesos, me apersoné a las 9:30 horas del jueves 29 de febrero del año 2000 (me habían dicho que el jueves era el día de menos visitas) frente al Reclusorio Oriente ubicado en el número 100 de la Avenida Reforma Oriente, en la Delegación de Iztapalapa, un edificio de corte moderno con fachada de concreto y ladrillo rojo de fábrica.

   Cuando llegué a ese lugar había ya una fila de más de 500 personas para ingresar al penal. Tomé mi lugar al final de la misma, y no había pasado ni un minuto cuando se acercó un niño de unos 10 años preguntando si quería un lugar adelante. Le respondí que no, porque éste era el sitio que me correspondía por haber llegado tarde. Le expliqué que los mexicanos debíamos acostumbrarnos al orden y al respeto a los demás.

El “hotel” más caro del mundo

Reclusorio Preventivo Oriente del D.F.

Reclusorio Oriente del Distrito Federal.

   El discurso que le receté al niño hizo reír de buena gana a una joven señora que hacía fila frente a mí: “Ésta es la primera vez que viene usted, ¿verdad?”. “Sí – le respondí-, tengo un amigo en el Dormitorio 9, que quiero visitar”.  -¿En el dormitorio 9?, preguntó sorprendida, “¿entonces, por qué no le hizo caso al muchacho ése? Ellos a eso se dedican: madrugan, toman los primeros lugares de la fila y luego los venden a diez pesos. De otra manera, usted va a esperar aquí por lo menos hora y media, porque primero entran los influyentes y los que pagan, después los pobres”.  -“Pues, prefiero esperar”, contesté.

   “Creo que está usted en un error”, insistió la señora, “porque si viene al Dormitorio 9 es porque tiene con qué pagar, y acuérdese que éste es el hotel más caro del mundo. Aquí se paga por todo”.  -“Pues de todos modos me quedo. Cumplo con todos los requisitos del Reglamento y no tengo por qué pagarle nada a nadie”, le dije todavía con mucha dignidad. La mujer rió de nuevo y movió la cabeza como diciendo: “Qué tipo tan terco”.

   Pasó efectivamente hora y media antes de que llegásemos al portón principal, donde hay un gran letrero que dice: “Todos los servicios que presta esta institución son gratuitos. Artículo 146 del Reglamento”.

   Al cruzar el umbral hay una gran explanada, a la que llaman “aduana”, con mostradores donde se solicitan los pases personales. Ahí se forman también enormes filas, dependiendo de la sección adonde van los visitantes, así como las áreas de revisión para hombres y mujeres, registro de pertenencias, etcétera. Me formé en la fila que tenía menos gente, y al llegar mi turno, una mujer con rostro duro y voz tronante pregunta: “¿A dónde va?”  -“Al Dormitorio 9”.  -“Esta vez le voy a dar el pase, pero ¡para la próxima se forma usted en el uno!”.  -“Sí, señorita”.

   Con el pase color rosa en la mano me dirigí al puesto de “Revisión de hombres”. De nuevo formé fila y a esperar turno. Hay ahí varios compartimientos con puertas de entrada y salida hacia un corredor que conduce a los dormitorios. En cada uno hay un custodio uniformado de negro que revisa a los visitantes. Me tocó el uno. El policía, un tipo joven, tez blanca, baja estatura, de bigote, me revisa y pregunta: “¿Para qué tanto papel”?  –“No señor, es solo un libro para regalo y fichas para tomar recados”.  –“Pos es mucho papel. Además, présteme su billetera. ¡Uhh… Y también trae mucho dinero”. Y poniéndose muy serio, ordena: “Tiene usted que acudir a Pertenencias para registrar estos papeles y el sobrante de dinero”  – “¿Dónde queda eso?  –“Por allá”, me respondió de mala gana, señalando otra fila como de 300 personas cargadas con bolsas.

   A estas alturas ya me había arrepentido de no aprovechar las influencias. Comprendí que si seguía así, me pasaría todo el día haciendo filas, sin cumplir con la misión que llevaba. Así que le dije al policía: “Oiga amigo, ¿no habrá otro modo de arreglar las cosas?” El antes celoso guardián se puso feliz, extendió las manos hacia mí y sonrió de oreja a oreja. Entonces saqué un billete de 20 pesos y casi me lo arrebató. -“¿Qué tengo que hacer ahora?”, pregunté.  –“Nada. Irse al Dormitorio 9”.

