La cantina de Don Beto

Don Beto Rentería

   Don Beto Rentería, viejo cantinero, narra lo ocurrido hace más de 70 años en Huejuquilla El Alto, Jalisco, cuando ejercer este oficio era jugarse la vida.

   Desde principios del siglo XIX y hasta la fecha los mexicanos llamamos cantina a un lugar confortable y alegre donde se toma la copa con amigos y amigas.

   En este país las cantinas son establecimientos populares que operan desde la capital hasta en las más apartadas rancherías, con un servicio realmente completo: Bebida, comida, música, juegos de mesa y, con frecuencia, mujeres.

   Antecesoras de las cantinas son las pulquerías, expendios de las bebidas embriagantes más antiguas del país, elaboradas con el jugo de maguey. Cabe señalar, sin embargo, que a la fecha las cantinas sirven cualquier tipo de bebida nacional o extranjera.

Viejas cantinas de México y de Guadalajara

Cantina en Mazatlan, Sin. 1900. De Eduardo Cardenas ArtGallery en Imagenes historicas de Guadalajara.

Cantina en Mazatlán por el año 1900 (Imágenes Históricas de Guadalajara en Facebook).

   No hay pueblo mexicano que no tenga por lo menos una cantina. Las grandes ciudades, como la capital, disponen de cientos o miles, entre ellas “La Ópera”, en el Centro Histórico, donde se dice que en tiempos de la Revolución entró Pancho Villa a caballo echando bala.

   En Guadalajara, capital de Jalisco, segunda ciudad más importante del país, también hay cantinas famosas como “La Fuente”, favorita de periodistas y abogados. Todavía se conserva ahí, en un nicho, la bicicleta que un cliente olvidó hace más de 60 años, cuando fue a curarse la “cruda” (resaca).

   En general, la cantina es una institución democrática, con clientela de muy distinta condición económica y social, y preferida sobre todo por varones, aunque ya es muy común que entren mujeres.

La cantina de Don Beto

Panorámica de Huejuquilla. P. Face, Huejuquilla El Alto

Panorámica de Huejuquilla El Alto, Jal.

   Huejuquilla El Alto es cabecera de un municipio de ocho mil habitantes, en el Norte del Estado de Jalisco, distante 229 kilómetros de Guadalajara, y es famosa, entre otras razones, por sus cantinas que funcionan día y noche en la llamada Calle de Arriba. Es tanta la tradición de esta calle que en el corrido de la toma de Huejuquilla en 1912 por los orozquistas, defendida entonces por los maderistas, hay unos versos que dicen:

   Adiós Huejuquilla, la Calle de Arriba,

Se te acabó tu alegría,

Quedastes en ruinas para todo el tiempo,

Pues así te convendría.

   (Adiós Huejuquilla. Canta Aurelio Carrillo)

   Fue en esta calle donde por los años 40 del siglo pasado atendía su cantina Don Beto. Así llamaban y llaman sus amigos a don Alberto Rentería Figueroa, actualmente radicado en Guadalajara, con 94 años de edad.

   La cantina de Don Beto era en aquellos tiempos una de las más concurridas de la Calle de Arriba: dos puertas de madera, barra también de madera con tubo abajo para descansar el pie, mueble al frente para botellas y copas, espejo grande, sillas y mesas rústicas y una victrola (fonógrafo para tocar discos de 78 revoluciones).

La Ley antiborrachos

La Calle de Arriba en Huejuquilla, hace décadas. Foto de Romarico González.

  En esta esquina tenía su cantina Don Beto (Fotografía de Romarico González).

   Sucedió entonces que el Ayuntamiento, preocupado porque no había semana sin que hubiera muertos en el pueblo por pleitos de cantina (domingo sin muerto no es domingo, decía la gente), dispuso que todas las cantinas del municipio cerraran sus puertas a las cinco de la tarde (una hora muy temprana para cualquier bebedor).

   El caso es que un día, cuando justo a las cinco de la tarde Don Beto cerraba las puertas de su negocio, llegó entrado en copas nada menos que el jefe de Reglamentos del pueblo, un hombre conocido como Don Silve, y le dijo:

   –“No cierres, déjame entrar y sírveme un buen tequila”.

   –“No puedo servirte”, contestó Don Beto, “porque lo prohíbe la ley”.

   –“¡Yo soy la ley!, respondió Silve con toda autoridad.

   –“Sí, ya sé, ¿pero luego quién paga la multa…?”

   –“¡Multa es la que te voy a poner ahorita si no me sirves un tequila!”

   Así las cosas,  Don Beto no tuvo más remedio que franquearle el paso al funcionario, y una vez que éste entró, emparejó una de las dos puertas, teniendo el cuidado de atrancar la otra por dentro.

   El honrado servidor público dio un brinco y se sentó en la barra, con los pies colgantes. Luego ordenó a Don Beto que prendiera la victrola y que le pusiera su canción favorita “Cuatro copas”.

   Como a esa hora, cinco de la tarde, cerraban las demás cantinas y sólo se oía música en la de Don Beto, los borrachos se juntaron frente a la puerta atrancada y exigieron servicio, golpeándola y empujándola con los hombros. Pero como nadie abrió, se fueron a la otra puerta, que sólo estaba emparejada, y pensando que también estaría atrancada, se lanzaron contra ella para derribarla. ¿Resultado? Varios cayeron a media cantina, tendidos en el piso de cemento, con los sombreros por allá, pero portando pavorosos cuchillos en la mano.

   Sorprendido Don Beto por tan sorpresiva entrada de borrachos, fue a quitarles los cuchillos, mientras Silve, bajando rápidamente de la barra, les pisaba las manos. Entre los dos los sujetaron y luego los corrieron de ahí. Ya sin el peligro de ebrios armados, el funcionario subió de nuevo a la barra y siguió echándose tranquilamente sus tequilas, ahora sí, con las dos puertas bien cerradas y atrancadas.

¡Sorpresa al amanecer!

   Pasaron las horas y casi a la media noche el cumplido munícipe se despidió, obviamente sin siquiera pagar la cuenta. Don Beto cerró entonces su cantina, llegó a su casa y se acostó a dormir. Cuál no sería su sorpresa cuando al día siguiente, al vestirse, vio que la hebilla de su cinto, grande, plateada, traía grabado el rayón de una daga. Se acordó entonces de la trifulca de la noche anterior.

   “Si no hubiera sido por mi hebilla, uno de esos borrachos me hubiera matado”, recuerda todavía con asombro.

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