La Fuente, una tradición en Guadalajara

Rogelio Corona

    Rogelio Corona, dueño de la cantina de la bicicleta, habla sobre ella en el 92 aniversario de su fundación.

   “Hoy entiendo por qué ustedes se pasan horas aquí. Miren nomás qué buena música, buena compañía, buena charla y buena copa. ¡Cuál problema!”, exclamó una dama que visitó hace 20 años La Fuente, una de las cantinas más tradicionales de Guadalajara.

   Con 92 años de existencia, esta cantina, ubicada en el Centro Histórico de la ciudad, en el mismo edificio que habitara el famoso personaje tapatío del siglo XIX, Francisco Velarde, mejor conocido como “El Burro de Oro”, sigue fiel a su tradición de ofrecer a su numerosa clientela un ambiente confortable y alegre.

Cantina fundada por Florencio López en 1921

   Rogelio Corona, su actual propietario, afirma en entrevista que “La Fuente”, conocida también como la “cantina de la bicicleta”, fue fundada por don Florencio López en 1921 en la Calle Hidalgo, frente al Museo Regional, en lo que es hoy la Plaza de la Liberación.

   Posteriormente, al iniciarse las obras de demolición ordenadas por el gobernador Jesús González Gallo, a principios de los años 50, para modernizar el centro de la ciudad, la cantina tuvo que mudarse a su actual domicilio, de Pino Suárez 78, a sólo media cuadra de su sitio original.

   El dueño original enfermó en 1923 y heredó el negocio a sus tres hijos: José, Andrés y Toño, quienes lo atendieron personalmente hasta que a principios de los 80, ya viejos y cansados, decidieron venderlo.

   Recuerda Rogelio que por los años 60 conoció la cantina y se encariñó de ella, pero no fue sino hasta 1982 cuando don Toño se la ofreció en venta. Rogelio tomó posesión de la misma el uno de enero de 1983.

La bicicleta, una historia que data de 1957

Barra y bicicleta

Barra y bicicleta de La Fuente.

    Sobre la famosa bicicleta que desde hace más de medio siglo es símbolo del establecimiento, comenta Rogelio que su dueño era un ferrocarrilero que por 1957 llegó pidiendo servicio, pero como no lo quisieron atender porque andaba “tomado”, dijo: “Bueno, voy al baño y me salgo”.  Así lo hizo, pero al salir olvidó su bicicleta.

  Fue un empleado de Hacienda quien semanas después, al ver que no regresaba el dueño del vehículo, tomó el número de placas y averiguó su dirección, pero cuando lo fueron a buscar ya no vivía ahí.

   Pasaron los años y la bicicleta quedó abandonada en el baño del negocio. Cuando llegó Rogelio, en 1983, la puso en un nicho de cantera, y ahí está todavía en espera de que su propietario vaya por ella.

Entran las primeras mujeres en los años 80

Don Chuy en La Fuente. (P. Guadalajara Antigua en F)

Jesús (Chuy) Conrique, atento y cordial con su clientela.

   Por los años 80 –agrega Rogelio-, apareció un decreto federal relativo a la equidad de género, que permitía el acceso de la mujer a sitios de reunión anteriormente exclusivos de los hombres.

   Una de las primeras mujeres que entraron a La Fuente se sentó, pidió un tequila, encendió un cigarro y se puso a leer un libro. “En eso estaba –dice Rogelio- cuando llegó un inspector del Ayuntamiento y me ordenó que la sacara, pero como yo me negué porque la dama no hacía nada fuera del orden, me respondió: –O la sacas tú o la saco yo”.

   –“Pues sácala tú –le contesté–, pero primero te voy a decir quién es: si no me equivoco es hija de Ramírez Ládewig.

   “Cuando le di el nombre, el inspector dio media vuelta y se fue”.

  Cabe recordar que Ramírez Ládewig fue fundador y líder de la otrora poderosa Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), que todavía por ese tiempo arreglaba las cosas a su manera, es decir, con métodos nada pacíficos.

    Otra anécdota de la época es que durante una premiación de periodistas celebrada en La Fuente, acudieron esposas y novias de los mismos y les encantó el ambiente. Una de ellas, la maestra Rimoldi, comentó: “Hoy entiendo por qué ustedes se pasan horas aquí. Miren nomás qué buena música, buena compañía, buena charla y buena copa. ¡Cuál problema!”