Rumbo al Dormitorio 9 ¡Qué experiencia!

   Hay que pasar por un laberinto de corredores, rejas y puertas de acero, donde le sellan a uno la mano derecha, que luego hay que ir metiendo tanto en la ruta de entrada como de salida, por una serie de cajitas con luz infrarroja que sirven para distinguir a los visitantes de los internos. En uno de estos primeros puestos se canjea el pase rosa por un gafete rojo numerado, especial para los que van al Dormitorio 9. Ahí se entrega también la credencial de elector, que luego se recoge a la salida.

   En mi caso, lo peor de todo es que me extravié en aquel laberinto de concreto y acero. En vez de llegar al 9, fui a parar al Dormitorio General donde vegetan los presos en medio de la más espantosa promiscuidad, suciedad y degradación. De pronto me topé con un tumulto de más de 100 internos que me preguntaban a dónde y con quién iba. Contesté que al Dormitorio 9, con don Flavio Romero de Velasco. ¡Grave error! Todos querían dinero. Saqué un puñado de monedas de cinco y diez pesos y las repartí. Para esto, los custodios nomás observaban de lejos, sin la menor intención de intervenir; creo que algunos hasta se reían, ¿o serían mis nervios?

   Luego, de entre los mismos presos, salió un tipo peinado con cola de caballo, voz y ademanes de líder, calmó a los internos, me tomó del brazo y sacándome del tumulto, dijo: “Yo te llevo con Flavio”. Me aconsejó que en el recorrido que hiciéramos, aunque me pidieran más dinero, a nadie le diera, nomás a él. Y así lo hice. Me condujo hasta la puerta del Dormitorio 9, le di las gracias y 27 pesos, lo último que me quedaba en el bolsillo.

El paraíso del Reclusorio Oriente

Fromero

 Flavio Romero de Velasco.  

   Tan pronto como ingresé al Dormitorio 9, pude reconocer a 20 metros la figura de don Flavio, solo, sentado bajo una sombrilla, vestido con chamarra, camisa y pantalón beige, los colores reglamentarios, y con sus acostumbrados lentes blancos que usaba para leer. Un libro abierto sobre la mesa, la “Historia de la Humanidad”, de Plaza & Jones. También él me reconoció de inmediato, se levantó y salió a mi encuentro con su amable saludo de siempre: “Qué dice Temastián”  (mi pueblo de origen).

   Me invitó a tomar asiento: “Llega usted al paraíso del Reclusorio Oriente”, dijo sonriendo.  -“Si, pero ya me andaba para llegar aquí”, contesté, y le conté mi odisea. -“No es más que el reflejo de México”, añadió sin más comentario.

  El Dormitorio 9 es en efecto el paraíso de este reclusorio: un espacio protegido, de poco más de media hectárea empastada; luce frescos alcatraces alrededor y en medio hay varias sombrillas playeras con mesas y sillas de plástico, donde conviven 40 internos. Esta área contrasta con el resto del penal, sobresaturado con una población de 7,341 internos, cuando su capacidad instalada es de sólo 4,293.

   – ¿Cómo va su caso?

   – Después de un largo itinerario judicial en el que se han cometido múltiples atracos e inepcias al margen de la Constitución, mi caso está sujeto a revisión en un tribunal colegiado integrado por magníficos juristas y hombres probos, ante quienes casi es imposible que pueda llegar alguna consigna, que de ningún modo aceptarían.

   Este tribunal colegiado –agregó- conocerá de las violaciones que al margen de la Constitución se han cometido. Las resumió así: 1.- Se me ha aplicado sin ningún pudor retroactivamente la ley. 2.- Tres veces he sido consignado por los mismos hechos. 3.- Violando los requisitos de procedimiento se me ha juzgado sin haber querella de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. 4.- El Ministerio Público representante de la Procuraduría General de la República rompió el principio de indivisibilidad de la acción penal al hacer dos consignaciones paralelas más, sin tener ya el carácter de autoridad porque era parte de mi proceso. 5.- En esta segunda consignación no se me escuchó en declaración ministerial, ya que no fui citado a declarar. 6.- Se me está aplicando la ley por analogía y mayoría de razón, porque los hechos que se me imputan en el proceso son conductas que corresponden a terceras personas que no conozco. Todo ello está plenamente comprobado.

 Inexplicablemente –continuó- todos estos señalamientos han sido infructuosos en detrimento de mi libertad, de lo cual se desprende que a mí no se me ha aplicado la ley, sino la fuerza del poder.

     – ¿Cuándo obtendrá su libertad?

   – Ya era para esta semana. Sin embargo, debo esperar el término que los señores magistrados necesitan para fundamentar su decisión. En cualquier momento, a partir de esta semana, puedo salir libre.

   – ¿Qué resultado ha tenido la reciente petición de su hija Cynthia al candidato presidencial del PRI, Francisco Labastida, para que intervenga en su favor?

   – Fue un hecho emotivo, justificable de parte de mi hija, por las injusticias de que he sido objeto. No creo que el licenciado Labastida pueda tener intervención alguna, porque mi asunto no puede ser sujeto de recomendacionismo, ya que los juzgados determinan lo que en justicia proceda.

  – ¿Cree usted que su caso tenga que ver con alguna venganza política?

   – (Sin titubeos) Soy víctima de una venganza política, porque mi asunto es estrictamente político con presuntas justificaciones de tipo judicial.

   –  ¿A quién culpa?

   – A quien resulte responsable. Cabe decir que en principio el Estado Mayor Presidencial conoció de la carta que yo le envié al Presidente de la República [Ernesto Zedillo] a través de su hermano. Un vicealmirante del Estado Mayor Presidencial me habló por teléfono a Guadalajara para que yo le explicara el contenido de esa carta. Esta persona desayunó conmigo en el Sanborn´s de Vallarta. Días después el Estado Mayor Presidencial entregó la carta a la PGR para que procediera a la investigación de los hechos que yo demandaba en dicha carta.

    Cabe preguntar: ¿Acaso el Estado Mayor Presidencial de “motu proprio” hizo alguna recomendación a la PGR para que procediera en mi contra elaborando una serie de hipótesis figurativas para de alguna manera aparecer como inculpado de sospecha?

   La conclusión es que yo he sido denunciante y víctima a la vez. ¿A quién denuncié yo? A la persona que me engañó y que se decía amigo personal y representante del Primer Magistrado.

   – ¿Su caso podría ser parte de un rencor de la Federación contra Jalisco?

   – No creo que haya rencor o malquerencia de la Federación contra Jalisco, porque en realidad, los rencores políticos, de haberlos, serían contra las personas y no contra el Estado. Yo pude haber tenido diferencias con la Federación, pero no enfrentamientos.

  – ¿Considera usted que la justicia mexicana es limpia y que no recibe consignas del Poder Ejecutivo?

   – Mire usted: De todo hay en la viña del Señor. Yo no puedo decirle que todos los jueces son corruptos y susceptibles de influencias ni que todos sirven estrictamente a las más altas causas del Derecho. En este medio, una gran mayoría de jueces, tengo la certeza de que son incorruptibles, pero también le expreso que muchos de ellos son verdaderos mercaderes de la justicia.

   Afortunadamente, el presidente de la Suprema Corta de Justicia, de hoy, ha hablado con claridad y suficiencia para dar confianza a los servidores de la ley, haciéndolos responsables de sus propias soluciones sin admitir recomendaciones o consignas que desvirtúen la acción de la justicia.

  – Me impresiona verlo –le dije, cambiando el tema– en magnífica condición física. Pensé que lo iba a encontrar abatido.

   – No estoy abatido, ¡estoy indignado! Aquí muchos están resignados, pero quien tiene la conciencia limpia, de ninguna manera.

   A mis 74 años tengo una espléndida salud de conscripto. No he tenido enfermedad nunca en mi vida. Sin embargo, he sufrido aquí dos graves contratiempos: el primero, en el temporal de lluvias de 1998, cuando estando leyendo afuera de mi celda, porque tengo claustrofobia, empezó a llover y me refugié en un tejabán que está atrás del dormitorio. Cayó un rayo junto a mí y salí botado, salían chispas de los tubos y me salvé de milagro. En la caída que tuve me fracturé dos costillas.