“Abogado que no conoce La Fuente, no es abogado”

   Entre los clientes ha habido de todo: políticos, deportistas, escritores, periodistas, abogados… “Abogado que no conoce La Fuente, no es abogado”, decían. También artistas, actores y cantantes como Plácido Domingo, Silvia Pinal e Ignacio López Tarso, han estado ahí, entre otros.

   “Además, vienen visitantes de todas partes del mundo y les abrimos los brazos. Tengo por costumbre que a cualquier turista que llega por primera vez –hasta 50 juntos–, a todos ellos les invito la primera copa, de lo que tomen”, dice Rogelio.

Sobre las conversaciones de los clientes, comenta:

    “Aquí no hay tarugos, puros listos, porque te saben de política, de futbol, de arte, de religión, de lo que quieras. Si de futbol se trata, te dicen: “No, mira, la selección adecuada es ésta y el entrenador éste, aunque ya saliendo nos hayan goleado y eliminado.

   “La Fuente la han hecho los clientes, porque si bien todo el mundo cuenta, desde el que barre y trapea hasta los proveedores, el principal objetivo aquí es el cliente y se le trata bien, venga de donde venga”, agrega.

Música tradicional y escrupulosa limpieza

   En 1983 había un cuarteto de músicos que cobraban sus piezas al cliente, pero unos se murieron y otros desaparecieron y se acabó la música.

 Entonces Rogelio reunió a unos señores mayores, de 90 años en promedio, entre ellos don Eliseo Sánchez, pianista, y Rubén Sarabia, violinista, y continuó el ambiente con música tradicional. Después siguieron Samuel Aceves, pianista, Toño “Luchador” y Pepe Lozano, entre otros.

   Otra de las tradiciones de esta cantina es la escrupulosa limpieza: persiste la diaria costumbre de lavar muy bien con jabón y cloro el piso del establecimiento, una vez que por la noche se han cerrado sus puertas.

   Artículo relacionado: La cantina de Don Beto.

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La cantina de Don Beto

Don Beto Rentería

   Don Beto Rentería, viejo cantinero, narra lo ocurrido hace más de 70 años en Huejuquilla El Alto, Jalisco, cuando ejercer este oficio era jugarse la vida.

   Desde principios del siglo XIX y hasta la fecha los mexicanos llamamos cantina a un lugar confortable y alegre donde se toma la copa con amigos y amigas.

   En este país las cantinas son establecimientos populares que operan desde la capital hasta en las más apartadas rancherías, con un servicio realmente completo: Bebida, comida, música, juegos de mesa y, con frecuencia, mujeres.

   Antecesoras de las cantinas son las pulquerías, expendios de las bebidas embriagantes más antiguas del país, elaboradas con el jugo de maguey. Cabe señalar, sin embargo, que a la fecha las cantinas sirven cualquier tipo de bebida nacional o extranjera.

Viejas cantinas de México y de Guadalajara

Cantina en Mazatlan, Sin. 1900. De Eduardo Cardenas ArtGallery en Imagenes historicas de Guadalajara.

Cantina en Mazatlán por el año 1900 (Imágenes Históricas de Guadalajara en Facebook).

   No hay pueblo mexicano que no tenga por lo menos una cantina. Las grandes ciudades, como la capital, disponen de cientos o miles, entre ellas “La Ópera”, en el Centro Histórico, donde se dice que en tiempos de la Revolución entró Pancho Villa a caballo echando bala.

   En Guadalajara, capital de Jalisco, segunda ciudad más importante del país, también hay cantinas famosas como “La Fuente”, favorita de periodistas y abogados. Todavía se conserva ahí, en un nicho, la bicicleta que un cliente olvidó hace más de 60 años, cuando fue a curarse la “cruda” (resaca).

   En general, la cantina es una institución democrática, con clientela de muy distinta condición económica y social, y preferida sobre todo por varones, aunque ya es muy común que entren mujeres.

La cantina de Don Beto

Panorámica de Huejuquilla. P. Face, Huejuquilla El Alto

Panorámica de Huejuquilla El Alto, Jal.