   El otro fue hace seis meses, por una caída cuando hacía ejercicio, como lo hago diariamente a las siete de la mañana. Sufrí un fuerte golpe en el codo, que me produjo un derrame cinobial tan tremendo que tuvo que venir un cuñado mío a operarme con 15 puntadas. Pero, fuera de eso, ni gripe me ha dado. Es más, nunca sufrí enfermedades, ni de las de niño. Tengo estómago de concreto.

    – ¿Qué trato le han dado las autoridades del Reclusorio?

    – El trato es amable, que no por ello deja de ser igualitario.

    – Sus alimentos, ¿cómo son?

   – Yo los encargo. Es una especie de comida familiar, para no comer lo que comen aquí todos los presos, que es espantoso.

   – Hábleme de un día cualquiera. ¿Qué hace desde que se levanta hasta que se acuesta?

    – Decía un maestro mío, don Edmundo O´Gorman, hermano de Juan, que la rutina y el hastío doblegan el alma. Yo no me he dejado doblegar, porque tengo afortunadamente el vicio de la lectura. Estoy escribiendo un libro de ensayos, que desgraciadamente tuve que interrumpir cuando fui aprehendido. Sin embargo, le he dado cierta continuidad en mi cautiverio. En este momento escribo el segundo tomo.

   Para quienes tienen pendientes con la sociedad la rutina hostigante es castigo, lo cual no es mi caso.

   – ¿Duerme bien?

   – Duermo bien, excepto cuando las preocupaciones y las injusticias llegan a enfermarme de desesperanza.

   – Y al llegar esa desesperanza, qué es lo que le reconforta?

Flavio Romero y familia.

 Don Flavio con su familia, en Casa Jalisco.

  – El apoyo incondicional de mi esposa y de mis hijos. Sin embargo, me deprime el olvido de mucha gente de mi afecto que acaso haya podido imaginar que yo en un momento dado de debilidad haya sido capaz de una impostura que desdijera la limpia trayectoria de toda mi vida.

    – Sus finanzas personales, ¿es cierto que andan mal?

    – A partir de esto, mis modestas reservas se agotaron, llegando al extremo de estar demandado por mi propio abogado defensor. Tengo ciertamente crisis de liquidez, pero no insolvencia.

  – ¿Y de esas muchas personas a las que usted ayudó en su momento, ninguna le ha ofrecido apoyo gratuito?

   – Aquí no. En Guadalajara he recibido el apoyo jurídico de dos personas excepcionales, como lo son el licenciado Pedro Aguilera y la licenciada María de la Luz Casillas. Es un servicio generalmente desinteresado.

   – ¿Su partido qué ha hecho?

   – Algo que verdaderamente me contrastó después de 48 años de militancia en mi partido, es haber recibido la suspensión en mis derechos partidarios (no estoy expulsado) al tercer día de haber sido consignado, y cuando apenas el juez de mi causa empezaba a enterarse del turbio expediente de consignación. Con ello, asumiendo funciones jurisdiccionales que no le competen, me dejó el estigma de su condena anticipada, sin darme siquiera oportunidad de defenderme.

  – Sin embargo, el precandidato panista que hoy puntea en las preferencias electorales de Jalisco, Francisco Ramírez Acuña, declaró hace poco que usted es uno de los dos grandes gobernadores que ha tenido el Estado en toda su historia. ¿Qué opina al respecto?

   – Por venir de quien viene lo considero un comentario que me enaltece, Se necesita mucho desprendimiento político y mucha categoría moral para emitir en mi circunstancia una opinión tan valiente, como la que ha expresado. Le envío desde este injusto confinamiento un abrazo y mi agradecimiento.

     –  ¿Quisiera usted enviar un mensaje a la gente de Jalisco?

  – A los ciudadanos de Jalisco, a quienes tuve el honor de servir como gobernador del Estado, les digo que pueden tener la plena y absoluta seguridad de que quien fue su gobernador no tiene culpas qué esconder ni desvergüenzas de qué arrepentirse.

    – ¿A qué se dedicará usted cuando obtenga su libertad?

   – A conciliarme con la vida. No es fácil, después de haber sido mutilada mi existencia, poderse deshacer de los rencores que se han incubado en las sórdidas horas de privación de la libertad. Tendré que anudar fuertemente los lazos afectivos de mi familia y la confianza de todas las personas de mi consideración, para que todos sientan que al reintegrarme a la comunidad jalisciense, lo hago sin sonrojo y con la frente en alto. Ciertamente estoy agraviado. Sin embargo, nadie puede vivir de rencores. Superaré mi circunstancia difícil con entusiasmo y decisión. ¡Siempre hay un mañana!
Así terminó la entrevista. Don Flavio me acompañó hasta la salida del Dormitorio 9, justamente hasta donde se encuentra la última reja a la que le permitían llegar y donde había varios guardias. Ahí nos despedimos.

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Guadalajara, paraíso de carteristas

   Este trabajo obtuvo el primer lugar de la categoría profesional en el Concurso Periodístico de Comunicación Cultural, A.C., en el año 1978. Compartimos el galardón el colega y amigo Ángel Fuentes Ambriz (qepd) y un servidor. Incluye una entrevista con “La Pulga”, famoso carterista de la época. Hoy como ayer los ladrones trabajan a sus anchas en la ciudad, con el agravante de que ahora son más numerosos, agresivos y descarados.

     Javier Medina Loera.

 Carteristas. Imagen de El Referente.

 “Dos de bastos” (El Referente).

 En una ciudad donde policías y ladrones suelen ser socios inseparables, despojar de sus carteras a los pacíficos ciudadanos es un negocio redondo.

   Cientos de carteristas de todas las edades, de todas las categorías, de casi todos los Estados y aún de distintas nacionalidades de Centro y Sudamérica, han encontrado en Guadalajara el campo ideal, seguro, agradable y promisorio para trabajar.

   Las muchedumbres aumentan, la Justicia se vende, la sociedad se vuelve tolerante y los carteristas profesionales abandonan incluso el Distrito Federal, que era su refugio, para venir a esta ciudad a labrar su fortuna y su prestigio. Prueba de ello son las interesantes revelaciones hechas por agentes de la Policía y por carteristas.

Los grandes maestros

   El arte de robar carteras ha llegado a ser tan significativo en Guadalajara, que algunos de sus exponentes no sólo disfrutan de riquezas, sino también de influencia y fama, como son “El Maestro” y “El Príncipe”, éste último llamado también “El Artista”, de quienes se asegura que viven en magníficas residencias, viajan en automóvil propio y cuentan hasta con casas de campo para descansar los fines de semana.

   Asombra el respeto con que los carteristas hablan de “El Maestro” y de “El Príncipe”. Consideran el más alto honor haber trabajado alguna vez con ellos y dan cuenta de sus actos como si se tratara de las obras de arte más perfectas de la Tierra.

   Debajo de estos maestros hay una extensa gama de “mete-manos”, que van desde los muy competentes, pero que son despilfarradores y viciosos, hasta los niños de ocho o diez años, que apenas aprenden el oficio.

Cómo y dónde viven

   Muchos nacen ya carteristas en el seno de familias completas de ladrones, pero son también numerosos los que adquieren su formación durante la niñez y la adolescencia, en las familias desintegradas, en las vecindades pocilga, en los cinturones de miseria y en las pandillas de barrio.

   Se estima en más de 300 la población de carteristas activos en Guadalajara.  Por las características de su oficio, viajan bastante, organizan sus “giras”, no es estable su residencia, y esto dificulta en gran medida la acción de la Policía.

   Hay fechas especiales en que se acumulan los carteristas foráneos, en ocasión de ferias o fiestas religiosas, como la Romería a Zapopan, pero por lo general Guadalajara es durante todo el año la ciudad favorita de los ladrones. Dicen ellos que el Distrito Federal es mala plaza “porque los policías ya se hicieron muy exigentes… con los centavos”.

   Las ganancias de un carterista son, obviamente, muy eventuales. Algunos han agarrado “jales” hasta de 65 mil pesos, pero en su mayoría son muy flojos, no “pegan” diario, si les va bien un día, vuelven a trabajar hasta la siguiente semana. Despilfarran el dinero y por lo general son drogadictos.