   Huejuquilla El Alto es cabecera de un municipio de ocho mil habitantes, en el Norte del Estado de Jalisco, distante 229 kilómetros de Guadalajara, y es famosa, entre otras razones, por sus cantinas que funcionan día y noche en la llamada Calle de Arriba. Es tanta la tradición de esta calle que en el corrido de la toma de Huejuquilla en 1912 por los orozquistas, defendida entonces por los maderistas, hay unos versos que dicen:

   Adiós Huejuquilla, la Calle de Arriba,

Se te acabó tu alegría,

Quedastes en ruinas para todo el tiempo,

Pues así te convendría.

   (Adiós Huejuquilla. Canta Aurelio Carrillo)

   Fue en esta calle donde por los años 40 del siglo pasado atendía su cantina Don Beto. Así llamaban y llaman sus amigos a don Alberto Rentería Figueroa, actualmente radicado en Guadalajara, con 94 años de edad.

   La cantina de Don Beto era en aquellos tiempos una de las más concurridas de la Calle de Arriba: dos puertas de madera, barra también de madera con tubo abajo para descansar el pie, mueble al frente para botellas y copas, espejo grande, sillas y mesas rústicas y una victrola (fonógrafo para tocar discos de 78 revoluciones).

La Ley antiborrachos

La Calle de Arriba en Huejuquilla, hace décadas. Foto de Romarico González.

  En esta esquina tenía su cantina Don Beto (Fotografía de Romarico González).

   Sucedió entonces que el Ayuntamiento, preocupado porque no había semana sin que hubiera muertos en el pueblo por pleitos de cantina (domingo sin muerto no es domingo, decía la gente), dispuso que todas las cantinas del municipio cerraran sus puertas a las cinco de la tarde (una hora muy temprana para cualquier bebedor).

   El caso es que un día, cuando justo a las cinco de la tarde Don Beto cerraba las puertas de su negocio, llegó entrado en copas nada menos que el jefe de Reglamentos del pueblo, un hombre conocido como Don Silve, y le dijo:

   –“No cierres, déjame entrar y sírveme un buen tequila”.

   –“No puedo servirte”, contestó Don Beto, “porque lo prohíbe la ley”.

   –“¡Yo soy la ley!, respondió Silve con toda autoridad.

   –“Sí, ya sé, ¿pero luego quién paga la multa…?”

   –“¡Multa es la que te voy a poner ahorita si no me sirves un tequila!”

   Así las cosas,  Don Beto no tuvo más remedio que franquearle el paso al funcionario, y una vez que éste entró, emparejó una de las dos puertas, teniendo el cuidado de atrancar la otra por dentro.

   El honrado servidor público dio un brinco y se sentó en la barra, con los pies colgantes. Luego ordenó a Don Beto que prendiera la victrola y que le pusiera su canción favorita “Cuatro copas”.

   Como a esa hora, cinco de la tarde, cerraban las demás cantinas y sólo se oía música en la de Don Beto, los borrachos se juntaron frente a la puerta atrancada y exigieron servicio, golpeándola y empujándola con los hombros. Pero como nadie abrió, se fueron a la otra puerta, que sólo estaba emparejada, y pensando que también estaría atrancada, se lanzaron contra ella para derribarla. ¿Resultado? Varios cayeron a media cantina, tendidos en el piso de cemento, con los sombreros por allá, pero portando pavorosos cuchillos en la mano.

   Sorprendido Don Beto por tan sorpresiva entrada de borrachos, fue a quitarles los cuchillos, mientras Silve, bajando rápidamente de la barra, les pisaba las manos. Entre los dos los sujetaron y luego los corrieron de ahí. Ya sin el peligro de ebrios armados, el funcionario subió de nuevo a la barra y siguió echándose tranquilamente sus tequilas, ahora sí, con las dos puertas bien cerradas y atrancadas.

¡Sorpresa al amanecer!

   Pasaron las horas y casi a la media noche el cumplido munícipe se despidió, obviamente sin siquiera pagar la cuenta. Don Beto cerró entonces su cantina, llegó a su casa y se acostó a dormir. Cuál no sería su sorpresa cuando al día siguiente, al vestirse, vio que la hebilla de su cinto, grande, plateada, traía grabado el rayón de una daga. Se acordó entonces de la trifulca de la noche anterior.

   “Si no hubiera sido por mi hebilla, uno de esos borrachos me hubiera matado”, recuerda todavía con asombro.

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