   Viven en barriadas, procurando hacer el menor bulto posible. La Policía los ha localizado principalmente en Oblatos, Colonia  del Fresno, Polanco, Talpita y San Andrés, es decir, en los barrios viejos y populosos. Y, cosa curiosa, no los han encontrado en las nuevas áreas marginadas.

Quiénes son y dónde actúan

Camiones, carteras y carteristas.

 Con las carteras bien agarradas.

 Empleados y carteristas siempre abordan juntos los camiones urbanos, entre ocho y nueve de la mañana, una y dos y tres y cuatro de la tarde y siete y nueve de la noche.

   Los camiones, llenos o rellenos, son el principal campo de acción del carterista, pero no se quedan muy atrás los mercados populares, la Central Camionera, las grandes tiendas comerciales, las bodas en las iglesias y las salas de espectáculos. Aun en las pesadas horas de la madrugada, como en la Terminal de Autobuses, cuando los “Giles” o tontos que se dejan robar, están modorros, los rateros están más que despiertos.

   Y como en todos los oficios, también los carteristas tienen sus especialidades, tanto en cuestiones técnicas como en ambientes de trabajo:

   Los principales “envaisadores” de los camiones son los hermanos Rafael “El Maestro” y Carlos Alatriste, así como “El Príncipe” y su esposa (andan libres). “El Maestro” tiene unos 47 años, 1.70 de estatura, blanco, pelo algo ondulado, fornido, da la impresión de ser fuerte y, aunque no usa traje, viste con elegancia. Por su parte, “El Príncipe” tiene unos 35 años, es alto, moreno y fornido.

   Trabajan también en los camiones Gilberto “El Tripas”; Arturo Nuño Ruiz, quien inició su carrera robando tarjetas postales en el centro de la ciudad; Rubén Tejeda, alias “El Salario Mínimo” y su esposa Teresa (también libres). Por cierto que Tejeda debe su apodo a los agentes policíacos, quienes le pusieron “El Salario Mínimo” debido a su fama de tacaño, ya que siempre les regatea la “mordida” y les da el mínimo posible.

   “El Tripas”, Nuño Ruiz, “El Salario Mínimo” y su esposa, traen siempre amparos que los protegen de la Policía. Cuando los encuentra un “tira”, o sea, un policía, y les pregunta: “¿Traen contrato?”, ellos responden que sí, y entonces cada quien sigue su camino.

   En la Central Camionera “envaisan” Manuel “El Cremero”, que es un rata viejo, así como Guadalupe Luján, “El Hitler”, “El Ronco”, “El Compadre”, una mujer delgada, güera, llamada Lupe, y Juan “El Sapo”; éstos acostumbran “trabajar” también los templos y los espectáculos. Y en las tiendas del Centro Histórico, tres mujeres de México llamadas “Las Paulas”, dos de unos 35 años y la mayor de 55 (todas libres).

Las técnicas de trabajo

Antigua Central Camionera. Coplaur Guadalajara en F

Antigua Central Camionera, centro de operaciones (Imagen de Coplaur Guadalajara).

   Hay dos tipos de carteristas: los que trabajan solos y los que actúan en grupo. A todos los “traviesos”, como ellos se hacen llamar, les conviene el trabajo colectivo. Sin embargo, aunque suene como una perogrullada, es su falta de honradez la causa principal de sus desavenencias.

   Cuando actúan en grupo, hasta de cuatro o cinco, y alguien “se va al baño”, esto eso, que uno se escapa con el dinero y deja a los demás sin nada, surgen los pleitos entre ellos, y esto hace que algunos prefieran andar solos.

   La técnica del “paro” o “tranca”, que se usa de preferencia en los camiones, consiste en que mientras unos entorpecen el movimiento de la gente o distraen su atención con cualquier artimaña –“las bolas se hacen para robar”-, otros se encargan de sustraer las carteras de los ciudadanos.

   Quienes trabajan solos adquieren, por su parte, una extraordinaria destreza en el manejo de la “muleta”, que es cualquier objeto, una carpeta, una chamarra, un periódico, que les sirve para evitar miradas indiscretas cuando sutilmente hacen “el dos de bastos” en el bolsillo del prójimo. Algunos son todavía más disimulados cuando aparentan ser, por ejemplo, vendedores de pasteles: con la izquierda manipulan el canasto y con la derecha “envaisan” a su vecino.

   La mayoría son muy vivos. Con su vasta experiencia presienten a quien pueden “envaisar”. Después de los cursos teóricos y prácticos que reciben de sus maestros –todos los carteristas han tenido por lo menos un maestro-, afianzan sus conocimientos a través de los golpes y de las cárceles, algo semejante al moderno sistema de “Educación continuada”.

   “Voy a echar un tirito”, dicen, y si la víctima resultó ser una elegante dama que traía un buen bolso o “porta”, como le llaman ellos, entonces comentan: “Por ahí me eché una portita, y me salió poco más o menos”.

   Son livianos para correr, pero si por su mala suerte los sorprende la Policía, suelen exclamar: “¡Ya me torcieron!”, y luego se dirigen al “tira”: “Ai´ te va una cabecita (que son 100 pesos). Dame una cita para llevarte lo demás”.

   Sólo excepcionalmente algunos resultan demasiado torpes, como Manuel López Castro, alias “El Silencioso”, de 18 años de edad, quien vino de Culiacán porque ya lo habían metido 30 veces a la cárcel, y en Guadalajara, con apenas dos meses de “trabajo”, tuvo tres caídas en el Servicio de Investigaciones. “Cada vez que lo hago, me agarran”, confiesa.

Los jueces y la ley

Muchedumbres, ideales para robar.

“Las bolas son  para robar”.

   El Juez Sexto de lo Criminal, Lic. Esteban Asunción Robles, informó que, aunque la Ley no especifica a los carteristas, si el robo no pasa de de mil pesos, se considera simple, y se castiga con seis meses a tres años de prisión y una multa de 50 a 300 pesos; cuando excede de mil pesos, las penas son de tres a nueve años de prisión y una multa de 300 a diez mil pesos, sin derecho a fianza.

 Pero si el carterista actúa con violencia –a veces traen armas blancas-, entonces, aparte de las penas por robo, se aumenta el castigo de dos a cuatro años de prisión.

   En sus declaraciones, los carteristas casi siempre manifiestan que es la Policía la que los obliga a robar, porque, como ya están fichados, aunque no roben los pueden detener por vagancia y malvivencia, exigiéndoles cuotas a cambio de no molestarlos.

   Por su parte, el Lic. Jaime Cedeño Coral, magistrado del Supremo Tribunal de Justicia del Estado, afirmó que muchos carteristas obtienen amparos administrativos del Juez de Distrito para no ser detenidos, pero si al carterista lo agarran in fraganti, el amparo se anula automáticamente.

   En general, dijo el Lic. Cedeño, estos amparos son tramitados por abogados de pocos escrúpulos, ya que saben bien que quien los solicita es gente que se dedica a cosas ilícitas.

Entrevista con “La Pulga

   Guillermo Barba Rentería, alias “La Pulga”, uno de los más hábiles carteristas de Guadalajara que tuvo la mala suerte de caer en la cárcel, accedió a una entrevista en su celda del Penal de Oblatos:

   -¿Por qué te dicen “La Pulga”?

   -Quizás por mi físico.

   “La Pulga” es un individuo joven, de 25 años de edad, carterista desde los 12, delgado, moreno, estatura media, ojos negros, con cicatrices de viejas peleas callejeras en el párpado superior y en la mejilla inferior y con nariz asimétrica por fracturas.

   Vestido con pantalón guinda, guayabera violeta con grabados blancos, zapatos blancos, limpio, elegante, Barba Rentería se muestra receloso, al acecho, precavido, consciente del terreno que pisa:

   -¿Son ustedes periodistas? No publiquen todo, porque el Juez… Y los demás… Ustedes saben.

   Habla pausadamente, quizá por la drogadicción. Lo reconoce: “Soy drogadicto”. Pero se cuida mucho de no caer en el argot o lenguaje común de los carteristas:

   -Me inicié cuando estaba pequeño, en la escuela Lázaro Cárdenas, en el barrio de San Andrés, donde estudié hasta sexto año. Mi papá era taxista y éramos once hermanos. No teníamos qué comer. Al principio, me hicieron robar la necesidad y las malas compañías. Mis amigos me sonsacaban…

   Con manos vivas, expresivas, dedos finos con yemas abultadas y sin señales de trabajos pesados, “La Pulga” continúa:

   -Ser carterista no es fácil, y menos cuando alguien grita: ¡Deténganlo, es un ladrón! A mí me enseñó en un mes “El Negro” Lucino, de Tijuana. Lo conocí en 1967 en un camión. Me daba 100 o 200 pesos por cada trabajo. Después, yo siempre trabajé solo. Para esto usaba mi chamarra o la punta del saco. Siempre me gustó trabajar solo, porque así no tiene uno qué compartir con nadie…

   -¿Ni con la Policía?

   -Los policías son unos rateros.

   -¿Más que los carteristas?

   -¡Los policías son más rateros que los rateros de todas las especies!, enfatizó “La Pulga” con un cambio brusco en su estado de ánimo.

   Hombre que lo ha vivido todo en 25 años, hastiado, resentido, cansado, pero con viveza todavía, “La Pulga” prosiguió:

   -Los judiciales y agentes del Servicio Secreto cobran entre mil y dos mil pesos, y los azules (policías municipales), entre 600 y 800 pesos, según como sean de conscientes. Esto, por la pura ficha.

   -¿Es cierto que los choferes de los camiones también son cómplices de ustedes?

   –Eso no es cierto, dijo sin titubeos.

   -Dada tu reconocida habilidad en este trabajo, Guillermo, ¿tú podrías sacarme en este momento la cartera, sin que yo me dé cuenta?

   -No. Porque no se quita la cartera a alguien que ya sabe, que ya espera… Y siempre se nota cuando alguien trae cartera o dinero. Además, se necesita habilidad y valor. Yo no me enseñé bien… Nunca saqué más de mil pesos.

Lo que dijo el jefe de la Policía

Buscando carteristas.

En busca de carteristas.

   El jefe del Departamento de Seguridad Pública y Prevención Social del Estado, mayor Eduardo Ramírez Santamaría, fue entrevistado en su despacho de la planta alta del edificio de Tránsito. Tanto en una pared de su antesala como bajo la cubierta de cristal de su escritorio, llaman la atención dos cartulinas con una cita del gobernador del Estado:

   “Los embates de los delincuentes comunes y de los activistas ideológicos de todo signo encontrarán a las fuerzas de seguridad de pie y de frente, combatiendo sin tregua y con la ley, todos sus desmanes”. Flavio Romero de Velasco.

   Ramírez Santamaría es hombre sencillo y accesible; su despacho es sobrio y agradable; hay ahí un equipo completo de radio, receptores y transmisores; cuatro teléfonos (rojo, negro, gris y blanco); una fotografía de su esposa y de su hija; seis trofeos de tiro, y en el estante hay libros sobre administración y planeación de la policía y “best-sellers” como “La Fuga del Siglo”.

   “Cuando llegué aquí –dice– había cierto control de carteristas por parte de los agentes, que a base de cuotas los dejaban trabajar. Un día los reuní y les advertí que sería dado de baja aquél que protegiera a los rateros, y pronto me juntaron como 60 carteristas; los encerramos unos días y, cosa curiosa, en esa semana no hubo carteras robadas en Guadalajara. Pero los tuvimos que soltar, porque no les podíamos probar nada en ese momento.

   “Actualmente –agregó- no faltará quien tenga algún control, pero ya está muy limitado. Hemos cesado por lo menos a diez elementos. Se releva continuamente a la gente para evitar compromisos en determinados ambientes, y existe una estrecha coordinación nacional y estatal para el control de fichados. Cada caso lo boletinamos por télex a toda la República y, a la vez, solicitamos fichas”.

   –¿Cuál es la causa fundamental de la plaga de rateros?

   -El desempleo es determinante. Hay gente que se viene con la buena intención de trabajar, pero no les queda más remedio que robar, concluyó el jefe policíaco.

La autodefensa del ciudadano

   Con tanto carterista suelto, ya sólo queda adoptar el sistema de los rancheritos cuando vienen a la ciudad: echan su dinero en una bolsita de manta, bien asegurada, y ésta se la amarran de la cintura con unos cordones, a doble vuelta, por debajo del calzón. ¡Y sáquenlo de allí, si pueden!

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